fabian | 30 Agost, 2005 19:11
Leí una vez una historia relacionada con la isla en la que los primeros habitantes tuvieron que arrojar fuera de ella a unos gigantes, los cuales habitan aún bajo las aguas marinas.
En tiempos del Barroco, siglos XVI y XVII, la música era una actividad cotidiana que practicaba mucha gente en sus horas libres (¿verdad o cuento?). Se tocaba en familia, como los Bach; en los centros educativos, como en el hospicio donde trabajaba Vivaldi. Telemann se reunía con otros músicos aficionados los domingos por la mañana y tocaban en una plaza. ¿Cómo si no en las iglesias podían cantar esos grandes coros a los que Bach preparaba las partituras?

Las rocas de la isla son calcáreas. Las aguas las descomponen y dan lugar a la existencia de cavernas y corrientes subterráneas. Ramón Llull dijo que Mallorca era como un caldero invertido, que en su subsuelo hay grandes oquedades y que tanto las aguas provenientes de la lluvia y de su filtración bajo tierra, como las aguas marinas producen erosiones múltiples, por lo que pueden producirse hundimientos.
La gente en tiempos del Barroco participaba en los actos musicales, especialmente con cantos y danzas. En las orquestinas de los grandes palacios y de los poderosos burgueses tocaban trabajadores que también sabían tañer algún instrumento. Las partituras no se escribían para un determinado instrumento, sino que podía ser tocada por cualquiera que tuviera esa entonación. Así, de esa época no encontramos sonatas ni conciertos para violín o para flauta, no, eran simplemente sonatas o conciertos que podían ser tocados por cualquier instrumento. De esta manera, los encargados - estos sí eran profesionales - preparaban las danzas del día atendiendo a las posibilidades de los músicos con que contaban. La música se consideraba parte importante de la educación.
Los gigantes de la leyenda intentan, bajo el mar, llegar a girar la isla; es decir, que si su interior está hueco y se desmoronan las paredes que la sostienen, esa cima que es la parte emergida, rodará y quedará hundida bajo las aguas. Dicen algunos que ese fin no está muy lejano dada la enorme construcción que se realiza sobre ella.
Bastante gente disfrutaba con la música. Eran muchas las partituras que iban saliendo al mercado y que, por no ser de difícil ejecución, se transformaban en sonidos mediante un clavecín, un laúd, una flauta, un violín o, incluso, por el instrumento más moderno, el pianoforte que uno de los hijos de Bach comerciaba. Pero ... Llegó el genio. Sabía, realmente sabía, tocaba maravillosamente y a velocidad de vértigo. Cuentan que fue entonces, con la aparición de los genios, cuando la gente común dejó de tocar instrumentos musicales. No podían compararse al genio. Los oyentes minusvaloraron a los simples aficionados. Estos escondieron y dejaron su afición; las partituras ya no se hacían para la gente que sólo tañía un instrumento para disfrutarlo, no, ahora ya presentaban dificultades que sólo eran superadas por quienes dedicaban largas horas ... La llegada del genio rompió el encanto de la música hecha en común para convertirse en espectáculo. Quizás desde entonces consideramos que la música es sólo para oírla y no para tocarla.
Hay muchas ciudades construídas sobre islas: Venecia, Amsterdam, Manhattam ... y muchas que yo no conozco. Hay ciudades que están levantadas en terrenos que están a menor altura que el nivel del mar, como Nueva Orleans o gran parte de Holanda. Todas las islas y costas del Pacífico temen las olas levantadas por sus gigantes imaginarios; toda la costa caribeña teme las furias de estos gigantes que giran sobre sí mismos y crean los ciclones ... Pueblos y personas damos con la imaginación vida a seres poderosos que personifican nuestros temores; con ellos creamos cuentos, leyendas que algunas personas consideran tonterías, historias para olvidar, pero que otras muchas personas intuyen que son formas de explicar temores y acontecimientos. La narración, la leyenda, el cuento, es el lenguaje científico y explicativo de las gentes.
fabian | 30 Agost, 2005 08:59

Es un relieve que el Ayuntamiento de Palma dedicó a un periodista, Gabriel Fuster Mayans (1913 - 1977), que se firmaba Gafim y que, desde 1962, publicaba en el diario Baleares una columna titulada Tertulia en la Plaza Mayor. En 1955 fue el impulsor para que se crearan los Premis Ciutat de Palma.
Nació en Palma. Se casa en el año 1936 y es en 1946 cuando, guiada por el escultor Joan Borrel i Nicolau, entra en contacto con la escultura. En 1951 consigue el Primer Premio de escultura del Certamen "Niños y flores" del Círculo de Bellas Artes de Palma. Muy apreciada en la isla, realiza numerosos trabajos como el Monumento a Pere d'Alcàntara Penya (1968), el Monumento "als poblers que fern ses marjals" (1970), Monumento al Capità Antoni Barceló (1972) entre otros que se pueden hallar en distintos lugares de la isla.
En 1972 se traslada a Roma para ampliar sus estudios. En los años siguientes alterna sus trabajos en el taller de Esporlas con otros que realiza en Madrid. En 1978 ingresa en la Academia de Bellas Artes de San Sebastián de Palma. Recibe varios premios de instituciones francesas. Su obra es abundante y se encuentra en numerosas localidades de la isla.
En Internet puede encontrarse su biografía, así como algunas informaciones.
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