fabian | 10 Octubre, 2008 14:00
Su liviana imagen aparecía en el fondo junto al mar. No era una escultura sino sólo una cruz, simple, sencilla, dos maderos y una pila de piedras que la sustentaban. No podía ser más sencilla y humilde. No era ni una obra artística, ni una joya, ni un monumento. Sólo una cruz.
No podía ser arte, ni lo pretendía. Su ámbito era otro, más simple. Se encontraba en un lugar magnífico: el mar al frente, elevada en la cima de unas escalinatas; la ciudad monumental a su alrededor: el palacio árabe con sus bellos balcones de arcos apuntados, sus torres y murallas; la catedral al otro lado, alta, esbelta, con sus agujas alzadas al cielo; alrededor las murallas renacentistas de la ciudad y abajo el mar, azul e inmenso.


No, no tenía valor artístico alguno, pero allí, sus maderos cruzados entre la monumentalidad de piedra labrada, la cruz era el elemento que ejercía un balance, un contrapunto. Ante la inmensidad del mar y el cielo, presentaba la finitud. Ante la hermosa piedra, la madera simple. Ante la magnificiencia de los poderosos, la sencillez y la humildad de la cruz. Ante los siglos y milenios de palacios, catedrales, mar y cielo, la finitud de la individualidad humana, de su mundo sufriente. Era un contrapunto hermoso, con la poesía de lo sencillo, de lo simple: dos maderos cruzados sostenidos por una pila de piedras. Ni los vientos, ni las lluvias, ni el salitre, ni las solanas pudieron con ella. Entre tanta magnificiencia, su imagen sobresalía.

Ayer la quitaron. La cultura de quienes no fueron elegidos por los votos, eliminadora de premios literarios, de lenguas de los ciudadanos y de la ciudad, no podía soportar la sencillez de esa cruz. Triste cultura de la eliminación y de la confusión.
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