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Rubén Darío: La isla de oro. Jardines de España

fabian | 11 Abril, 2012 09:55

Santiago Rusiñol (1861 - 1931) pasó temporadas en Palma, en El Terreno. En 1903 publicó el libro Jardins d'Espanya (pdf), el cual incluía textos de varios escritores, como "El castell buit" (pág. 6) poema de Miquel dels Sants Oliver, "La reliquia" (pág. 9), de Joan Alcover, "Villa" (pág. 13) de Miguel Costa y Llobera o "Floràlia" (pág. 19), un largo poema de Gabriel Alomar (1873 - 1941), a quien Rubén Darío llama "el futurista", puesto que en 1905 había publicado "El futurisme".

libro
Santiago Rusiñol: Jardins d'Espanya (1903)

Sirvan estos datos para dar paso al artículo titulado Jardines de España de Rubén Darío, publicado en La Nación, periódico de Buenos Aires, el 7 de abril de 1907 y que sería la segunda de las seis partes de "La isla de oro".

La isla de oro

Jardines de España


— Rusiñol — dijo lady Perhaps —, encienda usted su pipa. Bien saben que soy una buena camarada, y que todo me gusta en carácter.

Estábamos en la terraza. Nos fascinaba, cerca, la alegre dulzura de unos almendros en flor, grandes bouquets de nieve-rosa, tenuemente rosa. El futurista había expresado gentiles teorías. Rusiñol había narrado pintorescas anécdotas. La dama y yo habíamos cantado la gloria felizmente «di camera», del extraño, caprichoso y misterioso Aubrey Beardsley, que desde hace algunos años descansa en paz.

Rusiñol encendió su pipa; y así pudo verse, a través de un velo de sutil humo, su hermosa testa de artista; el mechón gris sobre el marfil de la frente, la mirada llena de la fatiga del ensueño, la sonrisa de buen muchacho. Hacía tiempo que la inglesa era admiradora de las prosas y de los cuadros de ese catalán de seda. Uno de esos cuadros nos fue evocado por los almendros floridos. Era una tela expuesta en el Salón de París, hace pocos años.

— Es aquí en la Isla de Oro — dijo la dama —, en donde nuestro amigo ha encontrado muchos adorables rincones de amor y paisajes de ensueño que ha trasladado a sus incomparables «jardines de España».

Sobre un atril nos fue presentado el bello volumen hecho de manera que tan solamente Barcelona sabe realizar en la península. Mi impresión ha sido la de todos los gustadores de esas deliciosas variaciones pictóricas que el poeta del pincel ha sabido formar agregando a la realidad la virtud evocadora y profundizadora de su daimon interior, tal lo han manifestado ya Vittorio Pica, ya León Daudet, fraternal amigo del vincista primero de las Españas.

Mi afecto, mi amistad artística por Rusiñol son, yo lo diré así, antiguos, puesto que ha nevado — poco, en verdad — , tanto en su cabeza como en la mía, siendo él el «hermano mayor». ¡Rusiñol es infantil y refinado, triste y alegre, gran señor y bohemio! Él puede serlo, porque es rico... A estas horas, es la única manera de ser ciudadano del divino país amado de Selene.

— Mas, ¿qué dice el futurista de estas lindas cosas pintadas y poetizadas? — expresó lady Perhaps.

— El futurista dice —contestó Alomar — lo que se sucede en su «Floralia».

— Lo cual es de toda gracia y elegancia — agregó la dama —; porque este filósofo habla en poesía, a no ser que, dicho mejormente, este poeta hable en filosofía.

— Señora — interrumpí—, los jardines son y han sido siempre un incomparable tema para poetas y para filósofos. Aún respiramos tamizados por los siglos los perfumes de Academo. En cuanto a la jardinería, puede ser considerada como una de las bellas artes. Antes que un Le Nôttre o un La Quintinie, aprobaría mi decir un poeta anglosajón hermano de los ángeles y de nombre Edgar Poe.

Rusiñol lanzó una bocanada de humo. Y como se hablase de la decadencia de los jardines, se levantó y leyó en el bello libro en su lengua vernácula: «...I és que els jardins són el paisatge posat en vers, i els versos escrits en plantes van escassejant pertot arreu; es que els jardins són versos vius, versos amb saba i amb aroma; i com el jardiner poeta, per a rimar els llargs caminals ombrívols, per a estilitzar els boixos fent-los seguir simètriques harmonies, per a posar en estrofes de verdor les imatges de les plantes i les teories de figures, per a versificar la Natura i fer cants d'ombres i clarors, necessíta de l'alegria dels temps i de la prosperitat deis homes, i els homes, ai!, ja no estan per a poesies, ni els temps per a magnificències, els versos escrits en el jardí se van omplint d'herba de prosa, en l'aspre terrer d'Espanya».

Intervine:

Señores, puesto que los jardines son una de las bellas artes, creo que están sujetos a los gustos y a las corrientes mentales. No creo que haya decadencia de jardines, sino jardines decadentes. Así como los hay clásicos, románticos, y creo que hasta de exóticas clasificaciones. Así el que al conde Robert de Montesquiou - Fesensac formó un sabidor nipón famoso entre los poetas que se precian de saber cosas bizarras.

Mas las palabras de los poetas escritas con plantas son las flores. Y oíd lo que Alomar canta de ellas. Él dice que: «Las dalias son ardientes escarapelas y las hortensias virginales insignias. Los girasoles murmuran las ufanas décimas de los galanes a las hermosas sobre los teatros de las cortes caídas, y hacia la luz se tornan, como hipnóticos, y expresan, cavilando, torturadoras ansias de verdad y de belleza. Las magnolias se abren en floraciones de blanco luminoso, y los geranios cuajan iris de paz sobre las nubes de los tupidos follajes amorosos. Las rosas esplendentes guardan intacto el estro de Anacreonte». La enumeración sigue victoriosa. Esa bella «Floràlia» expuesta en el «pórtico» del suntuoso volumen es de las más apasionadas y magníficas loas que se hayan hecho en honor de las flores. Y cuenta que desde Lucrecio, Ovidio, Horacio, hasta Hugo y Mallarmé, han tenido comentadores de su gracia y ensalzadores de su misterio.

Yo amo los jardines de España que han hecho peregrinar al artista, satisfaciéndole en cambio con el don de sus almas melancólicas, sílvicas o aristocráticas. Amo este «Darrer jardí» mallorquín en el cual entre flores y árboles espesos y oscuros no hay más que una soledad en espera de inminente presencia que vaya con paso de meditación hacia la solitaria puerta que se abre en la claridad del fondo.

Me deleita la fuente de la Odalisca, en la mágica Granada, donde en un escenario miliunanochesco se abren las rosas rojas junto a los macizos de arrayanes, y el agua se vierte en la taza antigua bajo las simetrías entrelazadas de los educados troncos. Y en la Isla Dorada otra vez, el «Caminal d'Alfàbia», asimismo de cuento de Oriente, con sus columnas y sus cristales armoniosos, y las flores siempre. De nuevo es en la tierra granadina, la «Glorieta de los Enamorados», cuyo nombre recuerda lo que una dama sabidora dejó escrito en el álbum del Generalife, que era bueno «para amar». Aquí para amar es bueno este asilo de verdores, de una composición arcaica, y en donde un aislado chorro de agua apenas humedece el paso de las horas. He aquí, también en Granada, una sucesión de arcos espléndida, o la «villa» triste ante los recortados cipreses. Y en Aranjuez, la senda de rosas hacia la enorme herradura del espeso arco... Y otras páginas poemales, en que la luna influye con su hechizo; o en que ordenadas graderías ascienden hacia unos como oscuros santuarios de profanos cultos. Aguas, follajes, tiestos, en la ornamentación de las gráficas músicas, gráficas músicas que bien habrían violado las violas que acariciaron en días líricos los oídos de la imperecedera Gioconda. En estos jardines ya es la clara voz de primavera, ya el canto autumnal el que se escucha.

Toda esta obra de intelecto refinado y trascendente seduce desde el primer instante en que se la contempla con «intelecto de amor». Y es como un oasis en el seco ambiente de la pintura al uso, toda de fórmulas, recetas, habilidades y mercantilismos. Yo amo estos jardines de España y al jardinero de pluma y pincel que sabe dar alimento y halago a las fantasías fatigadas y acosadas por las tendencias poeticidas de la vida moderna, de esta hora actual de trajines, especulaciones ápteras y derrotas del sentimiento.

Imaginaos un errar continuo entre asperezas, breñales, tierras calcinadas, paisajes de desolación, parajes de rocas y zarzas; un caminar bajo la furia de las llamas solares, hacia un punto desconocido, mas, sin embargo, ambicionado, y que, al llegar la tranquilidad de la tarde, os encontráis ante un bosque sagrado, tal como los de los fondos de los adorables primitivos, y allí dulzura, gracia sutil, el aparecimiento de la luna, agua fresca. Y la melodía del ruiseñor.

Daréis las gracias al Ruiseñor por su melodía...

La obra publicada de Santiago Rusiñol, ya de Dominio Público desde el pasado 1 de enero de 2012, se va publicando en edición digital y libre en Santiago Rusiñol. Obra completa. Sobre Rusiñol en Mallorca, puede verse Santiago Rusiñol: L'illa de la calma con un artículo de Bartomeu Bestard "Rusiñol y Mallorca" y, también, Jardines abandonados: Rusiñol y Miguel de los Santos Oliver, con el artículo de Miguel de los Santos Oliver publicado en "La Vanguardia" el 7 de mayo de 1910, titulado "Rusiñol".

De Gabriel Alomar Villalonga, ¡ay, la pobre Mallorca no turística en Internet!, La Biblioteca Nacional de España tiene on line el Archivo personal de Gabriel Alomar. Pero bueno sería que, entre uno y otro, se fuera reuniendo su obra publicada.

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