fabian | 28 Abril, 2011 15:03
Ana María Matute: Página oficial
Todo el mundo sabe que, cuando el Príncipe Azul despertó a la Bella Durmiente, tras un sueño de cien años, se casó con ella en la capilla del Castillo y, llevando consigo a la mayor parte de sus sirvientes, la condujo, montada a la grupa de su caballo, hacia su reino. Pero, ignoro por qué razón, casi nadie sabe lo que sucedió después. Pues bien, este es el verdadero final de aquella historia.
El reino donde había nacido el Príncipe, y del que era heredero, estaba muy alejado del de su esposa. Tuvieron que atravesar bosques, praderas, valles y aldeas. Allí por donde ellos pasaban, las gentes, que conocían su historia, salían a su paso y les obsequiaban con manjares, vinos y frutas. Así, iban tan abastecidos de cuanto necesitaban, que no tenían ninguna prisa por llegar a su destino. No es de extrañar, pues aquel era su verdadero viaje de novios y estaban tan enamorados el uno del otro que no sentían el paso del tiempo.
Cuando acampaban, los sirvientes levantaban tiendas, disponían la mesa bajo los árboles y extendían cojines de pluma de cisne para que reposaran sobre ellos. Así, poco a poco, y sin que apenas se dieran cuenta, fueron pasando los días, los meses, y la Princesa comunicó al Príncipe que estaba embarazada y que su embarazo ya era bastante avanzado. Entonces comprendieron cuanto estaba durando aquel viaje, viaje que luego recordarían como una de las cosas más hermosas y felices que les habían ocurrido. Algunas veces, cuando el paraje que atravesaban era propicio, el Príncipe Azul, que era muy aficionado a la caza —como casi todos los hombres de aquella época—, organizaba cacerías, ya que llevaban con ellos a todos los monteros y ojeadores que también habían acompañado en su largo sueño a la Princesa, gracias a lo previsores que habían sido sus padres. Aunque todos parecían un poco amodorrados, porque uno no esta durmiendo durante cien años para luego despertarse ágil y animoso. La Princesa parecía una rosa recién cortada pero, naturalmente, el beso del Príncipe que la despertó no se repitió en cuantos la acompañaban. Bastante tuvieron con despertarse por su cuenta, una vez roto el maleficio de la perversa hada, que les encantó de forma tan injusta como estúpida.
Así, iban quedando atrás los bosques umbríos donde gruñía el jabalí, las praderas verdes donde pacían las ciervas con sus cervatillos, las fuentes donde, según decían, de cuando en cuando solían aparecerse las hadas, y los misteriosos círculos de hierba apisonada, aun calientes —el Príncipe Azul y la Bella Durmiente los palpaban con respeto y un poco de temor—, donde, a decir de sirvientes y aldeanos, danzaban las criaturas nocturnas —silfos, elfos, hadas y algún que otro gnomo— en las noches de luna llena.
Fueron haciéndose cada vez más raros los pájaros alegres, ruiseñores y petirrojos, abubillas y riacheras, y aquellos otros, de nombre desconocido, que parecían flores errantes. Desaparecieron las bandadas de mariposas amarillas, las aves emigrantes que volaban hacia tierras calientes; se apagó el cristalino vibrar de las libélulas sobre el silencio de los estanques. Día a día, iban adentrándose en tierras oscuras, donde el invierno acechaba detrás de cada árbol. Los bosques se hacían más y más apretados y oscuros, más largos y difíciles de atravesar. Las hojas se habían teñido de un rojo amoratado, y aunque bellísimas, si el sol cuando llegaba hasta ellas les arrancaba un resplandor maravilloso, la Princesa sentía un oscuro temblor, y se abrazaba al Príncipe.
Al cabo de unos días, se adentraron en una región sombría y pantanosa. Ya no acudían gentes a recibirles con presentes y músicas. Entre otras razones, por la muy poderosa de que no aparecían por ninguna parte pueblos, aldeas o villas. El otoño estaba muy avanzado, pero no se veían ya hojas doradas, ni rojas, ni atardeceres de color púrpura. Las nubes tapaban el cielo, árboles desnudos alzaban sus brazos retorcidos contra el cielo, y solo páramos y roquedales salían a su encuentro. Los sirvientes y monteros estaban bastante inquietos. Incluso alguno de ellos huyó durante la noche. De modo que el séquito era cada vez menos numeroso. Aparecieron aquí y allá esqueletos de animales, y aves lentas, oscuras y de largos gritos planeaban en círculo sobre sus cabezas.
Al fin, entraron en un bosque tan espeso y oscuro, que los rayos del sol, débiles y escasos, apenas se abrían paso en el. No se parecía en nada a los bosques que la Princesa recordaba de su niñez, ni a los que había conocido durante la primera etapa de su viaje. Era un bosque salvaje, obstruido por raíces gigantescas, donde abrirse camino requería gran esfuerzo. Las noches pobladas de gritos de lechuzas sobresaltaban su sueño, y apenas volvían a dormirse, amanecía. Lejos quedaban las noches cálidas bajo las estrellas, cuando, en la tienda de seda roja que habían armado los sirvientes, se abrazaban y amaban el joven Príncipe y la joven Princesa. Ahora también se abrazaban, pero su abrazo estaba dividido entre el amor y el miedo.
[Y 113 páginas después]
La leyenda acaba aquí. No hay detalles sobre lo que fue, en años siguientes, la vida del Príncipe Azul y la Bella Durmiente y sus hijos Aurora y Día.
Pero debe suponerse que, tal y como suelen terminar estas historias, fueron todos muy felices. Aunque la Princesa nunca más sería tan cándida, ni el Príncipe tan Azul, ni los niños tan ignorantes e indefensos.
fabian | 28 Abril, 2011 10:19
Como ciudadano agradezco al Instituto Español de Oceanografía la información que periódicamente nos van ofreciendo sobre su actividad, ya en su web, como especialmente, con su revista "ieo" de la que acaba de aparecer el número 16, de 74 páginas con mucha información variada y, siempre, con algunos reportajes importantes y algún capítulo dedicado a la historia.

En esta ocasión, dos centros de atención: el nuevo buque oceanográfico, "Ramón Margalef" y la "expedición Malaspina", la actual, Malaspina 2010, y la histórica.
La expedición Malaspina 2010 está circunnavegando el planeta con un extraordinario objetivo: explorar la biodiversidad del océano global y analizar en él los efectos del cambio climático. Se trata de un esfuerzo extraordinario y multidisciplinar por parte de la comunidad científica española, que rinde homenaje al viaje que el navegante italiano Alejandro Malaspina, al mando de dos navíos de la Armada Española, emprendió en 1789. En esta ocasión se emplearán dos buques de investigación oceanográfica –el Hespérides y el Sarmiento de Gamboa– que realizarán más de 40.000 millas náuticas recorriendo los océanos Atlántico, Índico y Pacífico entre diciembre de 2010 y julio de 2011.
La expedición está financiada por el Ministerio de Ciencia e Innovación a través del programa Consolider - Ingenio 2010, y en ella participan 27 grupos de investigación pertenecientes al CSIC, al Instituto Español de Oceanografía (IEO), a 16 universidades, un museo, una fundación pública de investigación y la Armada Española. Asimismo, cuenta con fondos adicionales del CSIC, la Fundación BBVA, el IEO, la Fundación AZTI y las universidades de Cádiz y Granada. La financiación total se sitúa en torno a los 6 millones de euros.
El proyecto Malaspina 2010 está organizado en 11 bloques temáticos. Cuatro de ellos son horizontales, con implicación en todo el proyecto (coordinación, ciencia y sociedad, formación e integración) y los ocho restantes corresponden a diversas áreas de investigación (física, biogeoquímica, contaminación, óptica y fitoplancton, microbiología, zooplancton y ciencia y política).
El IEO es la segunda institución con mayor participación. Ha invertido más de 700.000 euros y cuenta con 47 participantes, entre investigadores, técnicos y becarios, que están implicados en 8 de los 11 bloques temáticos, uno de los cuales lidera.
Malaspina 2010 dará un nuevo impulso a las ciencias marinas en España, articulándolas bajo programas de colaboración interdisciplinar e interinstitucional, como demandan los nuevos retos científicos del siglo XXI.
La ocasión bien merece el especial que encabezan estas palabras, un intento por divulgar el trabajo que se realiza en cada uno de los bloques de investigación en los que el IEO tiene una participación primordial. Cinco grandes objetivos científicos, cinco historias y una misma aventura. Espero que lo disfruten.
Antonio Bode, responsable de la participación del IEO en Malaspina
Está muy bien la información que proporciona sobre las investigaciones que la Expedición Malaspina 2010 se propone. Y también es muy interesante la que ofrece sobre la Expedición Malaspina histórica en la que participó Felipe Bauzá.
Entre las diversas informaciones que proporciona este número, me fijo en el Proyecto RADMED que, desde el 2007 analizan distintas variables de las aguas del litoral Mediterráneo estudiando la evolución y consecuencias del impacto humano en los ecosistemas marinos.
Bien, muy bien por el IEO y sus revistas; ojalá siguieran su ejemplo muchas instituciones.
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