fabian | 02 Desembre, 2008 17:10
"Que no hay nada nuevo, que todo es viejo" se dice cuando las nubes son oscuras y las ciudades se convierten en desiertos de arena.
Diría que ningún estímulo - de los miles o millones que llegan a los sentidos - se convierte en señal. Televisión con cien cadenas apagadas. Biblioteca con todos sus libros en los estantes. Nada.
A veces la abulía se disfraza como si fuera un diciembre de helados caminos y navidades hogareñas junto al fuego dejando ociosamente pasar las horas mordisqueando dulces. Pero casi no estamos en diciembre y las navidades están lejanas.

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También podría confundirse con aquellos momentos llenos de euforia y jolgorio, de mejillas sonrosadas por el vino y el calor corporal, en que todo risas y ardor, bravean los amigos como si todo fuera posible y toda dificultad pequeña. Pero no, un rosario de minutos incoloros, huecos, sin espera ha vaciado el entorno y sólo el frío y nubes amenazando otra vez lluvia no dejan secarse los suelos ni los campos y el paso, enfangado hasta la rodilla, se convierte en deseo sin movimiento. Desde la ventana, arrullado por el calor piensas que no vale la pena, que el esfuerzo es baldío, al tiempo que chupas una peladilla cuyo caramelo cruje.
Nada nuevo, repetición de repeticiones. Sólo confías en la sombra, en la sucesión oculta, ya que has aprendido que nada es inamovible y que todo fluye y que los períodos de inamovilidad - movilidad son sucesivos. Incluso más, que la inamovilidad - lo aprendiste de Sherlock Holmes - era necesaria y conveniente pues es en esos momentos en que una invisible y no apreciable máquina busca y, en ocasiones, encuentra.
Así que, mientras, me dedico a escribir palabras sin sentido. Y como siempre hay bifurcaciones en las que has de elegir un camino, el pensamiento duda entre publicar o eliminar.
Publicar escritos así, llamados peyoritativamente "chorradas" tiene una cara buena y otra mala. La buena es que no dejas las rutinas de la escritura y publicación; la mala es que consideras que son escritos inútiles, de no decir nada, como si fuera un ejercicio de estilo sin contenido.
Eliminar escritos así tiene una cara buena y otra mala. La buena es que no publicas tonterías y que, por tanto, consideras que no eres un "tonto público", aunque lo seas en privado. La mala es que, al no publicarlo, te crees algo cobarde ya que, piensas que en una bitácora personal tiene que haber de todo, desde la "chorrada" con algo de autoanálisis hasta el escrito objetivo de carácter intemporal.

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Así que, mientras escribes, esperas oír unos cánticos monacales gregorianos cuyos melismas te trasladen a otro mundo y, ya en la inconsciencia, pulsar el botón de publicar y que sea la voluntad divina.
Y, por lo general, tras haber publicado, las abulías desaparecen y, ensimismado por los cánticos gregorianos, decides buscar algo interesante para mañana.
Y es que, como decía Machado, el camino se hace al andar.
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