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La Carta de Valseca

fabian | 28 Març, 2011 11:13

Voy leyendo, sin prisas, algunos artículos de Miguel de los Santos Oliver en La Vanguardia. El primer artículo fue publicado el 4 de agosto de 1906. Los sábados 1 y 8 de diciembre de 1917 publica, en la página 8, dos artículos correlativos: Una joya náutica: La carta de Valseca (I) y (II). Esta Carta, de 1439, se conserva actualmente en el Museo Marítimo de Barcelona. Sólo he encontrado de ella una imagen de tamaño suficientemente válido en la Wikipédia portuguesa, imagen que está recogida de la página portulanos en butronmaker, en la que hay otras imágenes no sólo de otras obras de Valseca, sino también de otros talleres de cartógrafos mallorquines.

La Carta de Valseca que estuvo muchos años en la casa del Cardenal Despuig de Palma, calle Montenegro, tiene algunas anécdotas que se cuentan con cierta frecuencia, que si la compró Américo Vespucci, que si a George Sand se le cayó un tintero encima. Todo ello lo cuenta Miguel de los Santos Oliver en el primer artículo. En el segundo aparecen otros nombres, precisamente de marinos cartógrafos como Vicente Tofiño o José Gómez Imaz, quienes realizaron el levantamiento de las costas de las islas y cuyas cartas marinas se pueden ver en la sección de cartografía de esta bitácora. Los dos artículos son interesantes, quizás el segundo, desde la exposición de Chicago hasta que la Carta pasa a Cataluña, me ha llamado la atención por serme más desconocida su historia.

Una joya náutica: La Carta de Valseca

I

Estos días acaba de entrar en la Biblioteca de Cataluña, mediante adquisición por compra, una pieza del mayor interés: la célebre carta de navegar trazada por el mallorquín Gabriel de Valseca en 1439. No hay quien desconozca el espíritu náutico que presidió á la expansión catalanoaragonesa ni la hegemonía mediterránea que vino á granjearle. La conquista de Mallorca en 1229, determinada por este influjo ó sentido de la expansión nacional, se convirtió en incremento de ella y muy pronto la isla consiguió emular á la propia metrópoli, si no se constituyó en centro de los estudios y de las grandes empresas marítimas de Cataluña.

Baste recordar el auge de su comercio con Levante, su Consulado de mar, sus trescientas naves de altura, sus poderosos mercaderes, con filiales y factorías que se aventuraban hasta el último confín del mundo conocido, y, sobre todo, su escuela, - científica, podemos decir, - de mareantes, brujoleros, constructores de cuartiers y astrolabios, delineadores de cartas, portulanos y demás instrumentos ó documentos aplicables á la navegación. No bien cumplido un siglo desde la incorporación de Mallorca á los dominios de la casa de Aragón, empieza esa actividad á dar muestras ostensibles de sí misma; y, por las que quedan y ha respetado el tiempo, puede deducirse toda su importancia, su caudal de origen y el valor de lo perdido ó ignorado á estas horas.

Sólo dos ó tres ejemplares ofrece la arqueología naval anteriores á la carta mallorquina de autor desconocido, fechada en 1323, que mencionó y describió M. Jomard. Diez y seis años más tarde, con la fecha de 1339, aparece la de Ángel ó Angelí Dolcet, acabada en incierto día de mense augusto in civitate Majoricarum. En 1375 queda terminado el famoso atlas ó mapamundi de Jaime Ribes, - judío converso que antes de llamó Jaffuda Cresques, - existente ahora en la Biblioteca Nacional de París, por haberlo regalado al de Francia el Rey de Aragón. Dos cartas de Guillermo Soler, civis Majoricarum, coetáneas poco más ó menos de la anterior, se conservan: una en París y otra (1385) en el Archivo de Florencia. Por este mismo tiempo un explorador misterioso, Jaime Ferrer, salía con su uxer ó uxar en dirección al Río de Oro, según nota que consigna Jaime Ribes en el citado mapamundi del mismo año del viaje, 1375, y que repitió Matías de Viladestes, otro de los cartógrafos de la escuela de Mallorca en el suyo de 1413, omitiéndola Valseca en su obra de 1439. Y todavía, cosa de un siglo y medio después, ya descubierto y conquistado el Nuevo Mundo, desviadas las antiguas rutas de la civilización y el comercio, aquella tradición insular continúa con los portulanos de Mateo Prunes, uno de los cuales se conserva firmado in civitate Majoricarum anno 1586.

Por estos vestigios salvados del naufragio del tiempo y por otros de menos cuantía que aparecen de tarde en tarde puede colegirse la intensidad de aquel movimiento marítimo y la perfección de dicha escuela, cuyas producciones hallamos casi siempre en poder de los extranjeros. Habent sua fata libelli; las cartas de navegar también, y la que trazó Gabriel de Valseca en grado sumo. Cuarenta o cincuenta años después de concluida y de andar en manos de ignotos poseedores, cayó un día bajo los ojos de Américo Vespucio, uno de los pilotos de Colón y el que dio su nombre, más por casualidad que por intento, al continente descubierto por el gran genovés. ¿Dónde, en qué arsenal, en qué castillo o cámara de galera, vio Vespucio la codiciada joya? Lo ignoramos también: sólo sabemos que la adquirió y que dio por ella una suma considerable, al tenor de la nota que puso al dorso: Questa ampia pelle di geographia fu pagata da Amerigo Vespucci cxxx ducati di oro di marco.

¿En qué viajes le acompañó? ¿Para qué derroteros pudo servirle? Lo desconocemos igualmente. Con esta nota, con el precio de ciento treinta escudos de oro que pagó por el pergamino y con la vanidad de coleccionista que parece desprenderse de dicho recuerdo, quedan agotadas todas las referencias o conexiones con el preclaro comprador. Pasaron muchos años, pasaron tres siglos, y la carta, que había ido a parar, no sabemos por qué vías de herencia o de adquisición, a una biblioteca florentina, perdió poco o poco su valor científico y actual, para adquirir el de antigüedad gloriosa. La biblioteca de Florencia en que estuvo custodiado el mapa de Valseca. vino a liquidación por reveses de fortuna; hiciéronse lotes para la venta; acudieron infinidad de bibliófilos y anticuarios, italianos o extranjeros, de los que andaban a caza de preciosidades, y quiso la suerte quo allí se hallase un ilustre prelado mallorquín, don Antonio Despuig y Dameto, quien se apresuró a adquirir la pelle di geographia con el noble propósito de restituirla a su patria de origen, no sin encargar a los PP Lampillas y Andrés, ilustres jesuitas de los expulsados de España, que procurasen identificar el autógrafo de Vespucio.

Obispo de Orihuela, sucesivamente arzobispo de Tarragona y de Sevilla, el futuro cardenal Despuig pertenecía a una de las grandes familias nobiliarias de Mallorca, donde nació en 1745. Con decidida vocación de coleccionista y con medios de satisfacerla, aficionado también a la topografía, acompañó el brigadier Tofíño, en el levantamiento hidrográfico del archipiélago que realizó por orden del ministerio de Marina. Luego y por cuenta propia publicó Despuig la carta geográfica en que trabajaron el geodesta Ballester y el grabador Montaner. Y en Roma, donde se convirtió en el amigo íntimo y en el compañero de cautividad de Pío VI durante el ciclón de las campañas napoleónicas, pudo dar rienda suelta a sus gustos de arqueólogo, de patriota y de magnate, favoreciendo las excavaciones de Ariccio, enriqueciendo con sus hallazgos las colecciones de Raixa, convertida en preciosa villa al estilo italiano: nutriendo, en fin, su monetario, su biblioteca y su archivo, al cual fue a parar la carta de Valseca.

El cardenal Despuig, patriarca de Antioquia, murió en Lucca el año 1814. Y de toda aquella fortuna quedó heredero su sobrino el conde de Montenegro, más tarde capitán general de Mallorca. Allá por 1837, Jorge Sand y Chopin realizaron el viaje que todo el mundo conoce. Fueron un dia al palacio de Montenegro, en Palma. Atravesaron el zaguán, tenebroso y majestuoso a la vez, con sus columnas ventrudas, sus abultados blasones, sus arcadas macizas, su escalera regia. Una vez en el archivo, fueron enseñadas a los visitantes las preciosidades de más consideración, dejando el mapa para lo último: había que sacarle del gran tubo de hoja de lata en que se guardaba en aquella fecha y dentro del cual probablemente había venido de Italia. Y entonces ocurrió el percance que la misma baronesa de Dudevand nos cuenta en Un hiver à Majorque, después de unos datos que acerca de dicha obra le facilitó M. Tastu.

«Al transcribir esta nota -dice- los cabellos se me erizan todavía, porque una escena horrorosa acude a mi pensamiento. Estábamos en esa misma biblioteca de Montenegro; el capellán desarrollaba delante de nosotros la misma carta náutica, ese monumento tan precioso y tan raro, adquirido por Américo Vespucio en 130 ducados de oro y sabe Dios en cuántos por el cardenal Despuig... cuando a uno de los cuarenta o cincuenta criados de la casa se le ocurrió poner, a modo de pisapapeles, un tintero de corcho sobre una de las puntas del pergamino a fin de mantenerlo extendido y plano sobre la mesa. El tintero estaba lleno, ¡lleno hasta los bordes! Y la piel, hecha a permanecer arrollada, movida esta vez de algún mal espíritu, se contrajo con violencia, crujió, dio un salto y, por último, se replegó sobre si misma, arrastrando al tintero que desapareció dentro del rollo, libre de todo obstáculo. - Un grito general resonó, y el sacerdote quedó más pálido que el pergamino. - Lentamente volvieron a desenrollar la carta, todavía con la ilusión de una vana esperanza; pero ¡ah! el tintero estaba vacío, la carta inundada y los preciosos reyes de las miniaturas nadaban literalmente sobre un mar más negro que el del Ponto Euxino.»

Así, y dentro de este tono, dictado más por el sarcasmo que por el arrepentimiento la ilustre escritora continúa su relato de la escena. - «Entonces - añade - todos perdimos la cabeza: el capellán creo que se desmayó. Los criados acudieron con cubos de agua corno si se tratase de apagar un incendio y á escobazos y golpes de esponja se pusieron á limpiar la carta arrastrando confundidos reyes, mares, islas y continentes, antes de que hubiéramos podido oponernos á ese acto fatal. La carta quedó estropeada pero no sin remedio. M. Tastu había sacado un calco exacto de ella y se podrá así, gracias á él, reparar en parte el daño... Estábamos á seis pasos de la mesa en el momento de ocurrir la catástrofe, pero estoy bien segura de que toda la culpa será nuestra y que este hecho, atribuido á unos franceses, no contribuirá á granjearles en Mallorca buena opinión.» El estropicio, sin embargo, no fue tan grande como suponía la interesada, como tal vez importaba al efecto dramático, literario, de su narración. Lo veremos en otro artículo.

carta

II

En efecto, el estropicio no fue tan grande como Jorge Sand pretendió para animar el relato y añadir un nuevo aliciente a los de su estilo, siempre cautivador y rico en sorpresas. Sólo a una décima parte de la carta alcanzaron las consecuencias del percance; no desapareció ninguna figura de rey; sus miniaturas campean ahora con la misma nitidez y viveza de antes y no se produjo sin duda la confusión que la ilustre extranjera supone, antes bien parece claro la precaución de levantar rápidamente el pergamino para que la tinta no se esparramase hacia el centro. No hubo, pues, necesidad de apelar al calco obtenido por M. Tastu ni medió retoque alguno en el documento después de lavado y enjugado, perdiendo sólo los detalles, ahora borrosos y confusos, que corresponden a las islas del Océano, a la costa occidental de España y a una parte de África.

La autora de Valentina volvió a París; aleccionados por el accidente los servidores del conde de Montenegro sacaron del tubo de hoja de lata la preciosa pelle y la escuadraron en un marco con cristal por el anverso; añadiéronle más tarde otro por el reverso a fin de que pudiese ser vista y examinada cómodamente la inscripción de Américo Vespucio, y la joya quedó en paz largos años en su noble escondrijo, visitada con frecuencia por viajeros y simples curiosos, molestada de tarde en tarde por hombres de estudio y especialistas. Pero vino el centenario del descubrimiento de América, vino la Exposición de Chicago, vino en España, en Italia, en todo el mundo, la requisa de trofeos, preseas, reliquias y vestigios de aquella memorable proeza y del gran navegante que la propuso y realizó. Y se acordaron al mismo tiempo de la carta de Valseca en los Estados Unidos, resueltos a decir la última palabra en materia de rumbo internacional, y en nuestro propio país, obligado por razón de primacía histórica a sacar fuerzas de flaqueza.

Baste decir que de la gran República americana se dirigieron las más tentadoras proposiciones al poseedor del preciado monumento. Propusiéronle la cesión mediante una suma cuantiosa, de muchos miles de dólares que no me atrevo a puntualizar porque ahora parecería exagerada y aun inverosímil, y, para el caso de que no quisiera desprenderse de la carta, se le pidió que la dejase para figurar en la sección colombina del certamen de Chicago, previa la constitución del seguro que exigiese y el envío de un buque destinado especialmente a recogerla y restituirla. Por razones de patriotismo, por temor a un riesgo que ninguna indemnización pecuniaria era capaz de resarcir en caso desgraciado, esas ofertas no hallaron acogida favorable. El poseedor las declinó cortésmente, y la obra de Valseca no salió de Mallorca, aunque aumentó su prestigio de un modo considerable y en proporción con las codicias que había despertado.

Por lo que incumbe a España, se dio la feliz casualidad de hallarse en Mallorca por tales días la Comisión Hidrográfica, encargada del nuevo levantamiento de aquellas costas, como un siglo antes lo estuvo la que dirigió el brigadier Tofiño y que valió a Mallorca estudios tan provechosos como el conocido libro de Vargas Ponce. Jefe de la Comisión actual era el ilustre Capitán de Navío y después contralmirante y ministro de Marina don José Gómez Imaz, de familia sevillana en la cual el señorío quiere decir al mismo tiempo cultura, trato exquisito, pasión por las empresas elevadas y nobles. Su apellido brilla en la pléyade de los beneméritos Bibliófilos andaluces con la aportación considerable de su hermano sobreviviente don Manuel, el gran coleccionista y organizador de la Bibliografía de la guerra de la Independencia; y no le fue en zaga el difunto en ilustración, en finura de alma y de entendimiento.

Testimonio de ellas es la acabada y minuciosa «Monografía» que dedicó a la bella obra del cartógrafo mallorquín, como contribución al centenario del descubrimiento de América, y que apareció en el número especial de la Revista de Marina, no menos que la esmeradísima reproducción de la carta famosa, realizada por los muy hábiles delineadores de la Comisión Hidrográfica don Ildefonso González y don Arturo Melero, quienes, con el señor Palmarola, actual ingeniero cartógrafo de la mayor competencia y brillantez, trabajaban a las órdenes del señor Gómez Imaz. La copia antedicha, después de haber figurado en la Exposición del Centenario celebrado en Madrid, pasó al Museo Naval, donde actualmente se conserva, no sin haberse hecho corta tirada de una reducción en colores que acompañó a la monografía. En esta monografía se estudian, primero, todos los antecedentes del movimiento náutico en Mallorca; se pasa revista, después, a sus antiguos cartógrafos; se describen luego la historia y vicisitudes del pergamino de Valseca, entrando por último en su valoración científica, dilucidando la legua probable adoptada por el autor, investigando la escala y el método de construcción que siguiera y acabando por compararla con los trabajos hidrográficos modernos, en una disquisición técnica irreprochable.

El estudio del señor Gómez Imaz continúa siendo el texto más importante de cuanto se ha escrito y publicado acerca de la joya cartográfica de Valseca, la cual quedó en Mallorca, todavía por espacio de bastantes años, después de ésta que pudiéramos llamar su consagración. Mudanzas, complicaciones y estados de litigio que surgieron después, pusieron en peligro su permanencia en España, de donde salió eventualmente en dos ocasiones. La primera, hace como tres lustros, estuvo depositada en París durante algún tiempo, consiguiéndose no obstante su repatriación y rescate. Últimamente estuvo en Italia y la prensa de Roma habló con extensión de la preciosa antigüedad, abogando para que se quedara allí. Los periódicos españoles terciaron también en el asunto: la atención de las personas ilustradas fijóse por unos días en la nueva desmembración de nuestro patrimonio artístico que nos amenazaba; mudó el viento de la actualidad y nadie volvió a acordarse de la carta de Valseca, de su paradero ni de su rastro.

Felizmente la carta había vuelto a Mallorca, después de esta nueva peregrinación, y ha sido posible conseguir que ya no salga de los testimonios de nuestra cultura en lo sucesivo, puesto que era muy difícil inmovilizarla en su ciudad nativa, con destino a la cual la compró el cardenal Despuig El Instituto de Estudios Catalanes la ha adquirido para la Biblioteca de Cataluña y allí nos será posible contemplar el precioso pergamino de más de un metro de largo por setenta y cinco centímetros de ancho, con sus leyendas en lengua catalana, con su orla azul y amarilla de vivo color, con sus banderas policromadas y minuciosas, con su profusión de rosas de los vientos, con la blancura a trechos insuperable de la piel avitelada finamente, con la gloriosa inscripción, en suma, puesta como para decir a la posteridad el nombre, la patria, el idioma y el genio nacional del geógrafo que la trazó; Gabriel de Valsequa la feta en Malorcha lany 1439.

He aquí, pues, una adquisición que corre parejas con la del cancionero Gil y que ha de constituir por mucho tiempo el número preeminente en la gran colección que se forma. Ella hará sin duda las delicias de los visitantes, de los estudiosos de los artistas de lo pasado. Pero hay alguien para quien esa joya tiene, además, un prestigio indecible y sui generis, un aroma de patria v de juventud, una sugestión de horas inefables pasadas en el silencio de la biblioteca donde esa carta estuvo por tantos años. Sobre sus perfiles, sobre sus miniaturas, sobre sus acotaciones puestas al lado de las islas del mar grande. Ibernia y la última Thule o junto a los dominios del fabuloso preste Juan, que son todavía un eco de Marco Polo, divagué largamente y sentí alguna vez alzarse en tumulto dentro de mi imaginación el mundo ya disuelto de aquella fiebre náutica y mercantil a que respondían los Valsecas, los exploradores audaces, los constructores y maestros del astrolabio, los precursores de Vasco de Gama y de Cristóbal Colón, a quienes traté algún día de personificar y reducir a expresión poética. La Llegenda de Jaume el Navegant surgió de esos ocios inolvidables, como una flor de humildad y de silencio en la grieta de una gran ruina.

Quiero acabar con unas palabras que Gabriel Verd publica en "yo escribo", en el capítulo 35, titulado Los judíos y la cartografía mallorquina. Es siempre un lamento:

Es una verdadera ironía de la historia que, de todas las principales cartas náuticas realizadas en Mallorca, ninguna haya quedado aquí, en la isla.

Gracias al celo y precaución de algunos estudiosos mallorquines, actualmente se conservan algunos ejemplares en la Biblioteca Bartolomé March, de Palma. Las obras de la cartografía mallorquina están repartidas en museos, universidades, bibliotecas públicas y privadas de París, Londres, Viena, Oxford, Cambridge, Roma, Florencia, Génova, Milán, Estocolmo, Laussanne, Nueva York, Chicago, Washington, Helsinki, Le Havre, Dijón, Birmingham, Greenwich, Constantinopla (Estambul) etc. Resulta difícil explicar el hecho de que las cartas náuticas que hicieron los cartógrafos mallorquines, ahora se encuentran repartidas por tantos lugares diferentes y que prácticamente ninguna de ellas haya quedado en la isla donde fueran redactadas.

Comentaris

Re: La Carta de Valseca

Núria Palencia | 25/05/2011, 02:11

Por casualidad he descubierto su blog, y me ha producido una gran atraccion,.hace unos dias estuve en una exposicion del Archivo de Indias de Sevilla y ando "navegando" por la red para ampliar conocimientos sobre lo que vi..dando "sin querer"...con su interesante y documentada página, aparte de la circunstancia añadida de ser una enamorada de su isla desde hace muchísimo tiempo y de su historia...Un cordial saludo!

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