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Desde la terraza (VI) de Miguel de los Santos Oliver

fabian | 25 Novembre, 2014 11:32

A este sexto artículo, Miguel de los Santos Oliver le da forma de carta dirigida a una persona que le ha felicitado por los anteriores. En la fecha en que escribe esta carta (1890), en Mallorca no había ningún hotel; el primero se creó en 1905 y la isla pasaba una mala situación económica que se plasmaba en una fuerte emigración. La industria turística ya existía en algunos países europeos como Francia, Suiza, Italia Oliver cree que esa industria podía ser una solución y en estos artículos la propone a sus conciudadanos. La dificultad está en que alguien con capital suficiente y con empeño y conocimiento se lanzase a la creación de un buen hotel. Será una década después cuando Juan Palmer Miralles creará el primer hotel de gran lujo, el "Grad Hotel" de Palma (ver Los comienzos del Grand Hotel de Palma). Tal como Oliver suponía, tras ese primer hotel llegarían otros.

Del Portfolio de Baleares. Guía de Mallorca de Benito Pons Fábregues, publicado en 1922 recojo tres anuncios de hoteles para ilustrar esta entrada.

Desde la terraza

(Páginas veraniegas)

VI

Sr. D.:

Estimado amigo y señor mío: Entre las inesperadas felicitaciones que me han valido estos pobres articulillos, viene á sorprenderme y halagarme la de V. por lo cordial y lo expansiva. No presuma usted que saco á colación ese éxito tan inmerecido de mis Páginas veraniegas, por la pueril satisfacción que pueda producirme. Ay! Lejos están los tiempos en que esto, tal vez, hubiera formado mi delicia. Me encuentro ya en un verdadero periodo de transición de mis antiguos anhelos y mis falaces esperanzas, que evolucionan hacia lo práctico y lo utilitario. De la misma manera, las nieblas vaporosas, como un ensueño, que se tienden arrastrando sus velos sutiles sobre los valles adormecidos por una especie de estupor, se agrupan para formar las nubes y aquel vapor acuoso que flotaba en la atmósfera, con apariencias ideales, se condensa en las opulentas gotas de una lluvia sonora y fecundísima.

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Por tanto, si alguna vez me pierdo en esa evaporación del espíritu y parece mi fantasía vagar en una especie de suspensión atmosférica, es para que condensada caiga en forma de rocío benéfico sobre el espíritu de los mallorquines, avivando su afición á las cosas de la tierra ó haciendo brotar los ocultos gérmenes de la iniciativa que mañana, tal vez, fertilizará y embellecerá estas soledades. Y lo único que verdaderamente me regocija de las felicitaciones á que aludo, es el asentimiento que prestan á mi opinión y el interés, que según traducen, va despertándose en la mente de muchos. Esto es lo primero, esto es por ahora lo único necesario. Que nos convenzamos de que hay mucho que hacer y mucho que explotar. Que veamos claro nuestros méritos y nuestros atrasos, los tesoros y las rutinas en que yacen sepultados é infecundos.

Como escribo estos párrafos sin método alguno y los apunto al vuelo, esto es, tal como se me ocurren las ideas, no recuerdo ya si fué en el último ó el penúltimo artículo que ofrecí ocuparme de lo que hace falta aquí para atraer gentes y hacer del todo grata su permanencia. No es difícil el resolverlo. Falta confort, en todo. Siento mucho el haber tenido que usar esta palabra extranjera: pero como también es aquí extranjera la idea que significa, no cabía decirla de otro modo. Entenderemos por confort, seguramente tanto V. como yo, el conjunto de comodidades, de cuidados y de requilorios que ayudan á hacer agradable la vida, que mantienen el reposo corporal indispensable para el equilibrio del espíritu, que defienden al hombre de los rigores naturales, coloreado todo, por un cierto tinte de arte y de belleza hasta lograr esa clásica hibridación del utile dulci. El confort es naturalmente relativo al medio social y fisiológico en que se ha educado cada cual. El mozo de labranza ó el grumete, resisten impertérritos el relente de la noche y la humedad de la lluvia, el frió glacial lo mismo que el sol de Agosto, porque se han ido acostumbrando é ello de una manera lenta, diaria y constante. Se han cumplido poco á poco las leyes de la adaptación y su cuerpo está modelado según las exigencias exteriores. Para éstos, son superfluidades la estufa perenne, el abrigo de pieles, los cristales herméticos, la ducha fría para reaccionarse, etc.

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En cambio la señorita delicada, que desde niña ha vivido al abrigo del soplo menos violento, que tiene la encarnadura fina y sutil por herencia, cuyos padres y ascendientes llevaron siempre una vida sedentaria preparando esa relajación y esa delicadeza corporales, que se ha criado, en suma, ni más ni menos que como se crían en el invernadero las flores más exquisitas ó intangibles, no puede resistir cinco minutos el aire que entra por una rendija mal ajustada. De la misma manera, todo cuanto se refiere no ya á las inclemencias, sino al arte, á las reformas, al pulimento exterior. Nosotros nos ponemos ahora dentro de estos carricoches que llamamos carriles y estamos tranquilos y contentos con que desempeñen á la buena de Dios el fin puramente mecánico de trasportarnos de un punto á otro. Pues bien, ninguno de esos viajeros distinguidos á que me refiero (y no importa que sea un potentado, basta que sea una persona de condición media, un fabricante, un ingeniero, un escritor), ninguno de esos extranjeros, repito, deja de ocuparlo sin repugnancia y de observar sin disgusto el coche deslucido y roto, los asientos polvorosos, el pasamanos mugriento, el cochero que fuma y sostiene diálogos llenos de interjecciones en presencia de su cliente correcto y estirado, etcétera, etc., cosas todas á que se aviene por fuerza, por la razón de los razones.

Muchos confunden lastimosamente el confort con el sibaritismo, y nada tan opuesto, sin embargo. El sibaritismo es la gula, es la comodidad, es el regodeo de todos los sentidos corporales convertidos en fin único y supremo de la vida. En cambio, lo otro no es más que un medio ayudador del temperamento y de la higiene para cumplir el más racional de los preceptos, la conservación y el perfeccionamiento paralelos del cuerpo y del alma. Es la flor de la higiene, ó si se quiere, la higiene poetizada y acicalada. Desgraciadamente no lo entienden ni pueden entenderlo así en todas partes. La sobria raza española, célebre siempre por su frugalidad (hija de su crónica pobreza) no necesita de tantos perfiles y primores para vivir á gusto. Esto está bien. Cuando no se siente una necesidad, no hay que implantarla artificialmente. Lo que está mal, es no formarnos cargo de la índole ajena y juzgar las ajenas necesidades por las propias. Esto de que nosotros nos abstenemos, es imprescindible para muchos de los que vendrían y no vienen desanimados por tal falta.

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V. lo sabe perfectamente: aquí no se encuentra la suma de comodidades apetecibles, sobre todo para el que no cuenta con una vivienda particular de que se le haga partícipe. La vida de hospedaje está bastante atrasada y con este calificativo espero que nadie podrá quejarse de mi prudencia. No se crea, ni por asomo, que trato de culpar á nadie ni de mortificar á nadie; pero no se puede negar que las seis ó siete fondas que aquí existen, no tienen las condiciones necesarias. No es una exageración ni una malquerencia. Ello está á la vista. Si Larra pudiese resucitar y viniese á Mallorca, generalmente hablando, tendría que tratar á nuestras fondas como trató á las de Madrid en su época.

Siguiendo mi generalización, tendría que admirar casas viejas, cuartos reducidos y pobremente amueblados, camareros con chinelas, en mangas de camisa y fumando alguna vez (como los cocheros). Si pidiese un cuarto con una pila para el baño de limpieza, no le encontraría. Cuando se acercase á buscar el pulsador del timbre eléctrico, no lo habría. Cuando esperase á un camarero correcto y respetuoso se presentarían los joviales mozos peinados al estilo flamenco, con tufos agitanados y sin las costumbres del bien servir.

Cierto, que algunas de nuestras fondas llenan las necesidades del momento, para albergar á todas aquellas personas que viajan con modestia ó vienen para negocios ú ocupaciones precisas. A parte de esto, aunque hay elementos bastantes para obtener cuando se quiere una comida delicada y hasta un banquete selecto, de diario los Restaurants no presentan ningún servicio notable. Falta haría, que mi distinguido compañero D. Angel Muro, aderezase una de las sabrosas Conferencias culinarias que está dando ahora á la estampa, recomendándoles, ya que no variedad y perfección en los platos, que esto lo logran alguna vez, mayor atildamiento y esmero en el servicio, en la vajilla y en la manera de presentar una cena ó un almuerzo á los que allí se alimentan, introduciendo esa nota alegre y atractiva de la cristalería deslumbradora y del ajuar elegante y limpio, que es el más gustoso y el más espiritual de todos los aperitivos.

Quedamos, pues, y espero que V. estará conforme en ello, que lo más descuidado por ahora, es lo que con más urgencia se requiere para lograr la transformación que hemos indicado una y otra vez. Lo primero que se necesita para poder aspirar á esa animación y á ese visiteo y á esas preferencias de la moda, es un Hotel en grande escala, suntuoso, bien amueblado, bien servido, con habitaciones preparadas para familias, etc. De esto y de los baños y de un paseo verdad, de un paseo con arbolado, propio para fiestas nocturnas, y del servicio de expediciones á los sitios más pintorescos ó interesantes y de la construcción de chalets aislados y amueblados para alquilarlos ó venderlos y de otra multitud de ideas que me bullen en la cabeza, le escribiría á V. hoy; pero hay tela para rato y como el tiempo me apremia y además, (Y. me perdonará esta desafinación juvenil) deseo ir esta tarde al Tiro de la Pedrera á ver caras bonitas, etc., le pido mil perdones por todo, le agradezco, su cariñosa felicitación y le ofrezco,, que á no faltarme Dios y ayuda, le resarciré de todo ello, otro día, desde el periódico. Suyo afectísimo amigo.

(La Almudaina, 7 de Septiembre de 1890)

Oliver cita a un cocinero amigo suyo que está preparando un libro sobre la cocina mallorquina: Angel Muro. Tal vez sea el autor de La cuyna mallorquina : colecció de receptes (1897).

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