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Desde la terraza (y X) de Miguel de los Santos Oliver

fabian | 27 Novembre, 2014 12:09

El décimo y último artículo que Miguel de los Santos Oliver publica sobre la industria del turismo en septiembre de 1890 no lleva el título de "desde la terraza" ni el subtítulo "(Páginas veraniegas)", aunque sí mantiene la numeración romana bajo un título que es una invitación "A Tartarín de Tarascón", personaje de la novela (1872) de Alphonse Daudet que viaja de Marsella a Argel.

Oliver cree que el turismo es una industria que puede modificar a la sociedad anfitriona en muchos aspectos. Por esto invita a Tartarín y le pide que se dé prisa si aún quiere conocer la Mallorca anterior al turismo.

A Tartarín de Tarascón

X

Notoria ingratitud é imperdonable descuido sería el no mentar, siquiera sea de despedida, el nombre del intrépido ascensionista de los Alpes, cuya vida estrenua y cuyos hechos admirables nos ha contado la pluma encantadora de Alfonso Daudet. ¿En quién, sino en el ilustro tarasconés, se personifican y encarnan el genio explorador y aventurero, el turismo atrevido y temerario, la afición á toda empresa bravía y el reto procaz á todo peligro? ¿Quién, con más gentil desprecio de la vida, suspendió su cuerpo sobre los abismos voraces y trepó á los más altos promontorios, ni quién resistió al vértigo de las crarasses y al frío de las nieves perpetuas con más ardoroso entusiasmo? Deber mío es dirigirte un saludo de invitación desde la pobre terraza donde he explayado mis imaginaciones veraniegas. Deber mío es, también, decirte que esta Mallorca que hoy dejamos, hermosa é impenetrable, poética y arisca al mismo tiempo, llena de fragosidades y precipicios, de malezas inexploradas y de engañadores barrancos, tentadora y esquiva como una virgen salvaje, no tardará mucho en perder este carácter ingenuo y montaraz Si tú quieres alcanzarlo todavía, apresúrate y no tardes en venir. Pronto, muy pronto, la isla habrá descubierto sus senos recónditos, hoy defendidos por las breñas y las escabrosidades de que se rodea la naturaleza en su indomable pudor.

Pronto se habrá rendido á las conquistas de la cultura moderna y á los halagos del artificio. La mano del hombre habrá pasado por allí allanando los obstáculos y las dificultades. A esos peñones gigantescos se enroscarán como blanquecinas culebras, caminos fáciles é ingeniosamente trazados. Puentes rústicos salvarán esas tremendas gargantas. Escalinatas abiertas á pico treparán tortuosamente y en descuidado zig-zag por esos anfiteatros de montañas, poblados de misteriosas oscuridades y de sonoros ecos... El peligro, el interés dramático de que tanto se enamora tu imaginación meridional habrá pasado á la historia y será para ti un estorbo, más bien que una ayuda imprescindible, el alpenstosck de tus arriesgadas ascensiones.

Es cuestión de aprovechar los últimos momentos, antes de que se inicie y se extienda la rápida transformación que no estamos lejos de presenciar. Ningún atractivo ofrecerán tu infatigable intrepidez la penalidad de la subida por el famoso barranco de Sóller, entre altísimos derrumbaderos; ni podrás ascender según tu gusto al soberbio Puig-Mayor, como subiste un día al Rhigi-Culm (regina montium); ni atravesar, colgado de vez en cuando sobre los abismos, el magnífico Torrente de Pareys, excursión de la cual suele decirse que no es hecha más que para una vez en la vida; ni llegar á la costa inabordable de Formentor; ni bajar entre sombras espantosas, á penas esclarecidas por débiles teas ó raquíticos reverberos, al húmedo fondo de las grutas de Artá y del Drach...

Por el contrario; si tardas, Mallorca ya no será la Mallorca primitiva que hayas podido entrever. Se habrán apoderado de ella los omnipotentes genios de la empresa, de la comodidad y de la moda. Anchos vericuetos llegarán á todas partes. Cómodas hospederías, en los puntos más difíciles ofrecerán la perpetua abundancia de unas bodas de Camacho. No será difícil que en alguna de ellas encuentres á otro Bompard que te ponga en el secreto, y te diga que esto no es lo que parece, sino una decoración explotada por una compañía inglesa, como te sucedió en Suiza. Te dirigirás á Sóller subiendo por el Coll y en menos de una hora, se te adelantarán otros turistas por la vía férrea, transpasando el magestuoso túnel. Querrás subir al Puig Mayor y un ferrocarril funicular te dejará en la cumbre en un santiamén, encontrándote sentado á la mesa redonda de un hotel donde también discutirán los arrocistas y los ciruelistas, hiriéndote los oídos los acentos de todas las lenguas europeas. En una palabra, entrarás en las oscuras cuevas de estalactitas y de pronto estallará en miles de amperes el esplendor deslumbrante de la luz eléctrica, llenando de destellos las encantadas galerías de aquellos alcázares de cristal, mientras que cómodos ascensores y poéticas góndolas te subirán á las mayores alturas ó te harán dar la vuelta por sus paradisíacos lagos.

Esta será la obra que más tarde ó más temprano ha de venir á defraudar tu sed do aventuras, aunque apagando la de facilidades tan apetecidas por los viajeros poltrones y delicados. En este sentido cogí la tosca pluma y con tal objeto he pergeñado una serie de capítulos de esa gran fantasía sobre motivos de Mallorca. Mas antes de soltarla y de retirarme por ahora del palenque, quiero advertirte de lo que no creo imposible ni siquiera remoto. Tú, que has viajado mucho... con la imaginación, — como yo — verás si tengo razón en mis vaticinios. He puesto alas de papel al desmanado pensamiento, para que vuele como una cometa y la divisen los ojos perspicaces. El pensamiento no es mío; no me reservo ni encontraría justa para mí ninguna parte de de gloria. Lo he absorbido, por condensación, del espíritu que anima á muchos inteligentes patriotas. Es una idea que estaba en la atmósfera, flotante, dispersa; y yo la he recogido á la buena de Dios como se recoge la electricidad en los acumuladores. Sólo deseo que otros más idóneos y activos, continúen la campaña emprendida, la extiendan, la dirijan y encaucen, y obtengan los laureles del triunfo con la seguridad de que yo no he de envidiárselos.

Oliver
Miguel de los Santos Oliver

Has de saber que mil veces me he preguntado: — ¿Porqué tendremos nosotros los mallorquines este carácter tan acomodaticio? ¿Por qué nos plegamos tan dócilmente á las circunstancias? ¿Por qué nos conformamos con todo lo actual y lo encontramos tolerable, y hasta bueno, y oponemos el mayor excepticismo á toda innovación y sólo la aceptamos cuando el éxito se burla de nuestra muda derrota? Prefiero más un entusiasta como tú, ilustre Tartarin, que cien «prudentes y conspicuos», título que con frecuencia adopta la nulidad para ostentar alguno. Únicamente con una gran dosis de fé y de entusiasmo es posible llevar á cabo las mejoras que los tiempos y las necesidades reclaman. Bajo el nombre de prudencia y de cordura suelen esconderse, muy á menudo, la pereza y el egoísmo, la sordidez y la necedad. El grito de ¡adelante! en estas empresas, fue siempre el de los pechos magnánimos y generosos, el de los descubridores de mundos y de ideas. Tú no me querrás creer; en mi tierra ya estamos hartos de «cordura», de «sensatez», de sosería... Hace veinte años que vivimos en pleno estacionarismo. Todos somos cuerdos, porque ninguno hace nada. Todos somos sensatos, porque todos dormimos el mismo sueño.

Y á la verdad: esto es ya insoportable. Se hace necesaria como el pan nuestro de cada día, una irrupción de insensatos, de dementes, de oxigenados, no importa qué; pero que pongan esto en movimiento, que una vez en marcha no falte nunca el auxilio de la reflexión y de la madurez. Yo me he declarado resueltamente insensato, desde que puse la primera línea de estos artículos y seguiré siéndolo y creyendo á marcha martillo en la posibilidad de la obra hasta que vea emprenderla, lo cual tal vez no sea tan lejano como pudiera suponerse. Transformaciones más radicales y asombrosas se contemplan todos los días. De esta suerte se verifica todo lo grande. En esta forma alcanzaron su fortuna Suiza cuando la dio á conocer Rousseau; Niza desde que es provincia y Argel desde que es colonia de Francia; nuestras estaciones del Cantábrico desde que han sido insensatas... ¿Qué maravilla ni portento, que aquí aconteciese otro tanto con muchísimo menor empuje, ya que tenemos un punto de partida más sólido y brillante?

Dios haga que estas ú otras páginas arrebatadas por el viento de la publicidad, en su misteriosa ruta vayan á caer bajo los ojos del emprendedor que yo he soñado en mis divagaciones. Dios haga que la casualidad las ponga en manos expertas que puedan ampliarlas y desarrollar todos los puntos que contienen en incorrecto y elemental esbozo. Yo me habré recreado en esparcirlas, con el mismo gusto del que suelta una bandada de palomas mensajeras con su carta en el cuello preñada de felices revelaciones, o como el solitario de las playas desiertas que arroja al mar una botella lacrada, para que arribando á latitudes ignotas pueda saber la lejana muchedumbre la existencia de un tesoro escondido.

(La Almudaina, 25 de Septiembre de 1890)

Estos artículos de Miguel de los Santos Oliver dieron sus frutos. A comienzos del siglo XX se crearía el Gran Hotel en cuya inauguración Oliver pronunció un discurso, la Sociedad de Fomento del Turismo y Bartolomé Amengual publicaría, basado en las ideas de Oliver, "La Industria de los Forasteros" (ver: Del Grand Hotel y la industria de forasteros.

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