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Baile en Alaró (Juan Cortada, 1845)

fabian | 14 Agost, 2012 10:32

Si una persona ve desde pequeño que las mujeres se sientan en el suelo de las iglesias pese a haber bancos, quizás se extrañe si un día ve que las mujeres se sientan en los bancos en lugar de sobre el suelo. Mirar con extrañeza tal vez sería un elemento importante de una educación dirigida al pensamiento crítico. Y posiblemente los diarios escritos por extranjeros o por personas que saben mirar con extrañeza son los que pueden centrar la atención sobre esos actos que unos consideran "extraños" y otros "naturales", es decir, cotidianos, usuales.

George Sand pasó en Mallorca dos meses de invierno en 1838; no se encuentra con fiestas populares, aunque sí con el carnaval en Valldemossa. Ella no asiste a la fiesta, pero sí van a visitarla. En su libro habla varias veces de las guitarras como instrumento musical común en la isla. Juan Cortada, siete años después, verano de 1845, acude a varias fiestas populares; no sólo habla de guitarras sino también de las "xeremies" y, siendo él catalán que vive en Barcelona, le extraña su sonido, al que llama "ruido", "música que taladra los oídos".

Son varios los elementos curiosos que cuenta Juan Cortada en relación a las fiestas a las que acude, ya en Artà. en Establiments, en Alaró o en La Real. Observa con extrañeza a los "cossiers" que danzan en las iglesias, acude a las corridas de toros y cuenta como con carros se cierra el círculo toril. Indica la costumbre de "refrescar" la fiesta tomando licor y confites. Al describir el baile en la fiesta del 16 de agosto en Alaró, interrumpe la descripción con el tema de las mujeres en las iglesias, tema que puede interesar a Toni de La Seu de Mallorca - Cortada visita dos veces la Catedral y la describe -,

pintura
Coll Bardolet: "Músics assajant", acuarela, 1984

Día 16 de Agosto de 1845

[...] Otra vez la gaita por el lugar á media tarde y otra vez baile en la plaza y sa primera mateixa, ruido y algazara. Esta parte de las fiestas populares es monótona y por lo mismo fatigosa, pero se ha de ver porque en ella siempre hay que observar algo. Hoy han llegado á reunirse en la plaza a un tiempo mismo cuatro gaitas, cuatro pitos y cuatro tamboriles, tocando todos en distinto tono y con diferente compás, cosa de todo punto intolerable. El lujo era mayor que ayer, el de las mugeres consiste principalmente en las cadenas de oro, cruces de Malta, cruces latinas, y los botones del jubón; y el de los hombres en las telas de que se compone su trage. Sin mas diferencia que los colores casi todos los jóvenes elegantes llevan lo mismo, y habiendo tomado por tipo á uno de ellos su trage era el siguiente. Zapatos de seda de color de perla, media de seda de color de carne, calzón anchísimo de color de café, en vez de faja un pañuelo de seda rollado á manera de una madeja, camisa de lienzo fino con chorreras, chaleco de raso negro, chaqueta do tafetán negro, corbatín de seda de mil colores, pañuelo de seda en la cabeza y encima sombrero negro de alas muy anchas. El todo era elegante y hacía muy bien, y cuando el ojo se ha acostumbrado á estos inmensos calzones agradan mucho, é indudablemente visten mas que los de medidas regulares.

Otra cosa aunque no de baile me ocurre en este momento y voy á apuntarla. En todas las iglesias, la mitad superior está llena de bancos sin respaldo y en lo último hay uno que lo tiene. Este es el del ayuntamiento, y los otros son para sentarse los hombres; y en la mitad inferior de la iglesia se colocan esclusivamente las mugeres, las cuales se sientan en el suelo. En la misma catedral de Palma sucedía esto hasta hace muy pocos años, en que las señoras han introducido la costumbre de hacerse llevar una silla ó un taburete que se pliega; mas en los pueblos en donde los usos se conservan mas religiosa y largamente, no ha entrado todavía esta novedad que sin disputa es cómoda, decente y noble.

El baile comenzado á las seis de la tarde durará á lo menos hasta las dos de la madrugada, y en verdad que al ver su monotonía absoluta y su poca gracia parece imposïble que haya quien lo aguante mas de una hora. Cierto que no podrían con él nuestras damas de buen tono. Aquí no hay una iluminación que deslumbra y embellece, no hay espejos que reproducen cien veces una luz misma y sirven para estudiar en ellos una postura graciosa, y para mirar con achaque de componer una flor hasta qué punto la danza ha dado color al rostro; no hay la voluptuosa y sorda alfombra en donde los pies porque no hacen ruido parecen hollar el suelo con mas blandura; no hay una atmósfera embalsalmada con la multitud de esencias cuya combinación produce ese aroma de baile que solo en un baile se nota; no hay esos muelles canapés hechos mas bien para tenderse que sentarse; no se oye ese crujir de sedas que es por sí solo una delicia, no hay ese ambiente tibio que no acalora y estimula; no hay esa tinta fría y delicada que da blancura y morbidez al rostro pálido y modera el fuego del rostro encendido; no suenan esas orquestas que animan al baile y hacen recordar las delicias de los teatros; no hay esas atenciones esquisítas con que allí son tratadas las mugeres, ni ese contacto de los dos sexos, ni esa cercanía de los alientos que comunican el fuego y el entusiasmo entre las parejas, ni ese hablar solapado y fino que allá muy á lo lejos deja traslucir el intento del que habla y el efecto qué causa en el que escucha; no hay esas fatales miradas que á veces matan, dan la vida á veces y siempre taladran la carne hasta clavarse en el corazón; no se ve ninguno de esos hombres que desde un ángulo de sala, fijos cual una estatua y con los ojos vivos y clavados como los de un retrato, siguen los movimientos de una muger, y hasta oyen sus palabras y leen lo que pasa en su alma; no se nota á nadie que se sonría al hablarle otro, y que apenas éste ha vuelto el rostro cuando en el suyo aparecen pintados otra vez la desesperación y el corage, ó los zelos y la venganza, ó el desengaño y la ira, ó la sarcàstica alegría, ó la anhelante esperanza, o la martirizadora impaciencia. No, no, aquí no hay nada de todo eso, y sin embargo estas gentes se divierten, y se divierten mucho, y se divierten mas que las gentes de buen tono en uno de sus bailes.

pintura
Coll Bardolet: "Ventalls" (1973)

Aquí la iluminación es la rojiza luz de cuatro teas que da á todas las caras la tinta de un cuadro de Rembrandt; las esencias son el humo de esas teas, la atmósfera es el húmedo relente de la noche, la alfombra es el piso de una plaza sin empedrar y llena de guijarros y de tierra movediza, los canapés un duro banco de madera, el espejo la comparación á que da lugar ver el encendido color de otro rostro, la orquesta un destemplado tamboril y algunas gaitas desacordadas y chillonas, la música una repetición de cuatro compases, que hace cinco siglos son los mismos y que en una hora se oyen muchos millares de veces, la seda no cruje porque no roza con otra seda, el trato con las mugeres es natural y hasta arisco, las parejas bailan separadas cuatro palmos, la solapa en el hablar si la hay es diáfana y deja ver todo lo que significan las palabras, las miradas son tan sencillas como las palabras, y el color de la luz las quita todo su brillo: el que quiere hablar habla, el que rabia, el que está zeloso, el que tiene motivos para sufrir en este baile no va: todo es natural, todo verdad. Los hombres tienen en el baile á sus queridas, y estas á sus amantes: hé aquí pues todas las delicias del baile; ni aun el bailar es aquí un placer, pues lo mismo que en toda la isla los mancebos no bailan nunca con sus amadas, sino que se las ceden á sus amigos y ellos les guardan el abanico y el pañuelo gozándose en la contemplación de las gracias que en el baile despliegan. Los hombres y las mugeres se adornan, pero el calvo no miente llevando peluca, ni el entrecano se tiñe el pelo, ni la muger se pone mudas en el rostro, ni se mete los pies en prensa para que aparezcan mas menudos, ni suple con cabellos postizos la falta de los propios, ni la apretura del corsé magulla sus carnes, ni las obliga á tomar una dirección forzada, ni creen que el vestido de baile deba ser menos púdico que otro cualquiera: no, aquí lo que figura existe, las cosas son lo que parecen ser, y nadie quiere engañar ni ha de temer ser engañado. No abandonéis esta sencillez, felices aldeanas; no conozcáis siquiera lo que es un baile de buen tono; con ese ambiente respiraríais un veneno fatal que mata el corazón; esas luces presentan hermoso lo que es feo, esa sala es un abismo; ahí se pierde la tranquilidad de espíritu, las pasiones se desenvuelven con un ímpetu horroroso y se gastan en pocas noches, y vienen luego al aburrimiento, el cansancio, ese atroz fastidio de la vida que es una verdadera muerte. Compadeced á los hijos de las ciudades que nos sumergimos desde nuestros primeros años en esa atmósfera envenenada; mirad nuestras cabezas y las veréis blancas ó desnudas en edad temprana , contempladnos siempre afanados buscando placeres nuevos que nunca satisfacen nuestros deseos, y si vosotras pudierais penetrar en nuestros pechos os pasmaría descubrir que en el corazón del hombre puedan agitarse tantas tempestades.

Al ver como estas gentes se divierten ocho horas dando vueltas en derredor de una tea y sin ninguna de las esquisidades nuestras, ¡cómo no nos compadeceremos de nosotros mismos que las necesitamos todas, no para divertirnos sino para probar si nos divertiremos! De este baile todos salen contentos, y de los nuestros ¡oh! de los nuestros: ¡cuántos corazones salen lacerados, cuántas paces domésticas turbadas! ¡Feliz el que puede divertirse, y feliz mas que todos el que se divierte con menos que todos!

A fuer de habitante de una ciudad populosa este baile me ha cansado luego y me he venido á casa á escribir lo del día.

Me produce una cierta extrañeza este texto de Juan Cortada. Es verdad que él es un urbanita alejado del mundo rural, pero creo que hay algo más quizás difícil de expresar. Juan Cortada en 1845 ya tenía un cierto espíritu romántico que no había llegado aún a la mayoría de la población mallorquina. Se extraña de que el amante no baile con la amada, sino que sólo la observa, a la vez que le guarda el pañuelo y el abanico. Parece sencillo: "el que rabia, el que está zeloso, el que tiene motivos para sufrir en este baile no va: todo es natural, todo verdad", cuenta este profesor de la Universidad de Barcelona. ¿Son signos románticos esta mirada idealizada y esa extrañeza ante el hecho de que los amantes no bailen en pareja?

"Siempre afanados buscando placeres nuevos que nunca satisfacen". Un mundo bucólico, sencillo y feliz, frente a un mundo donde el corazón humano se agita ante tantas tempestades. Mirada romántica, engañosa. Rousseau renacido.

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Comentaris

A las seis de la tarde

Fabián | 14/08/2012, 10:38

El baile empieza a las seis de la tarde ... Las seis de entonces son las ocho de ahora,

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