fabian | 02 Octubre, 2007 18:42
Cuenta Octavio la historia del hombre que, sin soltar amarras, se pone a remar.
A media tarde salimos Margarita y yo a dar nuestro cotidiano paseo. Margarita piensa en sus niños de la escuela y yo en el otoño que ya nos rodea. Ya han caído algunas hojas y los plátanos de sombra comienzan a cambiar su color. En las fachadas hay juegos de sol y sombras pues el sol ya no llega a las aceras ni a los coches y un mismo lienzo de fachada muestra una parte sombreada y otra aún iluminada por los rayos de un sol que va adquiriendo una horizontalidad en relación al horizonte.
Llegamos al mar y vemos las barcas amarradas en la orilla. "Un hombre que se puso a remar sin soltar amarras". Bonita historia.
Unos pasos más allá me detengo ante la sombra de una palmera que se alza imponente sobre la fachada. Sombra nítida de una palmera algo lejana. Se me ocurre que el otoño no sólo tiene colores sino también sombras. No dejo escapar el momento y la anoto en mi cartera.

Sombras del otoño
Dulce la luz y últimas sombras que ofrecemos los cuerpos, ya que, poco después, más bajo el sol que el horizonte, los rayos solares sobrevuelan la ciudad ya sin tocar ningún edificio y la iluminación del cielo deja caer sobre la tierra una luz opalina que no deja sombras.
Encuentro en la traducción del Maestro Fo Yan (1067-1120) unas líneas sobre la trampa del pensamiento discursivo: ansiar la iluminación mientras nos aferramos a nuestras certezas es como "construir un bote y equiparlo para emprender un largo viaje en busca de un tesoro lejano. Si no levas el ancla seguirás junto a la orilla por más que remes hasta extenuarte y, aunque sientas que la barca se mece sobre las olas, no te moverás una sola pulgada".
La vita nueva: Liberaciones
Soltar amarras ... Quizás tenga razón el Maestro Fo Yan. Pero dejar las certezas, al menos algunas, puede ser más una tentación que no una liberación. "Si eres el Hijo de Dios, haz que estas piedras se conviertan en pan", tentaba el demonio a un Jesús hambriento tras cuarenta días de ayuno. Y es Octavio, en el mismo artículo, quien me descubre que la libertad no se encuentra en la ausencia de lazos mediante unos versos de Neruda:
Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina,
por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu [...]
La oscuridad ya se eleva al cielo y en la ciudad se han encendido las bombillas. Otras sombras han regresado. Margarita y yo llegamos a casa y, tras entrar, encendemos también nuestra luz chiquitita.
fabian | 02 Octubre, 2007 06:35
Boletín de la Sociedad Arqueológica Luliana

Maceros en La Roqueta, año 1902
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