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Julio Verne y Formentera

fabian | 26 Abril, 2012 10:35

No voy a explicar la compleja novela de Julio Verne (1828 - 1905) titulada Héctor Servadac (en pdf) (1877), cuyo argumento puede encontrarse en la Wikipedia o en alguna web de ciencia ficción o fantasía como Un uiverso de Ciencia Ficción donde se indican los cambios que el escritor tuvo que realizar obligado por el editor.

Héctor Servadac es, si no la primera, una de las primeras novelas de cometas, ya que un cometa pasa muy cerca del planeta Tierra y se produce una especie de abducción extraña por el cual una pequeña parte de la Tierra es absorbida por el cometa y esa pequeña parte que el cometa se lleva es una zona del Mediterráneo. Todo ocurre repentinamente, sin estar avisados los habitantes, quedando ahora ya sobre el cometa - aunque no sabiéndolo los personajes - unos pocos supervivientes, cuya misión será sobrevivir a los cambios climáticos, la gravedad es menor, las temperaturas son extremas, etc. Hay una fase de exploración y de búsqueda de los supervivientes y es en esta fase cuando aparece Formentera, que no es tratada descriptivamente sino sólo nominativamente como un islote donde se encuentra un científico que se había trasladado a la isla días antes de la catástrofe para estudiar los fenómenos astrológicos y climáticos extraños que se estaban produciendo.

Formentera y un científico francés ... ¿No nos recuerda algo? ¿No fue François Arago (1786 - 1853) quien estuvo hacia 1808 en la isla midiendo el meridiano?

¡FORMENTERA! –exclamaron casi al unísono el conde Timascheff y el capitán Servadac.

Era el nombre de una isla del grupo de las Baleares situado en el Mediterráneo. Esto indicaba con claridad y exactitud el punto que ocupaba entonces el autor de los documentos. ¿Pero qué hacía allí aquel francés? Si estaba, ¿vivía todavía?

No podía dudarse que era Formentera de donde había lanzado las noticias indicando las posiciones del fragmento del globo terrestre a que llamaba Galia.

De todos modos, el documento llevado por la paloma demostraba que el día 1.° de abril, o, lo que es lo mismo, quince días antes, estaba todavía en su puesto; pero aquel despacho se diferenciaba de los documentos anteriores que en el último no había el menor indicio de satisfacción. Ya no decía va bene, ni all right, ni nihil desperandum. Además, el despacho, únicamente redactado en francés, contenía un llamamiento supremo, una petición de socorro, puesto que anunciaba que iban a faltar los víveres.

El capitán Servadac hizo en pocas palabras estas observaciones y después agregó:

– Amigos míos, debemos ir en seguida a socorrer a ese desgraciado.

– O a esos desgraciados –añadió el conde Timascheff–. Capitán, estoy dispuesto a ir con usted.

– Es evidente –dijo entonces el teniente Procopio– que la Dobryna ha pasado cerca de Formentera cuando exploramos el sitio de las antiguas Baleares, y, por consiguiente, si no hemos visto tierra alguna es porque, en Formentera como Gibraltar, lo mismo que en Ceuta, sólo queda un pequeño islote de todo aquel archipiélago.

– Por pequeño que sea ese islote, lo encontraremos – respondió el capitán Servadac –. Teniente Procopio, ¿que distancia hay de aquí a Formentera?

– Ciento veinte leguas aproximadamente, capitán; y ahora tengo que preguntar a usted cómo piensa hacer este viaje.

Julio Verne: Héctor Servadac, pág. 106

grabado

El encuentro o rescate del astrónomo de Formentera se produce; se llama Palmirano Roseta y hay un momento en que le piden que cuente su historia:

Y uno tras otro fueron igualmente presentados los marineros rusos, los españoles, el joven Pablo y la pequeña Nina, a quienes el profesor miró por debajo de sus formidables anteojos como hombre a quien no agradan los niños.

Isaac Hakhabut se presentó él mismo diciendo:

– Señor astrónomo, una pregunta, una sola, pero que tiene para mí suma importancia: ¿cuándo podremos volver a la Tierra?

– ¡Eh! –respondió el profesor–. ¿Quién habla de volver cuando no hemos hecho más que salir de ella?

Terminadas las presentaciones oficiales, Héctor Servadac rogó a Palmirano Roseta que les refiera su historia, y el profesor, sorprendido quizás en un momento de buen humor, se prestó a ello.

He aquí, en resumen, lo que dijo: Deseando comprobar el Gobierno francés la medida del arco levantado sobre el meridiano de París, nombró para ello una comisión científica, de la que, a causa de su carácter insociable, fue excluido Palmirano Roseta. Furioso el profesor por este desaire, resolvió trabajar por su cuenta, v, pretendiendo que las primeras operaciones geodésicas contenían muchas inexactitudes, decidió medir nuevamente la red que había unido a Formentera con el litoral español por un triángulo, uno de cuyos lados era de cuarenta leguas. Tratábase pues, de ejecutar la misma operación que Arago y Biot habían practicado antes que él con notable exactitud.

»Con este propósito salió de París, se trasladó a las Baleares, instaló su observatorio en la cima más alta de la isla de Formentera y se dispuso a vivir como ermitaño con su criado José, mientras uno de sus antiguos ayudantes, a quien había llevado consigo, se ocupaba en colocar en uno de los montes de la costa de España un reverbero que pudiera verse con los anteojos desde Formentera. Algunos libros, instrumentos de observación y víveres para dos meses, componían todo su material, además del anteojo astronómico, de) que Palmirano Roseta no se separaba y que parecía formar parte de su persona.

»El antiguo profesor del Colegio Carlomagno tenía la pasión de contemplar las profundidades del cielo, con la esperanza de hacer algún descubrimiento que inmortalizara su nombre. Esta era su principal manía.

»El trabajo de Palmirano Roseta exigía, ante todo, gran paciencia, pero ésta era una virtud que él poseía en el más alto grado. Tenía que observar todas las noches el fanal que su ayudante encendía en el litoral del continente español, a fin de fijar el vértice de su triángulo, y no había olvidado que en estas condiciones habían transcurrido sesenta y un días antes que Arago y Biot hubieran logrado este objeto. Por desgracia, como hemos dicho, una espesa niebla, de extraordinaria intensidad, envolvía aquella parte de Europa y casi todo el globo. Precisamente en aquellos parajes de las islas Baleares, desgarróse varias veces la niebla, y Palmirano Roseta vigilaba por esto mismo con el mayor cuidado, lo que no era obstáculo para que mirase interrogativamente el firmamento, porque a la sazón se ocupaba en revisar con gran cuidado la carta de la parte del cielo en que brillaba la constelación de Géminis.

»Esta constelación, a simple vista, presenta a lo sumo seis estrellas; pero mirada por un telescopio de veintisiete centímetros de abertura, pueden verse en ella más de seis mil Como Palmirano Roseta carecía de un reflector de tanta potencia, se servía de un anteojo astronómico.

»Sin embargo, cierto día, examinando las profundidades celestes en la constelación de Géminis, creyó distinguir un punto brillante, no señalado en ninguna carta. Era, sin duda, una estrella, que no estaba incluida en el catálogo; pero observándola con atención durante algunas noches, vio que el astro cambiaba rápidamente de sitio, con relación a las otras estrellas fijas. ¿Era un nuevo planeta que Dios le enviaba? ¿Había hecho él al fin un descubrimiento?

Julio Verne: Héctor Servadac, págs. 129 y ss.

El texto que resume la explicación del científico es largo, ocupa varias páginas, pero con el fragmento copiado queda claro el homenaje que Verne realiza en esta novela de homenaje a los científicos franceses que en Formentera realizaron la medición del meridiano de París.

Parece ser que la novela originalmente acababa con la muerte de los supervivientes de la tragedia, pero el editor de Verne le exigió cambiar ese final, por lo que ésta pierde coherencia para conseguir un regreso feliz al planeta Tierra.

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