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El prólogo a la edición de 'Aygo-forts' de Gabriel Maura de 1913

fabian | 28 Gener, 2013 15:32

Todos estos escritos o apuntes que voy recogiendo estos días en Alta mar sobre la obra de Gabriel Maura provienen de que uno de los libros que cumplen el centenario es la edición de los "Aygo-forts" en una edición nueva de las narraciones de Maura que presenta un prólogo atribuído a Joan Alcover que sustituye al por él firmado en 1892 y a la inclusión de algunos poemas.

De la relación entre Maura y Alcover, algo nos contará este último en las palabras del nuevo prólogo, aunque también conviene lo que indica Joan Mas i Vives en "Una recuperació necessària" del libro "Pegaso arando" (2007) que recoge la obra completa de Gabriel Maura gracias a la recopilación efectuada por Alfonso Pérez-Maura. Joan Mas dice:"Gabriel Maura també pot presentar com a mérit personal el seu ascendent sobre Joan Alcover, similar en alguns aspectes, encara que no tan conegut. al de Tomás Forteza sobre mossen Alcover o al de Picó sobre Costa. A causa d'aquest ascendent, entre altres coses, Joan Alcover va esser un personatge destacat del maurisme polític a Mallorca. D'altra banda, Joan Alcover admirava moltes coses de Gabriel Maura, que li duia dotze anys d'edat. En l'aspecte literari n'admirava, sobretot, el que ell en deia la seva «intuició de la realitat», aquella capacitat de mostrar completa, només amb un breu apunt, una situació, un carácter, un comportament, i d'oferir-ne una interpretació cáustica, implacable.".

El siguiente prólogo a la edición de 1913 acaba con una Nota que indica la autoría del texto: "L' editor ha cregut oportú publicar aquí per vía de prolec, la conferencia pronunciada per D. Joan Alcover y Maspons en la Associació de la Prensa, el día 6 de Febrer d' aquest any. El texte no es integre, perque no hem dísposat de notes taquigráfiques: pero sí lo mes extens possíble y poguent respondre de la fidelidat absoluta."

Gabriel Maura había muerto en 1907, cinco o seis años antes de esta conferencia de Alcover dada a un público que de alguna manera también le conoció, "Primum inter pares", Alcover cuenta cómo se conocieron y rasgos de su amistad. Aparecerá el Gabriel Maura conversador, escritor, político ...

Gabriel Maura y Montaner

Los que habéis asistido a tertulias, redacciones o círculos de amigos, en compañía de Gabriel Maura, recordaréis que con frecuencia ilustraba las pláticas sabrosas improvisando, en cuatro rasgos a la pluma, retratos de asombroso parecido; porque esta era una de las dotes de su genial temperamento artístico: el don de caracterizar en líneas instantáneas la fisonomía de cosas y personas, visibles a los ojos o al pensamiento. Como yo no poseo en tanto grado esta facultad temo que la silueta de Gabriel salga borrosa; pero por fortuna estáis aquí muchos que le conocisteis, para colaborar conmigo en el esfuerzo de la evocación cariñosa, y completar e iluminar perfiles imprecisos. Además, yo no quiero solamente renovar su recuerdo; yo quiero hundir las manos codiciosas en sus cenizas para renovar nuestra vitalidad con el calor de la suya.

Si yo fuese digno de tener biógrafo no me importaría gran cosa que pasase por alto alguno de los títulos que debo a la benevolencia de mis contemporáneos. Pero hay uno de que me siento avaro, y a cuya omisión no me resigno; ahí lo tenéis: «Fué grande amigo de Gabriel Maura». Conocerle, aquilatarle, graduar la magnitud de su figura, mucho más excepcional de lo que puedan imaginarse aún aquellos que se sintieron deslumbrados por el llamear bravío de su ingenio; saber que aquel ingenio, apenas cultivado, con ser tan admirable, no era más grande que su corazón; haber experimentado el nervio, la intensidad, el relieve con que el fermento humano palpitaba en aquel varón tan digno de este nombre, y saber que fui amigo suyo, predilecto, es para mí, lo confieso, motivo de ufanía.

El fué el primero en compartir mis tribulaciones y mis alegrías, y en esas horas de incertidumbre en que esperamos la solución de algún problema vital, era yo, el interesado, quien tenía que calmar sus nervios excitados por la impaciencia.

Ah! Qué precioso bien la estimación firme y consciente de un hombre de ese temple, porque al sentir uno la amargura de que habla Kempis cuando dice: «unas veces te dejará Dios, otras te perseguirá el prójimo, y lo que es peor, muchas veces te descontentarás de tí mismo y no serás aliviado ni confortado con ningún remedio ni consuelo»... entonces esa estimación interviene maternalmente para dulcificar la severidad de la autocrítica y ampararnos contra el rigor de la propia conciencia.

Gabriel Maura, ya lo dije en el breve prólogo de Aigo-forts, es «un moderno de vigor antiguo, que produce ante todo la impresión de lo recio, de lo amplio, de lo granado; un ejemplar opuesto a esa desmedrada literatura de salón, cuyo carácter consiste en no tener ninguno. No diré si a mi juicio tiene o no categoría de genio, ni él me lo perdonaría, ni entiendo que sea lícito adelantarse a la posteridad para hacer semejantes afirmaciones... Pero no hay riesgo en afirmar a buena cuenta que tienen mucho de genial las facultades de Maura, y aún podemos añadir que si pasara como buena la clasificación de Juan Pablo, que llama femeninos a los genios de segundo grado, no sería dudoso el género á que pertenece la imaginación de Maura, bastante por sí sola para fecundar todo un harén de imaginaciones hembras. Precisamente sus engendros literarios traen el sello de la masculinidad, no exenta de cierta rudeza ni en modo alguno incompatible con esa delicadeza y esa gracia que no son el resultado del trabajo hábil, del savoir faire, ni siquiera del gusto refinado, sino expresión de la fuerza misma»...

«Gabriel Maura no ha gastado mucho tiempo en aquella oficina de las musas de que nos habla Leopardi, en la cual se ven

Gli strumenti dell'arte,
e i servigi diversi
a che ciascún di loro
s'adopra nel lavoro
delle prose e de' versi.

Pero ese estudio de la parte adjetiva, esa disciplina del arte, apenas le hace falta cuando se inspira de verdad. Surgen, entonces, los párrafos y las estrofas, fuertes y bien construidos, como los cuartetos del canto Avant, que parecen bloques desbastados y labrados á pulso, con pocos pero certeros y valientes golpes, sin que el excesivo pulimento amortigüe las ásperas y limpias aristas del granito... A veces no estaría de más un poco de lima; ma il tempo manca, contestará el autor, y tendrá razón. Porque Maura es industrial desde la adolescencia, con la consiguiente esclavitud de las ocupaciones cotidianas. En medio de la prosa de estas ocupaciones sintió en su frente el fresco beso de la invisible musa...

Escribió en esa letra inglesa peculiar de los escritorios de comercio, en horas hurtadas a la diaria labor, sus primeros ensayos; y en la amplitud y bizarría que en ellos campean, no obstante sus incorrecciones, revelóse el vuelo desigual del aguilucho, que naturalmente con el tiempo había de ser águila; pero el águila... se ha sometido a la domesticidad, a la vida burguesa y oscura de las aves de corral, y ahí le tenéis, a la sombra del nativo campanario, sin levantar el vuelo más que muy de tarde en tarde, a ruego de algún editor de revista o almanaque.»

«Digo mal; no solamente cuando escribe hace alarde de sus alas espléndidas, sino a todas horas. El que solo conoce a Maura por lo que ha escrito y publicado, no le conoce. Hay que verlo en el trato familiar, en la conversación de todos los días. Ya se sabe; donde está él, no falta la risa, el asombro ante sus estupendas ocurrencias... No es un ocurrente como tantos otros, improvisadores de chispas, retruécanos, menudos epigramas, no; improvisa imágenes, escenas, entremeses, decoraciones completas... Una palabra, un pormenor cualquiera hiere su cerebro, como Vulcano hirió con el hacha la cabeza de Júpiter, y brota... nada menos que Minerva completamente armada, o cosa parecida.»

Maura fué por encima de todo un poderoso artista. Pero fijémonos un poco en la significación de la palabra. El arte, antiguo como el hombre, nació mucho antes de existir eso que se llama pintura y escultura y música, mucho antes de inventarse los medios de expresión, conocidos y clasificados; y seguramente vendrá día que se diversifique en nuevas ramas y se valga de formas e instrumentos que ahora no soñamos. Así, no realiza el tipo del artista genérico y esencial, el que nace con habilidad para versificar o pintar o esculpir o componer una romanza, o con ingenio algo más agudo que el común de los mortales; sino el que antes de especializarse en tal o cual esfera su vocación, las abarca todas en potencia. Es la encarnación viva y compleja de la unidad del arte. Es el que tiene bastante con un rasgo para reconstituir tal o cual imagen, todas las imágenes, individuales y colectivas, desde los vecinos de su pueblo, que él sabe como hablan y como viven, hasta los grandes aspectos de la historia y la naturaleza. Es el que atisba el alma de las cosas, y dilata con el poder de su visión ubicua y penetrante los horizontes de la visión vulgar. Es el intérprete privilegiado del mundo y de la vida.

Este mundo en que vivimos no es el mismo para todos, porque ordinariamente se deforma en el espejo, mal azogado y turbio, que lleva cada uno de nosotros en su interior; y sólo en ese espejo maravilloso, la conciencia del artista, se refleja el mundo con la máxima claridad y exactitud que es dado a los hombres alcanzar. De manera que sin el auxilio del artista que nos precede en todas partes, linterna en mano, como un cicerone, sería más débil y confuso el alcance de nuestros sentidos espirituales.

De esta raza de artistas fué Gabriel Maura. Gran observador, en primer término; pero no de los que observan recogiendo trabajosamente y por oficio, datos para la descripción documentada, llámese novela, poema o inventario, sino de los que observan porque sí, expontáneamente, sin designio alguno, movidos de no se qué sensualismo ilimitado de las cosas, de no se qué íntima solidaridad social y humana, que imprime a cuanto les rodea el interés de un patrimonio de familia y les convierte en consanguíneos de todo el mundo.

Para no citar más que uno de sus artículos de costumbres: ¿Quién le enseñó aquellos rincones, aquellas escenas íntimas, palpitantes de verdad, aquel cúmulo de pormenores rápidamente prodigados en la vida y milagros de esas dos mujeres de abolengo celestinesco, que llamó Ses Peparrines, boceto de novela en que desfila una serie de pequeños personajes, tan familiares al autor como si hubiera transmigrado en el alma de cada uno. El pudo conocer de ciencia propia alguno de aquellos escondrijos; pero todos, no es posible; algo ha de haber de adivinación, qué sé yo, como si el autor tuviese a su servicio todo un cuerpo de duendes policíacos que se filtran por las paredes.

La intuición certera de la realidad y la ruda potencia imaginativa fueron sus dotes más salientes. No se desentendía de la realidad para lanzarse al desenfreno de fantasmagorías arbitrarias. Su imaginación relampaguea, electrizada por el sentimiento de lo real, y en la tierra firme de lo real se apoya, como un potro fogoso, para saltar con ímpetu más allá de los límites conocidos. Tiene además el instinto de la sobriedad de líneas, de la severidad arquitectónica, que preside la pompa barbárica de su fantasía. Es algo así como un bárbaro que llega con los ojos llenos de palmeras y desiertos y esfinges y dromedarios y magnificencias orientales; pero pasa por Atenas y se asimila de una ojeada la esencia del mundo clásico, sin preocuparse de pulir las nativas asperezas. Hasta en el aspecto físico, el aire resuelto y contenido, los ojos pardos y vivaces, el correcto perfil, la tez morena, parecía revelarse un tipo de filiación helénica y africana.

La preparación escolar de Maura fué bien corta, como que no se propuso adquirir ningún título académico. Después, leyó algo por su cuenta, no mucho, que yo sepa; pero le bastó un baño de cultura, para que la savia de su pensamiento brotara en tallos de recia fibra, ya densamente floridos, ya grandes y espinosos como cactus. Dibujó, pintó, escribió. De sus caprichos de dibujante solo sus íntimos conocen alguna improvisación, bastante a patentizar a que alturas se hubiera levantado su personalidad con un poco de insistencia. El escritor, el poeta, en el período harto breve de su intermitente actividad, redújose a la mínima labor para dejarnos una impresión elegiaca: la impresión de una fuerza que se afirma con fulguraciones espléndidas, para encerrarse luego en una reserva irreductible. En los primeros vagidos de su musa, románticos y plañideros, palpita esta fuerza débilmente; poco después se hace notoria en trozos de lirismo vigoroso, en párrafos de ardiente causticidad, en estrofas y frases lapidarias; de piedra que ha sido lava, la hirviente lava que salta de lo profundo del sentimiento humano.

Probablemente habrá caído en manos de algunos de vosotros la colección de La Dulzaina, pequeño semanario de literatura, política, artes y costumbres. Sus fundadores, noveles periodistas, encargan para encabezarlo «una hermosa viñeta simbolizando la libertad». La viñeta no aparece hasta el número séptimo, pero en el número primero (18 de Octubre de 1868) se pregona ya resueltamente la fe revolucionaria: flor de un día. El semanario no llegó a vivir un año, pero aquella fe tardó menos todavía en marchitarse. Verdad es que los tiernos redactores encarnaban para lo futuro los más opuestos temperamentos, desde el jacobino al ultramontano, como que fué milagro de cordialidad juvenil que no empezaran por arrojarse el tintero a la cabeza. Entre aquellos mozos, náufragos de la ilusión, se destaca briosamente Al-Majori, que no es otro que Gabriel Maura; y sin dificultad se le adivina en el derroche candoroso de su numen poético, en la manera de metaforizar y en la propensión al pesimismo, más imaginario que sentido. De todo hay, artículos políticos, según la retórica de entonces, amiga de la magestad togada; descripciones de tipos del país en que asoman ya las dotes de costumbrista y psicólogo; asuntos de gacetilla que afectan el vuelo de la oda. Lástima de orquestación poemática sobre motivos tales como El último absolutista, Un demagogo de aldea y otros por el estilo, en que el poeta, gran fantaseador y gran humorista, gustaba de darse a si mismo en espectáculo cuadros de ampulosidad cómicamente heroica.

Otras graciosas muestras del os magna sonaturum volvemos a encontrar en los cantos Glories mortes y Glories ressucitades, homenaje a los antiguos canés. El trompetazo épico les despierta, escarban con sus dedos de caña las sepulturas, despliegan las mortajas a manera de alas de murciélago, y se ciernen sobre la muchedumbre del toril, como sombras de héroes hosiánicos, al son de los ladridos precursores del combate perruno.

En el período siguiente predominan las poesías en castellano, sin que el uso de un lenguaje que no era familiar a Gabriel, amortigüe la tonalidad caliente de la expresión, a veces dura, nunca incolora ni desgarbada. Se caracteriza este periodo por las relaciones del poeta con D. Tomás Aguiló, su amigo y su primer maestro, romántico hasta la médula, espíritu flexible y más abierto que otros de su tiempo a todo linaje de novedades, con tal que naciesen al calor de la inspiración legítima; pero harto meticuloso en punto a disciplina prosódica para que sus escrúpulos conviniesen a las audacias de Maura. Tal vez le impuso cierto freno, cierta condensación y regularidad en la factura, que no le fueron nocivos, y le inclinó a la contemplación piadosa de paisajes, monumentos y tradiciones locales, preparándole de este modo a la fecundación del lenguaje materno, saludable y redentora en él como en todos, y con esto a producir lo más sustancial y duradero de su cosecha literaria.

Me llevaría demasiado lejos recorrer esta producción y aún clasificarla en grupos. De cada uno de estos grupos se insertarán ejemplares en la nueva edición de Aigo-forts, aumentada con poesías de tonos y épocas diversos, desde Avant, admirable síntesis de la epopeya humana, representada por la peregrinación de Israel en busca de la tierra prometida, hasta el scherzo filosófico Historia... natural, donde una tribu de cscarabajuelos, «bichos de traje negro y cuello de velludo», parodia las miserias de los hombres; desde L'Espigolera, gentil capullo femenino de rústico perfume, al romance Quimeres, de humorismo bizarro y original.

Tiene Gabriel Maura otra composición, Dues arpes, no ciertamente de las mejores, pero notable como testimonio de la fe, del entusiasmo, de la filial acogida que mereció en el alma del autor la expansión del catalanismo literario al extenderse a nuestra isla. Sea dicho por si a los que discuten todavía —¡todavía!—: cual ha de ser la expresión poética de Mallorca, se les ocurre invocar presuntas opiniones eclécticas de Maura en apoyo de su desamor al lenguaje materno; a bien que, a mi juicio, este desamor no es otra cosa que desamor o indiferencia o incompresión de la poesía misma, más claro, de la vida espiritual de nuestro pueblo, confinada en su verbo como único refugio. Se dirá tal vez: esta composición fué un tributo efímero a la musa floralesca; eco de un sentimiento que no arraigó en el ánimo del autor. Pues os daré otra prueba decisiva.

Siento abusar de los recuerdos personales; pero algo he de contaros de la primera entrevista con Gabriel, en que nació, hace lo menos cuarenta años, una amistad fraternal, para no entibiarse nunca. Mis ojos de adolescente le habían seguido desde lejos, y al cruzarme con él por la calle del Beato Alonso, más de una vez me volví a mirarle, atraído por el prestigio de su persona y de su pluma. Escribí en Barcelona mi primer cuentecillo en verso; un compañero mío, Rafael Llobera, quiso enviarlo a su amigo Gabriel Maura. Este contestó en términos amables y efusivos, y por su iniciativa probé, por vez primera, la emoción de verme impreso. A mi llegada a Palma fui a saludarle; llamé tímidamente a la puerta de aquel pequeño despacho, en el entresuelo de su casa, donde tantas veces hablan de renovarse las horas de grata confidencia. Recibióme con los brazos abiertos. Le estoy viendo todavía, con la pequeña boina en la cabeza, la enérgica expresión suavizada por leve tinte de socarronería melancólica. Se vació todo entero; hizo el resumen de su vida literaria; definió a los demás con perspicacia y se juzgó a sí mismo casi con displicencia. Lamentó su falta de tiempo, de preparación y de ejercicio técnico; y volcó sin recato el cajón de sus papeles. Recuerdo un poema en octavas reales, El Angel de la muerte, versificado con infantil inexperiencia, pero de concepción grandiosa y pinceladas estupendas, que, por cierto, no sé lo que habrá sido de él, porque no se encuentra entre sus manuscritos. Aludí a su poesía Dues arpes, donde se afirma que el habla de Ausias March y Lull y Muntaner, es el lenguaje único del alma para nosotros. «Sí, ¿quién lo duda? contestó; eso no se discute. Lo sé por experiencia. En cierta ocasión, estaba yo sentado aquí, ante este bufete, dando vueltas a un asunto para desarrollarlo en castellano; todo eran trasudores y premiosidades: no salía. Di de mano a las cuartillas con hastío; cogí otra; escribí casi con saña L'Espigolera, y brotó, como un chorro, a borbotones, la poesía, buena o mila, pero expresión fiel y directa de mi sentimiento».

Intervención de Gabriel Maura en la política. Juntos hemos convivido largos años en la misma agrupación, y mi amor a la paz no me impide sentir un poco de nostalgia por los días ya lejanos de juvenil efervescencia, en que Maura contribuyó a imprimir, entre nosotros, al juego de la política provinciana, notas y caracteres más interesantes de los que suele ofrecer. Yo no quisiera volver a los tiempos en que se imponía transformar el mapa de la política local, para dar ingreso a la fuerza latente que nosotros representábamos, encabritada contra la resistencia; y a los ataques de un lado respondían las represalias de otro. Yo no echo de menos. Dios me libre, la estridencia de ciertas luchas que extraviaban la política de sus naturales fines y amenazaban perturbar y emponzoñar la atmósfera social, convirtiendo en odios de casta los antagonismos de partido. Yo echo de menos el entusiasmo, no la pasión, que es al entusiasmo lo que el pábilo a la llama. Echo de menos el calor, la vida, el comentario, el cambio de impresiones, el interés por los problemas palpitantes de la vida local y nacional, el gusto de estar juntos, la vibración de los espíritus en torno del ideal común... ¡Cómo contribuía Gabriel a mantener aquella vibración y animar, dramatizar la vida colectiva, con la presencia, con la pluma, con la palabra, con los juegos de mago de la fantasía, con la sensación de virilidad y firmeza que trascendía de su persona, algo así como la sensación de refrigerio que nos invade al abrigo de un roble!

Pero, Gabriel Maura ¿en realidad era político? El lo negaba. Que le dejaran tranquilo, decia. ¿Por qué habían de acudir a él en demanda de auxilio, electores, caciques, pretendientes? Nada sacarían de él. ¿Qué se habían figurado? Y sin embargo, ninguno salía de la casa de aquel hombre, que se pintaba inabordable, sin el apoyo apetecido. El no aceptó en su vida honores ni cargos públicos; él pudo serlo todo y no fué nada; él se desentendía de los medros; pero no de los sinsabores y la actividad anónima. Jamás escatimó su intervención personal ni hurtó el cuerpo a las molestias y quebrantos, sobre todo en los días ásperos de contrariedad y de peligro; y mientras ayudaba a los amigos a escalar puestos y ganar galones, se quedaba de soldado de fila, en la sombra; pero sombra traslúcida, porque donde él estuviese, allí, a pesar suyo, fulguraba el foco de más potencia.

Decía Goethe, discurriendo sobre estética, que las intenciones de la naturaleza son siempre buenas, pero suele faltarle el conjunto de circunstancias que son menester para que la intención pueda realizarse perfectamente; por ejemplo: ¿cuántas condiciones favorables no se requieren para que entre tantas encinas como produce, se forme una bellamente caracterizada? Esta doctrina es aplicable a Maura en dos conceptos; primero, porque como hombre fué el acabado tipo que responde a la intención de la naturaleza; segundo, porque como artista no imitaba los ejemplares producidos, sino que penetraba en el laboratorio de la naturaleza, para sorprender sus leyes, sus secretos, sus intenciones.

La elevación de espíritu suple el tiempo y la distancia, suple las lecciones de la experiencia y la amarga medicina del desengaño, y hace innecesaria la posesión de las alturas para tenerlas en poco. Tal vez por eso, Gabriel Maura, con la mayor llaneza y naturalidad, renunció a la conquista segura de la gloria para ser un modesto ciudadano; y jamás una sombra de tristeza reveló que tal renuncia le pesase, ni su expansiva sociabilidad se resintió un momento de la desproporción entre su oscura vida y los brillantes destinos a que había vuelto voluntariamente la espalda. ¿Por qué no tuvo un poco de vanidad? Más nos hubiera valido. Gracias a ella le hubiera sobrevivido gran parte de los tesoros que malversaba en la conversación o dejaba evaporarse en silencio.

Escribió poco, escribió sin esfuerzo y nunca pretendió salir de la minoridad literaria. Grande hubo de ser su pujanza para sobresalir a despecho de la disciplina con que aceptaba moldes y tutelas. ¿Habéis notado a alguno de estos hombres más altos que los demás, en una vivienda de techo bajo, como se encoge temeroso de topar con dinteles o lámparas colgantes, y lejos de protestar de la angostura del espacio, tiene el aire ruboroso de pedir perdón por haber crecido demasiado? Tal era Gabriel Maura, y si a veces, al coger la pluma, la agilidad no corresponde al vigor de su pensamiento, no es impericia o falta de aprendizaje, como él decía; es que se mueve en marcos harto reducidos para desplegar con desahogo la formidable envergadura de su mentalidad.

Si así no fuera ¡qué chiquituelos y canijos resultarían a su lado muchos que se pavonean como próceres de la república literaria, y probablemente al oír los apellidos del poeta se encogerán de hombros!... ¿Quién es Gabriel Maura? Nosotros, sí, le conocemos, y al contestar a esta pregunta, no pretendemos que se nos crea bajo nuestra palabra; pero tampoco nos hace falta la sanción ajena para afirmar, como afirmamos, rotundamente, la gran valia del artista y del hombre. El es para mí, como para otros, uno de los muertos que se llevaron consigo a la otra vida gran parte de la luz que iluminaba la nuestra.

Bien. Pues con este texto queda completado el de Los prólogos de Juan Alcover en 'Aygo-forts', por lo que en algún momento podré llegar a los escritos de Gabriel Maura.

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