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Juan Llabrés Bernal: La fé en el libro

fabian | 04 Setembre, 2014 15:34

Juan Llabrés Bernal (1900 - 1975) era hijo de Gabriel Llabrés Quintana, bibliotecario, gran erudito, de amplia labor en Mallorca y en los lugares donde estuvo ya que fundaba en cada lugar una revista - que han sobrevivido hasta la actualidad- , revolvía las bibliotecas del lugar, formaba parte de las organizaciones que se preocupaban por los monumentos, investigaba y escribía sobre ellos. A los 29 años, Juan Llabrés, en 1929, reúne en un libro algunos artículos que había publicado en la prensa mallorquina. En concreto cuatro artículos publicados tres en "La Almudaina" y uno en "La Nostra Terra". La temática de estos artículos es el libro y las bibliotecas por lo que titula el libro "Libros nuevos y libros viejos: impresiones publicadas en la prensa".

En el primer artículo "La fé en el libro" se plantea el tema de la valoración social del libro, desde una supuesta gran valoración del hombre renacentista que cuida los libros y su biblioteca a la gran producción industrial en la que el libro es un objeto abundante que pierde su carácter mítico y donde es preciso seleccionar entre la gran cantidad de obras aquellas que se consideren valiosas.

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Biblioteca del Casal de Barri "Joan Alcover" (Palma)

La fé en el libro

El sentido de la masa culta de todas las épocas ha entrevisto en el libro algo así como un monumento, un relicario, en el cual supone, y no sin razón, que debe hallarse depositado algo del alma y del pensamiento de un ser superior. Y si bien el progreso de las artes gràhcas y de la industria del libro, facilitando la producción, ha vulgarizado el artículo, alejàndolo de aquel concepto solemne, en virtud del cual se evoca siempre con simpatía admirativa la tradición de aquellos hombres del Renacimiento que guardaban sus bibliotecas como santuarios donde se penetraba con honda emoción, no por eso hemos de conformarnos con que la fácil realización del libro a que hemos llegado, se aparte demasiado de aquel concepto clásico. Ello vendría a ser en desmedro del libro propiamente dicho, del libro bien concebido y bien realizado; de la obra que responde a una concepción armónica, a una definida catalogación de ideas regidas por leyes de unidad y consonancia; de la obra meditada, reposada, que descubre un alma o un ingenio en una lucubración sòlida e inèdita que quedará luciendo como un faro más o menos radiante, pero con luz propia, en el concierto de las esforzadas culminaciones del pensamiento.

Las prensas lanzan obras a porrillo; todos los días se enriquece el caudal bibliográfico, y el cielo de los genios consagrados por la gracia radiante de Minerva se engalana con el rostro de algún nuevo astro. La producción bibliográfica se multiplica con una intensidad que permitiría confiar en un sorprendente índice de cultura, si no aconteciera que las pilas de libros que guardan incólume su virginidad en la reserva de los anaqueles obligan a meditar en la ineficacia y en el dudoso alcance de esa parte de producción que no logra salir de las sombras ni vencer la indiferencia del medio.

Y es que la concepción, la realización mental del libro, no es tan facultativa como suele suponerlo el prurito vanidoso que busca en la mención bibliográfica una consagración que no será más que aparente cuando es superficial y efímera.

Muchos son los hombres de actividad intelectual que no brillaron más que por el libro, cuando no por un libro solo. Abundan, en cambio, los escritores activos y difundidos que no han hecho lo que puede llamarse el «libro», es decir, la obra de unidad de pensamiento, de acción y de estilo, entendiendo que no realizan ese ideal ni el libro mosaico, de conglomerado incongruente o híbrido, ni aquel que, siendo recopilación de trabajos divulgados, ha perdido el prístino encanto de su novedad. Sólo a las obras maestras les está reservado el privilegio de las reediciones, y esto en razón de que su interés permanente supera la capacidad difusiva de las sucesivas ediciones.

El «libro» que aspira a la categoría de tal sin las mencionadas virtudes, defraudará al bibliófilo en perjuicio del libro inédito, hondo, trascendental, con el cual se codeará en esa moderna confusión libresca influida por el espíritu democrático de la época.

Nada puede oponerse al designio del escritor incipiente, que aspira a recrear su vanidad llevando a la realización material del volumen impreso el conglomerado de sus primeros puntillos literarios. Tampoco puede motejarse en los hombres de letras su empeño por recopilar en el seno cálido y acogedor del libro impreso su obra dispersa. La consagración por el libro tiene, como hemos dicho, perspectivas envanecedoras que justifican aspiraciones tan discretas y respetables. Pero tales consideraciones, en lugar de destruir, confirman nuestro pensamiento.

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Can Salas, Biblioteca Pública de Palma

Existe una diferencia efectiva, fundamental, entre el libro inédito y el de recopilación; entre el libro incoherente, muestrario de modos, y el libro calificado por la unidad y la armonía del concepto; entre el libro que sorprende honestamente por su novedad y su trascendencia y el que sorprende audazmente por lo anodino, frívolo y vulgar, y así en otros muchos aspectos, lo cual no obsta para que en el sistema de la rotación editorial, se valore el libro nuevo por la calidad y el volumen de sus materiales, y siga prevaleciendo, para disfrazar muchas veces la mercadería de la ley dudosa o falsa, el recurso de las deslumbrantes portadas decorativas de tan excelente eficacia comercial.

El amor por el libro y la fé en su influencia educadora son una consecuencia de la devoción casi fanática que el vulgo, ávido de cultura, suele sentir por todo lo consignado en letras de molde. El libro comparte con el maestro y con el sacerdote la autoridad espiritual orientadora de las masas; y el vulgo llevado todavía por tradición, en algo, del sentido del apotegma clásico: «magister dixit», suele reservar también al libro cierto concepto de infalibilidad: «lo dice tal libro», «lo asegura tal obra». ¡Que hermoso sería que el libro, dentro de la salvedad de principios impuesta por el progreso de las ideas, pudiese conservar tal prestigio y autoridad contra los que conspiran, sin embargo, las equivocaciones y los fracasos editoriales!

La producción del libro debería regirse por singulares normas reflexivas. El lector ilustrado busca sus autores y sus obras, tiene el hábito de la selección y el concepto de los valores bibliográficos, y sabe orientarse sin riesgo y a medida de su interés. No sucederá lo mismo con el bibliófilo inexperto, que busca el libro por el libro, por la atracción y la simpatía que a su espíritu ávido de impresiones o simple delectación artística, inspira siempre la obra impresa, por el respeto que guarda siempre para la pieza libresca que encierra en el seno inmortal de sus páginas una determinada concesión ideológica.

La decepción, el fraude, el descontento que lleva al ánimo del lector corriente, inexperto, el libro insustancial, sin trascendencia o francamente torpe, al sorprender la imprevisión del bibliófilo de buena fé, serán de un efecto deplorable. Irán desterrando de su ánimo ese sentimiento de confianza en la autoridad del libro, que era un tradicional legado de la cultura secular. Decaerá en tal virtud la fé en el libro, sufrirá mengua el prestigio de su eficacia educadora con seguro daño para el libro bueno, que no falta, pero que se vé y se verá irremediablemente confundido en la ola de desconfianza originada por el desconcepto de las obras del montón.

(De «La Almudaina»)

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