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Jovellanos describe Bellver

fabian | 26 Maig, 2010 17:40

Gaspar Melchor de Jovellanos (1744 - 1811), ilustrado y político, estuvo confinado en Mallorca entre 1801 y 1808. Confinado significa que le pusieron límites de los que no podía salir, por lo que habría que aclarar que los límites no eran toda la isla de Mallorca, sino, al principio, Valldemossa y, un año después, Bellver. En Valldemossa estuvo en la Cartuja, desde la que hacía extendidos paseos por los montes y costa cercana, acompañado por algún cartujo. Con ellos estudió botánica y, entre las obras escritas en esa localidad, hubo un "Tratado de botánica mallorquina o Flora medicinal de Valldemosa" (1801), obra que creo que se ha perdido.

Aunque estuviera confinado, Jovellanos había sido durante unos nueve meses, desde noviembre de 1797 a agosto de 1798, Ministro de Justicia. Tres años más tarde y aún habiendo sido confinado, seguía recibiendo la paga de Ministro durante toda su estancia en Mallorca. Jovellanos no estaba solo; iban con él un personal que estaba a su servicio, especialmente un secretario personal, Manuel Martínez Marina y un mayordomo. Cuando se dice que Jovellanos estaba preso en Bellver, conviene tener en cuenta que no estaba en ninguna celda del castillo aislado; no, su alcoba estuvo en una de las salas principales, en la planta noble del edificio, acompañado de su personal. No podía salir de las lindes del bosque, pero sí pasear por él, hablar con la gente que llegaba y, lo que no era infrecuente, recibir a invitados. ¿Jaula de oro? Quizás, pero en todo caso, jaula. Jovellanos, durante sus años de confinamiento, no bajó a la ciudad; sólo lo hizo tras ser liberado. Los primeros meses de su estancia en el castillo fueron los más difíciles; no tanto porque le prohibieran escribir correspondencia - lo que en su lugar hizo su secretario - sino porque no se encontraba físicamente bien y empezaba a padecer cataratas lo que le dificultaba la lectura.

Jovellanos

A poco tiempo de hallarse el autor de estas Memorias confinado en Mallorca, deseando ocuparse en algún objeto nuevo, capaz de hacerle olvidar la amargura de su situación, empezó a leer la historia de la isla con toda meditación, y con aquella crítica, tan propia de sus elevados talentos. Desde luego conoció lo que había que añadir en las de Dameto y Mut, que enmendar en la de Binimelis, y corregir en los manuscritos que se le presentaron. Se le avivó entonces la curiosidad de leerla en sus fuentes, procurándose los originales o copias auténticas de los archivos públicos del reino, ya prodigando dinero, ya valiéndose del favor de sus amigos. El resultado de este estudio fue quedar enteramente persuadido de que la historia de Mallorca estaba todavía por hacer, y que se debía de empezar por disertaciones o memorias particulares sobre los puntos más interesantes de ella. Mereció una de sus primeras atenciones la descripción artística e histórica del castillo de Bellver, donde estaba detenido: de una bastilla desmoronada y solitaria, pero que su esclavitud entre aquellos góticos torreones la hará eternamente célebre, pues como si agradeciese el reposo de una conciencia tranquila que allí encontrara bajo el azote mismo de la opresión, quiso darle más importancia de la que en sí merece, con sus elucubraciones eruditas. De aquí pasó a emprender otras, sobre los hermosos y suntuosos edificios de la iglesia Catedral, conventos de santo Domingo y san Francisco, Lonja y casas del Ayuntamiento [...]

Ramon María Cañado: "Advertencia" (pág. 139 de Obras de Jovellanos, tomo V

Situados ya en Bellver, que no sólo en su castillo, podemos dejarnos conducir por Jovellanos en su descripción de su prisión. Pero el texto es algo largo para un artículo en Alta mar, por lo que sólo recogeré unas frases de allá y acullá de este interesante escrito en el que Jovellanos nos guía en una descripción minuciosa del castillo, de su estructura, arcos, espacios, etc. y que sigue a través del bosque hasta sus confines.

Descripción del castillo de Bellver

[...] Lo primero que admira en su interior es la osadía de las bóvedas que cubren las habitaciones. Volteadas en torno entre muros circulares y concéntricos, y sostenidas en grandes, pero estrechas y muy resaltadas fajas octágonas, que representan arcos encontrados y cruzados en lo alto, es visto de cuán gracioso y extraño efecto serán. Lo más notable de ellas es el arte con que el arquitecto escondió su verdadera solidez, porque de una parte representó estas bóvedas sólo apoyadas en débiles fajas, y por otra no dio más apoyo a éstas que el de unas impostitas en forma de repisas o peanas, voladas al aire de trecho en trecho como a un tercio de altura de la pared interior. A estas peanas viene a morir, y al mismo tiempo de ellas nace y arranca aquella muchedumbre de arcos, porque agrupados de tres en tres, y confundidos en uno, se van poco a poco levantando desde su raíz y abriéndose y desplegándose de un lado al otro hasta cruzarse en el cénit de las bóvedas, para caer después, cerrando y reuniéndose hasta identificarlo sobre las repisas fronteras. Así es como el artista quiso representar estas bóvedas péndulas en el aire, y es fácil concebir cuán extraña y graciosa será su apariencia, y cuánto gusto y pericia supone la simétrica degradación de estos arcos, que, enlazándose por todas partes y en todos sentidos entre tan desiguales muros, producen la más elegante y caprichosa forma.

[...] A la torre del homenaje se pasa desde la plataforma por el ya mencionado puentecillo, y ya dentro de ella, se sube y baja por otro caracol, que va dando entrada a sus cámaras. Son éstas cinco, y todas circulares; dos sobre el plano del puentecillo, y tres que bajan hasta el del foso. Nada aparece en ellas que no indique haberse dispuesto más bien para cárcel que para habitación. Muros robustísimos, puertas barreadas con fuertes trancones y cerrojos, ventanas altas, estrechas y guarnecidas de gruesas rejas de hierro, y otras defensas, que la codicia arrancó ya, pero cuyas huellas no pudo borrar, acreditan aquel triste destino. Pero descúbrese aún más de lleno en la cámara inferior, llamada la Hoya, y no sin mucha propiedad, pues que más propia parece para fuesa de muertos que para custodia de vivos. Ocupa en ancho el espacio interior de la torre, y en alto la parte más honda de la cava, que está rodeada por el talús, sin otra luz que la que puede darle una estrechísima saetera al través de aquellos hondos, dobles y espesísimos muros. Tampoco tiene otra entrada que una tronera redonda, abierta en lo alto de la bóveda, y cubierta de una gruesa tapadora, que, según indicios, era también de fierro, con sus barras y candados. Por esta negra boca debía entrar, o más bien caer, desde la cámara superior, en tan horrenda mazmorra el infeliz destinado a respirar su fétido ambiente, si ya no es que le descolgaban pendiente de las mismas cadenas que empezaban a oprimir sus miembros. El ánimo se horroriza al aspecto de esta tumba de vivos [...]

Bellver
Litografía sin firma En SOCIAS, Cayetano, Reyes de Mallorca. Palma 1852

[...] Pero ya es tiempo de salir de este castillo para recorrer sus contornos y dar a usted más cabal idea de su situación, la cual es por todas partes áspera, fragosa y de difícil acceso, salvo hacia el oeste, donde presenta un poco de terreno algo llano y tratable. Su altura es tal, que apenas hay punto ni rincón en toda la escena que domina, por bajo y distante que sea, que no le descubra, y como su forma sea tan antigua y extraña, no se puede mirar de parte alguna sin que hiera fuertemente la imaginación y despierte en ella las ideas más caprichosas. Alguna vez, al volver de mis paseos solitarios, mirándole, a la dudosa luz del crepúsculo, cortar el altísimo horizonte, se me figura ver un castillo encantado, salido de repente de las entrañas de la tierra, tal como aquellos que la vehemente imaginación de Ariosto hacía salir de un soplo del seno de los montes para prisión de algún malhadado caballero. Lleno de esta ilusión, casi espero oír el son del cuerno tocado de lo alto de sus albacaras, o asomar algún gigante para guardar el puente, y aparecer algún otro caballero, que ayudado de su nigromante, venga a desencantar aquel desventurado. Lo más singular es, que esta ilusión tiene aquí su poco de verosimilitud, pues sin contar otras aplicaciones, el castillo ha salido todo de las entrañas del cerro que ocupa.

A poca distancia de sus muros, y a la parte de oeste, se ve la tenebrosa caverna de donde se sacaron todos sus sillares, y cuya negra boca, que respira al mediodía, pone grima a cualquiera que se le acerca. Yo he reconocido gran parte de ella; está minada en diferentes galerías, más o menos espaciosas, y de mucha, pero no conocida extensión, por más que el vulgo crea comunica de una parte al mar y de otra a la ciudad. Por estas galerías se puede dar la descripción de lo más interior del cerro hasta una cierta profundidad. Compónese por la mayor parte de grandes y espesas tongadas de marés o asperón, echadas horizontalmente a diferentes alturas, alternadas y cortadas por otras capas de piedras rodadas, sueltas en arena o marga, ya roja, ya blanquecina, con mezcla de greda, arena o tierra caliza, pero unas y otras de menos espesor. Sobre todas ellas, y sobre la boca misma de la gruta, se ve la tongada de grandes conchas, de que ya hablé a usted, y sobre esta capa superior del cerro, que es una piedra compuesta de varias materias, en que predomina la arena, con no poca apariencia de lava, y no sin indicios de haber estado en fusión. En algunas partes esta piedra aparece en forma escoriosa; en otras, no sólo agujereada por insectos marinos, sino también llena de concreciones, con que se descubren algunos petrificados o impresos univalvos, y que creo ser de los que llaman barrenas. Las cortaduras de las laderas del bosque descubren tongadas de las materias primero dichas, y en lo hondo de sus cañadas aparecen a trechos capas de piedras angulosas de diferentes materias y tamaños, que parecen venidas aderrumbadas de lo alto.

[...] Por fortuna su suelo no producía sólo pinaretes; además de los algarrobos, nacen espontáneamente por las faldas del cerro, y singularmente en toda la parte que mira al oeste, un increíble número de acebuches, que crecen con gran fuerza, pero de los cuales hasta ahora no se ha defendido, limpiado, trasplantado ni injertado uno solo, para que diesen, como pudieran, muchas y excelentes olivas. Y aún son pocos los algarrobos que recibieron aquí este beneficio, con ser tantos los que nacen por todas partes y su fruto tan precioso.

Pero si se trata de otras plantas y yerbas, por lo que dejo dicho de las que lleva el castillo, ya inferirá usted cuánta será la fecundidad de su término. Domina entre todas el lentisco, que en grandes y frondosas matas, por cuyo solo nombre es aquí conocido, brota a la par de los árboles indígenas, y da mucha y excelente leña para hogares y chimeneas, así como la dan para el consumo de los hornos las tres estepas, una especie de genista, llamada bosch, que es una retama fina, y otras matas, a todas las cuales distinguen con el nombre genérico de garriga. Abunda aquí sobremanera el gamón, que coronado al febrero de una hermosa piña de blancas flores, cubre todo el bosque y le adorna, hasta que al otoño sus altos y erguidos vástagos se cortan para hacer pajuelas, las únicas que se usan en el país con nombre de lluquets. Abundan también varias plantas olorosas, como tomillo y romero, hacia las faldas del cerro, y cantueso por todas partes. Éste se conoce por el nombre de garlanda, y su violada y fragante flor por el de flor de San Marcos, sin duda porque en la fiesta de este santo, titular del castillo, es cogida con ansia por los que vienen a ella de la ciudad. El número y variedad de otras plantas parece increíble, si se atiende a la pobreza de un suelo tan peñascoso. Crece con fuerza en las faldas del cerro y en los altos y orillas de las sendas la sanguinaria con sus hermosos copitos de terciopelo blanco. Hay tres o cuatro variedades de la centaura, otras tantas del geranio, y entre ellas el moscatum; son comunes las anagalis, los dos sedos, mayor y menor, las dos achicorias, aquí camarrotges, dulce y amarga, el espárrago espinoso y la digital purpúrea, la buglosa con su flor celeste, y la cinoglosa, que la tiene rosada. Crece también por las cercas la doradilla, en los huecos de las peñas la rara y saludable polígala, y en la cañada del mediodía el más raro aún hipericón, que Linneo llama ballarico, con sus flores jaldes y sus hojitas horadadas. En fin, tal es la muchedumbre y tantas las variedades de estas y otras plantas, que si algún sabio botánico se diese a describirlas, pudiera formar una flora bellvérica harto rica y digna de la atención de los amantes de esta ciencia encantadora.

Bellver

[...] Desde la primavera era en otro tiempo muy frecuentado en los días festivos, en que el pueblo palmesano venía a gozar en él las dulzuras de la estación y a solazarse y merendar entre sus árboles. Extremadamente aficionado a esta inocente diversión, a que da el nombre de pan-caritat (3), se le veía llenar y hermosear el cerro, esparcido acá y allá en diferentes grupos, en que familias numerosas, con sus amigos y allegados, trincando, corriendo, riendo y gritando, pasaban alegremente la tarde y a veces todo el día. Y como la juventud haga siempre el primer papel en estos inocentes desahogos, allí es donde se la veía bullir y derramarse por toda la espesura, llenándola de movimiento y alegre algazara, para abandonarla después a su ordinaria y taciturna soledad. ¡Cuántas veces he gozado yo de tan agradable espectáculo, mirándole complacido desde mi alta atalaya! Pero estos inocentes y fáciles placeres, tan ardientemente apetecidos como sencillamente gozados por todo un pueblo alegre y laborioso, le fueron al fin robados, y desaparecieron con los árboles a cuya sombra los buscaba.

Yo no sé si alguna particular providencia quiso agravar mi infortunio, contemplando a mis ojos el horror de esta soledad; sé, sí, que al paso que caían los árboles y huían las sombras del bosque, le iban abandonando poco a poco sus inocentes y antiguos moradores. No ha mucho tiempo que se criaba en él toda especie de caza menor, que como contada entre los derechos del Gobierno, y por lo mismo poco perseguida, crecía en libertad, y además se aumentaba con la que acosada en los montes vecinos, buscaba aquí un asilo. Abundaban sobre todo los conejos, cuya colonia, domiciliada aquí por don Jaime el Segundo, se había aumentado a par de su natural fecundidad. Solíalos yo ver con frecuencia al caer de la tarde salir de sus hondas madrigueras, saltar entre las matas y pacer seguros en la fresca yerba a la dudosa luz del crepúsculo. Criábanse también muchas liebres, y alguna, al atravesar yo por la espesura, pasó como una flecha ante mis pies, huyendo medrosa de su misma sombra. El ronco cacareo de la perdiz se oía aquí a todas horas, ¡y cuántas veces su violento y repentino vuelo no me anunció que escondía sus polluelos al abrigo de los lentiscos! Desde que la aurora rayaba, una muchedumbre de calandrias, jilgueros, verderones y otros pajarillos salía a llenar el bosque de movimiento y armonía, bullendo por todas partes, picoteando en insectos y ñores, cantando, saltando de rama en rama, volando a las distantes aguas y volviendo a buscar su abrigo so las copas de los árboles, y tal vez esconder en ellas el fruto de su ternura; y mientras la bandada de zancudos chorlitos, rodeando velozmente la falda y laderas del cerro, los asustaba con sus trémulos silbidos, el tímido ruiseñor, que esperaba la escasa luz para cantar sus amores, rompía con dulces gorjeos el silencio y las sombras de la noche, y enviaba desde la hondonada el eco de sus tiernos suspiros a resonar en torno de estos torreones solitarios. Usted comprenderá sin que yo se lo diga, cuánto consolarían este desierto tan agradables e inocentes objetos; pero todos le van ya desamparando poco a poco, todos desaparecen, y sintiendo conmigo su desolación, todos emigran a los bosques vecinos, y abandonan una patria infeliz, que ya no les puede dar abrigo ni alimento, mientras que yo, desterrado también de la mía, quedo aquí solo para sentir su ausencia y destino, y veo desplomarse sobre el mío todo el horror y tristeza de esta soledad.

[...] Al norte, y a tiro de fusil del castillo, está el almacén de pólvora de la plaza; es un edificio de ciento cincuenta pies de largo sobre cincuenta de ancho, bien cerrado y defendido con un buen pararrayo, con su cuerpo de guardia para un oficial y doce o quince hombres, todo bien construido, pero a mi juicio mal situado el almacén por la cercanía del castillo, que sin duda perecerá en una explosión casual, y el cuerpo de guardia por la del almacén, de que apenas dista diez varas, teniendo además la puerta, ventana y dos chimeneas hacia él. Y he aquí los únicos edificios del recinto, si ya no se cuenta por tal la casa yerma de la Joana, que está al lado de su límite meridional.

Dase este nombre a una cueva excavada en la peña, pero cerrada de pared, con su puerta y ventana y pozo al exterior, su habitación alta y baja, su horno, su cocina y otras piezas dentro; todo ruinoso, abandonado y aun detestado. La tradición vulgar dice que moró en ella no ha mucho tiempo la Joana, grande hechicera, que en vida solía convertirse en gato y tomar otras formas a su placer, y que ahora su sombra se complace de visitarla de tanto en tanto. Esto se dice; dos higueras, que yo he visto plantadas o casualmente nacidas cerca de su puerta, pueden haber confirmado esta vulgaridad, pues su fruto, aunque de buena apariencia, se avanece y pudre sin llegar a sazonar, sin duda por hallarse estas plantas en una umbría y estar del todo descuidadas. No obstante, los simples pastores y cabreros del bosque cuentan y creen que cierto canónigo antojadizo murió de haberlos comido; y he aquí la ridícula historia forjada sobre el abandono de esta casilla, que probablemente no tuvo otra causa que la esterilidad y fragosidad del terreno inmediato, destinado antes al cultivo, de que aún hay indicios. Sea lo que fuere, la fuerza de la superstición la hace mirar con horror, y aleja de ella pastores y ganados, por más que ofrezca algún pasto y un abrigo seguro contra la inclemencia. ¡Notable prueba de su poder, cuando no le vencen el interés ni la necesidad!

Bellver
Escultura Busto de Gaspar Melchor de Jovellanos por Francesc Sacanell (1932), en el bosque de Bellver

Temo alargarme en demasía. La mirada de Jovellanos abarca todo el recinto de Bellver y se alarga en sus confines. No sólo habla de la fortaleza, mal cuidada en ese momento, sino que se interesa por la geografía, geología, botánica, zoología, historia y vida humana. Su descripción, erudita, es a la vez sentida. Se duele Jovellanos de la poda continua que se realiza en el pinar; los barrancos se convierten en signos de su soledad y se queja de la disminución de vida animal. Llega y recorre los confines que, creo que no coinciden con los actuales, especialmente al oeste; enumera nombres de son Dureta (el predio que no el hospital), sa Teulera, Génova ... En la Bonanova disfruta en su ermita y baja hasta el Terreno. ¿Podríamos señalar las plantas que enumera? Para Jovellanos, Bellver no es sólo el castillo.

En Google books está en un pdf de 422 páginas, el tomo V de "Colección de varias obras en prosa y verso del Exmo señor D. Gaspar Melchor de Jovellanos" en una edición de 1832. En este tomo podemos encontrar varios textos relacionados con Mallorca, no sólo sobre Bellver, la Lonja, santo Domingo o san Francisco de Paula, sino también alguna de su correspondencia con varias personas interesantes de la isla, ya con José Barbieri, sobre antigüedades de la isla o con Fray Manuel de Bayeu, sobre pintura.

El tomo puede leerse directamente en Internet o se puede bajar.

Como tiene algunas páginas algo borrosas, también puede encontrarse en Biblioteca de obras clásicas en formatos digitales la obra "Memoria del Castillo de Bellver".

La Sociedad Arqueológica Luliana dedicó el boletín de julio de 1891 (pdf) a Jovellanos, reproduciendo las "Memorias del castillo de Bellver, segunda parte".

Y como estoy en la categoría "Biblioteca digital", también es muy interesante pese a que no se refiere sólo a Bellver, la publicación de Alejandro Sanz de la Torre: Jovellanos y la reivindicación de la arquitectura gótica de Palma, estudio que con algunos otros de este autor como el de La arquitectura de Palma de Mallorca en el grabado ilustrado (Siglos XVIII y XIX), merecen estar en una biblioteca digital sobre la isla.

Comentaris

Gracias

Toño Alonso-Gijón | 10/08/2011, 15:52

Muchas gracias por tan maravillosa oportunidad para leer resumido un poco mas sobre Jovellanos y su exilio.

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