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Ciudad vieja - ciudad nueva

fabian | 08 Setembre, 2005 19:04

Llevamos tres días con chaparrones. Cada día ha llovido duante unos pocos minutos hacia mediodía. El ambiente es fresco pero húmedo. Las calles están llenas de gentes que pasean, compran. En las calles comerciales hay muchos turistas, sin prisas, cámaras digitales en las manos. La tarde se ha acortado y hacia las siete la luz mengua; neones encendidos. Estamos Margarita y yo en una calle comercial. Ayer vio un mantel que le gustó y hoy hemos ido a comprarlo. En esto se oyen tambores, la gente camina rápido para apartarse de una anunciada comitiva que ocupa el centro. Unos se separan hacia los laterales, otros se paran, tropiezos.

Tambors de la Sala

Resuenan fuertemente esos tambores que inician una larga comitiva. Trajes de fuertes y llamativos colores. Los turistas los observan mientras que otras personas, con más prisa, atraviesan, cruzan, adelantan al cortejo.

-D'on són? -D'on!
de la Sala. -Bons sons són.
-Tambors
que fan honors als senyors Regidors.

-Soldats fats
dins l'entrada estan formats,
pintats
i desfressats de rat-penats.

Pere d'Alcàntara Penya: Redoble i marxa dels tamborers de la Sala

Tras ellos aparecen los "cossiers", vestidos blancos, cintas y pañuelos al aire; saltos al son de "xeremiers" (gaita, flautín y tamboril). Luego, de rojo encendido las capas y los uniformes, alabarderos municipales tras los que, engalanados, van los concejales y la alcaldesa de la ciudad. Sonrisas, saludos ...

Gente arremolinada. Cámaras de vídeo en marcha. La comitiva ha pasado y quedan los neones, los turistas, el ambiente fresco y húmedo. No se sabe bien qué ha ocurrido. Tambores, vestimentas extrañas, danzantes, colores llamativos. ¿Qué era esto?, ¿qué ha pasado? La aglomeración se disuelve, los turistas prosiguen sus paseos y todos continuamos nuestros caminos.

Ciudad vieja, atesoradora de rituales y tradiciones, en una ciudad bulliciosa plagada de escaparates y neones. ¿Se entienden? No sé qué pueden pensar quienes no conocen esas tradiciones. Quizás les parezca un numerito de "disneyland", algo que está ahí, sin más, que dura unos pocos minutos y desaparece. Ciudad vieja, posiblemente tan desconocida para mí como para muchos, ciudad que guarda y mantiene viejas tradiciones que aparecen como misterios o como farándulas.

Con todo, algo me inquieta: no hay niños en las calles cuando ocurren estos acontecimientos. Sólo turistas (¡cómo no!) y pequeños grupos de gente mayor. Los jóvenes traspasaban con prisas la comitiva y se alejaban de ella.

El cuaderno de bitácora de la primera vuelta al mundo

fabian | 08 Setembre, 2005 15:22

Conocido es que el término bitácora proviene de la marina. El armario o mueble donde estaba dispuesta la brújula era la bitácora, generalmente cercana al timón. En este armario había también un cuaderno en el que el capitán debía anotar diariamente la travesía realizada y los incidentes habidos.

De la travesía realizada por Magallanes y culminada por Elcano en la que, parece ser, se dio la primera vuelta al mundo (1519 - 1522), quedan varios escritos realizados por marinos, ya diarios personales, también algunas narraciones en cartas, así como los testimonios que, terminado el viaje, realizaron algunos de los supervivientes. De todos ellos hay dos importantes: el cuaderno de bitácora de Francisco Albo, piloto de la nao Trinidad y, especialmente, el cuaderno de bitácora de Antonio Pigafetta (1491 - 1534).

El cuaderno de bitácora de Antonio Pigafetta

Antonio Piegafetta

El 6 de septiembre de 1522 apareció frente a Sanlúcar de Barrameda una desvenciajada nave. Aparejos podridos, velamen hecho jirones y 18 tripulantes y 3 prisioneros tan cansados y hambrientos que no podían mantenerse en pie. Su nombre era Victoria. Había partido, junto con otras cuatro naves, tres años antes. "Los rostros demacrados que asomaban en cubierta guardaban los oscuros secretos de su larga travesía" por tierras y mares desconocidos hasta entonces. "Había hecho realidad un sueño tan antiguo como la imaginación humana:dar la vuelta al mundo".

En esa nao, entre los escasos supervivientes, se encontraba Antonio Pigafetta. Él había escrito uno de los cuadernos de bitácora de esa navegación que circundó el mundo por vez primera.

Entre los asistentes a la misa en Santa María de la Victoria se encontraba el erudito italiano Antonio Pigafetta que había pasado muchos años al servicio de Andrea Chiericati, emisario del papa León XIII. Cuando el Papa nombró a Chiericati embajador ante el emperador Carlos I, Pigafetta, que tenía por entonces unos treinta años de edad, se trasladó con el diplomático a España. Según él mismo, Pigafetta era un hombre culto (alardeaba de «haber leído muchos libros») y sumamente religioso, pero tenía también gran deseo de aventuras o, tal como él lo expresó, «anhelos de experiencia y de gloria».

Al llegar a su conocimiento el proyecto de expedición de Magallanes rumbo a las islas de las Especias, sintió la llamada del destino y dejó su misión diplomática para ir en busca del famoso navegante. Llegó a Sevilla en mayo de 1519 durante los febriles preparativos para la partida. A lo largo de los meses siguientes ayudó a reunir los instrumentos de navegación necesarios y con ello logró ganarse la confianza de Magallanes. Pigafetta no tardó en idolatrar al capitán general, a pesar de su diferente nacionalidad, sobrecogido por la magnitud y el riesgo que entrañaba la expedición. Pero, pese al peligro, Pigafetta decidió embarcarse con la flota. Aunque carecía de experiencia de la mar, tenía dinero y unas impecables credenciales pontificias que le avalaban. Como el salario que se le ofreció era sólo de 1000 maravedíes, se unió a la tripulación en calidad de sobresaliente, también llamado supernumerario, un pasajero que podía suplir a un tripulante, caso de ser necesario, y que recibiría cuatro meses de su paga por adelantado.

Magallanes, que no dejaba nada al azar, encomendó a Pigafetta una misión especial: el joven diplomático italiano debería llevar un diario del viaje, pero no a la manera de la árida relación de hechos de los cuadernos de bitácora que llevaban los pilotos, sino algo más personal, donde se reflejase también lo anecdótico y que fuese un fluido relato, similar al de los populares libros de viajes de la época, entre los que figuraban algunos de Duarte Barbosa, cuñado de Magallanes; Ludovico di Vathema, otro italiano que visitó las Indias; y Marco Polo, el viajero italiano más famoso. Pigafetta aceptó de mis amores el encargo, sin ocultar su ambición de emular a sus ilustres antecesores. Sólo se consideraba obligado a ser leal a Magallanes, no a Cartagena ni a ningún otro funcionario u oficial. Para Pigafetta, la Flota de las Malucas era el resultado tangible de la audacia de Magallanes y, si la expedición tenía éxito, sería gracias al talento de Magallanes y a la voluntad de Dios. A Pigafetta no le cabía la menor duda de ello.

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Desde el momento en que la flota partió de Sevilla, Pigafetta llevó un diario de los acontecimientos que se fueron sucediendo. Refirió los aspectos más variados, desde la rutina diaria en la mar a una relación extraordinariamente ilustrativa y sincera de hechos que constituye el mejor testimonio de aquella expedición. Se tomó muy en serio su papel de cronista de la expedición y su relato rebosa de interesantes detalles botánicos, lingüísticos y antropológicos. Pero el documento es algo más que una detallada descripción: es un testimonio muy humano y solidario escrito con una voz a la vez ingenua y cultivada, piadosa y sin embargo obscena. Del puñado de verdaderas crónicas acerca de territorios extranjeros que se podían encontrar en los años posteriores al viaje de Magallanes, sólo la de Pigafetta contiene pasajes escritos con humor, hasta el punto de reírse de sí mismo, aparte de reflejar el miedo, las alegrías y los sentimientos encontrados de los expedicionarios. Su relato fue pionero de una moderna sensibilidad en la que las revelaciones íntimas y las dudas pasarían a tener protagonismo [...]

Sin embargo, Pigafetta no fue el único tripulante que llevó un diario de la expedición. Francisco Albo, el piloto de la Trinidad, mantuvo un cuaderno de bitácora y algunos de los marineros supervivientes hicieron extensas declaraciones a su regreso a España, o escribieron sus propios relatos. Los numerosos testimonios de primera mano acerca del viaje, unidos a los archivos españoles, extraordinariamente detallados, permiten recrearlo y comprenderlo desde múltiples perspectivas, que van desde las más personales y anecdóticas hasta las más formales. En conjunto, fueron muchos los marineros y representantes de la Corona que prestaron su voz a aquel épico viaje de exploración.

[...]
A veces, los cronistas oficiales de la expedición (Antonio Pigafetta y Francisco Albo) difieren en un día respecto a la fecha de algunos acontecimientos. Puede que la discrepancia se debiera puramente a un error humano, pero también puede ser que obedeciera a la manera en que cada uno de ambos cronistas definía lo que era un día. Albo, como buen piloto, siguió la costumbre de los diarios de bitácora de los barcos, que comenzaban el día a mediodía y no a medianoche. Por el contrario, Pigafetta utilizó para su diario un marco de referencia no náutico. Así pues, un hecho que sucediera por la mañana aparece en días diferentes en los diarios de cada uno.

Laurence Bergreen: Magallanes. Hasta los confines de la Tierra Ed. Planeta

Publicado en Reflejos el 30 de mayo del 2004.

 
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