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Azorín en Mallorca: El viaje

fabian | 28 Març, 2012 14:22

A finales de agosto de 1906, José Martínez Ruiz "Azorín" estuvo en Mallorca unos pocos días, quizás una semana. De ellos dejó constancia en un puñado de artículos que publicó ya en el ABC y, otros, creo, en el Diario de Barcelona. Este último periódico dejó de existir en los años 80 del pasado siglo, por lo que no he buscado si existe en Internet su hemeroteca.Convendrá que un día recuente los artículos, aunque creo que son cinco. Se dio el caso de que los periódicos locales los reprodujeron e incluso en "La Almudaina", Azorín dejó unas líneas tituladas "Deseo".

prensa
Periódico "La Tarde", de Palma, domingo, 26 de agosto de 1906

Reproduzco hoy el primer artículo, titulado "El viaje", publicado por ABC, el día 28 de agosto de 1906:

En Mallorca: El viaje

Un bote que se llama Rafaelito me lleva desde el muelle de Alicante al costado del vapor Cataluña. Subo por la escalerilla; el maletero se detiene ante una puerta; sale un mozo; le entrego mí billete y paso adelante. Estoy en el comedor; un señor está sentado ante la mesa y devora un biftec; siento una súbita ansia de comer. «Azorín—me han dicho repetidas veces antes de embarcarme; — Azorin, cuando se embarque usted, si no quiere marearse, coma usted mucho.» Tengo estas palabras muy presentes. «¿Se puede comer ahora?», le pregunto a! camarero. «Sí, señor», contesta el camarero. Son las diez de la mañana; habitualmente, yo no como hasta la una; no siento ni asomos de apetito; pero estoy dispuesto á tragarme todo cuanto me sirva el camarero.

Me siento á la mesa; el mozo de comedor se ha olvidado de traerme vino. «¡Vino!—exclamo.—Haga usted el favor de traer vino.» El señor que se hallaba comiendo cuando yo he entrado me mira fijamente y pregunta; «English?» «¡Español!», replico yo. Y añado sonriendo: «Hay también muchos españoles rubios». «Sin embargo, la dicción.,.», torna á decir él. «La dicción es perfectamente castellana», vuelvo á decir yo. Nuestro interlocutor queda perfectamente convencido de que soy español y me mira con un profundo desprecio. Yo devoro una tortilla, un plato de pescado, un biftec. Siento un leve temor á marearme, el barco comienza á caminar; miro receloso á un lado y á otro; acaso convendría comer algo más; sin embargo, no me decido y subo á cubierta. Salimos del puerto. La ciudad queda atrás, amarillenta, dorada, confundida en la ladera de la montaña. Cae un sol cegador que reverbera en las aguas tranquilas; al pasar frente á uno de los extremos del muelle, unas señoras agitan unos pañuelos; yo saco el mío y lo hago flamear en el aire. Y el barco entra lentamente en el mar inmenso. «Señor Azorín—me dice el capitán,—¿quiere usted venir sobre el puente?» «Con mucho gusto, capitán», contesto yo. En el puente, el capitán coge una manivela de un cilindro y la coloca sobre un letrero que dice: Toda máquina; después con un catalejo va mirando á lo lejos. «¿Cuántos años lleva usted navegando, capitán?», le pregunto yo. «Treinta y cinco», responde él. Yo comienzo á sentir un ligero mareo; tal vez sea una aprensión; acaso no sea nada. Ello es que juzgo conveniente ir á dormir la siesta. En la cámara se presenta á mi consideración un grave problema; hay en ella dos literas. ¿En cuál he de acostarme? Si lo hago en la de abajo, me parecerá estar encajonado; sí en la de arriba, puedo caerme en un vaivén del buque. Esto es grave, trascendental; estoy indeciso; miro á una y á otra litera con un gesto de duda y al fin me cuelo en la de abajo. Mi sueño es dulce, tranquilo; cuando me despierto me río a carcajadas de los pobres hombres que se marean. Me encuentro en el mejor de los mundos posibles; no pienso en nada y gozo tumbado del suave balanceo del barco. aYa que estoy en este estado de serenidad espiritual — me digo — ¿por qué no escribir un artículo?» Me levanto, salgo al comedor y comienzo á escribir; llevo dos ó tres cuartillas escritas cuando comienzo á sentir una angustia indecible y noto que el sudor corre por mi frente. No puedo seguir escribiendo. ¿Será posible que yo que no me he mareado antes, me maree ahora al escribir? Recojo las cuartillas y en los archivos de mi memoria deposito esta breve máxima: «Cuando se viaja en un vapor el escribir un artículo es una cosa funesta». D. Juan, D. Rafael y D. José están sobre cubierta; voy á tomar el fresco con ellos y charlaremos de las cosas del día. La tarde va muriendo; el mar, plano, de color de acero, apenas se mueve. Un faro, en la lejanía remota, comienza á brillar con un ojo intermitente. «Capitán—pregunto—¿por qué tienen ese eclipse los faros?» «Para que no se confundan — dice él — con las luces de los barcos.» «¿Habrá aquí mucha profundidad?», dice D. José. «Ciento cincuenta metros», contesta el capitán, «Ya nos podíamos ahogar», observa lleno de sabiduría D. Juan. Y como es la hora de yantar bajamos á cenar,,.

El barco va marchando, marchando. Sus movimientos son tenues, suaves. No sabemos si caminamos ó sí estamos parados. En el comedor nos hallamos tres ó cuatro personas en una completa tranquilidad; estamos de sobremesa; no sabemos de qué hablar; todos se han marchado á dormir; el reloj suena con su tic-tac. De pronto se oye un estrépito de cadenas; estamos en el puerto de Ibiza; unas barcas se acercan; se oyen gritos; los marineros cargan y descargan, y el barco comienza luego a moverse lentamente. A lo lejos se ven las lucecitas titileantes de la ciudad dormida. «Vámonos á dormir», dice D. Rafael. «Vámonos», contestamos todos, cansados y aburridos. Yo me acuesto en mi litera lleno de una viva satisfacción; no me he mareado. Vuelvo á dormir muy dulcemente; un vivo y agradable fresco penetra por la ventanilla abierta. A la mañana la claridad del sol me despierta y subo sobre cubierta. El espectáculo que descubro es maravilloso; atrás, la llanura inmensa del mar sosegado, inmóvil; delante, una cortina de montañas verdes, azules; el sol tenue de la mañana pone tintas rosadas en los picachos y salientes de peñas; brillan acá y allá entre la verdina blancas paredes de casitas; dos ó tres velas nítidas, triangulares, destacan en el azul de las aguas.

Estamos tocando ya á Palma; da una vuelta el vapor y la ciudad aparece de pronto con sus torres, sus chapiteles, sus chimeneas, sus terrados; á la izquierda, entre el follaje, aparecen las edificaciones de quintas y hoteles; á la derecha, sobre una eminencia, destacando en el ciclo pálido de la mañana, surge esbelta y recia la catedral. Hay una serenidad profunda en el aire; se oye el campaneo cristalino de una iglesia. Y el barco lentamente va virando y acercándose al muelle...

AZORIN

ABC, Martes, 28 de agosto de 1906, págs. 5 y 6

El periódico "La Tarde" de Palma del día 30 de agosto de 1906 (ejemplar) reprodujo este artículo con el antetítulo "Crónicas de Azorín"

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