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Dos científicos alemanes viajan a Mallorca en 1865

fabian | 16 Setembre, 2008 16:07

La historia de hoy va de científicos. Es una advertencia puesto que estos seres tienen una manera muy especial de expresarse: donde nosotros hablamos de montañas ellos hablan de plegamientos terciarios y hay que agilizar el chip para entenderse.

De uno de ellos incluso yo había oído el nombre pues en los laboratorios escolares o universitarios se usaban como fuente calorífica unos mecheros llamados "bunsen" y quizás fuera este utensilio u otro el que les ayudó a encontrar alojamiento en Palma pues llegados a la ciudad y sin encontrar dónde dormir, fue un médico, Pere Tries i Barbarin, quien ya conocía algunos de los inventos del Dr. Bunsen, el que se convirtió en su primer anfitrión. Parece mentira en esta Palma actual tan llena de hoteles que en 1865, cuando muchas ciudades mediterráneas ya poseían una infrastructura para poder recibir miles de visitantes, Palma no la tuviera hasta el punto que H. A. Pagenstecher, el autor de La isla de Mallorca. Reseña de un viaje (1867) escribiría: "sin duda vienen pocos extrangeros, los capitanes viven en sus buques y los españoles en casa de sus conocidos". Claro que era en la Palma encerrada en sus murallas y con problemas graves de vivienda a lo largo de todo el siglo XIX lo que daría lugar al derribamiento y a la expansión de la ciudad en sus ensanches.

Es la hora de presentar a los protagonistas: los dos son científicos alemanes, profesores universitarios en Heidelberg. Quien escribe la obra es Hermann Alexander Pagenstecher (Elberfeld 1825 - Hamburg 1889), médico, naturalista, catedrático de la Universidad de Heidelberg, director del Museo Zoológico y del Museo de Historia Natural de Hamburg. Su acompañante, Robert Wilheim Bunsen (Gottingen 1811 - Heidelberg 1899), químico destacado, profesor de las universidades de Marburg, Breslau y Heidelberg, descubridor del Cesio y del Rubidio mediante análisis espectroscópicos que desarrolló y autor de diversas obras. Los dos, amigos y compañeros, viajaron por varios lugares de Europa.

En 1865 realizan un itinerario que parte de Heidelberg y pasa por Basilea, Mulhouse, Dijon, Lyon, Tarascon Nîmes, Montpeller, Cêtte y Perpiñán - en tren -; Gerona - en coche de caballos; y hasta Barcelona en tren. Desde esta ciudad, en el vapor Menorca que hacía la línea Barcelona - Alcudia - Mahón, hasta Alcudia donde desembarcan. Luego se trasladan a Inca y Palma. Dos años después, en 1867, H. A. Pagenstecher publica el libro "Die Insel Mallorka" que el mismo año es publicado en Palma con el título "La isla de Mallorca. Reseña de un viaje", traducido al Castellano por dos personajes que vale la pena conocer Paul Bouvij y Paul Vernière. El libro, aunque trata preferentemente la estancia en Mallorca, también trata todo el itinerario y el regreso vía Ibiza.

Pero hoy, siguiendo la serie de "Viajeros y barcos", conviene que recoja sólo el fragmento o partes del viaje en el Menorca.

grabado
"Port d'Eivissa", grabado

El vapor Menorca sólo tiene veinticuatro pies de ancho; pero proporcionalmente es muy largo y de sólida construcción. Demostró ser una embarcación muy valiente a pesar de su poco porte. En primera cámara había además de nosotros, un capitán inglés cuyo buque se encontraba en Palma y al que iba a reunirse para ir a Odesa en busca de trigo; y un matrimonio de Menorca, cuyos individuos, lo mismo que mi amigo Bunsen pronto se guarecieron bajo cubierta. Salimos con viento de proa del Est-Sudeste, y negras nubes cubrían las montañas más allá de la ciudad hasta el Monserrate. Hacia el levante, el cielo limpio de nubes dejaba ver un azul pálido y una espesa niebla se levantaba en el horizonte. Las cuatro y media de la tarde eran cuando dejamos el puerto y, a la vista misma de la ciudad, al pie de Monjuich, ya éramos un juguete de las olas. Las gaviotas seguían nuestro rumbo, ya delante, ya detrás del buque, ya separándose a lo lejos. Buscando el alimento en nuestra estela, fueron nuestros fieles conductores hasta que la tierra se perdió de vista.

La trepidación del buque afectaba la cabeza; las aves que con raudo vuelo, a pesar del tiempo y de las olas, parecían burlarse de nuestra velocidad, fijando su vista sobre nosotros, producían una impresión desagradable. Las crestas de las olas parecían también aves gigantescas de blancas plumas. La creciente noche y la mirada vertiginosa de las aves, cambiaban por momentos el cuadro. Ya no era posible distinguirlas de la blanca espuma producida por los rompientes de las olas sobre el negro fondo del agua. La noche se presentaba oscurísima, y la violencia del viento fue creciendo, sin su regularidad hubiera inspirado mucho cuidado. Aprecié los movimientos del buque con el reloj; sobre una longitud de unos 140 pies, se levantaba y bajaba unas ocho veces por minuto. También el balance de costado era muy frecuente. Los marineros apenas podían caminar por la cubierta. Encontré abajo mi compañero en un estado lastimoso, y el aire que allí se respiraba era nauseabundo, de modo que preferí quedar algún tiempo sobre cubierta, antes que verme lanzado de un lado a otro de la cámara como una persona embriagada. El capitán inglés recorría del mejor modo posible el buque de popa a proa como si estuviese de guardia, examinando de cuando en cuando los dos timoneles para asegurarse del viento y del rumbo, así como los botes colgados a los costados para ver si estaban provistos de remos, por si llegaba el caso de tenerlos que emplear y que sin duda hubieran sido de mucha utilidad.

La cubierta de la escalera de la cámara me procuró algún abrigo contra el furor del viento. La soledad de la cubierta, el mar, negro como el cielo de aquella noche, no ofrecían ninguna distracción y las horas pasaban con lentitud. Después de las ocho, el frío me obligó a bajar a la cámara; allí se presentó de nuevo el terrible balance, el aire repugnante, y su solitario recinto alumbrado por una lámpara colgada del techo. En los camarotes sólo se oían quejas y lamentos. No pude resistir mucho tiempo. Como los movimientos eran tan fuertes, me senté al lado de la puerta de mi camarote, para poderla abrir, pero el Dios del mar se apoderó de mí con espantosa rapidez. Mudo y pálido apareció el vacilante camarero con su aljofaina de hoja lata y su lampazo para recoger los despojos y efectos del mareo. Avergonzado me acosté en mi litera debajo de la de mi compañero. Ni tan siquiera recordé que llevaba puestas las botas, el paletó, la bufanda, los anteojos y el sombrero atado a un ojal por medio de un cordón. Traje de noche por cierto bastante original, y que no tuve ánimo para cambiar a pesar de habérseme calmado después mi indisposición por temor de agravarla con el menor movimiento. Además la noche era tan fría que nada bastaba para abrigarse.

El viento arreció, los balances del buque aumentaron, las olas barrían la cubierta, las vigas y maderos crujían. Comparaba nuestra posición a la de los soldados de plomo en una caja abierta. Mi amigo padeció mucho, pero yo no tuve más ataques.

[Nota: siguen dos páginas en las que el autor habla sobre las causas y efectos del mareo así como de los movimientos que los marineros realizan para combatirlo]

Vapor Menorca
El vapor 'Menorca' en un dibujo de Ramon Sampol Isern del libro "Vapores de las islas Baleares"

Cuando me encontré un tanto aliviado, volví a la cubierta para ver la situación. Su aspecto era poco consolador. Un viento frío soplaba con fuerza y las olas nos rociaban de lo lindo. El mar parecía negro como el abismo, pero el barco seguía impávido su marcha. Al amanecer el tiempo se mejoró, el viento rodó al Noroeste y nos permitió izar un par de velas. A nuestra derecha se descubría una extensa cordillera; era la costa N. de Mallorca; muchas de sus cumbres estaban cubiertas de nieve. Poco después doblamos el cabo Formentor: el viento se calmó en el canal que media entre Mallorca y Menorca, sin que esta última se pudiese descubrir. Cuando estuvimos al abrigo del cabo, el mar se sosegó y mi compañero pudo gozar del aspecto pintoresco de la costa. Pasamos por delante de la bahía de Pollensa, vimos una bandada de gaviotas, y entre ellas el Puffinus anglorum o Pufino común, que buscaban su alimento y que echaron a volar al acercarse el vapor. Después de pasar el cabo Pinar y el de Menorca, entramos en la espaciosa bahía de Alcudia, donde fondeamos a una regular distancia de la tierra.

Habíamos llegado al término de nuestros anhelos; y aunque sabíamos que la importancia de Alcudia había disminuído mucho por la gran miseria ocasionada por la proximidad del gran pantano, sin embargo como punto de escala de los vapores y correos, nos habíamos figurado que la ciudad y el puerto estaban más en armonía con la civilización; pero nada encontramos. Sólo se presentó a nuestra vista un extenso arenal, a lo lejos las montañas que constituyen la bahía, cuya capacidad es tal que pudiera abrigar las mayores escuadras conocidas; a su orilla una casilla sin ventanas, dos lanchas, un par de barquichuelos uno de ellos sumergido, y por último nuestro buque, era cuanto podíamos divisar. Parecía al pronto que nos encontrábamos en una lejana costa de la India, en vez de hallarnos en Europa. (*)

H. A. Pagenstecher: "La isla de Mallorca. Reseña de un viaje" El Drac editorial Mallorca 1989

El texto transcrito acaba con una señal a modo de nota entre paréntesis. A pie de página, la señal dice "Hasta aquí llegaba el manuscrito de la traducción del Sr. Bouvy. Su inesperada y sentida muerte hubiera impedido la continuación de esta interesante publicación si su inteligente cuñado, el Sr. D. Paulino Verniere no se hubiese ofrecido a continuar la traducción [...]". Otro día convendrá hablar de estos dos interesantes traductores.

Quizás también otro día convendrá poner un texto más corto del viaje, ya de regreso, del 16 de abril de 1965, desde Palma a Valencia, con escala en Ibiza, en el vapor "General Barceló".

El vapor 'Menorca'

Del vapor Menorca habla el magnífico libro - por sus textos y por sus dibujos - "Vapores de las islas Baleares" de Ramon Sampol Isern. El primer vapor de Menorca fue el Mahonés, primero de matrícula menorquina y primero en las Baleares que utilizó la hélice en lugar de las ruedas. Este vapor fue construído en 1854 y realizó la ruta Mahón - Alcudia - Barcelona.

El segundo vapor menorquín se llamó Menorca, construído en 1859 en Glasgow, Escocia, y comprado ese mismo año por la "Sociedad del Vapor Mahonés" para sustituir al Mahonés puesto que éste no era muy fiable en su maquinaria. El Menorca, de 370 toneladas, y casco de hierro movido por hélice, tenía 47,70 metros de eslora; 6,80 de manga y 3,10 de puntal, con una máquina de 160 caballos con una velocidad de 10 nudos. Pero cuando el Menorca llegó desde Glasgow a Barcelona fue fletado por el Gobierno de España para la guerra de Africa como buque auxiliar de la Armada. En julio de 1860 finalizó el contrato con el Gobierno y el 7 de julio de 1860 hizo entrada en Mahón empezando en seguida a cubrir la línea de Mahón a Barcelona con escala en Alcudia, pasando el 'Mahonés' a la línea Mahón - Palma. A partir de 1880, debido a la compra de nuevos vapores, el 'Menorca' cubrió la línea Mahón - Palma hasta 1895 en que fue dado de baja y vendido a la "Maquinista Naval" para su desguace. En sus 35 años de servicio, el 'Menorca' sólo tuvo un percance en noviembre de 1873 al chocar contra la costa menorquina debido a una espesa niebla, con daños en la proa. Prestó auxilios a varias embarcaciones, como a la polacra francesa "Hirondelle" que se encontró sin provisiones o, en 1871, en que remolcó al bergantín - goleta "Sagita", alemán, con una vía de agua, hasta el puerto de Mahón. Pero todo esto son historias que quizás algún historiador o amante de la navegación y sus barcos nos contará quizá en alguna bitácora de ese futuro Maseo Marítimo que parece se creará en Palma.

Nota final: En la magnífica Biblioteca Pública de Palma, Can Salas, podemos encontrar y leer el libro de Pagenstecher "La isla de Mallorca: Reseña de un viaje" en una edición de Felipe Guasp de 1867 o en un facsímil realizado en el año 1989 por Drac Editorial.

Paul Bouvij y Paulino Vernière, dos 'extranjeros' en la Mallorca de 1870

Comentaris

Lo que no se sabe del libro de Pagenstecher

Jesús García Marín | 17/09/2008, 16:14

Querido Fabián:
Como soy algo egocéntrico te voy a contar una anécdota. Hace 16 ó 17 años se juntaron Lleonard Muntaner y el catedrático José Juan Vidal y fundaron la editorial El Tall. Pues bien, estaban los dos por la Biblioteca March dándole vueltas al "con qué libros vamos a empezar la editorial", y yo les dije --yo me pasaba la vida en la March-- que, precisamente, publicarán
el libro de Pagenstecher. Se quearon con la copla, lo facsimilaron del ejemplaar de la March e imprimieron en mi añorada Miramar,donde yo trabajaba por entonces.
Así empezó El Tall y luego vino la excisión y salió la editorial de Lleonard. Ambos editores son buenos amigos míos. Una abraçada como una sobrasada.

Escisión

Jesús GM | 17/09/2008, 16:23

Perdón, Fabián, por la falta de ortografía: escisión, sin x (aunque si la escisión es grave, sí se le puede poner una "X", es un decir). Es que ahora estoy leyendo las Cartas Literarias de Guan Gamón Giménez y tengo ya un pequeño lío con las licencias ortográficas que se permitía el gran poeta de Mojer.

Capitan José Caldés Ferragut

J | 20/10/2008, 14:40

Mi bisabuelo el Capitán José Caldés Ferragut, llevo el Vapor Menorca durante unos años antes de pasar al Nuevo Mahones.

Alguien tiene alguna información más sobre el capitán José Caldés?

Gracias!

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