fabian | 03 Novembre, 2005 20:05
Cierro tras de mí la puerta de casa y me engaño creyendo que el mundo queda fuera. Luego me colmo de audiciones musicales, de poemas, de narraciones engañándome otra vez que no tienen relación con la vida real, que ésa es diferente. Me rodean las paredes desnudas de mi habitación, donde paso gran número de horas, y me engaño cada día observando las sombras que saltan desde la ventana. Soledad y compañía. Margarita descansa tras la fatigosa mañana. Yo necesito alimento: palabras que expresen planes, proyectos, argumentos, explicaciones.

Galería del claustro de San Francisco
Ensimismado en la audición musical, voces extrañas, sonidos, reparo en la vaciedad de mi cuarto y pienso que la vida está tras esa puerta que he cerrado al llegar; en el codo a codo entre las personas en una labor conjunta y no en esta soledad de los libros y de las audiciones.
Recuerdo a profesores comentando que en cuanto entran en un aula dejan de darse cuenta de los pequeños dolores o molestias que sentían. O, mejor dicho, que siguen sintiendo pero que el trajín del aula les impide prestarles atención. Claro que en cuanto llegan a casa y cierran esa puerta, reaparecen todos los dolores con mayor fuerza, tanta que al día siguiente no pueden traspasarla.
La palabra "puerta" puede intercambiarse por "ojos": no querer (o poder) abrir los ojos para no ver qué está pasando. También puede intercambiarse por otras fronteras sin nombre. Leo que Emily Dickinson (1830 - 1886) se retiró de la sociedad a los 30 años y durante el resto de su vida vivió como una ermitaña, manteniéndose únicamente en contacto con amigos a través de sus enigmáticas y epigramáticas cartas., es decir, cerró la puerta y ya no la abrió durante el resto de su vida.
Muchos mundos son posibles tras una cerrada puerta. Cuando la poetisa murió sólo se habían publicado dos poemas, publicados sin su consentimiento. Cuando, una vez muerta, se volvió a abrir esa puerta se encontraron en su escritorio más de dos mil poemas. No necesitó Emily Dickinson estar codo a codo con los demás. ¿Pudo ser real su mundo?
En mi dedo tenía una sortija.
La brisa entre los árboles erraba.
El día estaba azul, cálido y bello.
Y me dormí sobre la yerba fina.
Al despertar miré sobresaltada
mi mano pura entre la tarde clara.
La sortija entre mi dedo ya no estaba.
Cuanto poseo ahora en este mundo
es un recuerdo de color dorado.Emily Dickinson: La sortija
No necesito estar tras la cerrada puerta. Del mundo que me envuelve fabrica mi mente una mala copia y en cualquier momento y en cualquier parte de la puerta, es esa mala copia la que rige mis pasos. Porque la copia es mala, porque no entiendo o comprendo bien al mundo, me pego fuertes testarazos.
fabian | 03 Novembre, 2005 17:35
De nuevo me encuentro sin información sobre estos gigantes de Alaior (Menorca). Son preciosos.

Gegants d'Alaior (Menorca)
Quisiera no equivocar las fotografías. La primera fase del conocimiento es distinguirlos y relacionarlos con su población. Yo aún estoy en esta fase. Como no he encontrado información sobre ellos, esperaré a que haya alguna trobada a la que puda ir y preguntar. Quizás pueda llegar a saber sus nombres, en qué año se realizaron, quién los hizo, etc.
Mientras, para no perder las imágenes, las publico como si fuera en un borrador que se completará cuando consiga la información.
(Segueix)fabian | 03 Novembre, 2005 15:36

Mitsumasa Anno, nacido en 1926 en Japón fue Premio Andersen de Ilustración en el año 1984. Se graduó como maestro y ejerció durante diez años la docencia en una escuela primaria. Luego se lanzó como ilustrador.
Realizó un viaje a Europa y a Estados Unidos. Lo cuenta en varios libros que no tienen palabras sino sólo ilustraciones. Están editados por la Editorial Juventud, de la que extraigo esta información así como las imágenes.
Al final del viaje dice lo siguiente:
Cuando un hombre pierde su camino, con frecuencia se encuentra a sí mismo o descubre algún inesperado tesoro. Al término de mi viaje, me di cuenta de que no había salido en busca de información, sino para extraviarme...¡Vaya frase interesante! Primero porque es un descubrimiento que se hace cuando el viaje termina o ha terminado. Segundo porque al preguntarse ¿Qué buscaba? descubre que realmente no era información, sino ... extraviarse, perder el camino. Y tercero porque dice que precisamente es al perder el camino, al extraviarnos, cuando "con frecuencia (uno) se encuentra a sí mismo o descubre algún inesperado tesoro"
Realmente no buscamos información, buscamos perdernos en esa búsqueda, porque es entonces, al hallarnos perdidos, cuando realmente encontramos algo que vale la pena.
Me parece que vale la pena durante unos pocos minutos contemplar los dibujos de Mitsumasa Anno y leer algunas de sus reflexiones.
Seguí el camino sin mirar adonde me conducía: colinas arriba y colinas abajo, a través de ríos y de campos que se convertían en inmensos espacios abiertos... por doquier hallé bosques y corrientes; en los bosques había ciervos y en los ríos nadaban truchas. Al final del camino siempre había un grupo de casas formando un pueblo, y en cada pueblo había calles que llevaban desde los comercios hasta las plazas y plazoletas, a través de camposantos y jardines, hasta iglesias y catedrales. Una ciudad tenía un castillo en medio, y otro castillo formaba por sí solo una ciudad. Todo ello me proporcionó una imagen del país, y cada cosa reflejaba la vida de aquella ciudad, de aquellas tierras.
Fui de ciudad en ciudad, de un país a otro, y a veces el viaje me resultaba duro, pero era justamente entonces cuando obtenía la recompensa. Cuando un hombre pierde su camino, con frecuencia se encuentra a sí mismo o descubre algún inesperado tesoro. Al término de mi viaje, me di cuenta de que no había salido en busca de información, sino para extraviarme... y conocer el mundo que vosotros conoceréis en este libro.

En sus viajes, a Mitsumasa Anno le han preguntado en más de una ocasión: "¿Cómo es que usted, un japonés, puede comprender la Europa en los días dorados, cuando aún no había coches en las calles?" Anno responde contando la anécdota de la ceremonia de boda a la que asistió cerca de Füssen, en la Alemania Occidental: "Identifiqué fácilmente a la novia, al novio y a sus padres, así como a la madrina y al padrino de boda. Reconocí enseguida a la madre de la novia porque se estaba secando las lágrimas. Aunque la lengua, las letras y las costumbres difieren en Europa de las de Japón, no hay ninguna diferencia en nuestros corazones cuando vertimos lágrimas al separarnos. ¡Qué pequeñas se ven entonces las diferencias de las formas! Las leyes físicas y naturales son universales, así como los modos de vida de las plantas y los animales en el mundo entero. Entre todos nosotros hay muchas más cosas comunes que diferentes. Viendo un día ponerse el sol en Europa, recordé que solo hay un sol en el mundo y que es el mismo, no importa desde donde lo veamos. Aunque es difícil para mí entender los idiomas europeos, entiendo los corazones europeos.
Es una delicia visitar estas páginas web que Editorial Juventud tiene publicadas sobre Mitsumasa Anno. Es una delicia por los dibujos y, también, por las breves anotaciones que en ellas se encuentran.
Este artículo fuel publicado el 24 de noviembre del 2004 en Reflejos.
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