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Rubén Darío: La isla de oro. George Sand y Chopin

fabian | 13 Abril, 2012 09:05

Siempre me sorprende el gran impacto que la estancia de George Sand y Chopin, en el invierno de 1838, ha producido en la isla. Realmente no sé si fue su estancia o toda la literatura levantada en torno al libro de George Sand. Efecto que aún hoy se produce pues tras la sentencia judicial de hace pocos meses sobre cuál había sido la celda de la Cartuja valldemosina ocupada por los "amantes", continúa la discusión si la entrada a la celda ha de ir unida a la visita general de la cartuja o ha de pagarse aparte. La gallina de los huevos de oro; la leyenda dorada, dando a la palabra "oro" otro sentido - en este caso más crematístico - que el utilizado por Darío al calificar a esta isla como la isla de oro.

Cuando Darío, en 1907, visita en una excursión Valldemossa, lleva consigo el libro "Un invierno en Mallorca / Jorge Sand ; traducido y anotado por Pedro Estelrich con un prólogo de Gabriel Alomar-- Palma : Tipo-Lit. de Bartolomé Rotger , 1902" y en el relato se refiere a Pedro Estelrich Fuster (1845-1912), quien escribió varias obras de agricultura, tradujo varios libros y escribió sobre Cabrera y Jovellanos. Realizó la primera traducción del famoso libro de George Sand, sesenta años después de que se publicara en Francés.

Valldemossa
Gustavo Doré: "Cercanías de Valldemossa" (Imagen recogida de La España de Doré: Mallorca)

La isla de oro

George Sand y Chopin


— Era una dama poco cómoda — dije.

— Lo mismo dirían sus enamorados — contestó lady Perhaps —. Y, en su tiempo, quizás usted hubiera sido uno de ellos.

— Lo dudo. Una literata, casi no es una mujer: es un colega. Usted conoce la frase de cierto conde francés, marido de una poetisa y escritora bastante linda: «¡Estoy lucido! He venido a darme cuenta un poco tarde de que me he casado con Maurice Barres, con Lavedan y con otros señores que habitan dentro de la piel de mi mujer».

El automóvil iba de la manera que le agradaba al shah de Persia: despacio; lo cual no era completamente del agrado de Salas, el intrépido y grato sportsman que nos conducía; de Aris, médico de gallardos ímpetus y amigo de humanidades; y aun de Gabriel Alomar, que ama todo lo dinámico. Yo representaba al shah de Persia, en unión de Joan Sureda, el castellano de Valldemosa. La gallarda inglesa estaba completamente de nuestra parte.

— Esta excursión —dijo— será en honor y memoria de George Sand.

La carretera se extendía entre dos vastos olivares, los olivares centenarios que inspiraron a Gustavo Doré sus árboles antropomorfos en una de las más admirables ilustraciones de la Divina comedia. En realidad, ese trecho semeja un capítulo de Ovidio. Es un pueblo de troncos, cuyos gestos y aspectos no pueden ser más humanos. Humanos y diabólicos. Imaginaos una de esas ciudades que en las Mil y una noches quedan de improviso transformadas; una población que se petrifica, por la virtud de un mal genio. Aquí la voluntad del encantador tornó en figuras vegetales las figuras de los hombres. Y ahí entra el imperio de la fantasía. Los olivos retorcidos expresan con sus apariencias designios y voluntades. George Sand, en su libro Un hiver à Majorque, habla de los olivos mallorquines en términos de romántico entusiasmo: «Al ver el aspecto formidable, el grosor desmesurado y las actitudes furibundas de esos árboles misteriosos, mi imaginación los ha aceptado de buena voluntad por contemporáneos de Aníbal. Cuando se pasea uno por la tarde a su sombra, preciso es que se acuerde bien de que aquellos son árboles; pues si daba crédito a los ojos y a la meditación, quedaría uno espantado en medio de esos monstruos fantásticos; los unos, encorvándose hacia vosotros como dragones enormes, con la boca abierta y las alas desplegadas; otros, arrollándose sobre sí mismos como boas entumecidas; otros, abrazándose con furor como luchadores gigantescos. Aquí hay un centauro al galope, llevando sobre su grupa no sé qué horrible mona; allí un reptil sin nombre que devora una cierva jadeante; más lejos, un sátiro que baila con un macho cabrío menos deforme que él; y, a menudo, es un solo árbol resquebrajado, nudoso, torcido, giboso, que tomaríais por un grupo de diez árboles distintos y que representa todos esos diversos monstruos para reunirse en una sola cabeza, horrible como la de los fetiches indios y coronada por una sola rama verde como una cimera. George Sand pasó por aquí en birlocho. Yo iba en el caballo de hierro que se nutre de esencias y de espacio. Y al paso del auto parecíame que los árboles se animaban; y que la inmovilidad de los olivos viejos se suspendía por instantes, por virtud de las hamadriadas que habitan en ellos. Parecía como que se animaban los rugosos troncos, raras esculturas que complacerían a Rodin.

grabado
Gustavo Doré: La Divina Comedia, Infierno, Canto 13

Leonardo de Vinci encontraría en ellos más de una revelación y Novalis las agregaría a sus comentarios. Hay, ciertamente, como la Sand lo dice, algo semejante a grupos escultóricos: hay centauros y lapitas; hay Laocoontes, hay toros Farnesios. Mas todo como brotado en pesadilla o entrevisto en un sueño. Aquí evoco a la divina Mirra:

...; nam crura loquentis
Terra supervenit ruptosque obliqua per ungues
Porrigitur radix, longi firmamina trunci;
Ossaque robur agunt mediaque manente medulla
Sanguis it in sucos in cortice vultus.

Más allá el castigo que impone la cólera de Baco a las ménades asesinas del maravilloso Orfeo:

Quippe pedum digitos, in quantum est quaque secuta,
traxit et in solidam detrusit acumina terram...

o bien Apolo, indigno de la desnudez de las ninfas, metamorfoseado en el olivo silvestre:

Arbore enim est sucoque licet cognoscere mores;
Quippe notam linguae bacis oleaster amaris
Exhibet; asperitas verborum cessit in illas.

Tales figuraciones forman el capricho de la naturaleza en los juegos de las rocas, en las estalactitas y estalagmitas de las grutas, en las conchas marinas, en las manchas de la humedad, en las nubes del cielo. Más acá el museo, como en las fantasías minerales, persevera al paso de los siglos; y los moros, y los cartagineses, pudieron ver lo que yo vi. Dijérase que la carne del olivo se sustentase unida a los huesos de la tierra; y que en ese árbol ilustre se mellase el alma del tiempo.

Sorbiendo segundos, adelantamos por distintos panoramas. Altas rocas legendarias. Cuevas como para bandidos a la antigua. «Aquí, en esta cueva, cuenta Alomar, Rusiñol y otros hombres de alegría asaltaron a un amigo, enmascarados y vestidos de legítimos bandidos de Calabria.» La ocurrencia es artística y el lugar apropiado. Y George Sand ha escrito: «Mallorca es la verde Helvecia, bajo el cielo de Calabria, con la solemnidad y el silencio del Oriente». ¡Haber podido ver al poeta de los jardines de España, con las barbas hirsutas, el sombrero de punta y el trabuco de ancha boca extraído de la tranquilidad de no sé qué venerable panoplia!

Ascendemos por los montes. Sonríen valles de égloga. En los huertos resalta el oro rojo de las naranjas. Hay almendros en flor. La luz fresca vibra sobre las alturas y baja como fundida con el viento a los valles pintorescos.

He ahí por fin el panorama de Valldemosa; he ahí Valldemosa. Desde lejos advertimos el castillo — o la torre, como aquí se dice — de Joan Sureda. Y la famosa Cartuja, en que pasaron largos días la Sand y Chopin.

—En dulce idilio — dice lady Perhaps.

A la cual desbarato la ilusión:

— ¡En fastidioso, en molestísimo idilio, mi noble señora!

Aún vibra en Palma, con sus cuerdas antiguas, el piano de Chopin, en casa de la familia Canut. ¡Las aventuras de este piano, el piano del tísico!...

Aurora Dupin, loca de su cuerpo y loca de su talento, vino a pasar un invierno a Mallorca en compañía del músico, su amante.

Alomar, en el prólogo que escribiera para la versión de Estelrich del libro en que la Sand narra sus aventuras mallorquinas, presenta el cuadro vivo de la Mallorca de aquellos tiempos, y la figura de francesa endiablada que llega con el amante a escandalizar a las gentes.

Existe aún en Palma el libro de pasajeros del vapor Mallorquín, en el cual libro, y en la parte correspondiente a la época del viaje de la famosa escritora, se lee:

«El vapor Mallorquín, salido de Barcelona el día 7 de noviembre de 1838, a las cinco de la tarde, y llegado a Palma el 8 a las once y media de la mañana, trajo los siguientes pasajeros:

Primera clase: Madame Dudevant, casada; M. Mauricio, su hijo, menor de edad; mademoiselle Solange, su hija, menor de edad; M. Federico Chopin, artista.

Segunda clase: Madame Amelia, camarera.»

Y luego: «Salieron de Palma en el mismo vapor, día 13 de febrero de 1839 a las tres de la tarde, y llegaron a Barcelona al día siguiente los mismos pasajeros citados anteriormente, todos extranjeros».

La impresión que los mallorquines dejaron en el ánimo de George Sand fue mala; pero la impresión que los mallorquines tuvieron de George Sand fue pésima. Su fama había llegado a la isla; naturalmente, su fama de escritora y su fama de mujer poco recatada. Un noble de Palma, el marquesito de Labastida, le hizo un momento la corte y le ofreció su carruaje para dar un paseo por la población. Mas la marquesa madre se opuso a semejante cosa, y dijo, según parece, que ella no volvería a ocupar un vehículo profanado por la pecadora literata. Conforme con las ideas de la Palma de entonces, y aun con las de la Palma de ahora, la marquesa hizo bien. Madame Sand había ya hecho sonar muchos escándalos, y su manía nínfica y caprichosa era muy sabida en Europa. Luego, no debe haber sino aumentado el asombro de las gentes al ver acompañar al «menage» artístico Sand-Chopin, nada menos que al hijo y a la hija de la escritora, ambos en menor edad. De imaginarse es la vida de la pareja: Chopin tísico, las aventuras de un piano por el que hay que pagar extraordinarios derechos, la villa alquilada en Establiments, y la cual tienen que dejar porque todo el mundo tenía entonces —y hoy también— el horror del contagio de la tisis. Y la temporada en la cartuja de Valldemosa, en donde han de haber parecido a los vecinos, y sobre todo a los frailes, gentes poseídas del demonio. No era para menos: música de Chopin, por Chopin; en noches de luna, visitas al cementerio; la madre y la hija adolescente, vestidas de hombre; escenas poco edificantes, cantos y declamaciones posibles, y toda la cosa romántica de entonces.

Según las apuntaciones y datos de don Pedro Estelrich, la señora Sand y compañía estuvieron en la isla noventa y ocho días. Ocho en una casa de huespedes de la calle de la Marina; treinta en la casa de Son Vent, de Establiments, entonces perteneciente al señor Gómez y hoy a don Cayetano Forteza Comellas; cuatro en casa del cónsul Fleury, «que vivía en la manzana de casas llamada de Moragues, frente al teatro»; cincuenta y seis en la celda cuarta de la cartuja de Valldemosa.

— ¿Le interesan a usted, señora, estos detalles? — digo a lady Perhaps, que desde que hemos dejado el auto se apoya en mi brazo.

— Todo eso me interesa — contesta —. Porque todo eso tiene el reflejo que a las cosas más prosaicas y vulgares da la virtud de las vidas excepcionales y artísticas. Y aunque sé que se han publicado las indiscreciones de una criada que llevaba una mañana en casa de George Sand el chocolate a la cama a Alfred de Musset, y que oyó en boca de la dama palabras tontas y ridiculas, tengo el suficiente vuelo para cernerme sobre las partes feas de la vida.

Recorremos la cartuja. Un largo corredor claustral, una de cuyas bóvedas rajadas inspira cierta inquietud. Y celdas, celdas. Aquí vienen a pasar el verano algunos palmesanos; y el bajo Uetam, o mejor dicho, el señor Mateu, es dueño de una, dos o tres de ellas. Como las puertas están cerradas, no podemos penetrar a evocar la presencia de los huéspedes ilustres. Y como ya el apetito se ha hecho imperante, recordamos que entre las gratas promesas del amable Juan Sureda figura un estupendo arroz con calamares, al cual manifestamos una tendencia cada vez más simpática. Y al cariño y la afabilidad de un dulce cielo y de un dulce aire, nos dirigimos a la señorial mansión del nunca bien alabado castellano de Valldemosa.

Este artículo fue publicado en el periódico de Buenos Aires La Nación, el día 8 de julio de 1907.

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Sin saber bien cuáles son los grabados de Doré de la Divina Comedia a los que se refieren las palabras de Darío, he añadido el grabado del Canto 13 del Infierno.

Comentaris

Chopin

Jesús García Marín | 13/04/2012, 09:38

Es una pena como la visita de Chopin centra todo lo relacionado con Valldemossa y su cartuja, parece que está Chopin y nada más. Lo importante del complejo cartujano es la farmacia, la iglesia y el palacio del Rey Sancho, lo de Chopin es una lucrativa anécdota. Pero paradoja de la Historia parece que lo es todo.
Un abrazo, Fabián, y enhorabuena por tu estupendo blog que consulto a diario, salvo que esté en un sitio perdido sin internet.

Re: Rubén Darío: La isla de oro. George Sand y Chopin

Fabián | 13/04/2012, 10:40

Gracias, Jesús. He añadido un grabado de Doré de la Divina Comedia; no sé bien a qué grabado en concreto se refiere Darío. Debiera buscar las fechas de esos grabados.

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