Alta mar

Contacto

Rubén Darío: La isla de oro. Sóller: azul, velas, rocas

fabian | 18 Abril, 2012 13:57

Este artículo, último de "La isla de oro", publicado por Rubén Darío en "La Nación" de Buenos Aires el día 25 de julio de 1907, cierra la serie correspondiente a su primera estancia en Mallorca, en 1906 - 1907.

La isla de oro


Sóller: Azul, velas, rocas


Tuve deseos de exclamar como en el Alastor de Shelley:
Earth, Ocean, Air, beloved brotherhood!


¡Ah, tener uno el valor de abandonar por siempre las aglomeraciones urbanas, las «abominaciones rectangulares» del poeta; comprender el valor de la soledad y la confusión del propio espíritu con el de los seres sin palabra, dejar lo que llamábase en el vocabulario religioso el siglo, y venir a acabar la tarea del vivir terreno en un lugar como éste, silencioso y poético puerto de Sóller, glorioso de azul, florecido de velas, adornado de rocas! Quedan en mi memoria visiones varias y gratas; arroyos entre guijas; olivares de troncos de siglos y ramajes de esperanza; honduras pedregosas, declives graciosos por donde se esparcen los rebaños; mandarinos llenos de formas de oro; planicies en que están como acurrucadas casitas rústicas; rincones y recodos de viñeta; peñones curtidos de sol y viento, lluvia y nieve; valles andinos o alpestres; el pueblo de Sóller, al vuelo del motor; gentes sencillas en las calles, y en las puertas de las casas; chicos rosados y sucios, perros, un arroyo, un puente, montes cercanos; posesiones que revelan retornos de indianos, y muchachas como frutas. Hay una Virgen legendaria. Un citado autor refiere: «Una noche — la del 10 de mayo de 1561 — las campanas y escuchas de la población avisaron con gran estrépito que en las playas de Sóller habían desembarcado sigilosamente mil setecientos turcos, con ánimo de apoderarse de todo lo que a mano les viniera. Armados aquellos campesinos e hijos de la población con la prontitud que el caso requería, salieron al encuentro del enemigo; pero este había dividido sus fuerzas en dos secciones. Y cuando se disponían los valientes cristianos a combatir con los que a campo traviesa intentaban penetrar en el poblado, oyeron tras sí los gritos y lamentos de sus familias que les llamaban, pues el otro cuerpo de moros había comenzado el saqueo por la parte opuesta. Ante tal terrible perplejidad, volvieron grupas los cristianos y, cargando sobre el enemigo, le hicieron huir a la desbandada. El otro cuerpo de moros, al ver la desesperada fuga de sus compañeros, huyó también, y cuando estaban cerca del mar, salióles a su encuentro una cuadrilla de bandoleros que les acechaban escondidos entre las breñas, haciendo tal carnicería, que por los campos y olivares se recogieron después cuatrocientas dieciocho cabezas de turcos. Este hecho se conmemora aún todos los años con grandes fiestas, llamadas de moros y cristianos, en las que se simulan el ataque de los primeros y la defensa de los segundos. Dice Quadrado que estas fiestas atraen mucha gente, más que por la feria casi nominal, por el colorido dramático que revisten el histórico sermón de la mañana, la procesión arqueológica de la tarde y, sobre todo, el simulacro del lunes, que no se limita al sobre desembarco de los moros en el puerto y tiroteo con los cristianos, sino que comprende el previo rebato y el regreso victorioso con los cautivos, en compañía de centenares de carruajes a la ida y a la vuelta. En primera línea de los personajes que se han hecho ya legendarios, figuran el denodado capitán Angelats y las valentas donas de can Tamany, con la famosa tranca, con la que matando a dos turcos supieron defender su casita solitaria y su honor. Gozar de esas campiñas, hacerse un alma nueva, o, más bien, encontrarse, en lo hondo de sí mismo, un alma vieja, vieja y buena... ¿No estamos heridos de las pasiones malas de los malos hombres ciudadanos? ¿No vemos que el contacto social trae casi siempre desilusiones y engaños? Blanquerna, Blanquerna, se necesita tu voluntad y, sobre todo, el apoyo desconocido, el báculo que nace entre nuestras manos de repente, la gracia. ¿Y si hubiese también una gracia pagana, una gracia pánica? Amargaron el mundo los barajadores de doctrinas duras a la sana alegría de la vida. Los santos ermitaños supieron bien que los excelentes faunos no tienen nada que ver con las terriblezas del infierno. Y de las alturas que dominan el risueño puerto sollerense habrían descendido, con humor simpático, buenos sátiros, a ayudar a construir una barca a Raimundo de Peñafort, si el místico varón no tuviese su capa para embarcarse en ella por la virtud del milagro. El caso fue que Raimundo censuró a Jaime I su lujuria, pues el rey no se cansaba de folgar con la ardiente y exquisita doña Berenguela Fernández. Enojado, manda Jaime: No se embarcará ningún fraile. Y el santo, como otros en su caso, hizo lo que dice el anónimo poeta en versos que aún cantan bocas mallorquínas:

La mare de Déu
Un roser plantava.
D'aquell sant roser
En nasqué una planta.
Nasqué Sant Ramon,
Fill de Villafranca,
Confessor de reis,
De reis i de papes.
Confessava un rei
Qui en pecat s'estava:
Lo pecat és gran,
Ramon se'n desmaia,
Ramon se'n va a mar
A llogar una barca.
El barquer li diu
Que són emparades,
No es pot embarcar
Capellans i frares,
Ni estudiants
De la cota llarga.
Sant Ramon beneí,
Bé se la pensava.
A dintre del mar
Ja en tira la capa
Amb lo bastonet
Gran vela aixecava.
Monjuic ho veu,
Bandera en posava.
Santa Caterina
Molt bé repicava.
La Seu ho sentí,
Correus enviava
Tots los mercaders
Pugen a muralla,
Pensant que una nau,
Veuen que és una frare;
Veuen que és Ramon,
Que la mar passava.

En tanto que recito estos versos a la dama inglesa, pasan ante nuestros ojos barcas serenas y ligeras; los marineros tienden las anchas velas latinas, y los esquifes tienen una gallardía y un aspecto tan clásico que se querría hablar en griego.

— Es inútil — me observa lady Perhaps —. La levadura cristiana de usted desaparece en cuanto los dioses le recuerdan su permanencia. Ha desaparecido en el horizonte la rara figura de San Raimundo de Peñafort, y ya surgen a su deseo las inevitables sirenas.

— Buen viaje lleve Raimundo el santo. Yo le habría seguido probablemente hasta la orilla... Hombre de poca fe, si llego a pisar el agua marina, me hundo de seguro. Otros mejores que yo se han hundido; y Pedro, ese hombre de buen sentido, el primero. Mas ¿qué otra cosa mejor que una cadera rosada puede aparecer en la transparencia de esas ondas musicales y diamantinas? ¿Qué otra cosa mejor, sino un rostro de rosa, unos senos de rosa, unas desnudeces armoniosas, todas atracción y deleite? ¡Las sirenas! Sin la cola de pescado que les diera el mito, sin el aspecto demasiado ictioforme de las que pintara Böcklin, sino simplemente mujeres, deliciosas hembras del agua, lisas como las perlas, y apenas saladas de la ablución inmensa oceánica. Creo que la sirena de Harlem debe haber tenido, guardado por coquetería en el reluciente estuche de escamas, un lindo par de piernas.

...Vimos una gran roca horadada en donde las olas suenan como truenos. Vimos a un canónigo colosal, gentil y buen parlante, que gusta de los espectáculos de ese lugar pintoresco y tranquilo; vimos un balcón sobre un farallón cortado a pico; vimos viejos cañones que mojan los perros y roen las horas, viejos cañones de muerte en la inutilidad del abandono; vimos casas entre los ramajes de los árboles; y la bahía azul que pintó Rusiñol enamorado de su color y su silencio.

— Así, usted se quedaría aquí, por siempre, con una amada compañera... Una vida dulce, pacífica, ideal, como las que pintara Bernardino el inefable ...

— ¡Vivir los libros!, imposible, señora, imposible. Vivir lo más artísticamente que podamos, mas con todas las comodidades y ventajas que ha alcanzado la humana inteligencia a los comienzos del vigésimo siglo... Y luego, la variación, el cambio, a que nos obliga el ansia perpetua a que se refería Baudelaire en un pequeño poema en prosa en que cita esta frase inglesa: Any where out of the world. Ahora, si yo me convirtiese en ese amable canónigo epicúreo...

— Llegaría a obispo de Ecbatisma, o de Pafos, in partibus infidelium.

— Yo admiro en todo a Don Quijote, y una de las cosas en que más le admiro es en su disposición para dejar las fatigas de la caballería andante y hacerse pastor. Don Quijote era un espíritu aristocrático y noble y tenía el don de embellecer con el ensalmo de su poesía interior las cosas feas y desagradables. De tal manera, el pastor Quijotiz es simplemente un antecesor de María Antonieta. Su Arcadia habría sido completamente siglo XVIII...

...cuando pastoras de floridos valles
Ornaban con cintas sus albos corderos,
Y oían, divinas Tirsis de Versalles,
Las declaraciones de sus caballeros...
...buen tiempo de duques pastores,
De amantes princesas y tiernos galanes,
Cuando entre sonrisas y perlas y flores
Iban las casacas de los chambelanes...

Y conste que únicamente para la decoración evoco al sublime caballero, pues su castidad no se compadece con el ambiente en que suspiran las damas cantadas por Florián. ¡Florián! Las donosas estrofas que le ha escrito ese elegante Manuel Machado:

Fue Florián el poeta
De las mejores Amintas
Y Batilos. Rimador
De una Arcadia elegantísima
Correcta... y un poco sosa
Para los que no sabían
Que Filis era en la corte
Dama de honor, y Clorinda
Maríscala, presidenta
Senescala, o camarista,
Estas Filis, Tirsis, Cloris,
Amarilis... estas lindas
Pastoras de porcelana
De Sèvres, eran la vida
Del diez y ocho francés,
Siglos de encajes y rimas,
Minuetos, clavicordios...
Galante, enciclopedista,
Que pintó las miniaturas
E inventó la guillotina.
Madrigalesco y eglógico
Y cortesano, sabía
Hacer la guerra entre encajes
Y enamorar entre rimas
Sonriendo... Entonces era
La religión, la sonrisa;
La ley ser cortés; la moda,
Pastoriles poesías...
Y Florián el mejor
De los cantores de Amintas...
Se sabe que Florián
Le pegaba a su querida.

Y si eso es verdad comprenderéis todos que Don Quijote va y le rompe la lanza en la cabeza. Todo esto era a propósito del mar, señora... De esta tierra, de estas olas, de este aire que viene del infinito palpitante. Dan deseos de exclamar como en el Alastor de Shelley:

Earth, Ocean, Air, beloved brotherhood!

Bajó el crepúsculo sobre estas divagaciones. Pronto nuestro dragón de hierro iba rápido en el viaje de retorno hacia Palma de Mallorca. Pasamos alturas y valles. La carretera, entre árboles simétricos, se extendía luminosa por el chorro de oro del reflector. De cuando en cuando, saltaban a los matorrales liebres asustadas. Todos estamos más silenciosos que a la ida. Toda vuelta es así...

Yo voy a soñar esta noche: un barco extraño que lo mismo va con su quilla reluciente sobre las aguas que sobre la tierra ... Yo estoy a bordo, en compañía de Ella — ¿cuál? ¿quién? ¿cómo es? ¿cómo será? —. En mí existe aún la primavera, una primavera que quisiera renovarse. El barco pasa por Buenos Aires, por un pueblo de Nicaragua, por Londres, por un país que tan sólo he conocido con los ojos cerrados... y en ese viaje fatal me pregunto apenas cuál es el punto señalado para la llegada. Sobre una roca alta y horadada, aparece San Raimundo de Peñafort en compañía de una ninfa... A lo lejos se divisan torres extraordinarias, en una ciudad babilónica, de visión de opio. Y me despertaré con una vaga angustia, a la luz de la lamparilla que vela mi sueño, siempre lista para el efecto de los malos sueños.

Convendrá acabar esta serie el próximo día con la historia de la publicación de estos artículos.

Comentaris

Afegeix un comentari
 
Accessible and Valid XHTML 1.0 Strict and CSS
Powered by LifeType - Design by BalearWeb - Administrar