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Azorín en Mallorca: De Valldemossa a Sóller

fabian | 03 Abril, 2012 08:54

En los días en que Azorín estuvo en Mallorca, recorrió la isla. Fue a Manacor, visitó las cuevas, pero estas visitas no dejaron ningún artículo. Azorín era un maestro de la descripción, especialmente de los paisajes. Alicantino de nacimiento y de formación, viajó por toda la península recogiendo en su pluma los paisajes no sólo naturales, sino también las descripciones literarias que de ellos había. Realmente los paisajes, como todos los seres son como se les mira, como quedan plasmados en las palabras de los escritores y en los cuadros de los pintores.

En Mallorca: De Valldemosa a Sóller

A las diez de la mañana dejamos este bello y querido pueblo de Valldemosa; vamos en el carruaje Torrendell, Salvá, Sureda y yo. No me cansaré de elogiar á estos buenos amigos. Comenzamos á atravesar Miramar, la posesión del archiduque Salvador. Se ve á lo lejos, al pie de la montaña, el mar infinito y azul; el bosque se extiende á uno y otro lado del camino. De pronto el carruaje se detiene.

— ¿Qué sucede, querido Sureda?—digo yo.
— Que éste es el sitio donde ha dicho Maura que debíamos bajar.
— Entonces — replico yo — vamos á bajar

Este sitio maravilloso, único, se llama Son Maroig; el paisaje que desde aquí se descubre no tiene igual en todo Miramar. Estamos en un elevadísimo mirador de piedra; tenemos bajo nuestros pies una arboleda inmensa, cortada por camínitos blancos que suben y bajan, que se cruzan en mil direcciones, que atraviesan diminutos jardines puestos entre la umbría, que llegan hasta pequeños estanques. Después la roca bordea el paisaje, abrupta, de color de acero: roca que forma eminentes acantilados, que entra ó que sale en suaves ó angulosos recodos, que se mete en el mar formando una aislada lengua de piedra batida por las olas. Y sobre el bosque, y sobre la roca, y sobre el mar, una luz fina, viva, pone á través de un aire sutilísimo y transparente, violentos colores de añil y de verde, tintas de rosa ó de oro, matices suavísimos de lila ó de violeta.

En este paraje es donde más ha pintado el Sr, Maura. Subimos de nuevo al carruaje y comenzamos á caminar velozmente otra vez. Al poco rato, el carruaje torna á pararse.

— ¿Sucede algo, querido Sureda? — pregunto yo.
— Nada, que es preciso ver el Museo — replica Sureda.

Este Museo, ¿merecerá ser visto? ¿Tendremos que molestarnos para pasar la vista sobre cuatro bargueños, ocho cuadros negros y seis vulgares panoplias? Expongo discretamente mis dudas.

— ¡No, no — exclama Torrendell; — no se trata de un Museo cualquiera; es un Museo que el archiduque Salvador ha formado exclusivamente de muebles y demás menaje de la casa mallorquína!

No es preciso hablar más; hace mucho tiempo que yo vengo pidiendo en mil artículos la formación en cada región española de un Museo de la casa. Mi sorpresa no puede ser mayor al encontrarme ahora en pleno campo con lo que tanto yo deseo. El archiduque Salvador ha formado un Museo perfecto, irreprochable. Todo sstá limpio, brillante; desde la estera que cubre el pavimento hasta el menor detallito de la cerradura de una puerta, todo es pura y castizamente mallorquín. Hay aquí soberbias camas de columnas salomónicas, sillas con el asiento de esparto, cántaros, peroles, platos, tornos para hilar, velones, candiles, lamparillas, arcas, armarios... Los balcones están abiertos de par en par; se ve por ellos el mar ó el bosque. No se oye ni el más ligero ruido; no nos acompaña nadie; circulamos por las salas desiertas con entera libertad; no vemos ni vigilantes ni cicerones. Y una profunda sensación de sosiego, de arte y de añoranza de tiempos que no hemos conocido, de generaciones que no hemos tratado, llevamos en el espíritu cuando nos vamos.

Y otra vez corre rápido el carruaje. A la hora de haber salido de Valldemosa, Sureda dice:

— Aquí dejamos los dominios del archiduque.
— ¡Pero esto es inmenso! — exclamo yo.
— ¡Un millón de durosl — contesta lacónica y elocuentemente Sureda.

Encontramos á poco junto aí camino un pino solitario, que eleva su tronco recto, liso, y extiende en el azul su copa redonda, perfecta.

— Este pino — digo yo — ¿no será ya del achiduque?

El archiduque ama apasionadamente los árboles; en sus dominios no se corta jamás ni la rama más pequeña.

— No — contesta Sureda; — este árbol no es del archiduque, pero él lo comprará. Una vez él vio una encina soberbia, gigantesca, y la compró, juntamente con el ruedo de tierra que cogía su copa, por 500 duros.

La carretera comienza á descender de la montaña; á lo lejos, allá en lo hondo, en lo profundo del valle, se divisa ya el blanco caserío de Sóller. Recorremos un puente, pasamos entre bardales de huertas y herreñales y nos encontramos en un pueblecillo de calles estrechas y limpias. Todos los pueblos montañeses son limpios. Soller tiene las casas de piedra gris y las ventanas verdes. Al pasar atisbamos los zaguanes claros, blancos y anchos de las casas viejas. D. Jerónimo Estades nos espera en su puerta; estrechamos ía mano de este correcto y afable caballero y entramos en la casa.

— Sería necesario — me dice D. Jerónimo — que usted viviera algunos días en Sóller para que se formara usted idea de !o que es este pueblo. Vale la pena; Sóller es un pueblo único en España. Hace algunos años una plaga destruyó los naranjos de Soller; la población no tuvo más remedio que emigrar; se fué mucha gente á América y á la Francia del Mediodía; allí se enriquecieron casi todos, montaron industrias, fundaron casas comerciales, y como el mallorquín es muy amante de su patria, unos volvieron aquí definitivamente y otros no dejaron de hacer una visita casi todos los años. Y claro está que unos y otros emplearon parte de su capital en hacer producir y mejorar sus tierras de Sóller. De este modo, lo que se consideró una desgracia, fué un acaso feliz. Un solo dato bastará á usted para formarse idea de este pueblo. Sóller no cuenta más de 8.000 habitantes. Pues bien: hace poco acaban de reunirse en la población setecientos mil duros para construir un ferrocarril: el de Sóller á Palma...

Un criado viene á avisar que la comida está a punto. Comemos espléndidamente; á los postres vienen el señor alcalde, el señor juez, un periodista de la localidad y otros amigos del señor Estades. Todos charlamos hasta media tarde; luego, nosotros los expedicionarios, tomamos el carruaje y comenzamos á subir lentamente á la montaña por la ancha carretera que forma un zig-zag blanco entre las higueras, los algarrobos y los almendros. Atrás, en lo hondo del valle, dejamos el pueblo iluminado por los últimos rayos del sol.

Azorín

ABC, Domingo 02 septiembre 1906

Éste fue el último artículo publicado por Azorín sobre Mallorca. Fueron reproducidos por varios periódicos de la prensa isleña, especialmente por "La Almudaina" y la "Última Hora", periódicos aún no digitalizados y también por "La Tarde", el único de esos años digitalizado. Luego sobre estos cayó el silencio pese a indicarse que Azorín estuvo en la isla. En 1952, Luis Ripoll los recogió, salvo el primero, en una pequeña publicación de Panorama Balear que tituló "Azorín: Un verano en Mallorca". Pasado más de medio siglo, la digitalización me ha permitido transformarlos a texto (copiable), enlazarlos e indicar las fechas de su publicación, lo que no se hizo en 1952.

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