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Azorín en Mallorca: Valldemossa y Sureda

fabian | 30 Març, 2012 11:00

Cual escriba monástico, reproduzco textos antiguos, de hace más de un siglo.¿Sigue siendo necesaria esta función? ¿No bastaría simplemente enlazar con el archivo original? La repetición clónica - copiar y pegar - no sólo afecta al texto sino al amanuense, ya que le da un sentimiento o sensación de posesión. Cual viajero que pinta con palabras olivos y campos que recorre, algo añade a esos paisajes. Posiblemente la mirada. Y con ella va el aprecio. ¿Por qué los pintores acuden a los museos para reproducir las obras magistrales?, ¿qué pretenden con ello?, ¿capturar la obra de arte o la mirada del Maestro?

En Valldemosa: La casa de Sureda

Sureda ha venido á las dos á la puerta de! Gran Hotel con su. ligero carruaje; hemos montado en él Torrendell, Salvá y yo, y nos hemos dirigido á Valldemosa; aquí reside el Sr. Maura. Valldemosa dista ds Palma 18 kilómetros; en hora y media se hace el trayecto. Nosotros atravesamos calles y plazuelas; luego desembocamos en el campo y corremos por una ancha y plana carreterra. El paisaje es sobrio, un poco austero; veo primero extensas herrenes y cortinales: entre el maíz entre las hortalizas, se levantan los almendros con sus troncos retorcidos, costrosos; las higueras redondas, anchas, extienden su copa tupida. Después. las huertas desaparecen y una sucesión interminable de bancales plantados de olivos, almendros y algarrobos comienza. No parece que corremos, sino que volamos. «Querido Sureda — digo yo, — este caballo es admirable.» «Puede caminar — dice Sureda — á razón de un kilómetro por un minuto cincuenta segundos. Ha ganado el premio en el Concurso hípico de Barcelona.» Pasamos rápidos, vertiginosos, junto á los carros que caminan lentamente por la carretera; un momento, al emparejarnos con ellos, parece que vamos á tropezarlos ó á volcar violentamente á un lado de la carretera; experimento una súbita sensación de espanto; creo íntimamente que Sureda es un hombre temeroso, loco; pero luego cruzamos instantáneamente, dejamos atrás el carromato con el que hemos emparejado y la calma vuelve á renacer en nuestro espíritu.

Ya el paisaje ha cambiado; llevamos casi una hora de caminata. La montaña que veíamos lejana, azul, está junto á nosotros; comenzamos á subir por una empinada pendiente, entre dos altozanos; olivos y algarrobos se confunden sobre una tierra seca, cuidadosamente labrada. Los olivos atraen mi atención. No es posible imaginarse nada más extraño, más fantástico, más de pesadilla que estos troncos; son troncos violentamente retorcidos, atormentados; se parten en dos ó tres brazos, se retuercen, tornan á juntarse, forman enormes nudos, vuelven á hendirse, se juntan de nuevo. «Son extraños estos olivos», observo yo. «Son olivos muchas veces centenarios; dicen que Gustavo Doré se inspiró en ellos para hacer los dibujos de la Divina Comedia.» No sé si es esto cierto; lo indudable ahora — y esto nos produce una sensación agradable — es que la temperatura ha cambiado notablemente; corre un viento fresco y vivificante. Estamos en lo alto de una montaña y seguimos subiendo aún por esta carretera plana que va dando muchas vueltas, formando amplios y blancos zig-zags sobre las laderas grises; en lo hondo, á la izquierda, se descubren mil huertecillos, llenos de frutales, con estrechos y pintorescos ensamblsjes de hortalizas. Es un paisaje éste que no llega á la seca austeridad del de la tierra levantina y que tiene mucho de la frondosidad de las regiones del Norte. No puede darse una combinación más armónica...

Llegamos á Valldemosa; el pueblo, chiquito, situado entre brezos y peñascos, no pasa de 1.500 habitantes. Cerca, á dos pasos de él, surge la vasta edificación de una vieja Cartuja. Recorremos más callejuelas y nos encontramos ante la puerta de un torreón. «Esta es la casa — dice Surada; — esto es un antiguo castillo; al lado estaba la Cartuja. Entremos.» Ascendemos por unas escaleras de piedra y penetramos en un patio con ancha galería; hay aquí enredaderas y plantas de flores que crecen y extienden entre las columnas. Sureda comienza a contarme la historia del castillo; no sé lo que me dice de un rey que se llamaba Sancho y de otro que se llamaba Martín; yo estoy un poco cansado y además, aunque me dé un poco de vergüenza el confesarlo, no me interesa gran cosa lo que pasó hace muchos años. Del claustro pasamos á una ancha sala llena de bargueños, consolas y vetustos sillones. «Les voy á enseñar á ustedes la casa», dice Sureda. Y pasamos á otra vasta. «Este tabique lo voy á tirar», observa Sureda señalando una pared. Después torcemos á la derecha y pasamos por una sucesión inacabable de gabinetes y de alcobas. «Voy á arreglar estas alcobas», dice Sureda. Entramos en otro vasto salón. «Son ladrillos viejos — dice Sureda golpeando el piso con el pie; — los voy á quitar.» Salimos de esta sala, recorremos un pasillito y ascendemos por unas escalerillas de caracol. «Esta escalera la han hecho mal — dice nuestro amigo; — he de deshacerla.» Y pasamos por salas, gabinetes, corredores, alcobas; es una sucesión inacabable de estancias grandes y chicas desordenadas, asimétricas, colocadas en distinto nivel.

Yo estoy verdaderamente asombrado. «¡Pero esta casa es enorme, querido Sureda!» exclamo. «Pues ahora verá usted — replica Sureda — la parte que no tengo arreglada y además la antigua hospedería de los frailes.» Y de nuevo comenzamos á recorrer salas, pasillos, alcobas y gabinetes. Toda la casa está llena de grabados y litografías inglesas, aquí hay unos señores con monóculo jugando á los bolos {A game at bowls) allá un niño tiene en la mano un pájaro al que lo enseña á cantar (The singing lesson); al lado se ve una vista de Plymouth, más lejos Jesús dice que dejen que los niños se acerquen á él (Suffer little chíldren to come into me).

Cuando creo que ya hemos recorrido toda la casa, Sureda se para ante una puerta, la abre solamente y aparece un inmenso salón con un teatro. Me lleno de admiración; la casa de Sureda es maravillosa: «Yo — dice Sureda — por las noches enciendo estas luces y en seguida vienen aquí á bailar todas las muchachas.» Un momento estamos en el salón y luego salimos; subimos otra vez al coche y nos dirigimos á Miramar.

Mrramar es la posesión del archiduque Salvador. Figuráos una montaña llena de sendas, fuentes, paseos y jardines: una montaña poblada por un espeso boscaje y que da por altísimos precipicios sobre el mar. La extensión infinita de agua, que se descubre desde estas enramadas tupidas, es uno de los espectáculos más bellos del mundo. Recorremos seis ú ocho kilómetros á pie; yo, después de una noche de viaje por mar y de toda una mañana de pasear por la ciudad, me siento abrumado. Sureda me habla de Ruskin y de los idealistas ingleses; yo confieso que no oigo nada de lo que este querido amigo me dice. Regresamos á la inmensa casa, cenamos expléndidamente, como en el mejor hotel, y yo me retiro á una de las mil y pico de estancias y escribo lleno de fatiga y de sueño estas líneas.

Azorín

Este artículo tampoco lo he encontrado en el "ABC" y el ejemplar de "La Tarde", además de tener la fecha equivocada, ya que indica que es Sábado, 1º de Agosto de 1906, siendo Septiembre, no indica el periódico de origen.

¿Copiar texto? No. Este escrito ha estado atado primero al papel, sin poderse desvincular de su soporte; luego a una fotografía y, al fin, libre de la materia del soporte, liberado por el escaneo que le he realizado, aparece en esta bitácora libre, dispuesto a ser copiado y pegado por quien quiera.

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