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Rubén Darío: La isla de oro. El imperial filósofo

fabian | 17 Abril, 2012 08:46

En este artículo Rubén Darío se acerca a Miramar; allí el inmenso mar visto desde la altura; el abismo. "Tibi dabo" dijo el demonio en una tentación a Jesucristo, "A ti daré". Y Rubén Darío rememora dos figuras importantes del lugar: Ramon Llull que aspira predicar en África, y El Archiduque Luis Salvador de Austria, quien abandonó la Corte para fundirse en la naturaleza, en el estudio. Allí fue el lugar de la primera imprenta de Mallorca y lugar de visita de la emperatriz Sissí, Elisabeth de Austria. Reflexiona Rubén sobre las palabras y las vidas de ambos personajes - el Archiduque vivía en esos momentos en una isla griega acompañado de Catalina - y recoge como colofón el mensaje lulista "Com sia cosa que desamor sia mort e amor sia vida": El desamor es muerte y el amor es vida.

retrato
Gabriel Alomar i Villalonga, "El Futurista", retrato realizado por Pilar Montaner

La isla de oro


El imperial filósofo


El automóvil se detuvo para dejarnos descender al Futurista y a mí. Fuimos por una senda estrecha. Pinos y otras varias especies de árboles nos rodeaban. Sonaba suave el aire entre los boscajes. Había un cielo límpido.

— ¿Sufre usted el vértigo de las alturas?

No tuve tiempo de contestar. Tenía delante de mí el abismo. Estábamos en una angosta cornisa de la montaña. Allá abajo, húmedos zafiros marinos, líricos cristales de poemas. Allá abajo, como a la altura de dos o tres torres Eiffel, las aguas de las barcas de Homero. Un paso más y descenderíamos a la muerte, sin que pudieran detenernos las débiles vegetaciones del declive. Yo aparté la vista de la atracción bella y funesta. El vértigo obedece a algo que está en nosotros, pero también fuera de nosotros. En toda eminencia, a la orilla de todo precipicio, hay un satán que se acerca y murmura un casi inteligible Tibi dabo.

Apoyado en el muro de tierra, con la cara vuelta al muro de tierra, anduve por largo rato, hasta llegar a un punto en que la cenefa de camino, camino de cabras, se deshacía en una planicie ancha, tranquilizadora. Entonces pude admirar más a mi placer la naturaleza circunstante paradisíaca. Flechaban las arboledas llamadas de pájaros. El azul profundo parecía poder alcanzarse con la mano; mas un steamer que pasaba a la vista semejaba un pequeño insecto sobre la seda cerúlea. Así, llegamos a un corto y pintoresco puente que salvando una hondonada conduce a una blanca y diminuta capilla, levantada por el archiduque Luis Salvador, en memoria y honor del gran Raimundo Lulio, cuyo espíritu, cuya influencia, cuyo aliento, flotan en Miramar y en todos sus contornos, dando a las mismas rocas y a los mismos troncos de los árboles como una animación y una voluntad de intensa vida. En la capilla está la estatua de mármol y alrededor de la capilla el inmenso espacio libre en que se recorta la circular balaustrada. Y es aquel lugar como un púlpito extraordinario desde donde un predicador de voz inaudita hablaría a las fuerzas del viento, a las potencias de la tempestad, a las animadas y misteriosas olas, y a la sustentante tierra. Desde allí se divisan valles, colinas, alturas abruptas. Los paisajes están llenos de una frescura cual la de la primera mañana del mundo. Surgen, gigantescos, rompiendo el seno secular, los huesos del globo. Sobre las revueltas y erizadas piedras vigorosos vegetales han echado las garras nudosas de sus raíces; parasoles verdes se estilizan en cumbres rocallosas que a sus pies tienen escenarios para el encadenamiento de blancas Andrómedas, que han de ser libertadas por gloriosos Perseos, caballeros de las quimeras. Y sentí allí a mí lado como un resoplido, y un piafar y un ruido de alas.

Era mi fiel Pegaso impaciente. Cierto, era de montar allí el bello animal olímpico. Mas mis entusiasmos, ante el maravilloso espectáculo, uno de los más maravillosos que puedan contemplarse sobre la faz de la tierra, convergieron a la augusta persona luminosa en los tiempos, de aquel pensador, de aquel poeta, de aquel minero de suposiciones divinas que la leyenda ha colocado en el número de los hombres misteriosos y sobrenaturales, dándoles un poder mágico y una comprensión honda de los secretos de las cosas y en las revelaciones de las desconocidas fuerzas. Pensé en el creador de Blanquerna, en el que hace dialogar al Amigo y al Amado, en el ermitaño que vivió con los espíritus de lo invisible en una cueva bronca, frente a las olas pobladas de sirenas y tritones; en el que supo vencer la furia soberbia de la carne por el horror de la muerte y por el dolor; en el soñador medioeval que hizo de su existencia un poema de combate, varón de acción y constructor de torres ideales. En quien tuvo, como muy pocos, la absoluta conciencia de Dios.

Yo he escrito alguna vez:

Dichoso el árbol que es apenas sensitivo
Y más la piedra dura porque esa ya no siente.

¿Tendré derecho, porque mi concepción de la materia llega hasta cierto límite, de afirmar que en el mineral no puede haber una especial manera de sentir de acuerdo con las arcanas universales voliciones? Las rocas guardarán memoria del ermitaño. Él se personificó en Blanquerna, el pontífice que abandona el más alto solio de la tierra y la representación de Jesucristo, para ir a hacer su oficio vocacional de contemplador. Contemplador de su propio ser con el ansia de lo absoluto; contemplador de la naturaleza, con la cual se compenetra y cuyo misterio lee por virtud de celeste clave; contemplador de la razón suprema por la suprema fe. Mas él arde sobre todo en las llamas del Santo Espíritu, quien más le inspira y levanta de las personas de la trinidad teológica. Es el varón de Amor. Esta terrible águila del Señor se iguala a la tórtola franciscana en divino sentimentalismo. Este caballero del mundo que un tiempo fuera presa del amor profano y cuya contextura revelara bronces y aceros, no habla allí, cuando dialogan el Amigo y el Amado, sino de deliquios místicos, y vienen a sus labios palabras de sensitivo: llantos, suspiros, desmayos, languideces. Estos pájaros que cantan en los boscajes de Miramar han tomado parte en las sublimes conversaciones: "Digues, aucell qui cantes, ¿est-te mès en guarda de mon amat per ço quet defena de desamor, e que multiplic en tu amor? Respòs l'aucell: — ¿E qui'm fa cantar, mas tan solament lo senyor d'amor, qui's té a deshonor desamor?». Y Ramón se echó al abismo divino.

Me explico perfectamente por qué el archiduque de Austria Luis Salvador se apasionó por la memoria del formidable Contemplador. Él pertenece a una familia de atridas, a una familia en que la fatalidad ha descargado incesantes tormentas esquilianas. Es la familia de los porfirogénitos locos, asesinados, quemados, suicidas, desorbitados. Leyendo el libro de Eugenio Garzón sobre Jean Orth, puede recorrerse la lista, quizás incompleta todavía, de esos príncipes perseguidos por misteriosos golpes fatídicos. El Alberto I, hijo de Rodolfo de Habsburgo, asesinado; Leopoldo III, asesinado; María de Borgoña, hija de Carlos el Temerario, muerta de una caída; doña Juana la Loca..., loca; Fernando I, hipocondriaco; Felipe el Hermoso, envenenado; Carlos V, epiléptico; Rodolfo II, loco; María Antonieta, guillotinada; Maximiliano, emperador de México, fusilado, y su mujer Carlota, loca; el archiduque Rodolfo, heredero de la corona de Austria-Hungría, asesinado o suicida, no se sabe; la duquesa de Alençon, quemada; la emperatriz Elisabeth, asesinada... El archiduque Juan, perdido en los mares, o por lo menos, muerto civil. Y las innumerables desgracias domésticas. ¡Y los que faltan en la lista!

El archiduque Luis Salvador huyó también de la vida palatina, quizá pensando en librarse de la tempestad familiar... Y refugiado en la isla de Mallorca, en el Miramar magnífico y solitario, ¿qué mejor patrono podía escoger que Lulio, el hombre estupendo que predicó y enseñó, con discurso y ejemplo, el abandono del siglo y la pasión de Dios? El aristócrata de Viena, si bien muy cristiano y lulista, no llegó, naturalmente, al misticismo del beato eminente. Hay en él algo de pagano, puesto que tiene algo de poeta. Es poeta por el amor a la naturaleza y por la filosofía... «Nosotros, los filólogos» — escribía Nietzsche. El extenso dominio que confina con los montes y con el Mediterráneo es un paraíso en que el príncipe no ha permitido la profanación de los arreglos y recortes caros a los vulgares terratenientes. Mas ha llenado las abruptas cumbres de miradores y belvederes desde donde podéis sorber infinito con cuerpo y alma. Hay, más allá del oratorio, una casa en que los empleados y guardas tienen orden del archiduque para hospedar y atender a los visitantes. Y luego está la mansión del museo. Todo allí es señoril y antiguo. Las viejas arcas, los viejos sillones, las telas y labores de antaño, la alfarería tradicional, sólida y fina, de vistosos colores; las singulares sillas de cuerda, sin respaldar, que más bien son manera de cojines orientales; trabajos de argentería mallorquína, venerables obras de carpintería y de tenería; techos que saben de pasados insomnios o sueños, y retratos de familia, retratos que evocan a cada paso un recuerdo de pena y de fatalidad: Elisabeth, Rodolfo. En una sala baja de la morada casi monacal por su silencio, sorprende al pasajero un monumento de mármol en que un ángel, el ángel del supremo Juicio, despierta a un bello joven semejante a Apolo. No hay gran mérito de arte en esa muestra de lo convencional italiano. ¿Mas qué hace allí, diréis, ese ejemplar de mausoleo que parece extraído del cementerio de Genova? Ese mausoleo conmemora una amistad extraordinaria. En el zócalo se lee: «Wratislao Vyborni. Nació en Kuttemberg el 23 de septiembre de 1853; falleció en Palma el 25 de julio de 1877. Sus restos mortales descansan en su país natal. — Resurrexit. — Orad por él. — Lo suplica su amigo del alma — Luis Salvador — que dedica este monumento a su memoria». La murmuración nada ha podido roer en el blanco Carrara que ha dedicado el imperial Pilades al Orestes secretario y por largo tiempo compañero en su retiro.

He allí la capilla de la Trinidad, que fue fundada en el siglo XIII... He allí una Virgen de mármol... Ella ha sido regalada por la emperatriz errante, cuya vida íntima nos ha contado Christomanos, por Elisabeth. Y ¡oh ironía del inescrutable destino! ¡En la base están grabadas las fechas de las visitas que la soberana hiciera, y un voto en que se confía a la Estrella del Mar la guarda y la protección de la viajera! ¡A la orilla del lago de Ginebra le dio la puñalada el anarquista asesino!

He allí la reconstruida parte de un gótico claustro. Y por todos los lugares la memoria de Raimundo Lulio. En la casa de Miramar — dice el escritor Lázaro Floro — el gran Lulio fundó a últimos del siglo XIII un colegio de lenguas orientales en donde trece religiosos franciscanos debían prepararse para la conquista religiosa de África, idea que le preocupó toda la vida y que tuvo que abandonar por causas que desconocemos; allí se imprimió el primer libro cuando se introdujo la imprenta en Mallorca, un cuarto de siglo después de inventarse y once años más tarde de conocerse en España; allí habitaron los cistercienses, los cartujos, los jerónimos y los dominicos; y cuando hasta el nombre del sitio iba a desaparecer, el potentado príncipe austríaco hizo renacer la antigua grandeza de aquellos riscos y malezas. Raimundo Lulio, que con ser tan gran filósofo era un gran artista, habrá agradecido en la eternidad la obra de Luis Salvador, que ama las artes y vive la filosofía. Él ha podido realizar la obra de arte vital, vivir su poema, o hacer un poema de su existencia; él ha desdeñado las pompas de las grandezas áulicas y al mismo tiempo las miserias que amenguan el brillo de las supremacías hereditarias. Él dejó la corte de Austria elegante y soberbia, para ir a vivir entre los payeses y las payesas de Valldemosa, bajo el cielo soberbio, junto al Mediterráneo armonioso, en sus tierras casi primitivas, horas de libertad y de capricho o de estudio y de recogimiento. Hay, no lejos de la morada principal, y de la capilla, donde se ve un pulpito al aire libre en que predicara el vigoroso Vicente Ferrer, hay, digo, al lado de una fuente, en una vasta jaula, un águila prisionera. ¿Habrá querido simbolizar el archiduque su pasada vida cortesana en la jaula inmensa del alcázar vienes? El sonoro y luminoso mar latino le ha revelado ciertamente otras cosas que las aguas del bello Danubio azul.

Hace ya algunos años que Luis Salvador no está en Miramar. Vive en una isla del archipiélago griego, en donde tiene otra mansión de soñar y filosofar como la de la tierra mallorquína. Yo simpatizo grandemente con ese hombre admirable, con ese imperial filósofo. Dícenme que en Mallorca andaba modestamente vestido, que hablaba sencillamente con las gentes de la ciudad y del campo; que escribía libros, que estudiaba la antigua vernácula de la isla para sus trabajos especiales; ése es un varón que ha sabido dirigir bien las potencias de su alma. Y cuando fundó el oratorio de que os he hablado, que se asemeja a un nido de piedra sobre el abismo del mar, recordando que su predilecto patrono, Raimundo el superfilósofo, había muerto apedreado como Esteban el protomártir, hizo un viaje a Bugía, en Argelia, lugar en que se lapidara a Lulio, y de allí trajo una piedra, la primera que él colocase para el monumento de oración y de gloria. El hermoso gesto vale por una oda. Es, pues, también, el archiduque de Austria Luis Salvador, un poeta.

Ved cuan distinta esa vida de la de los grandes duques rusos, derrochadores de oro en los restaurantes nocturnos de París, devotos de Santa Ruleta, tragadores de mares de champaña, únicamente preocupados del placer.

— Ellos son también, a su manera, imperiales filósofos — me advirtió el Futurista — Yo le di la razón, pues ha tiempo que he loado el vino que se encierra en las ánforas de Epicuro. El barón de Holbach aconseja aun el vicio si en él se encuentra la felicidad. D'Alembert recomienda sobre todo cuidar nuestro diafragma, y Diderot nuestro estómago. Voltaire nos aconseja gozar, pues fuera del gozo, todo es locura. «Digerir bien y tener el vientre libre.» Todo eso pertenece a la filosofía. ¿Habéis leído el Pantheisticon de Toland? Os recomiendo la Formula celebrandae sodalitatís socráticae

Confieso que los archiduques filosofan, aunque de otra manera, tanto como el príncipe devoto de Blanquerna. Aunque el generoso y solitario artista de Miramar, cuéntanme que al partir a Grecia, tuvo un rasgo que yo le aplaudo con todo entusiasmo: se llevó en su yate la más linda y gallarda moza que pudo encontrar entre todas las frescas payesas del contorno. ¡Viva el vivir! Él entiende profanamente la palabra del místico loco: Com sia cosa que desamor sia mort e amor sia vida.

Este artículo fue publicado en La Nación de Buenos Aires el día 23 de julio de 1907.

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