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Viaje Barcelona - Palma en el Rey Jaime I (1862)

fabian | 24 Setembre, 2008 16:37

Los protagonistas de hoy son un dibujante muy famoso por sus grabados, Gustave Doré (1832 - 1883) y un aristócrata francés de gran fortuna, gran erudito, hispanista e historiador del arte: Jean Charles Davillier (1823 - 1883). El hecho está en que hacia 1862, Doré quería conocer España para sus ilustraciones sobre Don Quijote y convence a Davillier, quien ya la conocía, para que le guíe. Hay también una revista, "Le Tour du Monde", famosa revista de viajes editada por Hachette que se compromete a publicar sus impresiones y dibujos del viaje por España, lo que cumple desde 1862 hasta 1873. Así que, en 1862, los dos caballeros franceses realizan un viaje por toda España incluyendo, en mayo, Mallorca y sus escritos y dibujos son publicados por la revista en sucesivas entregas. El 1875 se reunieron todas esas entregas en un libro titulado Viaje por España y uno de sus capítulos está referido a Mallorca.

Yo he consultado "Davillier" en el catálogo de Can Salas y me ha salido el primer número de Panorama Balear - unos libritos de pocas hojas muy económicos que publicó Luis Ripoll - con el capítulo dedicado a la isla, 16 páginas de pequeño tamaño, con ilustraciones, editado en 1951.

Viaje a Mallorca
"Viaje a Mallorca", nº 1 de Panorama Balear

Salimos de Barcelona una hermosa tarde del mes de mayo en el «Don Jaime I». El mar estaba azul y tranquilo. Al cabo de una hora seguíamos divisando la ciudad como una larga línea blanca que se destacaba sobre el azul oscuro de las montañas de Cataluña y al acabar el día empezamos a entrever las costas de Mallorca. A medida que avanzábamos, la silueta de sus altas montañas se iba dibujando con mayor claridad, sobre todo la más alta de ellas, el Puig Mayor de Torrella, que se alza a mil quinientos setenta metros, y el Puig de Galatzó, de dentadas crestas.

Henos aquí, cerca de tierra, costeando la pequeña isla de Dragonera. Bordeamos la costa tan próximos a ella que los palos del barco tocan las rocas rojizas que se levantan cortadas a pico y cuyas grietas sirven de refugio a numerosas palomas, que alzan el vuelo asustadas. Al pie de la roca, sobre el tranquilo y transparente mar, algunas aves de plumas plateadas retozan al sol. Al acercarnos se zambullen, para salir del agua un poco más lejos y desaparecer de nuevo al cabo de un instante.

Acabamos de doblar la punta Cala Figuera. La bahía de Palma surge de improviso, como una espléndida decoración, con la ciudad dispuesta cual un anfiteatro. A la izquierda, la «Torre del Señal», con los muros coronados de matacanes. Un poco más lejos, en lo alto de una colina, el castillo de Bellver, sólida fortaleza de la Edad Media. La costa está sembrada de molinos de viento, cuyas grandes aspas blancas, en número de seis, están unidas entre sí por cuerdas dispuestas circularmente, lo que les da el aspecto de inmensas telas de araña. Por encima se alza Palma con su imponente catedral gótica, asentada sobre una eminencia, encima del mar. Má abajo distinguimos la elegante silueta de la Lonja, preciosa joya de la arquitectura del siglo XV. Luego, las altivas flechas de los campanarios góticos; y, por último, algunos jardines, acá y allá, ramilletes de verdor, por encima de los cuales se balancean graciosas palmeras.

Lo que más sorprende cuando se desembarca en Palma es la calma que reina en la ciudad, calma que contrasta con el movimiento y actividad de Barcelona. Ya estamos instalados en la fonda de las «Tres Palomas». Nos encontramos en un país donde el bienestar no ha dicho aún su última palabra, aunque haya progresado desde hace mucho tiempo. «En la mayor parte de las casas burguesas no hay cristales», dice Madame George Sand, quien estuvo en Mallorca hace unos treinta y cinco años. Esta escasez de cristales en las ventanas era antiguamente general en España, como lo muestra un párrafo de Don Quijote. Algunas salas del Palacio Real de Madrid carecían de ellos, según asegura Madame d'Aulnoy: «Hay algunas donde la luz entra sólo por la puerta y que no tienen ventanas... Es verdad que el cristal está escaso y muy caro, de manera que hay muchas ventanas sin cristales, y cuando se quiere hablar de una casa en la que no falta nada, se dice: tiene cristales».

Muy curioso lo de los cristales ya que en Palma hay muchas galerías acristaladas en edificios que posiblemente sean de esa época. Davillier recoge anotaciones curiosas sobre la cerámica o las imprentas. Por lo demás, ambos realizan las visitas acostumbradas por el turismo, tanto en Palma (catedral, Lonja, Ayuntamiento, Baños árabes, casa Montenegro ... ) y por la isla (Valldemossa, Deyá, Sóller, Artá, Manacor, Felanitx)

El vapor Rey Jaime I

Como estos escritos los guardo en la serie Viajeros y barcos y pese a que Davillier sólo nombra al vapor sin hacer sobre él ninguna referencia, recojo la información y la imagen del libro "Vapores de las islas Baleares" de Ramon Sampol Isern editado por Miquel Font.

vapor Rey D. Jaime I
El vapor "Rey D. Jaime I"

El "Rey D. Jaime I" es el tercer buque de vapor de matrícula de Mallorca tras el "Mallorquín" y el "Barcelonés", también llamado "General Barceló", aunque estos dos barcos eran de otra compañía que la del Rey D. Jaime I. Fue el primero que tuvo casco de hierro. Construído en Londres fue adquirido por la "Empresa Mallorquina de Vapores" en 1855. 50,70 metros de eslora, 7,25 de manga y 4,25 de puntal. Movido por ruedas de paletas giradas por una máquina de vapor de dos calderas, podía alcanzar la velocidad de 12 nudos. Provisto de aparejo de vela de goleta de velacho de dos palos. Bajo el botalón lucía un mascarón de talla policromada con la figura del rey Jaime I.

En febrero de 1856 llega a Palma llevando a bordo al Sr. Miró - Granada, presidente de la naviera. El 11 de febrero, capitaneado por D. Gabriel Medinas, emprende su primer viaje transportando viajeros y carga general en ruta Palma - Valencia - Barcelona. Navegó en estas aguas durante más de treinta años.

En su historial hay algunos viajes ocasionales como el realizado el 9 de agosto de 1863 con 300 pasajeros a las cuevas de Artá. En abril de 1860, requisado provisionalmente por el Capitán General de Baleares ya que se requerían tropas de refuerzo en Cataluña debido a un levantamiento carlista, efectuó un viaje transportando tropas y llevando a remolque al bergantín - goleta "Aurora". También participó en varios salvamentos de buques en apuros.

En 1889, ya inservible para la navegación, fue vendido por sus propietarios y fue desguazado en el puerto de Barcelona.

Comentaris

hola

javiera marambio | 07/11/2011, 20:59

como estan

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