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Azorín en Mallorca: M.S. Oliver: Los paisajes

fabian | 04 Abril, 2012 10:28

Casi la totalidad de las fuentes que he consultado sobre Azorín y Mallorca indican el viaje de 1906. Pero en un libro que no trata de Azorín sino de Rubén Darío, hay una nota que indica otro viaje. Dice así: "Azorín, que ya había visitado Mallorca en 1906, vuelve a la isla en 1917" e indica un libro:"El paisaje de España visto por los españoles".

La presencia de Azorín en Mallorca de 1906 es previa, por pocos meses a la de Rubén Darío. En realidad no son los viajes lo que me interesa, sino sus escritos, la literatura a la que dan lugar. Y es fantástica la amplia literatura que los viajeros han producido sobre esta isla.

Buscando algún rastro de este posible viaje de Azorín he encontrado un texto de Miguel de los Santos Oliver, amigo tanto de Azorín como de Rubén Darío, publicado (¿extrañamente?) en el ABC el 13 de agosto de 1913, en que Oliver se refiere a Azorín y su proyecto de publicación de "El paisaje de España visto por los españoles". Es un artículo del que no había tenido noticia, quizá porque de Oliver se citan sus artículos publicados en "La Vanguardia" de Barcelona y resulta extraño encontrarlo en el "ABC".

Las islas adyacentes

Vagando por Mallorca

Acabo de pasar unas semanas en Mallorca. Hacía cuatro años que no había estado en mi tierra; y hallé á la ciudad de Palma y aun á toda la isla en plena animación y bullicio con motivo del viaje de la infanta doña Isabel. Creo que la augusta dama se hace lenguas así del cariñoso, imponderable recibimiento que allí obtuvo y del ambiente, de halago y no afectada dulzura en que vivió durante quince días, como de la natural y deslumbrante belleza ó, mejor dicho, bellezas del país.

Porque la característica de las Baleares y en especial de Mallorca, es una asombrosa gradación y variedad de aspectos, los más inesperados, los más distantes, los más contradictorios, reducida al menor espacio posible. Diríase que la naturaleza se ha empeñado en ofrecer allí una colección de trozos selectos, como una verdadera antología del paisaje. Y esta es la dificultad con que habrá de encontrarse mi ilustre compañero Azorín, en la recopilación de textos que proyecta acerca de El paisaje español visto por los españoles. Porque hay paisaje propiamente dicho, con unidad y homogeneidad sostenidas en Castilla, en Andalucía, en Asturias, en las Vascongadas, en Valencia; pero no le hay en Mallorca, tanta es la mutación y veleidad esencialmente femeninas de sus apariencias y sucesivas actitudes.

Hase dicho para explicarlas — y es forzoso acudir cada vez á esa fórmula, ya clásica, de Jorge Sánd —, que Mallorca viene á ser "la verde Helvecia, bajo el cielo de la Calabria, con la solemnidad y el silencio de Oriente". Y, en efecto, en su reducida superficie puede descubrir el viajero acostumbrado á este linaje de comparaciones, una fusión ó conjunción del tipo oriental y del tipo alpino, y aún, á trechos, del propio tipo africano. En una hora se pasa de la marisma pantanosa á la llanura cubierta de trigales, sombreados por el indefectible almendro; y á los olivares añosos, alternados con la higuera, en una viva sugestión y parentesco de los campos de Palestina; y de ahí á la alquería moruna, con sus perfiles de alcazaba dominados por esbeltas palmeras, ó á las huertas con macizos de laureles gloriosos, entre cuyas frondas estallan de melodía los ruiseñores, como pudieran en Chipre ó Corinto.

Y á esta sucesión de llano y montaña, de viñedos y olivares, de valles encantados y desfiladeros abruptos, súmase también la variedad inusitada de la costa, que va desde la playa suavísima y virginal á las calas armoniosas, vibrantes todavía del remo de los Argonautas y la forminge de Orfeo, ó á la braveza de los acantilados septentrionales y osiánicos, mirando á la inmensidad del mar como desde una "última Thule". Parece que no puede darse ya más extensa gama de aspectos, y no obstante, falta enumerar todavía el del mundo subterráneo y maravilloso que sirve de soporte al fragante vergel de la superficie. Allá, en las entrañas de esa roca privilegiada florece el portento de las grutas, afiligranado y lindísimo en las del Drach, que se miran en el espejo de sus lagos inmóviles y de diafanidad diamantina; grandioso en Artá, donde las columnas estalactíticas parecen arrancadas á un templo ninivita y las bóvedas se tomarían por abortos ó tentativas de catedrales sin debastar ni pulir aún.

Pues bien; dicha isla y sus hermanas del archipiélago balear, son de lo más desconocído que hay en España para los mismos españoles, incluyendo las Hurdes ó Batuecas, Hasta podríamos aventurar respecto de Mallorca esta afirmación paradojal: se ha escrito acerca de ella mucho más que se ha leído. En los tiempos modernos, desde Jovellanos — y aun desde Vargas Ponce — hasta Santiago Rusiñol, se ha ido formando una copiosa literatura descriptiva de aquella tierra. Pero hay que decirlo crudamente: esa literatura no se ha resuelto en opinión ni se ha traducido, por lo que á España se refiere, en corriente de curiosidad viva y todo lo intensa que es de desear y merece el asunto. Todavía existe en nuestro Código penal, si no estoy equivocado, una pena que lleva el nombre de confinamiento; y esa pena de confinamiento consiste en hacerle vivir á uno, durante el período de tiempo que fije la condena, en cualquiera de ías islas Baleares, que la tradición burocrática de nuestro país, maestra en Humanidades doctas, ha consagrado desde las excelsas páginas de la Gaceta con el poético y sugestivo nombre de adyacentes.

Aprovechando la relativa libertad y tregua que el veraneo concede á los escritores en cuanto á la elección de temas ó á prescindir de los habituales y más enojosos de la contienda política, me propongo ofrecer á los lectores de A B C, condensadas en dos ó tres artículos, las impresiones de este mi ultimo viaje á Mallorca, ó sea la adyacente mayor. Y empiezo por celebrar que mi preclaro compatriota y afectuoso amigo el conde de Sallent, con su entusiasmo de buen ísleño recogiendo las buenas disposiciones de S. A. y avivándolas con insistencia sugestiva, deparase á mi tierra el honor de aquella visita y á la infanta la ocasión de realizarla desde luego y entre aclamaciones y continuos agasajos.

Porque viajes así hablan á veces más que un libro, y en ocasiones más que una biblioteca; y fijan la atención del país á menudo sobre un pedazo del territorio que la generalidad mira como cosa lejana, y en cierto modo extranjera, y aparte de su ley, por tradicional y casi invencible desconocimiento. El español es poco aficionado á la geografía, me atrevo á decir que poco apto para ella, como lo es también, y acaso en virtud de la misma razón, para los idiomas. Si en una tertulia de gentes distinguidas y cultas en otros aspectos se viene á hablar de esas "islas olvidadas", asombran la confusión y desorientación dominantes acerca de ellas, hasta el punto de ignorarse si se va por mar ó por tierra, si "Mahón está en Palma" y si Mallorca es un pueblo con doscientos habitantes ó una comarca con cuarenta Ayuntamientos, doscientas treinta mil almas y una capital.de setenta ú ochenta mil. Un general que iba allí preguntaba al capitán del vapor si los caminos eran todos de herradura, y cuentan de un personaje madrileño que escribió "Al cura de Mallorca".

Tanto se ha abusado últimamente de la comparación extranjera, que ha llegado á hacérseme sospechosa y hasta repulsiva. Invocamos el ejemplo extranjero sin ton ni son muchas veces, y casi siempre de oídas. Pero en este caso de las Baleares es ineludible apelar á esa comparación, no tanto en el sentido de que otro Estado de Europa hiciera allí maravillas, como en el sentido del orgullo nacional, patriótico, que despertaran en la sociedad misma y entre los demás elementos y componentes de la nación el poseer tan lindas y codiciadas joyas, y tenerlas, además, tan á la mano, como que los adelantos de la. navegación las han puesto á siete ú ocho horas del continente, y no estar lejano el día en que podremos salvar esa distancia en cuatro horas y media. Quisiera explicar por qué, como insinúo más arriba, el olvido de ese archipiélago reviste carácter nacional, mejor que carácter oficial, porque el Estado se acuerda de él bastante más que la nación, lo cual infringe la regla española.., Pero no me queda hoy más espacio, y tendré que dejarlo para otro día.

Miguel S. OLIVER

ABC, Miércoles, 13 de agosto de 1913

El libro de Azorín, "El paisaje de España visto por los españoles" se publicaría en 1917. En él hay un capítulo dedicado a Mallorca. Es un libro de Literatura, no de Geografía, pues consiste en el acercamiento que los textos literarios han realizado en la descripción del paisaje. A él llegaré tras recoger estos artículos de Miguel de los Santos Oliver en el ABC.

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