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Juan Llabrés Bernal: Viejos libros

fabian | 10 Setembre, 2014 17:23

Quizás sea una manía este interés por recoger textos temáticos; en estas entradas sobre libros y bibliotecas. Es una temática que, en mi opinión, no está suficientemente perfilado, analizado. Las palabras sobre ellos se pierden en vacuedades, lugares comunes. Desde antiguo la humanidad guardó los textos escritos como una forma de guardar la memoria de sí misma. Bibliotecas antiguas del mundo. La quema de textos o la destrucción de bibliotecas se consideraron actos de barbarie y se lamentan la pérdida de documentos. El libro tiene algo de sagrado, los guardamos indefinidamente y muchas veces no sabemos qué hacer con ellos.

Hace décadas, en Palma, se montaban algunos tenderetes callejeros donde se intercambiaban novelitas del oeste o de amor. El cliente llevaba una novela y, por poco dinero, podía cambiarla por otra. Eran tiempos de pobreza y había que aprovechar lo poco que había. Hubo también unos libros llamados "pulga" de pequeño tamaño. Llegaron después los llamados "libros de bolsillo", de precios asequibles de Austral o de Alianza editorial, usuales hoy, de tapa blanda.

El tema ha cambiado hoy. Tengo una biblioteca digital de más de ocho mil títulos en un ordenador. En papel no cabrían en casa y no sé si hundirían el edificio. Estamos viviendo una forma naciente y dubitativa sobre el libro y las bibliotecas y, también, sobre la lectura.

Recoger artículos. Concluyo hoy esta corta serie de cuatro artículos que Juan Llabrés Bernal (1900 - 1975) publicó en la prensa y recogió en 1929 en el librito "Libros nuevos y libros viejos : impresiones publicadas en la prensa".

Viejos libros

Se ha celebrado el «Día del Libro». Esa fiesta que, con mejores auspicios, con mayor idealidad, que resultados prácticos, tiene lugar anualmente en favor del libro, del libro moderno, al parecer, del volumen que encierra la sabiduría y la belleza de nuestros contemporáneos. Esa fiesta que pasa quizá con menos esplendor que el que ofrecen al transeúnte los grandes escaparates de las librerías, llenos de la alegría multicolor que irradia de las cubiertas de los volúmenes recién salidos de las prensas.

Y si eso lo ocurre al libro moderno, al libro de hoy ¿quién se acordará de los viejos tomos de pergamino amarillento con que imprimían en otros tiempos los agustinos y los Jerónimos? ¿Aquellos libros con dedicatorias desvanecidas, con fechas borradas, con rúbrica de gente ignorada en la vida y en la muerte?

En la marcha rauda del tiempo se van relegando cada vez más a las afirmaciones de unos pocos, no ya los viejos códices manuscritos, sino los opúsculos de vítela transparente, los ricos elzevires, los diminutos florilegios en que los troveros religiosos de España exaltaron en tiernos villancicos la gloria de la Virgen y del Niño. Nadie hojea ya los gruesos tomos de iniciales historiadas, de símbolos que exornan los frontispicios de pálidas tintas.

[Nota: Los Elzevir o Elzeviro son una famila holandesa de editores que duró 132 años y gozó de gran prestigio durante el siglo XVII. Sus libros fueron famosos por su pequeño formato, su precio económico y su objetivo de entretener. Fueron en la época el génesis de lo que hoy conocemos por libro de bolsillo. Wikipedia ]

Esos bellos libros de suntuosas láminas, de cubiertas que han adquirido ya la patina triste del tiempo, entre cuyas hojas alguien olvidó una carta o una flor, saben hacer sentir, resucitar lo que hay en nosotros de nostálgico.

Los viejos libros que no se leen, que la generalidad creen enigmáticos han dejado de serlo. Mas todo es claro en ellos. Los que los han escrito han escondido en sus relatos la parte honda e inaccesible en que disimulaban lo que hay de clandestino en cada alma y que es invariablemente lo que le comunica la aptitud del ensueño y la fuerza de la poesía. La muerte, al borrarlos, les ha quitado el velo del misterio, y lo que no dicen es lo que han querido decir, no a nosotros, sino a esa persona única, a ese único motivo que fué para ellos la imagen dei infinito y la imagen de su soledad. Las almas son extrañas a las demás almas como si se manifestaran en un idioma desconocido. Sus angustias, sus alegrías, sus esperanzas, se han transformado en mitos, en emblemas, en episodios fantásticos, cuyo secreto dominaba algún alma contemporánea. ¿Sabemos quién era la mujer de «Corazón simple» de Flaubert? ¿No habrá sido esa heroína de idealidad y de gracia ingenua un homenaje de silenciosa devoción? ¿No son tal vez, los libros cartas públicas con un destinatario ignoto?

Acostumbramos a buscar la intimidad del novelista y del poeta en sus cartas. Mas, los novelistas, los poetas, en muy raras oportunidades confiesan lo que pasa por su espíritu y generalmente se muestran en esos documentos en su inferioridad humana y hasta nos producen desconsuelo cuando los leemos. Deseamos encontrar en esas agendas privadas de la timidez, la turbación dolorosa. la sinceridad, y sólo encontramos lo cotidiano, lo efímero, lo que no debió sobrepasar el olvido. Es allí donde han disimulado algo; es allí donde se han confesado ante la posteridad, en la cual no pensaban.

¿Quién no ha intentado, como yo intenté, con el corazón dispuesto al enternecido ablandamiento, averiguar el enigma de Doña Dulcinea y seguir a través de la imaginaria ensoñada del Caballero de la Triste Figura, sus amores quiméricos en que renace posiblemente el fresco recuerdo de aquella mujer que amó al poeta? Y si don Miguel de Cervantes Saavedra hubiese consagrado la historia incomparable en un tortuoso acróstico, leeriamos en lugar del nombre injustamente inmortal del duque de Béjar, el breve y armonioso de Ana Franca, que le compensó con su piedad amorosa, con su gentileza insigne en su mazmorra de Argel, su itinerario trágico de mendigo, el desdén opaco de los que se complacían en ignorarlo en las tertulias de los graves académicos de capelo y de título. Los maestros de literatura afirman que las mujeres se interesan, más que en los libros, en la vida de los autores. Con ello nos revelan su inteligencia sensible y límpida. La vida es lo grande que puede haber en el autor y sus libros llegan, de edad en edad, si se ha reflejado en sus capítulos.

¿A quién, en tal caso, fueron destinados los episodios dolientes y heroicos de los «Trabajos de Persiles y Sigismunda», que se suceden, en su monotonía infatigable, como cartas de enamorados? ¿Quién no ha intentado penetrar en las vidas que fueron?

No busquemos las cartas en las cartas. Busquémoslas en las páginas en que se desenvuelve la fantasía libre de los poetas y de los escritores, y en ellos estamos seguros de dar con el recinto cerrado cuyo acceso se nos oculta. Esas son las únicas cartas que llegan a su destino.

Lo que hay en nosotros de nostálgico resucita y se aviva en presencia de las nostalgias adormidas en los libros viejos. ¿Os acordáis de aquellos versos en que Alonso de Aragón define el ideal humilde de la felicidad?

Vieja leña que quemar,
Vino viejo que beber
Viejo amigo a quien hablar.
Viejo libro que leer.

(De «La Almudaina»)

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