Alta mar

Contacto

Rubén Darío: La isla de oro. Todavía con George Sand

fabian | 16 Abril, 2012 16:00

Las figuras de George Sand y Chopin llamaron la atención de Rubén Darío; a ellos dedicó dos artículos consecutivos de "La isla de oro".

La isla de oro


Todavía sobre George Sand


Acabado que fue el sabroso yantar, fue de nuevo la amante de Chopin el tema de la conversación. La amante de Chopin, de Musset, de Pierre Leroux, de... mil y tres. ¡Doña Juana! Una doña Juana con refinamientos y locuras que erizaron, como es bien sabido, el burgués juicio de su esposo, M. Dudevant. ¿No llegó este excelente señor a acusar a su oíslo de actos tan solamente semejantes a los que han sido señalados en Agripina, en Catalina de Médicis, en María Antonieta? ... ¡En el proceso de divorcio se dijeron tantas cosas!

El marido no vaciló en afirmar que Mlle. Solange era conocedora de iconografías vedadas, gracias a la autora de Lelia, que le permitía asimismo familiaridades con sus amigos. Calumnias, dijo el abogado defensor. Vale más, o no, que repitamos lo mismo. Lo que hay que notar es que los hijos recibían una educación no precisamente severa. Tal les vemos acompañando a la ultrarromántica pareja. He aquí una curiosa carta que, en marzo de 1896, recibió el señor Estelrich, del Honor Sebastián Nadal, a la sazón de edad de ochenta y un años, el cual Honor vio y conoció a George Sand cuando habitaba su celda de la cartuja de Valldemosa:

«Valldemosa, y marzo de 1896. — Apreciado señor mío: La señora francesa de quien usted me pide noticias se llamaba madama Sand y su compañero, M. Federico Chopin, al parecer como casados. Ella era una gran escritora, él un gran pianista. Madama Sand escribía muchas veces dentro del cementerio de los frailes debajo de un gran palmito que allí había y que tenía el tronco como un cuarterón. Tenía dos hijos, no recordando bien si había uno varón, aunque lo creo, pero sé de cierto que era hembra el otro que tenía menos años. Por el carnaval fuimos disfrazados, algunos jóvenes de buen humor, capitaneados por el abogado Prohens, de Palma, a visitar a la señora Sand en su celda que, si no me equivoco, era la cuarta o la quinta del corredor. Esto era el año 38 o 39 de la presente centuria.» Al parecer, como casados, dice el honor. Ya es de suponerse el singular matrimonio de música, literatura exaltada, sangre cálida, y tisis. En el libro en que la autora narra las impresiones de ese invierno en la cartuja de Valldemosa, hay espeluznantes detalles. «...Estas moradas siniestras, dice George Sand, consagradas a un culto más siniestro todavía, obran un tanto sobre la imaginación, y desafiaría al cerebro más calmoso y más frío a que se conservase allí largo tiempo en un estado de perfecta salud. Estos pequeños miedos fantásticos, si así puedo llamarlos, no dejan de tener su atractivo; y son, sin embargo, lo suficiente reales, para que sea necesario combatirlos en uno mismo. Confieso que no he atravesado ninguna vez el claustro al anochecer sin una cierta emoción mezclada de angustia y de placer, que no dejaba que traslucieran mis hijos, por temor de hacérsela compartir. Y, sin embargo, no parecían dispuestos a ello, pues corrían al claro de luna bajo los arcos rotos, que verdaderamente parecían convocar al aquelarre. Les he conducido varias veces cerca de medianoche al cementerio.» No puede ser más interesante la educación que uno ve dar a esos singulares muchachos por tal manía extraordinaria. Felizmente para ellos los paseos macabros cesan ante la aparición, una noche, de cierto viejo borracho y amenazante criado de los monjes. «Entraba en casa de María Antonia (la criada), a la que infundía gran miedo, y haciéndole largos sermones entrecortados por cínicos improperios, se instalaba al lado de su brasero hasta que el sacristán venía a arrancarle de allí a fuerza de halagos y artificios; pues el sacristán no era muy valiente y temía enemistarse con él. Entonces, nuestro hombre venía a llamar a nuestra puerta a horas desusadas, y cuando se fatigaba de llamar inútilmente al padre Nicolás, que era su idea fija, se dejaba caer a los pies de la Virgen, cuyo nicho estaba situado a algunos pasos de nuestra puerta, y se quedaba dormido, con su cuchillo abierto en una mano y su rosario en la otra.» ¡Poned a todo eso música de Chopin, la música del piano, los improvisados nocturnos en que daba su alma a la noche el demacrado artista que tenía por dentro a la muerte, royéndole los pulmones!

George Sand veía a Mallorca como tierra de color y de sol, país para pintores. Así ella da gracias a Dios por haberle dado muy buenos ojos. La viajera es también excelente observadora. De tal manera, no dejará de apuntar datos sobre las producciones del suelo, sobre el elemento étnico, sobre los cactos y sobre los cerdos... «Estos animales, querido lector, son los más hermosos de la tierra, y el docto Miguel de Vargas, con la más ingenua admiración, hace el retrato de un puerco joven, que a la cándida edad de un año y medio pesaba 24 arrobas, o sea 600 libras.» «Los mallorquines llamarán a este siglo, en los siglos futuros, la edad del cerdo, como los musulmanes cuentan en su historia la edad del elefante ...» «El cerdo no permite que nada se desperdicie, porque el cerdo lo aprovecha todo, y es el más hermoso ejemplo de voracidad generosa, unida a la sencillez de los gustos y de las costumbres, que puede ofrecerse a las naciones. Goza, por lo tanto, en Mallorca, de derechos y de prerrogativas que jamás se pensó, hasta entonces, en conceder a los hombres...» «Gracias al cerdo he visitado la isla de Mallorca, pues si hace tres años se me hubiera ocurrido visitarla, habría tenido que renunciar a mi deseo por no hacer un viaje largo y peligroso en buque de vela...» «Es hermoso ver con qué cuidados y con qué ternura son tratados a bordo estos señores (los cerdos), y con qué amor se les coloca en tierra. El capitán del barco es un hombre muy amable que, a fuerza de vivir y de hablar con estos nobles animales, se ha asimilado por completo su gruñido y aun un poco de su desenvoltura. Si un pasajero se queja del ruido que hacen, el capitán responde que es el sonido del oro al rodar sobre el mostrador. Si alguna mujer remilgada se atreve a quejarse de la infección esparcida en el buque, su marido está allí para responderle que el dinero no huele mal, y que sin el cerdo no tendría vestido de seda ni sombrero de Francia, ni mantilla de Barcelona. Si alguno se marea, que no intente pedir auxilio a la tripulación, pues los cerdos también se marean, y esta indisposición va en ellos acompañada de una languidez «spleenica» y de un asco a la vida que es preciso combatir a toda costa. Entonces, para conservar la existencia de sus queridos clientes, y dejando a un lado toda compasión y simpatía, el capitán en persona, armado de un látigo, se precipita en medio de ellos, y detrás de él los marineros y los grumetes, cada uno con lo que se le viene a mano, quien con una barra de hierro, quien con un pedazo de cuerda, y en un instante todos azotan de un modo paternal a la manada desfallecida y silenciosa, y la obligan a levantarse, a agitarse y a combatir por medio de esa emoción violenta la funesta influencia del balanceo.» Más aún sobre el cerdo: «Cuando regresamos de Mallorca a Barcelona, en el mes de marzo, hacía un calor sofocante; sin embargo, no nos fue posible poner el pie sobre la cubierta. Aun cuando hubiéramos desafiado el pero de que algún cerdo de mal humor nos comiera las piernas, el capitán no hubiera permitido, sin duda, que molestáramos a sus clientes con nuestra presencia. Estuvieron muy tranquilos durante las primeras horas, pero a medianoche notó el piloto que tenían un sueño muy abatido y parecían víctimas de negra melancolía. Entonces se les administró el látigo, y con regularidad, a cada cuarto de hora, nos despertaban gritos y clamores tan espantosos, producidos de una parte por el dolor y la rabia de los cerdos azotados, y de otra, por las excitaciones del capitán a su gente y los juramentos que la emulación les inspiraba, que muchas veces creímos que la fiera devoraba a la tripulación.» El cerdo preocupa a la escritora. Paréceme que su figura simbólica pasa a través de toda esa temporada romántica, y de otras tantas temporadas. La buena señora de Nohant está aún en los fuegos de sus fuertes años, y el chancho, como se dice en algunas partes de América, es su bestia favorita. Buenos son para los ratos de ensueño y de melodía ideal o musical, el cisne Musset, entre las lagunas palúdicas de Venecia, el cisne Chopin en la soledad claustral de donde debe brotar Spiridion al compás de tales o cuales nocturnos; mas llega la hora del cerdo, y la terrible trigueña no guarda sus entusiasmos sino para el compañero de San Antonio. Uno ve la boca literaria que recita largos párrafos de novela, o largas tiradas de versos, alargarse y redondearse para pronunciar la palabra cara a las exquisitas ciudadanas de París: «cochon!», Ante los cisnes líricos agotados, éste por el alcohol, el otro por la tuberculosis, el cerdo se llama Pagello, o X.

Mas no hay que negar el lado maternal de George Sand. Con Musset, en efecto, tuvo momentos de madre... Algunas cartas que se conocen por la correspondencia publicada, aun creo que tienen la palabra... Y con Chopin, los cuidados, las ternuras, las atenciones de que se le rodea en la mansión de Establiments, no garantizan sino el más maternal de los cariños. Ella no le nombra jamás en su libro. Le alude como «uno de mi familia», «uno de los nuestros», o bien «nuestro enfermo». Noto que poco habla de la música. No hay un solo pasaje en que se revele entusiasmo o admiración por el arte que es la adoración y la vida del pobre polaco, lleno de ensueño y de armonía. En cambio, aparece a cada paso la menagère, la burguesa que no descuida la despensa, y que nota en Valldemosa cuando la criada María Antonia se roba un bizcocho o una chuleta... Creo que Chopin tenía mejor compañero en su piano que en George Sand. Y luego, ¿no hay algo de anormal en el capricho de la literata por el enfermo? Después de todo, ella quiere realizar cosas románticas. Tiene la decoración que le ofrece la naturaleza potente de las islas Baleares; tiene un viejo convento, frailes, oscuridades, cementerio, gentes supersticiosas, claros de luna, leyenda; tiene el amante pálido y fatal de la época. Vivir, escribir en la vecindad de los monjes, en el recinto de la religiosa fábrica; ella se juzga en terreno apropiado, está en su medio, por el momento. Dice en algunas partes «mi cartuja». Se complace en las antiguas tradiciones. Evoca la figura de Vicente Ferrer. El cual Vicente, si la hubiese encontrado, le habría rugido cosas en su duro lemosín de antaño, con aquella claridad y franqueza que enrojecen sus sermones de buen regañador y varón tremendo. Se complace asimismo en tratar de la beata Catalina Tomás, virgen, toda ella caridad y castidad. Y dice: «He referido con complacencia toda esta breve leyenda, porque no entra en mis ideas negar la santidad, quiero decir, la santidad verdadera y de buena ley de las almas fervorosas. Aunque el entusiasmo y las visiones de la pequeña montañesa de Valldemosa no tengan el mismo sentido religioso y el mismo valor filosófico que las inspiraciones y los éxtasis de los santos del buen tiempo cristiano, la «viejecita Tomasa», no deja de ser por esto una prima hermana de la poética pastora santa Genoveva y de la pastora Sublime Juana de Arco». Y no dejará de aplicar de cuando en cuando una que otra prosa de filosofía. ¿Es que aparece la influencia de Leroux? De Musset no se hace memoria, naturalmente. Quizás, alguna vez, resurge en la lejanía del recuerdo, el pasado amorío, alguna que otra escena perdida... «En Mallorca, como en Venecia, los vinos licorosos son abundantes y exquisitos. Bebíamos, de ordinario, un vino moscatel tan bueno y tan barato como el chipre que se bebe en el litoral del Adriático.»

Je rassemblais des lettres de la veille,
Des cheveux, des débris d'amour.
Tout ce passé me criait á l'oreille
Ses éternels serments d'un jour.
Je contemplais ces reliques sacrées,
Qui me faisaient trembler la main:
Larmes du coeur par le coeur dévorées
Et que les yeux qui les avaient pleurées
Ne reconnaîtront plus demain!

Mas aun queda el vago y sabroso recuerdo de los capitosos vinos italianos y griegos, bebidos en compañía del visionario, que estaba ya acompañado en sus éxodos amorosos por aquel hombre vestido de negro «que se le parecía como un hermano». El pobre Musset y el pobre Chopin se preocupan demasiado de lo ideal. La terrible mujer de letras no desdeña, por su parte, los asuntos del escribir y del soñar, mas se dedica con gran complacencia a objetos más bien suculentos.

Ella sabe apreciar lo culinario. Protesta contra el aceite nauseabundo de España y contra la grasa de puerco. Sabe sazonar con zumo de naranja agria, como en ciertas cocinas criollas, el pescado, las legumbres o la carne. Se anima con las calabazas azucaradas de Valencia y con las batatas almibaradas de Málaga. Y se refocila con las uvas. Los racimos «son dignos de la tierra de Canaán. Esta uva, blanca o rosada, es oblonga, y su película, algo recia, ayuda a su conservación durante todo el año. Es exquisita y puede comerse tanta como se quiera, sin experimentar la pesadez de estómago que da la nuestra. La uva de Fontainebleau es más acuosa y fresca, la de Mallorca es más azucarada y carnosa. En ésta hay qué comer; en aquélla, qué beber».

¡Hembra golosa y sensual! Uno ve los labios húmedos y rojos, los dientes de buena comedora. ¡Y los besos! En cuanto a la música, como he dicho, no se oye en todo el libro; nada para la melodía chopiniana. Apenas, una vez, escribe la señora: «El piano Pleyel, arrancado a las manos de los aduaneros después de tres semanas de entrevistas y de 400 francos de contribución, llenaba la bóveda elevada y resonante con un sonido magnífico».

No puedo dejar de ver siempre en esta musa abigarrada una faz prosaica y chata, con todo y sus dones excelentes. Una distinguida señora de Palma, que fue muy útil a George Sand durante su permanencia en la isla, y que ha dejado escritas sus memorias, aún inéditas, ha dejado las siguientes líneas sobre nuestros personajes:

«La baronesa Dudevant era una persona hermosa, dotada de una fisonomía llena de inteligencia, que animaban unos muy hermosos ojos negros. Sus espléndidos cabellos formaban sobre su frente dos gruesas trenzas que iban a reunirse detrás de la cabeza con el resto de la cabellera adornada con un puñalito de plata. Su vestido, severo, era casi siempre negro, o de color oscuro. De un terciopelo que llevaba alrededor del cuello pendía una cruz con gruesos brillantes y de un brazalete pendían numerosas sortijas que, sin duda, eran otros tantos recuerdos. Su hijo Mauricio, de 13 o 14 años, débil y delicado, hablaba poco, y prefería dibujar cuanto llamaba su atención en pequeños álbumes que le apasionaban. La pequeña Solange, su hija, por el contrario, era una rubia llena de vida y de salud, ávida de movimiento y de ruido. Con su blusa y su pantalón de paño, bajo su sombrero de fieltro, se la hubiera tomado por un muchacho turbulento, sin los hermosos y largos cabellos que había heredado de su madre y que le llegaban hasta la cintura. Chopin, el músico que les acompañaba, y del que no hablaré, siendo tan conocido por sus obras, estaba muy enfermo. Venía en busca de un clima meridional para restablecer su salud.» Yo veo a un hombre que va en busca de salud en compañía de una triple enfermedad... Veo a una dama poseída de la legión literatura... Y una media azul...; así fue teñida con los mismos añiles firmamentales. Pero una media azul... ¡Insoportable, la compañera! En cuanto a M. Dudevant, era un buen hombre, con demasiado lastre y demasiado sentido común; y además bastante grosero. Pero, ¡los cisnes!

— Decididamente —interrumpió lady Perhaps— no es usted cariñoso con la «authoress» eminente...

— Sí, señora. Yo no soy cariñoso con los niños que maltratan a los pájaros, ni con las mujeres que martirizan a los poetas.

Este artículo se publicó en el periódico La Nación de Buenos Aires, el día 14 de julio de 1907.

Comentaris

Re: Rubén Darío: La isla de oro. Todavía con George Sand

Sonja | 16/04/2012, 18:16

Muy interesante, gracias por ponerlo, desde luego despertaba pocas simpatías la señora.

Re: Rubén Darío: La isla de oro. Todavía con George Sand

Fabián | 17/04/2012, 09:10

Parece que George Sand fue muy incomprendida en Mallorca, no sólo en su época sino también en tiempos posteriores.

Todos estos textos a mí me resultan interesantes y no son fáciles de encontrar. Ahora que son de Dominio Público conviene recuperarlos.

Gracias, Sonja.

...del Honor Sebastián Nadal

Helena Ramos | 28/03/2017, 17:53

Tal vez, usted me puede indicar qué significa la expresión "Honor Sebastian Nadal"; la primera vez aparece con mayúscula inicial, pero luego viene con minúscula. Entonces, no es un nombre propio; ¿qué será?

Afegeix un comentari
 
Accessible and Valid XHTML 1.0 Strict and CSS
Powered by LifeType - Design by BalearWeb - Administrar