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Santiago Rusiñol: 'El mal del país'

fabian | 04 Juliol, 2013 11:50

Algo impactante este artículo de Santiago Rusiñol. Preocupante como los datos sobre la educación en las islas. "aquí abundaban mucho los hombres indiferentes, que no se preocupaban de arte, ni de letras, ni de ciencias, ni de otras majaderías que estimulen á un verdadero progreso", indica el pintor de los jardines y habría que preguntarse cuál es el "clima cultural" de la isla.

Desde una Isla / La enfermedad del país

Habíamos vuelto á Palma. Mis amigos, atrevidos hasta el arrojo y desafiando nada menos que las iras del mar Mediterráneo, habían resuelto marcharse al continente y estaban á bordo esperando que tocara la hora funesta de salida.

Trabamos allí las palabras que se usan en esos casos de despedida, encargos de abrazos y recados que no se suelen dar y que se continúa encargándolos por la fuerza de la costumbre; momentos de silencio por haberse agotado las frases de circunstancias, sentimientos que no se aciertan á expresar y quedan dentro, y palabras que salen sin sentido; deseos de marcharse con los que marchan, y por fin agitación de pañuelos cuando el barco empieza á andar, dejando rozagante su blanca cola de espuma.

Seguido de ella vi alejarse el trasatlántico, serio, majestuoso y embistiendo ¡ay! aquellas olas; le vi más lejos en el mismo borde de la línea de horizonte; le vi, por fin, desvanecerse, y parecióme entonces (¡otra vez ay!) plantado en medio del muelle, que me quedaba solo en una isla solitaria.

Allí me estuve largo rato meditando, vago el pensamiento y con la indecisión de un vacío, sin brújula en la voluntad ni movimiento en las piernas y sobre todo sin acertar á escoger el camino que tenía que seguir para ir á alguna parte y alejarme de aquel muelle.

pintura
Santiago Rusiñol: Jardí senyorial (1902)

Anduve por él maquinalmente y sin rumbo fijo, distrayéndome á cada paso, ya mirando la carga y la descarga, ya las aguas ondeando soñolientas, ó las barcas con sus marinos dormidos á la sombra de la vela, ó á algún pescador de caña anonadado bajo los rayos de un sol que adormecía el espíritu.

Cansado de no hacer nada, me senté para librarme de aquella especie de letargo, y traté de pensar en el porvenir que me aguardaba en la isla, de cómo saldría libre de este hermoso atolladero; pero el aire era tan tibio y tan suave, era tan dulce la sombra y bienhechora, llegaba el salobre olor del mar tan embreado y agradable y era tan embriagador el reflejo de la luz, que poco á poco sentí que se cerraban mis ojos, que me moria de venturosa pereza, que no era dueño de mis fuerzas, y que, sin otras retóricas, me iba quedando dormido.

Jamás sin soñar nada, soñé tanto. Aquello fue estar en el limbo, vivir sin pena ni ventura, y no ser ni de la clase de vivos ni de la otra de difuntos. La vida pareció alejarse de mí mismo, tranquilamente, sin tropiezos ni sobresaltos, y me quedé morfinizado, embriagado de un opio disuelto en el mismo aire ó nacido en la isla y la sangre dejó de seguir su curso, y paróse el pensamiento, y me desmayé por dentro como si faltara cuerda á mi máquina y mi vida se hubiera paralizado. No sé el rato que pasé en este estado de beatitud pasiva y de modorra espiritual; sólo sé que soñé que me había vuelto moro sin renunciar al bautismo, que no comía más que dátiles y chuletas de gacela, que me pasaba los días descansando de las fatigas del descanso, que todo el mundo era cama donde echarse á dormir, sin dormir ni estar despierto, y que pasaban los años sin lluvias ni aguaceros, para llegar á la muerte y cambiar de dormitorio.

Aquel estado, comprendí que no era estado natural, que no había de qué, para así desfallecer, y que por fuerza había una causa de clima ó de lugar que me tenía suspenso, y me daba aquel sueño forzoso. Sacudíle como pude en un arranque de esos que á veces tiene el hombre ocultos allá en su interior profundo y levantándome con arrebato sublime, sin consultar mi ánimo que se hubiera quedado allí por los siglos de los siglos, llevéme el cuerpo á la fonda, y ya en ella esperé, sino dormido, sentado á que el porvenir llegara.

La Semana Santa fue el porvenir que llegó, y llegó acabando de enlutarnos y de dar á la población más carácter de tristeza. A medida que avanzaba la semana, esas calles tan estrechas como hermosas, tan llenas de carácter como desiertas de gente, quedáronse más desiertas todavía y al parecer más despobladas; en las plazas, en los paseos y en todas partes fue cesando el movimiento, paráronse los coches, callaron las mismas campanas, y Palma quedó aletargada como un gran reloj sin marcha. En aquella soledad de ciudad muerta, viéronse entonces cruzar las figuras enlutadas, compungidos los semblantes y lento el paso; viéronse como soñolientos los hombres y con aire místico y compungido las mujeres; vióseles dirigirse á la catedral y entrar por sus grandes puertas como puntitos negros destacando de la gran mole dorada, vióseles en el interior sublíme, prosternados bajo la bóveda esbelta, y de nuevo salir hacia la calle, é ir á otras iglesias, andando siempre cual siluetas silenciosas. Reunidas más tarde en dos filas ondulantes y compactas, vióse entre ellas pasar la procesión con esa vaga tristeza que causa el silencio de las grandes multitudes. Unos timbaleros viejos y vestidos á la antigua abrian la marcha, y de modo tan lúgubre tocaban y andaban tan lentamente, que parecían llevar el compás de aquel sosiego, de aquella calma simbólica, de aquella paz de entierro del hombre mismo; seguían los penitentes en dos filas, largas, interminables, con sus vestas de diferentes azules; oscuro éste y verduzco aquél, desteñidos la mayor parte, ó de tonos rechazando la alegría ó, más bien, conductores de la angustia; de vez en cuando pasaba un hombre descalzo, oculto el sufrimiento de su rostro á lo fantasma, ó bien un amor de niño vestido de tristeza á los cuatro años; ora era un misterio ó una virgen llevada en andas, delante de la cual se inclinaba todo el mundo, ó seguía una banda tocando una marcha fúnebre, ó continuaban las vestas dibujando su negra y tétrica silueta sobre el cielo, teñido ya de colores moribundos.

Una bandera pasó, cuyo color he de recordar toda mi vida, como color de la muerte. Era de un tono indecifrable, de un gris de violeta marchita, de un tinte de hoja seca con cambiantes de un luto desteñido y como borrado; tenía la patina del ex-voto, y la mate palidez de los lienzos enterrados, y volaba en el aire sin recibir un reflejo. Tan vaga era aquella nota y tan lúgubremente enferma, que agravó aquel estado de apatía que sentía crecer y apoderarse de mi ánimo, aquel amodorramiento del muelle, una dejadez en el alma que atribuí á la tristeza del día.

Pero vinieron otros más alegres, y noté en mí el mismo mal, que iba creciendo como un dengue psicológico y aumentando el lacio decaimiento que me tenía cohibido. ¿Qué será esto? pensaba. ¿Habrá en el aire un microbio inexplicable? Será el azul del cielo que hipnotiza entrando por la retina, ó el mar quizás, que con su eterno balanceo adormece el espíritu? Será la belleza del sitio, que inclina á la muda contemplación y paraliza el movimiento?

pintura
Santiago Rusiñol: Jardí de l'ermità. Miramar (1919)

No lo sé, pero empezé á notar que ese mal que me aquejaba éramos muchos á sufrirlo en esta isla. Empezé á notar que aquí abundaban mucho los hombres indiferentes, que no se preocupaban de arte, ni de letras, ni de ciencias, ni de otras majaderías que estimulen á un verdadero progreso; que un fluido de fatalismo á lo árabe, había esparcido en el medio ambiente, matando de indolencia toda iniciativa; que el hombre esperaba muy poco de sus fuerzas, que se dormía lentamente bajo el hermoso esplendor de un cielo inmaculado y en brazos de un clima bueno como el mismo pan y que sólo despertaba de ese letargo indolente al triste son de la política, para lanzarse á las míseras luchas de partido, con una actividad digna de más grandes empresas.

Noté también, que del partido lo espera todo este pueblo tan bueno y tan tristemente engañado! Noté que no cree en sí, ni en sus esfuerzos individuales, y que viene acumulándolos con el fin de levantar hombres con sus espaldas, de los que espera dones sin cuento, y milagrosos portentos; que despierta un momento de su fatídico sueño para ir á la batalla y de vuelta de ella vuelve á dormirse en el dulce regazo de la isla y á soñar en los bienes terrenales que han de alcanzarle sus ídolos.

¡Pobres ídolos, y pobres devotos! Dios quiera que se conviertan en dioses los primeros y logren el bien que esperan los segundos. ¡Que nuevos desengaños no vengan á aumentar el fatalismo que aquí reina! esa paz desarmada, precursora de suprema indiferencia! Debido á ella (triste es decirlo!) emigran todos los días artistas y literatos, cansados del anónimo que mata las ambiciones, caen los viejos monumentos en tanto que callan los que pudieran hablar cansados de predicar en desierto. Debido á ella, vemos que un día pegan sin tino una fachada que disfraza á la pobre catedral, otro se convierte en presidio á una joya arquitectónica, ayer dejóse marchar los tesoros arqueológicos en manos de ávidos extranjeros, y hoy mismo, á la vista de todo el mundo, trátase de cometer un verdadero atropello, arrancando el precioso balcón de la casa de la villa, que es quizás lo más típico que la Palma nueva conserva de la Palma de otros tiempos.

Sin embargo, entre esa indiferencia, consuela ver brotar esta juventud estudiosa y entusiasta, estos hombres que aquí viven como emigrados del arte y de las letras y, solos cuasi, estudian y trabajan con un amor que saben que no ha de ser correspondido. Hasta ellos, hasta estas selectas minorías, no ha llegado el mal aire todavía, y es que solos con sus libros, no han sufrido del contagio, y el archivo y el natural han sido sus lazaretos; ellos trabajan á pesar de la agena indiferencia, encontrando un consuelo en la soledad del estudio; ellos trabajan mirando siempre á lo lejos, que nada aviva más el deseo de saber que el ser víctimas del desprecio de las grandes multitudes. ¡Dichosos ellos! Dichosos los que viven encerrados en sí mismos, que hasta ellos no llegan las pasiones de los hombres inferiores! Dichosos ellos, que si á veces desfallecen es para volar luego más alto, que á pesar de sus horas de fiebre y sus insomnios, pueden librarse del mal de una indolencia sin sueños!

Porque ¡oh triste de mí! que no puedo ser de los suyos, ni quisiera ser de los otros; pasados algunos días, aquel mal empezado allí en el muelle fue creciéndome, la desgana intelectual aumentándome, la apatía embargándome los sentidos de tal modo, que creí que me iba disecando poco á poco.

Una tarde sobre todo, tal me imaginé que me acababa, tales ganas me dieron de bostezar, de tenderme sobre la arena, de entregarme á definitiva pereza, que no pude más y me fui á encontrar un médico. ¿Qué es lo que tengo, le pregunté, qué mal es este, que no me deja un instante? —No haga usted caso, me dijo el sabio doctor, «usted tiene el mal de isla».

Santiago Rusiñol
Palma de Mallorca, abril 1893.

Santiago Rusiñol: Desde una Isla / La enfermedad del país (La Vanguardia, 27 de Abril de 1893)

Rusiñol: 'Desde una isla: Más cuevas'

fabian | 03 Juliol, 2013 17:12

Para ilustrar la divertida crónica que Rusiñol cuenta de la visita a las Cuevas del Drach, elijo dos cuadros y una fotografía. El "Autorretrato" (1893) de Rusiñol no creo que fuera pintado en Mallorca, pero sí nos muestra una figura algo distinta a la que podemos ver en la fotografía. El segundo cuadro "Taller de Sóller" (1893) muestra un lugar diferente a los jardines y paisajes que solemos ver en sus cuadros. Siento no haber encontrado ninguna fotografía de un cuadro titulado "La Catedral des del passeig de Sa Murada", también de 1893.

pintura
Santiago Rusiñol: "Autorretrato" (1893)

Desde una Isla / Más cuevas

Otra vez nos encontrábamos por los alrededores del fondo de la tierra. Aun conservaba la retina la impresión de aquellas cuevas de Artá y de nuevo nos veíamos sumidos en nuevas oscuridades. Salíamos de un laberinto para meternos en otro, habíamos escapado de los relatos de un guía amanerado como todos los de su respetable clase y oíamos de nuevo eternas explicaciones, no teniendo más remedio que escucharlas, ya que de él dependían unas vidas que queríamos conservar á todo trance, por ser nuestras y quizás por estar amanerados con ellas.

Otra vez bajábamos entre espesuras de peñas, entre abrazos de estalactitas y estalacmitas puestas de común acuerdo desde tiempo inmemorial. Y entre el gotear del agua y á fuerza de bajar por senderos tortuosos habíamos perdido la noción del camino que seguíamos. No parecía sino que aquel práctico deseaba marearnos, de tal modo nos hacía dar vueltas y revueltas y pasar por donde habíamos ya pasado, pero nosotros, ya prácticos también en eso del ramo de cuevas, andábamos con notable sangre fría, viendo sin método lo que á la fuerza quería el hombre metodizarnos.

Las grutas que recorríamos eran más íntimas que las de Artá, más femeninas, modeladas con más detalles, y sino tan grandes como aquéllas, más vestidas de sutilísimos encajes y de lijeras cresterías. Aquí las columnas, más que columnas eran flautas de órgano bajando apretadas del techo, estaban adornados los salones con mayor refinamiento, eran más blancas las paredes y más cuajadas de arabescos. En Artá la madre Naturaleza hizo una obra grandiosa y aquí quiso detallar y detalló con aquel tino admirable que tiene para sus obras aquella buena señora.

Siguiendo los portentos que ha creado, entramos en un aposento llamado «cueva de los catalanes», por haberse perdido en ella dos paisanos, cuya pérdida y encuentro he de narrar, con todas las circunstancias, valiéndome del relato de una de las propias víctimas, de lo que nos contó el guía, y de lo que yo me imaginé en el curso de esta historia.

Aconteció en este siglo, ejerciendo de víctimas interinas, José Llorens, secretario del Cau Ferrat, por nombramiento poco menos que perpetuo, un tío del secretario y un guía de la especie de guías aficionados, á quien no conozco ni de vista, lo que no obsta para que se prestara en mal hora á servir de acompañante á los dos esforzados catalanes.

fotografía
Santiago Rusiñol pintando en Alfabia

Salieron ¡ay! tío y sobrino no esperanzados, contentos tal vez y viendo quizás el porvenir de la vida pintado de color de rosa claro con sus ribetes de púrpura; salieron una mañana que apostaría cualquier cosa á que debía ser de mayo y serena y aromática, y por más señas entraron en esas grutas ¡bien en mal hora, válganme los doce apóstoles!

Porque al cabo de algún tiempo de recorrer las salas, de ir de una parte á otra en actitud admiradora, viendo que siempre pasaban por el camino de siempre, preguntaron tío y sobrino al aficionado guía si encontrarían la salida en caso de haberla de menester; á lo que contestóles el notable cicerone, en estos ó en muy parecidos términos:
«Hace rato que la busco y no la encuentro.
«Demonio — dirían seguramente los dos expedicionarios. Basta ya de estalactitas y salgamos por el camino más corto.

Salir has dicho, ¡oh humana criatura! Salir de ese enredo de curvas y pasadizos, capaces de marear á la cabeza más firme. Considera, alma cristiana, que si fácil es perderse sobre la clara superficie de la tierra, cuanto más no lo será siguiendo sus negras profundidades!

¡Perdiéronse, sí, y por esta vez bien perdidos! En vano buscaban aquella ansiada salida, aquella puerta de escape, aquella luz, aquella santa luz del claro día! Prisioneros ¡ay! de sí mismos, sin culpa venial para verse encerrados de aquel modo, debían sublevarse y poner el grito en el cielo contra tal injusticia, debían mirar al guía con intenciones de extrangularlo como primera providencia, y debían pedir á la misma que les sacara de allí, que ya no querían más cuevas, y las daban por sobradamente vistas.

Pero todo esto fue .en vano, que el mal paso estaba dado. Pusiéronse sobre sí, no pudiendo hacer otra cosa, y calcularon qué podrían calcular en aquel trance terrible. Por de pronto no tenían alimentos. Es verdad que podían comerse al guía, pero de seguro que no hubiera sido sin enérgica protesta y además no había donde guisarlo, ni una sartén á la vista, ni fuego, ni nada que fuera de utilidad en aquella inmensa cueva tan provista de bellezas. En cuanto á comerlo crudo, ni podía gustarles, ni es cosa que se pueda aconsejar; así, pues, decidieron no comer, ya que no había comida, librarse de molestas indigestiones, soñar en suculentos manjares, y continuar llamando á coro en demanda de salida, aunque no fuera contestado ni por un sólo eco compasivo.

Al cabo de algunas horas de andar, observaron que se acababan las antorchas y las dividieron en cuatro; observaron también que no se encendían los fósforos á causa de la humedad, y decidieron fumar por turno, con el fin de conservar un calor que tanto necesitaban. Llególe el turno á Llorens, que no había fumado nunca. Encendió el primer cigarro como quien dice á las puertas de la muerte, y á más del susto que llevaba, de la angustia, y del poco buen humor que debía gozar en aquel terrible apuro, añadiósele los sudores del mareo.

Mareóse ¡ay! que aún sin fumar había motivos para estarlo, y mareáronse los tres, guía, tio y sobrino, cada cual según su temperamento. Sentáronse, cogió el tío un lápiz faber, lo mojó de la punta seguramente y escribiendo sobre la peña «No hay esperanza», se quedaron á oscuras, porque se apagaron las antorchas.

Imagínese el lector, el buen rato que pasarían rodeados de tinieblas, piense lo que pensarían nuestros héroes por fuerza, espántese (si quiere) de sus grandes sufrimientos, y calcule la alegría con que debieron oír la voz de un cuerno que les llamaba, buscándoles á tientas por entre la oscuridad, para salvarles la vida. Tio y sobrino, debían caer en brazos uno de otro, como al final de un drama bueno, y aun el guía debió tomar una parte activa en al abrazo, que momentos fueron aquellos capaces de conmover á un flamenco de los nacidos en Flandes.

Gritaron de nuevo con más fuerza, corrieron por todas partes, y la voz aquella apagóse, y de nuevo volvieron á creerse abandonados. «Ya no vuelve á haber esperanza!» podía otra vez escribir el tío y á estar conforme el sobrino, pero no escribieron nada, porque no tenían luz.

¡Qué tormentos! «¡Qué noche, válgame el cielo!» y la salida no parece! En sus investigaciones, encontraron un enjambre de murciélagos que les azotaban la cara. Tuvieron que fumar más cigarros, que para mayor calamidad debían ser del estanco, á ver si espantaban á los torpes murciélagos. Hicieron pesquisas involuntarias de arqueología forzosa encontrando un jarro de las épocas talayóticas y llenáronlo de agua allá en un lago que vieron en el fondo de la tenebrosa cueva.

Por fin!!!... al cabo de unas diez y ocho horas de estar enterrados, como Radamés de la Aida, encontráronles sus salvadores, más viejos, más canosos, y mucho más desengañados que antes de las bellezas naturales de las grutas. No he de describir la escena del encuentro, que bien debía ser patética por ambos bandos, y sí sólo he de añadir un detalle.

Al mirar Llorens, agradecido, aquellas palabras escritas. «No ay esperanza!» notó que su tío, en aquel trance de terrible oscuridad, había puesto hay sin hache, y la añadió. Fue un acto aquel sumamente generoso, «ya que nos han salvado á nosotros (debió discurrir Llorens) que se salve la ortografía.»

Salvóse con gran satisfacción de la Academia Española y con gran contento del «Cau Ferrat», salvóse nuestro amigo y secretario y desde entonces llevó el nombre de Cataluña aquella parte de cuevas que seguíamos nosotros, para llegar hasta el lago donde habían estado los pobres extraviados.

El lago aquél, es realmente portentoso y de un misterio indescriptible, Es un lago dormido allá en un fondo de tierra, un lago triste, sin ruidos ni zozobras, quieto de una quietud solemne, pálido como la muerte. Es el agua de infinita trasparencia, sin un pliegue en su superficie, sin una sonrisa de agua, tranquila y callada,: indicando en su fondo blanquísimo como la plata, visiones de estalacmitas y rincones de una belleza sin mancha. Es agua aquella que dá el vértigo del agua, un deseo de hundirse soñando en dulce y suave arrobamiento, de hundirse lentamente en aquel fondo, dormida el alma en sugestión exquisita. Ni un ruido ha turbado sus ensueños, no ha visto jamás nube, ni ha sido hollada jamás en el curso de los años, que su único contacto es el de la gota de agua que cae sobre su faz, produciendo círculos que van creciendo, para borrarse y unirse en aquel hermoso espejo. Allí hubiéramos pasado horas soñando, no recordando ni el guía, ni la isla, ni el continente, horas de aquellas en que el hombre no se dá cuenta de la carga de la existencia, en que el cuerpo se olvida de molestarnos y deja vagar el espíritu á sus anchas, en que el hombre es lo menos hombre posible; pero afuera nos aguardaban, y salimos.

pintura
Santiago Rusiñol: "Taller de Sóller" (1893)

Presentáronnos el libro de oro á la salida, una libreta donde de balde puede apuntar cualquiera un «¡pensamiento sublime! ó más, si más lleva dentro», á fin de pasar á la posteridad mientras dure la libreta, la cual de oro fue para nosotros, pues evítanos, copiando las opiniones del prójimo, de comprometer las nuestras.

He aquí lo que escribe una señora romántica:
Adieu, Belles et Nobles Grottes Celestes, Demeurez Merveilleuses. Je reviendrai, vous, qui dans ma contemplation m' avez fait oublier toutes mes chagrins.
A revoir
.

Buen viaje y cuidarse mucho.

(Un anuncio de uno que no pierde el tiempo en romanticismos.) «Aconsejamos á todos los visitantes á las cuevas, aseguren su vida en «La Previsión», que es la mejor compañía».

(Un ejemplo americano que desanima á cualquiera.) «Lo que dentro de este antro se ve, ni se describe, ni se pinta. La pluma mejor cortada ni la paleta de más ricos colores, son capaces de darnos pálida idea de... etc., Inspector de Lazaretos de la República del Uruguay».

«Estamos una corporación de carpinteros» (varias firmas).

«Visitamos las regias cuevas á los veintiún días de nuestro enlace» (sólo dos firmas).

«Con dos bellas muchachitas
Visité las cuevecitas» (tres firmas).

(Una firma á lo que sigue ¡pero qué firma!!!)
«'Per me si vá nella citta dolente,
'Per me si vá nell' eterno dolore,
'Per me si vá tra la perduta gente.

He dicho. Luis Mazzantini.

(Frases cortas, pero expresivas.)
«Uno que ni pincha ni corta, pero que vio las cuevas».
«Uno que cuando estuvo en ellas no las vio»
. «¡Loor á la Naturaleza!!!»
«¡ ¡ ¡ ¡ i ¡ ¡)»
«Gloria á Dios en las alturas, y paz en la tierra á los hombres de buena voluntad».
«El que diga que esto no es bonito que se lo cuente á su abuela».
«¡Avergonzaos, arquitectos!»
«¡Con cuánta razón nos envidian los extranjeros!»

(Otro pensamiento sublime y prudente.) «En el año 1874 visité las cuevas, y hoy día de la fecha las vuelvo á visitar en compañía de las dos personas que firman. Dios quiera que volvamos á vernos juntos otras veces, en perfecto estado de salud. A. D. G.»

(Y por fin otro que añade, para concluir artículo y pensamientos.) «En las magnificencias de las cuevas se admira la mano de Dios: En las páginas de esta libreta se ve, si no se admira, la estupidez hermosa de la humana criatura».

Santiago Rusiñol
Palma de Mallorca, abril 1893.

Santiago Rusiñol: Desde una Isla / Más cuevas (La Vanguardia, 18 Abril 1893)

Rusiñol: 'Desde una isla' En las cuevas de Artá

fabian | 02 Juliol, 2013 17:02

No me es fácil encontrar información sobre Rusiñol y no porque no la haya, sino porque la que encuentro es a grandes trazos, pasando muy por encima las estancias en Mallorca. Más difícil me resulta poder complementar estos escritos periodísticos con las pinturas de Rusiñol. También ocurre que estas entradas en Alta mar nacen día a día, sin preparación previa, sin haber buscado materiales con antelación y haberlos preparado. Es lo que tiene publicar cada día.

En el año 2007, en Es Baluard de Palma se realizó una exposición: "Rusiñol, la pasión por Mallorca". Cuando la visité tuve que dejar la cámara grande en la entrada, por lo que me planteé no volver. Editaron para la ocasión un catálogo con algunos textos de estudio de la obra pictórica de Rusiñol. "Del iluminismo y el simbolismo a la estampa japonesa" indica el título del texto en el que Isabel Coll explica los cuadros de la exposición. Cuenta que en febrero de 1893, acabada la tercera exposición conjunta de Rusiñol, Casas y Clarasó, acompañado Rusiñol de Genis Muntaner; Raimon Casellas, novelista y crítico de arte, Frederic Gomis y del médico Manuel Font, se vinieron a Mallorca. Los compañeros de Rusiñol sólo estuvieron una semana, "después de haber recorrido lo más notable y curioso que esta isla ofrece a los visitantes", dice La Almudaina, dirigida entonces por un hijo de Miguel de los Santos Oliver. Rusiñol se quedó dos meses para pintar. Época iluminista: "la luz era la principal protagonista de las obras hechas en Mallorca. Amplios espacios vacíos donde el sol incidía, posibilitando marcados contrastes de luz y sombre" dice la autora del estudio. En Mallorca, la fuerza lumínica aumenta, ..."el contraste entre luz y sombra se manifiesta en dos obras «Pont sobre el fossat» y «Al costat de la Porta de Sant Anton», que destacan porque una zona fuertemente iluminada contrasta con un primer plano resuelto con un singular efecto de sombra".

pintura
Santiago Rusiñol: "Pont sobre el fossat", 1893

Desde una Isla / En busca de salida

Eran altas horas de la noche y aun seguíamos andando por un camino interminable de la isla. La misma luna que alumbra los continentes, aquella pálida luna cantada por tantos y tantos poetas, aquel astro de la modesta clase de satélites, centro indiferente de miradas melancólicas, aquel reflector de luz que más ó menos difunto se pasea en la anchura del espacio con peligro de dar contra una estrella de los miles de millares que por allí andan con itinerario fijo también, con ser tan grandes, como con itinerario andamos nosotros miserables pigmeos de la estrella de la tierra! aquella luz, en fin, de la noche, alumbraba humildemente el camino y dibujaba nuestras pobres siluetas sobre el polvo.

Íbamos andando á pie, que el caballo no podía ya con nosotros, ni con sí mismo, ni con nadie, é íbamos cabizbajos. ¡Lo que es el hombre! Estábamos en una isla, en una pequeña parte de un planeta, que con perdón sea dicho, si lo borraran del cielo nadie lo echaría de menos en el ancho firmamento; recorríamos tan sólo un pedacito de tierra, un punto blanco perdido en un baño azul, y ¡nos cansábamos, y nos sentíamos sin fuerzas, y sufríamos de abatimiento! cuando esas luces del espacio, sin darse ni un momento de reposo, recorren por minuto un número de kilómetros con larga cola de ceros, llevados de sus alas, de sus inmensas alas misteriosas. ¿Por qué no hemos de tener nosotros unas alitas, por pequeñas que fueran, para ir y venir de la isla al continente,del continente á la isla ó donde quiera? ¿Por qué un pajarraco cualquiera ha de poseer facultades que el rey de la creación compraría á cualquier precio? «El hombre tiene las alas del genio,» nos dirá el que quiera llevarnos la contraria, «el hombre tiene potente imaginación que anda más que los trenes españoles.» «Estamos cuasi conformes» diría el sujeto aquel de Pollensa, pero nosotros poco provistos de estas cómodas retóricas, seguíamos el camino alumbrados por la luna, y ni un pueblo vivo ó en estado talayótico aparecía, y hasta hubo un momento en que temimos dar vueltas sobre nosotros mismos, rodando sobre el eje de un círculo imaginario.

¿Quién sabe, volvimos á pensar filosofando (no habíamos cenado) si en estas cuevas de Artá que vamos á visitar encontraremos un paso que nos libre de éste en que nos vemos cautivos por nuestra mala cabeza? Es tan extraña la tierra! El subsuelo nos guarda tantas sorpresas! El mundo está tan carcomido y se hicieron tantas minas en tiempo de los feudales que iban de una parte á otra para pasar el contrabando! No hay duda que la isla ha de tener tuberías que vayan al continente y que Artá puede ser el salvamento que buscamos. «Andemos, pues, amigos mios, firme la fé y serena la mirada.»

Y anduvimos, y andando andando llegamos por fin al pueblo y en su regazo nos dormimos y soñando ó sin soñar nos despertamos y salimos para las cuevas guiados de nuestro práctico, toda cuya práctica del mundo consiste en entrar y salir de aquellas grutas, que ni él comprende, ni hay quién haya comprendido.

pintura
Santiago Rusiñol: "Al costat de la porta de Sant Anton", 1893

Allí al pie de la cueva se encuentra un pequeño bosque retirado en un remanso.Grandes pinos, con su grata aroma de selva se levantan sobre tupida pradera, dando sombra á una gran mesa de piedra parecida á un altar de sacrificios de los hombres primitivos; levántense los troncos, en desigual espesura, y corre un espejo de agua reflejando aquellos fornidos árboles que prestan al encantado rincón una bienhechora sombra. Llega el mar hasta allí con tal sosiego, tal arisco perfume del bosque aspiran en él los sentidos, tan grato es el ruido de las hojas moviéndose suavemente al impulso de una brisa cadenciosa, tal poesía de la buena se respira, es tan transparente el cielo, tan apacible el lugar, tan bañado de luz y sobretodo inspira todo ello tranquilidad tan druídica, que hace detener el paso y vacilar el pensamiento, dudoso de meterse en ignoradas honduras, dejando aquel encanto del día para entrar en el reino de la noche, cuyas fauces tragadoras se abren á la entrada de la cueva.

En ella entramos, sin embargo, llevados de aquel deseo y de aquella curiosidad de viajero, y entramos despidiéndonos del mundo y de sus galas, confiando la vida á la ventura. Por de pronto subimos una serie de escalones, bajamos por un camino estrechísimo y llegamos hasta el fondo de un fondo, negrísimo y tenebroso. La luz entraba todavía, vacilante, en el fondo de aquel fondo; una luz azulada y débil como un suspiro, una luz de calabozo; una luz agonizante como luz de gótico ventanal herido por los últimos rayos de un sol que vá al ocaso, con sus fibras de plata dibujaba las aristas de raras estalactitas, se deslizaba en la bóveda, se apoyaba dulcemente en los rebordes, y vagaba como en un limbo soñado. Aquí y allá dejaba una sombra horrible, una visión de pozo sin límite ni relieve, una mancha sin fondo que los ojos rechazaban espantados; ya más que diáfana claridad, fue una esperanza refleja; ya más que luz fue un recuerdo de ella misma, y así, bajando siempre, sentimos la sensación de que se apagaba el mundo. Confieso que aquella fue la más profunda impresión que tenía que llevarme de la cueva. Aquel adiós á la luz, aquella presión siniestra de la oscuridad absoluta, diéronme frío en el alma. Sentí como un terror de haberme quedado ciego, un malestar de no saber donde me hallaba, y por más que la razón me decía que todo aquello era remediable y pasajero á voluntad, con tal rapidez apoderóse de mi la nostalgia del ambiente, del aire libre, de la atmósfera y de la mirada del sol, que me hubiera marchado solo, á saber hacia que lado se encontraba la salida.

Pero pronto, acostumbrados los ojos á la luz artificial, aclimatados á la vaga indecisión, fueron distinguiendo detalles y más detalles y gozaron de un algo desconocido. Vieron nacer tenues columnas suspendidas de lo alto bajando gota á gota y estirándose para besar á sus hermanas que van subiendo del suelo con la lentitud de los siglos; diabólicas figuras de formas de aparecidos y de fetos de fantasmas, piezas de una loca y espléndida arquitectura, ciclópeos trabajos de Hércules labrados por manos de pacientes pigmeos. Aquí, de entre lo vago de las augustas tinieblas, veíase surgir la silueta de un dragón misterioso, elevarse la figura de una estatua bizantina con sus pliegues lánguidamente caidos; bajar en arabesco dosel un cúmulo desmayado de tenues estalactitas; más allá, donde no llega la luz, más que verlas, se adivinaban otras extrañas quimeras y más santos y más ídolos y más raras siluetas borrosas como recuerdos perdidos; veíase aquí una columna de alabastro sin un pliegue en su esbeltísimo fuste, levantábase allí una palmera y descubríase de vez en cuando un abismo, dentro del cual lanzando en su fondo una piedra se la oye chocar sordamente contra el muro, como macabro sonido, y bajar á lo profundo y perderse allá en aquellas lugubridades parecidas á los encantados sótanos que soñábamos con horror en los sueños de la infancia.

Una sala se encuentra, donde suenan las paredes como un órgano, donde tiene cada fuste su palabra. En aquella soledad, donde no se oye ni la misma voz del silencio, donde la bóveda es tumba, donde la muerte parece como que oprime las sienes, aquel ruido sonoro vibra al oído como consuelo dulcísimo. Es el arte en su virginidad más pura, el embrión de la música, e! sonido brotando de la misma tierra y naciendo para crecer nota á nota como gota á gota se ha formado aquel caos de sublime sutileza. ¡Cuántos años de labor, de esa labor paciente de la gran Naturaleza, fueron necesarios para labrar aquel antro portentoso! ¡Y pensar que podría formarse de lágrimas una cueva como aquella, reuniendo las que se han llorado en el mundo, tanto han sufrido los hijos del planeta que habitamos y tan viejo es y tanta indiferencia tiene! «Se conoce que para hacer este edificio no se pagaron jornales», diría aquel menestral de la novela de Murger; y tendría razón diciéndolo, que aquí el hombre es admirador de una obra que no es suya y un espectador pasivo; ¡aquí el hombre es un pobre hombre!

pintura
Santiago Rusiñol: "Moll del Jonquet" 1893

Bajamos más por entre aquel laberinto, cruzamos por angostos pasadizos, y pasando por detrás de un recodo estrecho como una mina, llegamos á la sala titulada del Infierno. Es una sala que podría firmar el Dante; una cueva que da pavor, y que tiene la sublime poesía de lo horrible. Allí, las estalactitas son negras como el carbón, de un negro de fuego muerto, de un negro de cueva enlutada; los fustes de las columnas parecen los troncos de una selva enterrada en los primeros momentos de la formación del mundo, las paredes diríamos que han sufrido las torturas de un incendio, y la estancia toda parece ser la de un infierno que se ha ido apagando lentamente.

La verdad es que en aquel fondo no sabíamos si gozábamos ó sufríamos. Siéntese una sensación de peligro, pero de peligro hermoso, un goce de admirar aquel portento mezclado del temor de tener que admirarlo más tiempo del deseado, en caso de perderse en aquel local terrible; un deseo de continuar allí, con ganas de marcharse al mismo tiempo. Uno tras otro seguíamos al guía, observando de vez en cuando sus menores movimientos: si mostraba vacilación en el paso, si palidecía su rostro, si tenía intención de desmayarse; le mirábamos como á un enfermo de cuidado; mirábamos aquella luz como debían mirar la de la Estrella los tres Magos, y él continuaba explicándose, explicándose sin cesar, y nosotros no escuchándole, embebidos ante el espectáculo que cambiaba á cada paso á nuestros ojos.

Imposible saber el camino que seguíamos, tal era de intrincado, irregular y genial, si así pudiera decirse. Allí comprendimos una vez más, que puede existir la belleza sin aquella simetría y equilibrio tan cantado por los viejos académicos: allí era todo inesperado, todo nuevo, sublime todo en su desigualdad perfecta y por allí seguíamos, ya teniendo que agacharnos, ya entrando en un recinto donde el techo se perdía por unas alturas á donde no llegaba la luz, y bajando siempre, como si quisiéramos llegar hasta el centro de la tierra, llegamos al salón de las Banderas.

Llámase así por unos lienzos de peña suspendidos de las columnas, y es quizás el mayor de los salones de aquel palacio misterioso. Dejónos el guía solos con nosotros mismos y trepando por senderos que sólo él ha seguido, le vimos alejarse con la antorcha, subir por entre las peñas, ocultarse detrás de los pilares, y por fin aparecer allá en lo alto, dibujándose su sombra en los peñascos, en inmensa silueta. Hubo un momento en que aquel hombre insignificante nos pareció grandioso. Colocado en aquella altura é iluminado por un fuego de bengala, adquirió proporciones de diablo, de ser maravilloso, de genio de las grutas, ó de fantasma de la noche. Con la luz en la mano, mostrábanos columnas y más columnas que bajaban de lo invisible y se hundían en lo desconocido, grupos de flores petrificadas y plantas inverosímiles, ríos de espuma aglomerados por encanto, aristas sosteniéndose por milagro, paisajes fósiles, visiones submarinas, y qué se yó cuántas locuras espléndidas de la casualidad más hermosa. Fue aquello una apoteosis grandiosa, un final deslumbrador, porque acabado aquel fuego, volvió á apagarse la tierra, á reinar aquella oscuridad solemne, aquel caos de tinieblas que daba angustia y tristeza.

Habíamos llegado al confín de la cueva. «Hasta aquí llega mi distrito» (vino á decirnos con su lenguaje confuso el cicerone). «Mas allá, no ha sido hollado todavía por el hombre» Miramos, ó mas bien sentimos á nuestras plantas aquel «mas allá» terrible y nos quedamos pensativos. ¡Qué habrá en el fondo de este enigma de la tierra! Que de misteriosas y vírgenes soledades debe ocultar en su seno condenadas á una oscuridad eterna! «¡Oh Sol! tú eres el gran consuelo del mundo. Ya que aquí el camino que conduce al continente es tan siniestro, á ti corremos en busca de tu mirada.»

Y desandamos lo andado, y volvimos á pasar por los caminos estrechos, y por las grandiosas salas y por los senderos tortuosos, en busca de aquella luz que deseaba nuestro espíritu, de aquel Sol que nos aguardaba enviando sus destellos á la entrada de la cueva.

Jamás le vi más hermoso, ni más claro, ni echando más fulgores, ni derramando más oro. A su vista parecióme salir de una pesadilla y renacer á la vida, hízomie llorar los ojos que querían mirarlo agradecidos, y declaré que los pueblos de la India que le adoran, no pueden ni podrán ser nunca salvajes.

Santiago Rusiñol
Palma de Mallorca, abril.

Santiago Rusiñol: Desde una Isla / En busca de salida (La Vanguardia, 09 de Abril 1893)

Rusiñol: 'Desde una Isla / En busca de un istmo'

fabian | 01 Juliol, 2013 17:07

Continúo con los artículos que Santiago Rusiñol publicó en el año 1893 en La Vanguardia. Era el primer viaje que realizó a Mallorca.

En este artículo utiliza la expresión "montañas azules". Se cuenta que las montañas italianas tienen una tonalidad rosa, mientras que las de Mallorca son azuladas. Hay un libro de Manuel L. Alonso titulado La isla de las montañas azules (1992) cuya trama se desarrolla en Mallorca.

Desde una Isla: En busca de un istmo

La vida de ciudad empezaba á cansarnos. Deseábamos salir al campo para ver de cerca las montañas azules que asomaban detrás de Palma; queríamos saber dónde iban á parar aquellas bien cuidadas carreteras que salían del mismo Borne como los rayos de una estrella de los vientos y sobre todo (dicho sea con toda la reserva que puedan tener las letras de molde) queríamos estudiar las costas con cuidado, por si acaso encontrábamos un itsmo que buenamente se uniera al continente, pues aunque todo el mundo aseguraba lo contrario, pensábamos que á veces la fuerza de la fé encuentra lo que »o han visto los fabricantes de planos.

Además, según saben personas de muchísimas creencias, Monsieur Urbán fué el primero que llegó hasta esta tierra por rumbo desconocido. Y esto nos daba alientos para buscar en los más pequeños pliegues del terreno, un paso, por malo que fuera, que nos sacara en seco de esta isla problemática cuando llegara el momento de marcharnos.

Fuímonos, pues, á la estación, tal como suena, que estación hay aquí, con ferrocarril de verdad, y con todo su juego de máquinas, frenos, furgones y coches de pasajeros. Es verdad que el tren es un tren que vacila entre los caros y los llamados económicos, que más que á fuerza de vapor parece que ande dándole cuerda, pero al fin y al cabo es elegante y brioso en llegar á paradero. Y marchó sin separarse ni un momento de la vía.

pintura
Castell del Rei, Pollença. Pastel y lápiz sobre papel. Sin fecha.

Siguiendo ésta, fuimos andando entre un alegre y bellísimo paisaje. Sin duda para obsequiar nuestra visita se había dispuesto que brotaran á la vez los almendros que se hallaban á lo largo del camino, fineza que agradecimos en extremo, pues fue un regalo á los ojos, digno de testas coronadas de buen gusto. Por ambos lados de la vía, no se veía más que ancha sábana blanca, destacando sobre una alfombra de matísima verdura; corría el aroma muchísimo más que el tren, pues en él nos alcanzaba, dándonos á respirar un aire suavemente embalsamado; y abiertas de par en par las ventanillas, parecía que nadábamos velozmente sobre un lecho de flores. Aquel tren, no era un tren para dormirse, como tantos que tienen el mal acierto de pasar por países feos é indiferentes; aquello no era hacer viajar el cuerpo, sino acompañar al espíritu, para que se embriagara á sus anchas de paisaje bien servido. Pasados los árboles de las flores, venían los olivares, grises de hoja y plateados como todos los de su clase, pero más viejos que los demás, más abierto el corazón por sus caprichos de árbol, tomando más extrañas actitudes, formas más inesperadas y siluetas más fantásticas; seguían luego los higuerales y algarrobos dejando caer sus brazos desmayados hasta el suelo; de nuevo volvíamos á la blancura, destacada de vez en cuando por la nota bronceada de limoneros ó naranjos, ó por la augusta palmera, gozando en cimbrearse con la oriental indolencia que sufren estos románticos árboles... Y aquí un pueblo, allá una visión de montañas, no pudimos dar tregua á la mirada, saltando de ventanilla en ventanilla, para ganarnos panorama de ida y vuelta, hasta llegar á la Puebla.

Allí bajamos y subimos. Bajamos del tren y subimos á un carril, nombre que aquí se da á la tartana por razones que datan de remotísima fecha. En él volvimos á andar con noble perseverancia, vigilando á los lados del camino, á fin de ver si divisábamos algún talayot auténtico, que por allí debía haberlos, según nos habían informado.

Son los talayots habitaciones de los primeros pobladores de Mallorca, monumentos megalíticos, casas ciclópeas, ó habitaciones terrestres de las edades prehistóricas, según dicen la mayor parte de los sabios. En lo que estos no están conformes (jamás he visto que los sabios lo estuvieran), es en saber si esas hoy rústicas casas fueron fincas urbanas de los celtas, de los íberos, de los hunos ó de los otros. Están formadas de grandiosos pedruscos; no tienen más que bajos, y son propiedades que debían producir muy poca renta á los honderos baleares que eran sus dueños legítimos. Es verdad que estos eran hombres de pocas necesidades. Su afán era tirar piedras á todo bicho viviente y aun á las mismas personas, construirse su talayot y esperar el porvenir, sin pagar contribución, ni sastre, ni médico, ni abogado. El pan debían ganarlo los chiquillos haciéndolo caer á pedradas de un punto dificilísimo, donde lo colocaba la madre. Esta vivía en gran estima y el hombre iba de mercenario á la guerra ó defendía la integridad de la patria, No conocían el oro, ni lo querían conocer para no viciarse y perder las formas esculturales, y en el mercado de esclavos daban cuatro hombres por una sola mujer, lo que prueba que eran filósofos en extremo y personas de buen gusto, y que aquellos talayots cobijaban gente feliz y de costumbres dignísimas.

pintura
Castell del Rei, 1902

Todo esto sabíamos de su historia, pero no veíamos un talayot en todo el llano. A cada montón de piedra que divisábamos á lo lejos, nos latía el corazón; á cada volver del camino lanzábamos la mirada que debió lanzar Napoleón en busca de las pirámides, para ver si asomaba un talayotito pequeño, y no veíamos nada que nos diera esperanzas talayóticas; una vez bajamos del mismo carril: y ¡oh dolor! lo que creíamos megalítico y ciclópeo fue barracón de nuestros míseros dias!

La historia y la prehistoria huían de nosotros, pero Pollensa, la Pollencia romana se acercaba y á las diez de la mañana llegamos á lo que debieran ser sus murallas en caso de estar la villa fortificada. No lo estaba, ni es el pueblo, pueblo de armas tomar, ni rico en monumentos antiguos, pero en cambio goza la paz de su hermosura, en el regazo de un valle que envidiara una ciudad de Oriente y vive feliz en aquel rincón de mundo, viendo brotar el azahar de sus naranjos, para dar fruto de oro en aquel fondo de continua primavera.

Una sola portada vimos que nos pareció interesante. Mirábamosla desde la calle, curiosos, cuando saliendo de la tienda un personaje, rarito «él», díjonos, seriamente plantado en seco delante de nosotros: «¿Estáis mirando la fachada?. Estoy conforme. Tengo los documentos de cuatro linajes. Estos linajes son Morgaz, y los guardo en pergamino.» — Podéis guardarlos, si os place, contestamos. Estamos conformes, y con vuestro permiso nos vamos á la posada, caballero, á comer también cuatro linajes de aves, con carne de pergamino.

Así lo hicimos, y acabado de comer presentóse un paje con cuatro bestias de la raza de los mulos. Subió Gomis de un salto en uno de ellos, montó otro Casellas á la inglesa, el tercero Font á la irlandesa, y en cuanto á mi humilde persona, arréglela como pude en lo alto del animal que me cabía en bien malhadada suerte, el cual llevaba tal enredo de monturas y tan gallardemente anchurosas, que había para volverse loco buscando su uso y significado. A pesar de ello trotaron las bestias hacia el castillo del Rey, á donde nos dirigíamos á visitar sus ruinas. A veces, las nobles cabalgaduras se empeñaban en andar de un modo que no era andar, tal era su calma ó filosofía, y ni con súplicas, ni tirando de aquel juego de cuerdas y correas, ni insultándola con malos modos, se movían del sitio de sus misteriosas preferencias; á veces una de ellas se escapaba, llevándose á cuestas á uno de nuestros amigos, al cual veíamos maniobrar á lo lejos tirando del bocado á toda máquina, y creíamos perderlo para siempre en aras de aquel furioso torbellino; por fin, movidos de un resorte ignorado de nosotros, quizás guiados por el instinto de imitación, todos los mulos se ponían á correr juntos, y entonces eran de ver las posturas que tomábamos á caballo, ora cayendo sentados de perfil sobre la bestia, ya dándole las espaldas ó bien agarrados cerca de la misma cola, según el movimiento impulsivo que sufríamos en aquel terrible trance.

Lo más triste era que tales escapadas contra nuestra voluntad, acontecían al presentarse un punto de vista hermoso, y á fé que menudeaban. Seguíamos por un valle coronado de peñascos y sumamente variado. Tan pronto el paisaje se presentaba de una aridez parecida á las fotografías de la luna, como cruzábamos por entre frondosos bosques, aquí un grupo de cipreses, allá las encinas formaban compactas masas y entre pedruscos subíamos siempre acercándonos á las ruinas.

Destacáronse éstas por fin en lo alto, en lo altísimo de una peña, sostenidas allá arriba por milagro. Nunca hemos visto castillo aguantarse en punto más peligroso, ni ruinas más bellamente salvajes, ni es posible que haya fuerte más difícil de escalar. Por murallas tiene verdaderos precipicios, por fondo el vértigo y el mar por foso. Aun yendo en son de paz como íbamos nosotros, costónos gran trabajo el escalar aquellas breñas, el entrar en aquel fiero recinto, el llegar allí donde anidan las águilas solamente.

Digo mal, porque el Inglés ¡aquel inglés! ya estaba allí, quizás desde el día antes, compartiendo con los halcones. A pesar de éstos y de él las ruinas eran espléndidas y el panorama sublime. Toda la costa, recta, acantillada, cortada de un solo trazo, se exendía con relieve gigantesco y entraba en el fondo del mar, hasta perderse en Dios sabe qué inmensas y hermosas profundidades!

No había duda, ¡estábamos en una isla!!! Allí se veía su forma redondeada, sus altísimas paredes, sus cimientos misteriosos! Era una isla que parecía brotada de las entrañas del globo, una isla nadando, una isla «rodeada (¡ay!) de mar por todas partes!!» ¡Y qué hermoso estaba el tal mar de nuestras pasadas penas! Qué tranquilo parecía á la mirada, qué transparencia la suya, y cómo bordaba la isla con los besos de sus labios, disimulando su furia á los ojos embebecidos! ¡Cómo hacía soñar en sus paisajes submarinos, en sus bosques de algas, en su finísima piel de arena voluptuosa, durmiendo inmaculada allá en el fondo del fondo de sus aguas, atrayendo á su lecho á los pobres navegantes! Oh, mar! Así me gusta mirarte, á lo lejos, haciendo de fondo á la tierra! tu misión es servir para línea de horizonte! Aquí mismo te tragas, con la atracción de tu vértigo, la obra lenta de los hombres! De este fiero castillo, hoy engulles una piedra en tus senos profundos; mañana otra, otra más tarde, y una á una ves que ruedan hacia tí y que bajan vacilantes entre tus pliegues sin que se calme tu furia! No ha de engañarme tu hermosura. Ya que esto es isla, á un globo recurriremos para marcharnos sin tener que correr sobre tu hipócrita faz, oh mar nefasto y embustero!!

Esto pensado, dejamos el castillo y el Inglés, y nos marchamos á los primeros rayos de la luna que tuvo á bien presentarse para mayor lucimiento. A su pálida claridad (perdón por el ripio) llegamos de nuevo al pueblo: si tristes por las noticias y convencimientos descritos, sumamente impresionados, y dejando el material de caballos, y subidos otra vez en el carril seguimos nuestro camino.

Esta vez era de noche. No solamente no llovía sino que hace mucho tiempo que no llueve en esta isla, sufriendo la agricultura, los intereses materiales y... muchos otros intereses que se prestan á lucirse, pero de los que no hablaremos porque llevábamos prisa y teníamos que viajar á todo trapo.

Toda la noche viajamos, y apenas si nos detuvimos en Alcudia que bien merece la pena de hablar de sus murallas medioevales; y viajamos á la mañana siguiente y por la tarde continuamos viajando. Habíamos equivocado las medidas, ya que la isla era mayor de lo que señalaba el mapa y los caminos se hacían interminables. Siguiéndolos pasamos por la Albufera, cruzamos llanuras sin fín, vimos conejos, oímos cantar perdices, y con estas gratas distracciones, volvió á llegar la noche y á no llover otra vez y á sufrir la agricultura y á no llegar nunca á puerto.

Por fin tuvimos una sorpresa agradable: Alto el carro, dijo Font: —Un talayot á la vista. Bajamos y realmente lo era. Sus piedras más ó menos megalíticas, su ciclópea estructura, y su puerta intacta cubierta por su grandísima losa. ¿Quieren ustedes entrar?, se atrevió á decir el tartanero. —No, mil veces no, dijimos todos a la vez. De seguro que dentro debe de estar el inglés tomando apuntes.

Y continuamos viajando.

Santiago Rusiñol.
Palma de Mallorca.

Santiago Rusiñol: "Desde una Isla / En busca de un istmo (La Vanguardia, 2 de Abril 1893)

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