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De Julio Verne en Palma

fabian | 24 Abril, 2012 10:14

Cuenta la leyenda que Julio Verne (1828 . 1905) estuvo en Mallorca. Visitó las cuevas de Artá y firmó en el libro de visitantes, y, en efecto, un visitante firmó con el nombre de Julio Verne. También se cuenta que una tarde asistió al teatro "Mar y Tierra" donde representaban, en forma de zarzuela, su obra "De la Tierra a la Luna". Y parece que incluso algún periódico de los primeros años del siglo XX, publicó la noticia de que se esperaba la visita del famoso novelista. Lo cuenta Joan Riera en El ´Mar i Terra´, el teatro en el que nunca estuvo Julio Verne (DM, 03/04/2009).

Lo que no cuentan es la entrada en galera con mulas en la iglesia de Santa Eulalia de Palma

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El Argelés es un vapor que cubre la ruta Cette - Orán. En esta travesía entre Francia y África hace escala durante unas horas en Palma. Los pasajeros visitan la ciudad, la Lonja, la Catedral, la Casa Consistorial, atraviesan la ciudad y en la Puerta de Jesús alquilan una galera que les traslada al Castillo de Bellver. La visita se sitúa en la fecha del 28 de abril de 1885. Al salir de la visita al castillo ocurre un incidente:

El señor Dardentor montó el primero en el vehículo, antes que el cochero tomara asiento en el pescante.

Pero en el momento que Marcel Lornans y Juan Taconnat ponían el pie en el estribo, la galera se conmovió bruscamente, y los dos jóvenes se vieron en la precisión de retroceder rápidamente para evitar el choque del eje.

Lanzóse el cochero a la cabeza del tronco para sujetarle.¡Imposible! Las mulas se encabritan y derriban al hombre, que por un milagro no es aplastado por las ruedas del coche, que arranca como una flecha.

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Gritos simultáneos del cochero y del guía. Ambos se precipitan por el camino de Bellver, que la galera cruza a gran galope, con riesgo de hundirse en los precipicios laterales o de reventarse contra los árboles del sombrío bosque.

- ¡Señor Dardentor! ¡Señor Dardentor!- exclamaba Marcel Lornans con toda la fuerza de sus pulmones- ¡Se va a matar! ¡Corramos, Juan, corramos!

-Sí- respondió Juan Taconnat-; y sobre todo, si esta ocasión debe de ser contada...

Fuese como fuese, en esta ocasión era preciso sujetar los caballos; es decir, las mulas. Pero, mulas o caballos, iban con tal rapidez que dejaban poca esperanza de detenerlos.

El cochero, el guía, los dos jóvenes y algunos campesinos que se les reunieron, se lanzaron tras el coche corriendo lo más que podían.

Entretanto, Clovis Dardentor, al que su sangre fría no abandonaba nunca, había cogido las riendas con vigorosa mano, y procuraba sujetar al tronco.

Era lo mismo que querer detener un proyectil en el momento en que escapa de la escopeta, y lo mismo para los que pasaban y lo procuraron.

El camino fue descendido locamente, y atravesado el torrente en la misma forma. Clovis Dardentor, siempre en posesión de sí mismo, habiendo conseguido mantener la galera en línea recta, pensaba que aquello acabaría ante la muralla, que el vehículo no franquearía por ninguna de sus puertas. No pensó en dejar las riendas y arrojarse del coche, por saber que en esto hay gran exposición y que vale más permanecer en el coche, aunque éste haya de volcar o estrellarse contra algún obstáculo.

¡Y aquellas malditas mulas sin cesar en su velocidad, con un arranque como no se había visto nunca en Mallorca ni en ninguna de las islas del Archipiélago!

Después de pasar por Terreno, la galera siguió la muralla por su parte exterior, haciendo ziszás terribles, saltando como una cabra, pasando ante las puertas de la muralla y llegando a la puerta Pintada, en el ángulo NE. de la ciudad.

Preciso es admitir que las mulas conocían particularmente esta puerta, pues la franquearon sin vacilar, y se puede tener por cierto que no obedecían ni a la mano ni a la voz de Clovis Dardentor. Ellas dirigían la galera a triple galope, sin cuidarse de los transeúntes que huían, arrojándose a las puertas y dispersándose por las calles vecinas. Las maliciosas bestias parecían decirse a la oreja: «Iremos así mientras nos plazca, y a menos que no naufrague... ¡bogue la galera!»

Y por el dédalo de aquel rincón de la ciudad, un verdadero laberinto, el alocado tronco se lanzó con ardor terrible.

Desde el interior de las casas y tiendas la gente gritaba. Cabezas asustadas aparecían en las ventanas. El barrio se agitaba como en otra época, algunos siglos antes, cuando escuchaba el grito de, «¡Los moros, los moros!» No se explica cómo no se produjo ningún accidente en las calles estrechas y tortuosas que terminan en la de los Capuchinos.

Clovis Dardentor procuraba hacer algo. A fin de moderar aquel galope insensato tiraba de las riendas a riesgo de romperlas o de dislocarse los brazos. En realidad, las riendas eran las que tiraban de él, amenazando sacarle del coche en condiciones difíciles.

-¡Ah! ¡Qué galope del infierno!- se decía.- No veo razón para que se detengan mientras tengan sus cuatro patas cada una. Y esto..., baja...

Bajaban, en efecto, y bajarían hasta el puerto, donde la galera tal vez se daría un chapuzón en las aguas de la bahía; lo que seguramente calmaría el ardor del tronco.

Tomó primero a la derecha, luego a la izquierda, desembocó en la plaza de Olivar, a la que dio la vuelta como los antiguos carros romanos en la pista del Coliseo aunque ahora no había ni enemigos a quien vencer, ni premio que ganar. En vano, en dicha plaza, tres o cuatro agentes de policía se arrojaron sobre las mulas, queriendo prevenir una catástrofe imposible de evitar. Su heroísmo fue inútil. El uno fue derribado y se levantó herido; los otros tuvieron que dejar escapar su presa. La galera siguió su vertiginosa carrera, como sometida a las leyes de la caída de los cuerpos.

Era de presumir que aquello terminara de desastrosa manera cuando entraron en la calle de Olivar, pues en la mitad de ésta, muy pendiente, hay una escalera de unos quince escalones, y ya se comprende que tal sitio no es muy propio para carruajes.

Entonces redoblaron los clamores, a los que se unieron los ladridos de los perros. Bah!... ¡Por violentos que éstos fuesen las mulas no se inquietaban por algunos escalones!... Y he allí a la carroza bajando por la escalera a riesgo de romperse en mil pedazos.

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Pero no se rompió. Resistieron la caja y los ejes, y las manos de Clovis Dardentor no abandonaron las riendas durante aquel descenso extraordinario.

Tras la galera se amontonaba una multitud cada vez más numerosa, de la que Marcel Lornans, Juan Taconnat, el cicerone y el cochero no formaban parte todavía.

Después de la plaza del Olivar, la calle de San Miguel, a la que sucedió la plaza de Abastos, donde una de las mulas, después de caer, se levantó sana y salva; después la calle de la Platería, después la plaza de Santa Eulalia.

-Es evidente- se dijo Clovis Dardentor- que la galera irá así hasta que le falte el terreno, y si no es en la bahía de Palma, no veo donde puede suceder esto.

En la plaza de Santa Eulalia se elevaba la iglesia destinada a esta santa mártir, que es para los de las Baleares objeto de particular veneración. No mucho tiempo antes la dicha iglesia servía como lugar de asilo, y los malhechores que conseguían refugiarse en ella escapaban a las garras de la policía.

Esta vez no fue a un malhechor al que su buena suerte arrastró allí, sino a Clovis Dardentor, fijo en la banqueta del vehículo.

¡Sí! En aquel momento la magnífica puerta de Santa Eulalia estaba abierta de par en par. Los fieles llenaban la iglesia. Se celebraban los oficios de salud, que tocaban a su fin, y el oficiante, vuelto hacia la piadosa reunión, levantaba las manos para bendecirla.

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¡Qué tumulto, qué agitación, que gritos de espanto cuando la galera botó y rebotó sobre las losas de la nave! Pero, también ¡qué prodigioso efecto cuando el tronco cayó al fin ante las gradas del altar, en el instante en que el sacerdote decía:
Et Spiritui Sancto!

- ¡Amén! - respondió una voz sonora.

Era la voz de Clovis Dardentor, que acababa de recibir una bendición bien ganada.

Que vieran un milagro en este inesperado desenlace, no es de extrañar en un país tan profundamente religioso, y no seria asombroso que todos los años, el día 28 de Abril, se celebrase en la iglesia de Santa Eulalia la fiesta de Santa Galera di Salute.

Una hora después Marcel Lornans y Juan Taconnat se habían reunido con Clovis Dardentor en una fonda de la calle de Miramar, donde el último fue a descansar de tantas fatigas y emociones si se puede hablar de emociones tratándose de un carácter tan bien templado.

-¡Señor Dardentor!- exclamó Juan Taconnat.

-¡Ah, amigos míos!...- respondió el héroe del día.- ¡Buena carrera!

-¿Está usted sano y salvo?- preguntó Marcel Lornans.

-¡Completamente! ¡Y hasta me parece que nunca me he encontrado tan bien!... ¡A su salud, señores!

Julio Verne: Clovis Dardentor, págs. 127 . 132

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Julio Verne en esta novela ofrece a la estancia en Palma dos capítulos, el "VI. En el que los múltiples incidentes de esta historia continúan en la ciudad de Palma" (pág. 100) y "VII. En el que Clovis Dardentor vuelve del Castillo de Bellver más deprisa de lo que ha ido" (pág. 117). De ellos no he podido resistir no copiar la galopada por las calles de Palma y la magnífica entrada en la iglesia de Santa Eulalia. ¡Fantástica!

Los grabados, de Léon Bennett están recogidos de la página The Illustrated Jules Verne. Clovis Dardentor (1895).

Comentaris

Re: De Julio Verne en Palma

Sonja | 24/04/2012, 13:31

¡qué cosa tan curiosa y fabulosa! si es que Ramón LLull inauguró una moda por lo que se ve :-))

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