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Rubén Darío visto por Miguel de los Santos Oliver

fabian | 23 Març, 2012 11:00

En 1912, antes de su segundo viaje a Mallorca, Rubén Darío dejó la casa donde vivía en París y se trasladó a Barcelona donde vivió con Francesca y su hijo en una casa con jardín y torre. Fue entonces cuando lo conoció Miguel de los Santos Oliver quien publicó en sus artículos de los sábados de La Vanguardia, el 4 de mayo de 1912, uno a él dedicado:

He de decir que Miguel de los Santos tenía "labia", es decir, era un hombre de escritura fluida, y, conocedor de la literatura de su tiempo y de la historia de la literatura. Tras los primeros párrafos suelta un discurso algo elevado, más propio de una revista cultural que de un artículo periodístico. Pero bueno, conviene recoger este artículo más dirigido a los "muy iniciados" que a los peatones de la calle.

Al pasar

Rubén Darío

He visto al poeta, estos días, en medio de la afectuosa solicitud de las recepciones y los agasajos; y, antes que cambiar con él unas cuantas frases anodinas ó asediarle con oficiosas insistencias, he preferido observarle en silencio. Su figura invita á la contemplación. Sentado, de pie, andando, no pierde jamás la severidad, mejor diría la majestad hierática con que nos inquieta y subyuga desde el primer instante. En el estrado presidencial del Ateneo, en el banquete de la Casa de América, durante la visita al Instituto de Estudios Catalanes y la Diputación, todas las miradas convergen en torno suyo. Alto de talla, fornido de musculatura, su espalda y cerviz se inclinan como si sostuviera sobre ellas el peso de un mundo invisible. Su frente abombada, la inmóvil y dura contracción del entrecejo, sin parpadeos ni elasticidad, ora recuerdan la expresión ancestral de un ídolo azteca, ora la faz de Beethoven, pasmada en violencia sublime.

Y, en realidad, este nieto de Sísifo trae también, á cuestas un mundo de pensamientos y representaciones, acaso el mundo poético más vasto que sea posible explorar en nuestros días, no ya en los dominios de lengua castellana, sino en todo el orbe civilizado. A Rubén Darío no puede contemplársele ni estudiársele con la fría reserva ó la admiración contenida que guardamos para el talento usual: para lo agradable, lo discreto y aun lo sobresaliente. Se impone á nosotros y se apodera de nuestra atención con el irresistible señorío de las cosas extraordinarias. Hay hombres y facultades de hombres que producen un efecto puramente normal y humano; mientras otros, por su extensión ó por su caudalosa ó inextinguible abundancia, pertenecen al orden fenomenal, como los grandes espectáculos y energías de la naturaleza: hombres-ríos, hombres-Niágara que desatan su corriente imperial y la pasean en triunfo á través de selvas olorosas y vírgenes, por entre gargantas y desfiladeros ingentes, ó la precipitan en cascadas de música y de iris á los valles hondos, que trepidan de estupor.

¿No es esta, por ejemplo, la belleza magnífica, el tumulto de río sagrado y nacional con que rueda, hace ocho lustros, la producción de Menéndez y Pelayo? Su formidable potencia de trabajo, su próvida fecundidad, ya son, por sí mismas, espectáculos grandiosos y bellos que deberían constituir el asombro de la nación, si en España la hubiera pra estas cosas, —como dijo en caso semejante doña Concepcíón Arenal. Por desgracia, es dado á muy pocos el arte de «saber ser contemporáneos» de una maravilla de este linaje y reconocerla y apreciarla en toda su magnitud como si ya perteneciese á las perspectivas de la historia. Pues lo que Menéndez Pelayo representa, del lado de la historia ó de la. reconstitución del genio hispano á través de los siglos, en extensión y amplitud, esto mismo representa Rubén Darío en la vertiente poética y actual. Si hubiese aparecido en un país ó raza de las que forman el primer plano de la civilización, si su instrumento lingüístico fuese uno de los tres ó cuatro que comparten ahora los dominios de la verdadera internacionalidad, destacaría á los ojos del mundo todo, como una cumbre del espíritu moderno.

Porque yo comprendo que no satisfagan á algunos su audacia de innovación, esta ó la otra forma de su temperamento ó idiosincracia estética. Me explico que los ortodoxos de la ortodoxia literaria ó gramatical se exasperen una que otra vez ante lo insólito de sus atrevimientos, aquí donde seguir la senda trillada ha solido ser la primera condición de triunfo. Lo que no concibo es que alguien pueda quedar indiferente á las proporciones realmente asombrosas de su personalidad y ante lo bravío de su esfuerzo de asimilación é incorporación de toda suerte de tesoros artísticos en el común acervo de la lengua castellana. Su reino poético no tiene fronteras; su inspiración no reconoce especialidades ni sufre limitaciones. Desciende de lo colosal á lo grandioso, y de lo grandioso á lo lindo, y de lo lindo á lo incorpóreo y tenue. Corre desde el cuadro mura! á la escultura ciclópea en la roca viva de las cordilleras, hasta el esmalte imperceptible, hasta la miniatura sutil y el encaje vaporoso, como humo tejido.

La musicalidad de sus rimas es un alarde de extensión, de pletitud, de matiz. Ahora suenan con las sonoridades y trompeterías de un órgano multitubular y brillantísimo, ahora como el desmayado gotear de una fuente, á la luz de la luna; unas veces revierten el esplendor sinfónico de Wagner hecho verso y resonancia verbal, como se adelgazan luego hasta la nota aterciopelada de un cascabel de oro, de una nauta cristalina y flébil en la soledad del campo, de la noche.

Rubén Darío ha pasado por la lírica castellana con el vigor fecundante de dos períodos literarios, de dos generaciones completas. El solo ha valido por una pléyade de ingenios; él solo y de una vez ha hecho vivir á su idioma esas dos fases que no había conocido antes: parnasianismo ó impresionismo simbolista, íniciando á un tiempo la evolución y la reacción consiguiente, y otra vez la reacción contra la reacción, en forma de humanismo neo-clásico, ó neo-pagano, ó neo-panteístico, porque tratándose de sus ambiciones poéticas no hay locución bastante comprensiva, holgada y capaz. Sin molestia para nadie puede afirmarse que el actual florecimiento lírico de Castilla lo traía en potencia Darío, y está, de una manera virtual y completa, contenido en sus obras. De él derivan todas las variedades y todos los tonos, de que ofreció por anticipado la gama entera.

De ese muslo de Brahma ha surgido toda la generación de los dioses menores, de ese maestro toda la complegidad de la escuela: los primitivistas é ingenuos de la leyenda medieval; los arcaístas engolfados en la reconstitución de formas viejas y en el resucitar de primitivos decires nacionales; los que han modernizado la cuaderna vía de Berceo, las serranas de Santillana y el Arcipreste, los rondeles y discreteos de los poetas de corte; los que hacen revivir á su conjuro la población ideal de paladines, conquistadores, adelantados, misioneros, tahúres y ascetas; y los que han hecho posibles en castellano las vaguedades infinitas y morbosas del decadentismo, las romanzas sin palabras de Verlaine, el troquel rico y suntuoso de Heredia ó la blanca dureza marmórea de Carducci, de d'Annunzio.

Todo eso no había pasado por el idioma castellano y todo lo trajo de una vez y con un formidable empujón ese hombre de América, que parece abrumado bajo el peso de la misma carga de Atlante. La extensión inusitada de su continente poético y la no menos inusitada flexibilidad de su técnica ó ejecución, que van de lo titánico á lo impalpable y del bronce á la cera y al éter, trae á la memoria un nombre, ahora vitando y que no puede pronunciarse, en medio de la prevención de los nuevos cenáculos, más que con toda suerte de precauciones y disculpas: Víctor Hugo. Y aquí se habla de Víctor Hugo, como de una medida, de una cantidad, de un caso análogo en extensión y facilidad proteiforme. La legende des siècles, para no citar más que este ejemplo representativo, contiene virtualmente y expresamente, todas las modalidades poéticas de la Francia y aun de la Europa del siglo pasado, todas las del mando antiguo. Pero Víctor Hugo fue romántico! Sin duda: fue, además de otras muchas cosas, el romántico militante de los estrenos de Hernani y Le roi s'amuse; el oráculo, el definidor y el vidente de los días volcánicos y convulsivos. Fue el fetiche de su cenáculo y de toda una generación, de toda una sociedad y una época, y su memoria ha padecído bajo ese vejamen parcial.

Los hugólatras no son ya temibles porque apenas los hay; pero.,, volverá á haberlos y las represalias dejarán tamañitas á las de los homeromatrix de ahora. Cuando el mundo, merced al desdén afectado de las reacciones literarias, le haya olvidado completamente; cuando le descubra de nuevo con ía sorpresa de hallar una ciudad de prodigio sepultada bajo el desdén general, la rehabilitación tendrá que ser clamorosa, frenética, sobre todo en sentido de asombro por esa ubicuidad y don de omnipresencia del poeta, cuyo principal enemigo fue el exceso de facultades, de vibraciones y de cuerdas en su lira. ¡Cómo no había de enfurecer alguna vez á los éforos de Esparta, recordados también á propósito de Darío! Acaso sea más provechoso para la gloria individual, intensificarse y reducirse á dos ó tres obras; poner toda la vida en unas cuantas flores, en una sola flor. Pero, ¿no es un espectáculo asombroso el de la potencia humana por sí misma, el de esas fuerzas como Víctor Hugo, como Rubén Darío que no dejan árboles sino selvas intrincadas, que no crían una flor solitaria y excelsa, sino que plantan por doquier florestas, vergeles, laberintos de fronda perfumados y resonantes de ruiseñores, pues dentro de ellos y contenidos por elloa cantan dos ó tres generaciones de poetas y suspiran dos ó tres generaciones de amantes y contemplativos?

Miguel S. Oliver: Rubén Darío (La Vanguardia, 04/05/1912)

Quisiera añadir un tema que me parece importante. Oliver publicó un libro titulado "La Literatura en Mallorca" (1903), ver Wikipedia que quizás llevara el título Ensayos críticos: la literatura en Mallorca (1840-1903) (Tipo.-lit. de Amengual y Muntaner, 1903) y que, editado por Marfany, quien escribe una Introducción, fue publicado en 1988 por L'Abadia de Montserrat como Volumen 11 de la Biblioteca Marian Aguiló con el título La Literatura en Mallorca. Lo he buscado en los catálogos de la CAIB y de la Biblioteca Pública y sólo està en la Lluis Alemany de la Misericordia (signatura E4-259), pero "no prestable, consulta sala". Las obras de Oliver, puesto que murió en 1920 y han pasado 80 años, son de Dominio Público. ¿No se podría hacer una edición digital y ponerla al alcance de las bibliotecas de Mallorca y de todos? Amazon tiene el libro digitalizado y a la venta, pero las "Culturas" de las islas no - y las bibliotecas tampoco -. ¡Habría que formar una brigada de jubilados informatizados puesto que corregir el texto digitalizado de un libro requiere mucho tiempo, demasiado para una persona sola; aunque si cada uno corrigiese un capítulo o unas páginas, la tarea sería más ligera y factible! En fin, penuria cultural.

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