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Travesía en el Mallorquín de Juan Cortada en 1845

fabian | 09 Setembre, 2008 15:59

Don Juan Cortada y Sala (1805 - 1868) fue novelista, historiador, abogado, periodista, arqueólogo, poeta popular y catedrático. Nacido en Barcelona, acabó la carrera de Derecho a los 20 años y fue agente fiscal de la Audiencia de Barcelona, cargo que, tras 12 años de desempeñarlo, renunció para dedicarse a la literatura, la cátedra y el periodismo. Escribía en el "Diario de Barcelona" con el pseudónimo de Abén Abulema y en el periódico "El Telégrafo" con el de Benjamín. Tradujo al Castellano la obra de George Sand, así que, cuando en el verano de 1845 se embarcó en el vapor Mallorquín para venir a Mallorca, ya conocía la opinión que en 1839 ella había expuesto en su viaje en el mismo vapor. Juan Cortada escribió a manera de diario "Viaje a la isla de Mallorca en el estío de 1845" que publicó en ese mismo año.

Este libro de Juan Cortada se ha reeditado este año, 2008, por la editorial de Miquel Font. M. Elena Vallés, periodista, nos habla de él en La otra cara de ´Un invierno en Mallorca´. Yo no tengo esta nueva edición, pero de otra editada por RODA en 1948, copio los párrafos relacionados con el viaje en el Mallorquín.

Julio de 1845
Día 19

[...] A las tres de la tarde de este día, después de toda aquella zambra de despedida de amigos y de acompañamiento de parentela, hemos entrado con unos cuarenta pasajeros más en el vapor Mallorquín, que suele llevar a Palma carne humana y traer de allí carne cerduna. Es vapor de cortas dimensiones, de regular marcha, de pocas comodidades y de camas tan duras que son a propósito para hacer penitencia. El tiempo estaba calmoso y la mar tranquila, de modo que había justa razón para esperar un feliz viaje. Comenzó éste como todos los que se hacen en vapor. Los pasajeros sentados en el alcázar, reservados primero, accesibles muy pronto, y casi amigos a poco rato. La conversación primera ha sido la que debiera ser la última, a saber, si yo me mareo, si tú te mareas, si aquel se marea, y si todos nos mareamos. Yo tengo para mí que esto del mareo no es capaz de explicarlo, no digo yo un médico, porque los tales, con su perdón sea dicho, explican pocas cosas, sino nadie, porque ni es fijo marearse siempre ni dejarse de marear aun cuando las circunstancias sean iguales. En los barcos de vela es grande llamativo del mareo el olor del alquitrán de que está el buque impregnado; mas en los de vapor el alquitrán está suplido con usura por el maldito hedor del carbón de piedra, de suerte que en toda clase de buques hay para ese martirio un auxiliar muy eficaz del movimiento. El tiempo ha sido bueno, y con todo apenas había una hora de la salida de Barcelona, cuando varios pasajeros, incapaces ya de tenerse en pie, han ido a buscar un consuelo al sutil colchón [...]

Palma
Vista de Palma en el mapa del Cardenal Despuig (1764)

Vino la noche y con ella una luna clara, hermosa y de plenilunio. Me he levantado a pesar de mi mareo, y a las nueve y media he subido a cubierta para mirar la luna que formaba un río de plata desde la proa del buque hasta el horizonte, y que en la larga y agitada estela que el barco dejaba, confundía su blanca luz con la efosforescencia de las aguas y con la oscuridad de las olas que quedaban en sombra. ¡Cuántos ojos había quizás en aquel momento fijos en el mismo astro! Hermosa es la luna, mas yo creo que al llegar la noche desaparecen todas las bellezas del día, como las ilusiones de la vida huyen en la proximidad de la muerte. ¿Qué es pasar una noche de angustias, dentro de un sepulcro de madera y lanzado en mitad de las aguas de un mar? ¿Qué es de las ideas que asaltan nuestra mente, de los pesares que afligen a nuestra alma, de los recuerdos, de los vaticinios, de los deseos, del bregar contra lo que sucede y que no puede de modo alguno evitarse? Eso es más que medio morirse.

Día 20

Ha amanecido. El tiempo estaba sereno y calmoso. A las cuatro hemos llegado delante de la Dragonera, islote árido, y centinela avanzado de Mallorca. En su más alta cumbre hay una torrecilla antigua, desde la cual se hace una seña cuando llega el vapor, seña que transmitiéndose de torre en torre llega a Palma en pocos minutos. Viven en esa torrecilla dos hombres; nadie más y nada más. ¿Qué hacen ahí esos dos hombres? Anuncian el vapor que pasa una vez cada ocho días. ¡Digna ocupación para dos seres intelectuales que tienen una alma inmortal! ¿Es esa la misión que Dios les ha confiado al darles la vida?

vapor Mallorquín
El Mallorquín, en una acuarela de Ramon Sampol Isern (ver tamaño grande)

El buque, si hay buen tiempo, pasa entre la Dragonera a estribor, y a babor la costa de Mallorca, desnuda por ese lado, cortada perpendicularmente en inmensos torreones, eterna morada de palomas, y en uno de los cuales hay un claro y penetrante eco que responde a las voces del navegante que al pasar le llama. ¡Quién sabe en cuántos idiomas ha contestado ese eco, a cuántas gentes ha oído! El que hoy responde al hombre del siglo XIX, respondió en otro tiempo a los rodios, a los fenicios, a los cartagineses, a los romanos, a los árabes, y acaso contestó a la salutación de Berenguer III y a la de Jaime el Conquistador. Todos esos pueblos y esos hombres pasaron, y pasaron sus hechos, y el peñasco está allí, y su voz clara y fuerte contesta hace acaso cincuenta siglos a todo el que le habla sin haberse debilitado, ni siquiera enronquecido. Con la misma contestará dentro de cincuenta siglos.
Antes de llegar a Palma asoman pocos palmos sobre el nivel del agua algunos islotes de viva peña que el mar poco a poco rompe con aquella perseverancia despiadada que los irá convirtiendo en menuda arena y arrebatándolos entre la reventazón y las espumas. Dentro de algunos siglos no asomarán la cabeza, y entonces quizás se estrellará contra ellos alguna nave y perecerán los hombres que en ella vayan.

Palma está en el fondo de una gran ensenada, y para entrar en el puerto se dobla la punta llamada Cala Figuera, que es uno de los dos cabos que forman ese largo seno. El buque sigue la derrota teniendo a babor la costa que se hace amena al paso que se aproxima a la capital. Poco antes de llegar a ésta está Porto- Pí, pequeña rada que se va llenando, defendida por dos torreones góticos, sobre uno de los cuales se ha levantado una obra moderna en que hay el faro. En este lugar desembarcó D. Pedro IV de Aragón llamado el Ceremonioso o del Punyalet cuando en el año 1343 vino a desposeer del reino de Mallorca a Don Jaime III que perdió corona y vida en la batalla de Llucmajor. Un poco más adelante y sobre la cumbre descuella el castillo de Bellver, lugar de destierro en que gimió el ilustre Jovellanos y que visitaré otro día. Al pie del castillo hay una fortaleza moderna para defender la entrada del puerto propiamente dicho, que es pequeño y está abrigado de los vientos. Desde el buque se ve gran parte de la ciudad tendida en terreno algo desigual, y a un extremo de ella en lugar alto se eleva la magnífica catedral de color de rosa seca y que de lejos parece dominar la ciudad toda. Cerca de ese punto descuellan tres palmeras inmediatas a las ruinas del convento de Santo Domingo, demolido por el vandalismo de la revolución. Esta vista es muy linda y no sé si por la prevención con que uno viene o por qué fantástica idea, me ha parecido que todo eso tenía un resabio árabe.

A las siete el buque ha echado el ancla y al momento lo ha invadido un enjambre de hombres y mujeres que para saludar dos minutos antes a los parientes y amigos, han obstruído la cámara y la cubierta, sin consideración al mareado viajero que desea pisar el suelo quieto, y que tenía que ganar el terreno a palmos, buscando entre aquella confusión y muchedumbre el equipaje y el faquín que se lo llevara. Por fin hemos saltado en tierra y después del consabido registro en la puerta y de los consabidísimos reales, nos hemos venido a la fonda de las Tres Palomas y alojado en el cuarto número 11.

Juan Cortada y Sala: "Viaje a la isla de Mallorca en el estío de 1845"

La llegada por mar a Palma, a quienes vivimos en ella nos resulta una mirada común y, aunque de gran belleza, muy repetida. Hermosos son las párrafos en los que Juan Cortada nos habla de la luna y de su rielar sobre el mar o de los ecos con que los peñascos de la costa contestan a quienes los llaman. Los barcos actuales no pasan tan cercanos a ella como para lanzar ningún grito ni posiblemente tengamos el espíritu romántico del viajero del siglo XIX.

La imagen del vapor Mallorquín está tomada del libro Vapores de las Islas Baleares de Ramon Sampol Isern

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