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Santiago Rusiñol: 'El mal del país'

fabian | 04 Juliol, 2013 11:50

Algo impactante este artículo de Santiago Rusiñol. Preocupante como los datos sobre la educación en las islas. "aquí abundaban mucho los hombres indiferentes, que no se preocupaban de arte, ni de letras, ni de ciencias, ni de otras majaderías que estimulen á un verdadero progreso", indica el pintor de los jardines y habría que preguntarse cuál es el "clima cultural" de la isla.

Desde una Isla / La enfermedad del país

Habíamos vuelto á Palma. Mis amigos, atrevidos hasta el arrojo y desafiando nada menos que las iras del mar Mediterráneo, habían resuelto marcharse al continente y estaban á bordo esperando que tocara la hora funesta de salida.

Trabamos allí las palabras que se usan en esos casos de despedida, encargos de abrazos y recados que no se suelen dar y que se continúa encargándolos por la fuerza de la costumbre; momentos de silencio por haberse agotado las frases de circunstancias, sentimientos que no se aciertan á expresar y quedan dentro, y palabras que salen sin sentido; deseos de marcharse con los que marchan, y por fin agitación de pañuelos cuando el barco empieza á andar, dejando rozagante su blanca cola de espuma.

Seguido de ella vi alejarse el trasatlántico, serio, majestuoso y embistiendo ¡ay! aquellas olas; le vi más lejos en el mismo borde de la línea de horizonte; le vi, por fin, desvanecerse, y parecióme entonces (¡otra vez ay!) plantado en medio del muelle, que me quedaba solo en una isla solitaria.

Allí me estuve largo rato meditando, vago el pensamiento y con la indecisión de un vacío, sin brújula en la voluntad ni movimiento en las piernas y sobre todo sin acertar á escoger el camino que tenía que seguir para ir á alguna parte y alejarme de aquel muelle.

pintura
Santiago Rusiñol: Jardí senyorial (1902)

Anduve por él maquinalmente y sin rumbo fijo, distrayéndome á cada paso, ya mirando la carga y la descarga, ya las aguas ondeando soñolientas, ó las barcas con sus marinos dormidos á la sombra de la vela, ó á algún pescador de caña anonadado bajo los rayos de un sol que adormecía el espíritu.

Cansado de no hacer nada, me senté para librarme de aquella especie de letargo, y traté de pensar en el porvenir que me aguardaba en la isla, de cómo saldría libre de este hermoso atolladero; pero el aire era tan tibio y tan suave, era tan dulce la sombra y bienhechora, llegaba el salobre olor del mar tan embreado y agradable y era tan embriagador el reflejo de la luz, que poco á poco sentí que se cerraban mis ojos, que me moria de venturosa pereza, que no era dueño de mis fuerzas, y que, sin otras retóricas, me iba quedando dormido.

Jamás sin soñar nada, soñé tanto. Aquello fue estar en el limbo, vivir sin pena ni ventura, y no ser ni de la clase de vivos ni de la otra de difuntos. La vida pareció alejarse de mí mismo, tranquilamente, sin tropiezos ni sobresaltos, y me quedé morfinizado, embriagado de un opio disuelto en el mismo aire ó nacido en la isla y la sangre dejó de seguir su curso, y paróse el pensamiento, y me desmayé por dentro como si faltara cuerda á mi máquina y mi vida se hubiera paralizado. No sé el rato que pasé en este estado de beatitud pasiva y de modorra espiritual; sólo sé que soñé que me había vuelto moro sin renunciar al bautismo, que no comía más que dátiles y chuletas de gacela, que me pasaba los días descansando de las fatigas del descanso, que todo el mundo era cama donde echarse á dormir, sin dormir ni estar despierto, y que pasaban los años sin lluvias ni aguaceros, para llegar á la muerte y cambiar de dormitorio.

Aquel estado, comprendí que no era estado natural, que no había de qué, para así desfallecer, y que por fuerza había una causa de clima ó de lugar que me tenía suspenso, y me daba aquel sueño forzoso. Sacudíle como pude en un arranque de esos que á veces tiene el hombre ocultos allá en su interior profundo y levantándome con arrebato sublime, sin consultar mi ánimo que se hubiera quedado allí por los siglos de los siglos, llevéme el cuerpo á la fonda, y ya en ella esperé, sino dormido, sentado á que el porvenir llegara.

La Semana Santa fue el porvenir que llegó, y llegó acabando de enlutarnos y de dar á la población más carácter de tristeza. A medida que avanzaba la semana, esas calles tan estrechas como hermosas, tan llenas de carácter como desiertas de gente, quedáronse más desiertas todavía y al parecer más despobladas; en las plazas, en los paseos y en todas partes fue cesando el movimiento, paráronse los coches, callaron las mismas campanas, y Palma quedó aletargada como un gran reloj sin marcha. En aquella soledad de ciudad muerta, viéronse entonces cruzar las figuras enlutadas, compungidos los semblantes y lento el paso; viéronse como soñolientos los hombres y con aire místico y compungido las mujeres; vióseles dirigirse á la catedral y entrar por sus grandes puertas como puntitos negros destacando de la gran mole dorada, vióseles en el interior sublíme, prosternados bajo la bóveda esbelta, y de nuevo salir hacia la calle, é ir á otras iglesias, andando siempre cual siluetas silenciosas. Reunidas más tarde en dos filas ondulantes y compactas, vióse entre ellas pasar la procesión con esa vaga tristeza que causa el silencio de las grandes multitudes. Unos timbaleros viejos y vestidos á la antigua abrian la marcha, y de modo tan lúgubre tocaban y andaban tan lentamente, que parecían llevar el compás de aquel sosiego, de aquella calma simbólica, de aquella paz de entierro del hombre mismo; seguían los penitentes en dos filas, largas, interminables, con sus vestas de diferentes azules; oscuro éste y verduzco aquél, desteñidos la mayor parte, ó de tonos rechazando la alegría ó, más bien, conductores de la angustia; de vez en cuando pasaba un hombre descalzo, oculto el sufrimiento de su rostro á lo fantasma, ó bien un amor de niño vestido de tristeza á los cuatro años; ora era un misterio ó una virgen llevada en andas, delante de la cual se inclinaba todo el mundo, ó seguía una banda tocando una marcha fúnebre, ó continuaban las vestas dibujando su negra y tétrica silueta sobre el cielo, teñido ya de colores moribundos.

Una bandera pasó, cuyo color he de recordar toda mi vida, como color de la muerte. Era de un tono indecifrable, de un gris de violeta marchita, de un tinte de hoja seca con cambiantes de un luto desteñido y como borrado; tenía la patina del ex-voto, y la mate palidez de los lienzos enterrados, y volaba en el aire sin recibir un reflejo. Tan vaga era aquella nota y tan lúgubremente enferma, que agravó aquel estado de apatía que sentía crecer y apoderarse de mi ánimo, aquel amodorramiento del muelle, una dejadez en el alma que atribuí á la tristeza del día.

Pero vinieron otros más alegres, y noté en mí el mismo mal, que iba creciendo como un dengue psicológico y aumentando el lacio decaimiento que me tenía cohibido. ¿Qué será esto? pensaba. ¿Habrá en el aire un microbio inexplicable? Será el azul del cielo que hipnotiza entrando por la retina, ó el mar quizás, que con su eterno balanceo adormece el espíritu? Será la belleza del sitio, que inclina á la muda contemplación y paraliza el movimiento?

pintura
Santiago Rusiñol: Jardí de l'ermità. Miramar (1919)

No lo sé, pero empezé á notar que ese mal que me aquejaba éramos muchos á sufrirlo en esta isla. Empezé á notar que aquí abundaban mucho los hombres indiferentes, que no se preocupaban de arte, ni de letras, ni de ciencias, ni de otras majaderías que estimulen á un verdadero progreso; que un fluido de fatalismo á lo árabe, había esparcido en el medio ambiente, matando de indolencia toda iniciativa; que el hombre esperaba muy poco de sus fuerzas, que se dormía lentamente bajo el hermoso esplendor de un cielo inmaculado y en brazos de un clima bueno como el mismo pan y que sólo despertaba de ese letargo indolente al triste son de la política, para lanzarse á las míseras luchas de partido, con una actividad digna de más grandes empresas.

Noté también, que del partido lo espera todo este pueblo tan bueno y tan tristemente engañado! Noté que no cree en sí, ni en sus esfuerzos individuales, y que viene acumulándolos con el fin de levantar hombres con sus espaldas, de los que espera dones sin cuento, y milagrosos portentos; que despierta un momento de su fatídico sueño para ir á la batalla y de vuelta de ella vuelve á dormirse en el dulce regazo de la isla y á soñar en los bienes terrenales que han de alcanzarle sus ídolos.

¡Pobres ídolos, y pobres devotos! Dios quiera que se conviertan en dioses los primeros y logren el bien que esperan los segundos. ¡Que nuevos desengaños no vengan á aumentar el fatalismo que aquí reina! esa paz desarmada, precursora de suprema indiferencia! Debido á ella (triste es decirlo!) emigran todos los días artistas y literatos, cansados del anónimo que mata las ambiciones, caen los viejos monumentos en tanto que callan los que pudieran hablar cansados de predicar en desierto. Debido á ella, vemos que un día pegan sin tino una fachada que disfraza á la pobre catedral, otro se convierte en presidio á una joya arquitectónica, ayer dejóse marchar los tesoros arqueológicos en manos de ávidos extranjeros, y hoy mismo, á la vista de todo el mundo, trátase de cometer un verdadero atropello, arrancando el precioso balcón de la casa de la villa, que es quizás lo más típico que la Palma nueva conserva de la Palma de otros tiempos.

Sin embargo, entre esa indiferencia, consuela ver brotar esta juventud estudiosa y entusiasta, estos hombres que aquí viven como emigrados del arte y de las letras y, solos cuasi, estudian y trabajan con un amor que saben que no ha de ser correspondido. Hasta ellos, hasta estas selectas minorías, no ha llegado el mal aire todavía, y es que solos con sus libros, no han sufrido del contagio, y el archivo y el natural han sido sus lazaretos; ellos trabajan á pesar de la agena indiferencia, encontrando un consuelo en la soledad del estudio; ellos trabajan mirando siempre á lo lejos, que nada aviva más el deseo de saber que el ser víctimas del desprecio de las grandes multitudes. ¡Dichosos ellos! Dichosos los que viven encerrados en sí mismos, que hasta ellos no llegan las pasiones de los hombres inferiores! Dichosos ellos, que si á veces desfallecen es para volar luego más alto, que á pesar de sus horas de fiebre y sus insomnios, pueden librarse del mal de una indolencia sin sueños!

Porque ¡oh triste de mí! que no puedo ser de los suyos, ni quisiera ser de los otros; pasados algunos días, aquel mal empezado allí en el muelle fue creciéndome, la desgana intelectual aumentándome, la apatía embargándome los sentidos de tal modo, que creí que me iba disecando poco á poco.

Una tarde sobre todo, tal me imaginé que me acababa, tales ganas me dieron de bostezar, de tenderme sobre la arena, de entregarme á definitiva pereza, que no pude más y me fui á encontrar un médico. ¿Qué es lo que tengo, le pregunté, qué mal es este, que no me deja un instante? —No haga usted caso, me dijo el sabio doctor, «usted tiene el mal de isla».

Santiago Rusiñol
Palma de Mallorca, abril 1893.

Santiago Rusiñol: Desde una Isla / La enfermedad del país (La Vanguardia, 27 de Abril de 1893)

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