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Azorín en Mallorca: Con el señor Maura

fabian | 02 Abril, 2012 09:31

El señor Antonio Maura y Montaner (1853 - 1925) fue cinco veces Presidente del Gobierno de España, la primera de ellas en 1904; la segunda entre 1907 y 1909. Así pues, en agosto de 1906, cuando Azorín viene a Mallorca, Maura es una persona muy conocida, líder de la oposición, que pasaba sus vacaciones en una finca de Valldemossa. Azorín, escritor y periodista, aprovecha su estancia valldemosina para visitarlo.

En Valldemosa: Con el señor Maura

La casa en que veranea el Sr. Maura se llama C'an Mossenya, es decir, casa del mosen ó del eclesiástico, o más propiamente» casa eclesiástica; la razón del nombre es el haber pertenecido antiguamente á uno de estos eclesiásticos un poco regalones, ricos, amigos de la paz y de la tranquilidad, que gustaban de edificarse una quinta en un ameno y silencioso paraje, soleado en invierno y fresco en verano. La situación de esta casa es la siguiente: Valldemosa está situada a 18 kilómetros de Palma y se va a él por una soberbia carretera; el pueblo se encuentra situado en lo alto de una montaña; tiene 1.500 habitantes. Junto a él hay una inmensa y vieja Cartuja rodeada de casitas de labriegos; en este enorme edificio, en sus vastas celdas que constan de.seis ú ocho dependencias, veranean multitud de familias ricas de Palma, y a dos pasos de la Cartuja, Casi tocando con la mano, se ve la casa del Sr. Maura que surge sobre un altozano, entre olivos, algarrobos y frutales.

A las ocho de la noche he ido a visitar al insigne orador. He ascendido por una cuestecita y luego me he visto ante la fachada principal, bajo un tupido emparrado, por entre cuyo follaje apenas se colaba la tenue luz de la luna creciente. No se oía ningún ruido, mis amigos — Sureda y Salvá — y yo hemos levantado una red que tapaba la puerta y hemos entrado en el zaguán. Las redes como la nombrada, de menudas mallas, se ven en todas las casas de Mallorca o por lo menos de estos contornos, ellas son cómodas; sirven para que las moscas no penetren y no impiden el paso de la luz. El zaguán donde nos hallábamos era espacioso, cuatro ó seis mecedoras de lona, a rayas blancas y azules (no sabemos si hemos padecido un error óptico) están formadas en correcta línea á la derecha; aquí es donde se sientan D Antonio, su esposa doña Constanza, dona Margarita, una de las hermanas del gran orador, que pasa aquí algunas temporadas, y D. Miguel, el eclesiástico. Son mecedoras graves, respetables; más lejos hay, colocadas asimétricamente, en desorden, otras cuatro ó seis, que son como mecedoras volanderas y sin pertenencia conocida. Las paredes del zaguán son blancas; en el fondo se ve una escalera ancha, de madera, una de esas escaleras recias y de buena fe que dan tono de sensatez a una casa; algunas puertecillas, dos o tres, se abren acá y allá; veo dos lienzos para pintar arrimados a la pared y con la pintura vuelta hacia ella; estamos solos y yo no los miro por discreción; pero sé que no se trata de obras del Sr. Maura, sino de Antonio, uno de sus hijos, puesto que el insigne orador sólo pinta á la acuarela. Sobre una de las mecedoras reposa un montón de periódicos; el que está sobre todos es un número extraordinario del Cronista Extremeño, con un gran retrato del Sr Maura. Detrás de la puerta, en una jaulita pintada de verde y rojo, duerme una codorniz. La casa, como todas las casas rústicas mallorquinas, está alumbrada por el acetileno; un mechero esparce una blanca luz por el zaguán.

Mis amigos y yo esperamos un momento sentados en las mecedoras; creo oír ruido de platos a lo lejos; tal vez están poniendo la mesa para cenar; de cuando en cuando llegan también risas y voces de niños. Al cabo de tres o cuatro minutos que aguardamos aparece el señor Maura en lo alto de !a escalera y viene sonriente hacia nosotros. El ilustre orador parece más fuerte, más recio, que hace dos meses; viste un traje amarillento, terroso, de dril; el chaleco es ceniciento; el cuello alto, de los doblados, y la corbata es un lacito obscuro con motas rojas. Estrechamos efusivamente la mano del insigne orador y nos sentamos, en este momento llegan los hijos del Sr. Maura: Antonio, Miguel y José María, y el corro se ensancha. Hablamos de cosas desprovistas de toda trascendencia social o política.

— ¿Qué le parece á usted el paisaje de Mallorca? — me pregunta el gran orador. — Esto es hermoso, soberbio. ¿Se ha fijado usted en los olivos? No hay nada más fantástico que el tronco de estos olivos. Yo no los pinto porque me parece muy difícil. La gente de Mallorca — añade después — es amante en extremo de su país. Casi todos los torreros de faro que hay en España son mallorquines; todos suspiran por volver á estas costas, y en cuanto hay por aquí una vacante, yo recibo centenares de cartas. Yo soy como el gerente de los torreros de España. En el negociado de faros — agrega sonriendo — soy muy conocido...

Hablamos de otras varias cosas durante un rato y nos despedimos. He cenado espléndidamente en casa de Sureda, en compañía de los otros amigos que con él hemos venido; he dormido bien y tranquilo, y á la mañana siguiente Salvá y yo hemos vuelto á la casa de don Antonio. Salvá llevaba una máquina fotográfica. El insigne orador ha aparecido en la puerta; llevaba un número de Le Fígaro en la mano; no he visto el título del periódico; pero me ha bastado ver la impresión conocida para mí de este diario.

— Venimos — ha dicho Salvá — en acto de despedida y de fotografías. Queremos hacer un grupo.

— ¡Pero si nos conoce todo el mundo! — ha exclamado riendo D. Antonio.

— No es para publicar — he dicho yo; — sino como un recuerdo.

Entonces el Sr. Maura ha accedido; se ha hecho la fotografía, y hemos pasado al despacho. El despacho es una pieza cuadrada, sencilla; están cubiertas las paredes por cuadros viejos, negruzcos; una ancha mesa antigua (con tablero de nogal) se ve cubierta de multitud de papeles, apuntes, cartas, telegramas. La luz penetra á través de una persiana y queda la estancia en una suave penumbra. Cuando hemos conversado un cuarto de hora, nos hemos levantado para marcharnos. Si hemos oído de labios del insigne orador algo referente á la situación política, es cosa de que no recordamos bien; es tal el número de impresiones que hemos recibido estos días, que nuestros recuerdos se borran y confunden.

— ¡Que tenga usted un buen viaje por el mar!—me ha dicho el insigne orador.

— Mil gracias — he contestado yo levantando por última vez mi sombrero.

Azorín

ABC, 31 de Agosto de 1906.

Pocos meses después, en enero de 1907, Maura volvería a ser elegido como Jefe de Gobierno. Antonio Maura y Constancia Gamazo, su esposa, tuvieron diez hijos, cinco chicos y cinco chicas.

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