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Azorín en Mallorca: Paseo por Palma

fabian | 29 Març, 2012 10:10

Este artículo, segundo de su viaje a Mallorca en agosto de 1906, no lo he encontrado en el ABC y la reproducción que realiza de él el periódico de Palma La Tarde, del día 31 de agosto de 1906 no indica la procedencia, lo cual si hace con los artículos procedentes del ABC. Quizás fuera publicado en el Diario de Barcelona.

La ciudad latente

El blog en que la periodista Mariona Cerdó publica sus artículos sobre Palma.

En Mallorca: Paseo por Palma

Aún no ha atracado el vapor al muelle cuando saltan de un bote y suben rápidamente por la escalerilla Torrendell, Salvá y Peiró; todos son redactores de La Almudaina. (*) Yo estrecho sus manos efusivamente. Torrendell es nervioso é impetuoso; su filosofía es la exaltación de la vida. Salvá dice como el maestro Montaigne que «su arte y su oficio es vivir»; tiene flema; mira tranquilamente el espectáculo del mundo. Peiró informa á su periódico sobria y exactamente de lo que ocurre. Me despido de los amigos de viaje y bajamos todos al muelle. Aquí está Albareda, vestido de blanco, con su corbata negra, fino y amable; Albareda es el dueño del Gran HoteL Montamos en el coche y comenzamos á caminar por la ciudad. Veo al pasar viejas casas, tiendecillas, un paseo, un teatro. Llegamoe ante un edificio nuevo, soberbio: el coche se detiene y bajamos. Entramos en el hotel. No he visto nada igual en España, á no ser el hotel Cristina de Algeciras. Es un vasto hotel á la inglesa, con un espacioso vestíbulo, enlosado de mármol con mesitas y mecedoras, alto de techo, limpio, refulgente. Yo creo que estoy en el Gros Venor Hotel de Londres, de tan dulces recuerdos. «¡Es hermoso esto!», le digo á Albareda Albareda se inclina y sonríe. «Debajo, en los subterráneos hay tantas habitaciones como encima», observa Torrendell. «¡Hombre!», exclamo yo, y doy un golpecito con el bastón en el suelo, sobre estas habitaciones misteriosas. Y pasamos al comedor. Se trata de una sala decorada sencilla y elegantemente; á un lado hay los cuadros de Mir, grandes, fantásticos; Rusiñol ha pintado para el otro testero tres de sus visiones románticas, sutiles. Este comedor es el de invierno, cuando la afluencia de turistas extranjeros es mayor, en verano se utiliza otro más pequeño; tomamos en éste el desayuno y luego yo subo á mi cuarto. «He mandado que le pongan en el lavabo tres pastillas de jabón — dice Albareda riendo: — para que no diga usted después que en los hoteles españoles no se ve una pastilla nunca.» Albareda se marcha y yo me lavo y me siento a escribir; oigo de la calle la voz de un ciego que toca una guitarra y que canta; un canario trina y llega el ruido de algún coche. Voy llenando cuartillas y cuartillas; apenas he puesto en la última Azorín, llaman á la puerta. «¡Adelante!>, grito. Y aparece la figura cenceña de Torrendell con sus recios bigotes y sus lentes de oro. «¿Vamos á dar un paseo?», dice Torrendell. «Vamos», contesto yo levantándome de la mesa.

La ciudad de Palma es una vetusta ciudad: hay en ella callejuelas retorcidas llenas de silencio profundo, y caserones venerables, con patios centrales vastos, que huelen á humedad, en que no se oye nada ni se ve á nadie y en que un farolón viejo de vidrios blancos pende de! techo. Recorremos algunas callejuelas y entramos en algunos zaguanes; se respira en esta Palma venerable un sosiego, una calma sedante, una paz que en un punto apacigua nuestros enardecidos nervios de cortesanos; un extranjero cansado, fatigado de los tráfagos y andanzas mundanales ha de encontrar aquí, en estas callejuelas, en este mar azul y quieto, en estos pinares aromosos, unas horas lentas y sosegadas que vuelvan á reconciliarle con la vida. Torrendell y yo caminamos despacio por las estrechas, limpias, desiertas y calladas callejuelas; ser una capital con todas las comodidades de la existencia moderna y al mismo tiempo ser un pueblo con todas las monotonías, los silencios y las lentitudes de un pueblo; éste es e! encanto de Palma. Entramos un momento en la Lonja y devaneamos por el ancho ámbito silencioso; visitamos después la catedral. Antes en esta catedral, como en todas, el coro ocupaba el comedio de la nave central; pero el actual obispo — como el de Oviedo — ha dispuesto que el coro pase detrás del altar mayor y que la ancha nave quede así libre para la vista. Una sabia mano — la del arquitecto Gaudí — ha realizado la obra y ha puesto acá y allá en la catedral muestras de su genio originalísimo y potente. «El barrio que rodea la catedral — dice Torrendell — es la parte más sosegada de la ciudad». Nada turba, en efecto, la intensa calma de esas callejas; vamos recorriéndolas despacio y desembocamos en una plazoleta llena de luz, llena de sol. A un lado se levanta el palacio episcopal, y enfrente por encima de un pretilillo, se abarca el panorama inmenso de la bahía. El mar aparece como una llanura de intenso azul; se ve el castillo de Bellver — donde Jovellanos estuvo preso — sobre una montaña poblada de pinos; al pie surgen desparramados hoteles y casitas. Estamos un instante contemplando este espectáculo y luego tornamos á pasear por las callejas. De pronto oigo un ruido sonoro y rítmico. «Eso es un telar», le digo á Torrendell. «Sí — dice él — es un telar casero; es el único telar que queda en la ciudad.» Nos detenemos ante la puerta de la casa y luego, sin darnos cuenta, entramos. Un viejo con unas recias gafas hace mover la lanzadera; está pálido y delgado. Un chico da vueltas á un torno. «¡Buenos días!», le decimos al viejo. «¡Buenos días!», contesta él levantando la cabeza. ¿Qué vida es la de este viejecito? ¿No es el representante supremo, último, de una tradición, de una historia que se acaba, de millares y millares de antecesores nuestros desconocidos, obscuros, cuyos nombres, como el de este viejecito dentro de poco, nadie sabe ya? El tejedor nos ha mirado un momento á través de sus gafas, con sus ojos sin expresión, y luego ha continuado trabajando. No nos ha dicho nada; no le hemos dicho nada nosotros. E! niño daba vueltas y vueltas al torno. «¡Adiós!», hemos gritado al cabo de un rato, «¡Adiós!», ha dicho el viejo. Y mientras volvíamos á caminar por las callejas oímos el trac-trac del viejo telar como un eco, como una voz, como un último adiós de generaciones y generaciones que se perdieron ya en la eternidad.

Azorín

___________

(*) Por lo visto el brillante cronista Sr. Martínez Ruiz, Azorín, no ha tenido más relaciones de amistad que con La Almudaina. Nosotros y nuetros colegas, que sepamos, no hemos merecido su visita. Le quedamos agradecidos. — (N. de la R.)

¡Qué bien escribía Azorín Realmente era un maestro de la adjetivación!

Los periodistas de "La Tarde" sienten no haber sido invitados como los de "La Almudaina". Al día siguiente parece que la nota añadida al artículo ha tenido algún eco pues "La Tarde" publica la siguiente gacetilla:

Gaceta del día

La Almudaina, metiéndose donde nadie la llamaba, comenta la nota por nosotros continuada á la crónica de Azorin que publicamos ayer y, demostrando una vez más su estupenda penetración, nos atribuye despecho, cuando en realidad la descortesía de aquél no pudo producirnos más que extrañeza. Si alguien con La Almudaina ha creído que aquel periodista estaba relevado de corresponder en alguna forma á los compañeros de aquí que, dándole prueba de consideración y deferencia, se apresuraron á saludarle y darle la más cordial bienvenida, quédese con su opinión y nosotros continuaremos creyendo lo contrario.

Mientras tanto, esperamos ver como La Almudaina contestará á la La Ultima Hora de anoche cuya opinión coincide con la nuestra.

Bueno, gracias que quedan los artículos de Azorín, reproducidos por varios periódicos de esas fechas, Creo que "La Almudaina" no está digitalizada, lo que siento, no por esta pequeña diatriba, sino porque fue un buen periódico.

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