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Desde la terraza (V) de Miguel de los Santos Oliver

fabian | 24 Novembre, 2014 12:26

Conviene recoger los diez artículos que Miguel de los Santos Oliver publicó en 1890 bajo el título "Desde la terraza" en los que recoge la propuesta de crear en Mallorca una industria turística.

En este quinto artículo habla sobre la publicidad que origina la presencia de personas destacadas pasando el verano en una localidad costera como ya empezaba a ocurrir en esos años en la costa cantábrica. Y expone que la variedad paisajística que ofrece Mallorca puede ser una motivación para visitarla.

Desde la terraza

(Páginas veraniegas)

V

Pocos serán ciertamente los lectores, que al repasar ahora la prensa de Madrid, no se fijen con secreta envidia en la extensa sección destinada a! veraneo. Cartas de la playa, revistas de los balnearios, correspondencias de las ciudades donostiarras, relaciones de fiestas y de banquetes, bocetos, en suma, de una animación indescriptible, ecos del lejano vocerío de la costa del norte recogidos por el gran fonograma del periodismo á la moderna. Fenómeno es este, digno de ser advertido y estimulado en una nación como España, donde la vida del centro es tan absorbente y exclusiva que sólo ella gozaba hasta hace poco de los honores de la publicidad y del interés de la opinión pública.

Parecía, efectivamente, que no había otra comarca importante, ni otra ciudad populosa, ni otro movimiento digno de ser estudiado que los de Madrid. Prescindíase de lo que no fuese cortesano neto y enseñábase de esta suerte una sola parte de la vida española. La prensa estaba cerrada á cal y canto para lo que no saliera de la meseta castellana; y para todo lo restante de la gran Iberia no había más que ligereza ó silencio ó desdén, ó las tres cosas juntas. Muy diferente es lo que sucede ahora. Díriase que las leyes del calórico obran también sobre la cohesión central disgregando sus moléculas y sus componentes. Ensánchase el eje de la órbita en que giran los personajes y los sucesos de magnitud, aflojados por la expansión centrífuga, y llegan al extremo norte de la nación, á aumentar el regocijo estival en las villas y pueblos del Cantábrico. Laudable costumbre es ésta, que logra la comunicación y el trato de gentes quo no se conocían, que vuelve la vista hacia los rincones apartados de la madre patria, que pone en contacto los hombres de la alta administración y de la alta política, con los pueblos que administran, único modo de investigar su índole y de no prescindir de sus rasgos distintivos y peculiares en las ficciones uniformistas.

No á todas partes alcanza esta benéfica acción. Por ahora se limita á la comarca montañesa, á las provincias vascas y á Navarra. Pero, véase en ella un halago de la corona que anualmente pasa á sombrear el escudo de aquellas invictas capitales, ó el designio de absorber el indomable espíritu foral de aquellos pueblos, desarmándolo con la mano enguantada de la cortesanía política, no es menos útil ni menos provechosa su influencia social y económica. Esto por si solo, da resonancia y atracción. Seis ó siete nombres notables, esparcidos por el telégrafo, bastan para conferir el bautismo del tono y de la moda; y sin ese pasaporte, ridículo si se quiere, no encuentran sanción los elementos naturales ni los prodigios ni las bellezas ni las maravillas. ¿Acaso en este último aspecto no puede competir Mallorca con lo más excepcional, con lo más privilegiado y con lo más hermoso? Ciertamente que si la miramos al través de la lente rosada del patriotismo encontraremos estos y otros encantos estupendos. Pero no hace falta.

Si fuera ocasión de escribir un alegato, ó yo me lo prepusiese, concitaría en mi favor la opinión unánime de escritores y viajeros, desde Vargas Ponce y Jovellanos; hasta ahora; diría con Jorge Sand, que aquí se encuentra «la verde Helvecia bajo el cielo de la Calabria, con la solemnidad y el silencio del Oriente.» Continuaría traduciendo, para repetir «que en Suiza, el torrente que corre por todas partes y el nublado que pasa sin cesar, dan á los aspectos una movilidad de color y por decirlo de esta manera, una continuidad de movimiento, que no siempre se puede reproducir felizmente. La naturaleza parece que se burla del artista. En Mallorca parece invitarle. En la isla, la vegetación toma formas altivas y bizarras, pero no despliega ese lujo desordenado bajo el cual las líneas del paisaje suizo desaparecen con frecuencia. La cima de un peñasco dibuja sus contornos segurísimos sobre un cielo resplandeciente, la palmera se mece sobre los precipicios sin que la brisa caprichosa turbe la magestad de su cabellera, y hasta el humilde cactus que surge de la margen de un camino, todo, parece gallardear con una especie de vanidad para el placer de los ojos.»

Podríamos repetir con la amante del egregio Chopin, que si la civilización europea hubiese llegado hasta el punto de suprimir los carabineros y las fiscalizaciones; si la navegación á vapor estuviese organizada «directamente desde Francia á estos parajes», Mallorca haría muy pronto un gran tort á la Suiza. Y hasta nos fuera dado repetir la esperanza que ya abrigó la escritora, de que día vendrá en que las personas más delicadas y las mujeres elegantes y bonitas, podrán ir á Palma con menos fatiga é incomodidad, de las que ahora se pasan para ir á Génova ó Venecia. Podríamos, en fin, presentar una interminable sarta de frases espléndidas y de comparaciones entusiásticas para regodear nuestra gula patriótica con la dulcedumbre suprema de los extranjeros elogios. Baste hoy lo transcrito — que viene en ayuda de mi pleito y de mi pereza — para comprender que esta isla reúne toda clase de primores y de atractivos y de magnificencias, con que llamar la atención entre los sitios más notables del globo. ¿Cómo nó, si compendia en una extensión relativamente corta la más abundante variedad de perspectivas y matices? A penas hay distancia en Mallorca que no se pueda cruzar en una sola jornada con los actuales medios de locomoción. Y en esta superficie que parece una roca perdida en la inmensidad del Mediterráneo ¡qué montañas más sublimes, qué llanuras más fértiles, qué florestas embalsamadas, qué barrancos profundos y aterradores!

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Aquí está á mano derecha del fuerte de San Carlos, toda la braveza salvaje de una costa que cae á plomo sobre las aguas profundas, inmenso peñascal en que se abren grutas pavorosas y en cuyas altas grietas anidan los cuervos marinos. Peñones ingentes á cuyo lado es una cáscara perdida el navío que pasa junto á ellos. Altísimos Léucades donde la fantasía anhela adivinar la figura siniestra de la enamorada de Faón, dando al viento su cabellera de euménide y los pliegues de la blanca túnica. Y abajo profundas oscuridades azules, donde parecen juguetear coronadas de algas entre los verdes terciopelos de la vegetación salobre, las fugitivas nereidas.

Más allá Valldemosa, con sus sombríos olivares cuyos troncos retuercen á modo de Laocohontes, su epiléptica musculatura ó simulan en la media oscuridad del anochecer, suplicios dantescos y vestiglos descomunales. Cumbres llenas de luz de donde bajan saltando los rumorosos arroyuelos que destrenzan entre las limpias piedras sus flecos argentados. Bosques bravíos en que sube la yedra por las añosas encinas, y arbolado que baja en inverosímil pendiente ó de bancal en bancal, como peldaños de una escala de titanes, hasta sepultarse en las olas cuyo eterno monólogo no se oye desde arriba. Atajos abiertos á pico en los peñascos, á la usanza helvética; sotos umbríos v fuentes regaladas...

Y el valle de Sóller en fondo de un anfiteatro de montañas, cubierto de sus famosos naranjos entre cuyo follaje asoma el fruto de oro de las codiciadas Hespérides. Y el alto Puigmayor, de cuyo pico se descubre el suntuoso panorama de toda una isla «que navega hacía el Oriente, como un bajel cargado de flores». Y más allá Pollensa, con sus desfiladeros espantables y sus collados esplendorosos. Y las llanuras vitíferas del centro...

Y sobre todo y por encima de toda esa Mallorca subterránea de Manacor y de Artá, las grutas del Drach y de la Ermita, que han logrado eclipsar el renombre de las de Antipharos. Esos palacios de Hadas cristalizados en el oscuro fondo de la tierra, esos alcázares mágicos, obra de una espontánea arquitectura sin regla ni freno; esas Alhambras maravillosas que hizo surgir la caída secular de la gota de agua, cuya sílice elaboró las columnatas esbeltas y los multicolores arabescos, las complicadas cresterías y las taraceas primorosas, sin que ni el dibujo ni la palabra ni arte humana por expresiva que resulte, acierten á presentar con aproximación su augusta y virginal magnificencia. Y todo un conjunto tal de bellezas y de accidentes tan variados y casi antitéticos, reunidos en veinte leguas de extensión, al alcance de la mano, como un compendio de todo lo que pudo ofrecer de grande y hermoso la naturaleza á los hijos de la vieja Europa.

No hace mucho que me decía Albéniz, con ese fuego artístico que pueden envidiarle muchos poetas
: —Conozco las costumbres de los viajeros, por haber viajado mucho. Puedo decirte que el turismo británico hace años que busca esto, esto mismo que pisamos ahora, y no lo encuentra. Mallorca bien conocida, bien revelada, bien presentada (porque hasta en esta cuestión no puede prescindirse de la pose), sería á no dudar, una soberbia estación de primavera y de verano. La empresa está intacta... Puede esplotarla quien quiera.

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Como al ilustre pianista no le falta razón, si no es apurar la paciencia de los lectores, veremos otro día qué mejoras, reformas ó innovaciones son indispensables para conseguir un deseo tan razonable y tan lógico y tan bonito; el de que tengamos alguna notoriedad ante el mundo y algún brillo y algún provecho que no vengan exclusivamente de esa pasta famosa, digna de la lira septicorde, que conocemos en el país con el nombre de ensaimada.

(La Almudaina, 4 de Septiembre de 1890)

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