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Los prólogos de Juan Alcover en 'Aygo-forts'

fabian | 23 Gener, 2013 16:50

Los miércoles la sala Mallorca de la Biblioteca Pública de Palma está abierta. Es donde se pueden pedir estos libros antiguos relacionados con la isla. Así que hoy he pedido dos ejemplares de la obra "Aygo-forts" de Gabriel Maura Montaner (atención a la "o" de Mon),: un ejemplar de 1892 y otro de 1913. Antes de ir ya me había cerciorado por el Catálogo on line de la existencia de ejemplares.

Mi intención de hoy no era leer los textos de Maura, sino anotar las diferencias de ambas ediciones; diferencias no de tipografía o encuadernación, sino de elementos textuales. En la edición de 1913 se añaden algunos poemas intercalando los artículos de Aygo-forts. Pero hay otra diferencia de la que no había tenido noticia: los prólogos de Juan Alcover son distintos en ambas ediciones. En la edición de 1892, el prólogo lleva el título "Gabriel Maura" y al final acaba con el nombre del autor y la fecha: "Juan Alcover / Palma, Mayo de 1892.".

En la edición de 1913, el título del prólogo, en tinta roja, es "Gabriel Maura y Montaner" y al final no está el nombre del autor y la fecha, sino una nota a pie de página que dice: "L' editor ha cregut oportú publicar aquí per vía de prolec, la conferencia pronunciada per D. Joan Alcover y Maspons en la Associació de la Prensa, el día 6 de Febrer d' aquest any. El texte no es integre, perque no hem dísposat de notes taquigráfiques: pero sí lo mes extens possíble y poguent respondre de la fidelidat absoluta."

Siempre que voy a la biblioteca procuro llevar en la bolsa un escaner de mano al que llamo "mi lápiz para copiar". Es muy útil pues en poco tiempo tengo fotografías de los textos que me interesan, aunque en ocasiones fallan. Así que he recogido los textos de los prólogos y hoy pongo el primero, el de la edición de 1892.

libro
"Aygo-forts" (1892)

Gabriel Maura

Departiendo con un amigo forastero acerca de Mallorca y su renacimiento literario de esta última mitad de siglo, y del regenerador cultivo de la lengua nativa «miel para los labios y fuego para el espíritu», que nos ha puesto en comunicación con nosotros mismos, y recordado que tenemos sentidos, entrañas y nervios, pronto hubimos de hacer alto ante personalidad tan saliente como la del autor de Avant, L'Espigolera, Quimeres y las Aygo-forts. Recité de memoria párrafos y estrofas; y al oir las notas, no siempre ajustadas al diapasón, pero siempre sugestivas y enérgicas de esta abandonada lira de bronce que tal vez poquísimos podrían pulsar sin magullarse los dedos, decía mi amigo: —Es un poetazo. En efecto, nos las habemos con un temperamento anacrónico en esta época de disipación, de análisis y criticismo enervante; un moderno de vigor antiguo que produce ante todo la impresión de lo recio, de lo amplio, de lo granado; un ejemplar opuesto á esa desmedrada literatura, de salón cuyo carácter consiste en no tener ninguno. No diré si á mi juicio tiene ó no categoría de genio, ni él me lo perdonaría, ni entiendo que sea lícito adelantarse á la posteridad para hacer semejantes afirmaciones, ni puedo pretender que se me crea bajo mi palabra en la necesidad de fundarme no sólo en documentos conocidos sino también en los inéditos y non natos. Pero como el genio, aparte de la magnitud, difiere del talento por la complexión, por la sustancia, por elementos cualitativos, no hay riesgo en afirmar á buena cuenta que tienen mucho de genial las facultades del señor Maura; y aun podemos añadir que si pasara como buena la clasificación de Juan Pablo, que llama femeninos á los genios de segundo grado, no sería dudoso el género á que pertenece la imaginación del señor Maura, bastante por sí sola para alimentar todo un harén de imaginaciones hembras. Precisamente sus engendros literarios traen el sello de la masculinidad, no exenta de cierta rudeza, ni en modo alguno incompatible con esa delicadeza y esa gracia que no son el resultado del trabajo hábil, del savoir faire, ni siquiera del gusto refinado, sino expresión de la fuerza misma. Así, en lo físico, la fuerza muscular, la riqueza de la sangre, se traducen en la gracia de los movimientos y en la vivacidad y lozanía de los colores, supliendo con ventaja la pulcritud y esmero aristocráticos y el instinto de la elegancia, cualidad al cabo subalterna: hay jardines elegantes; no bosques, montañas elegantes.

No es Maura de los escritores que llamamos cultos, en contraposición á los directamente adheridos á la naturaleza; es de los pocos que viven la poesía, no de los muchos que la representan. Sin despojarse de esta segunda naturaleza determinada por la civilización, madre adoptiva de los hombres de cada siglo, no se aísla ni deja de alimentarse á los pechos de la primera, madre común de todos los hombres. Fecundado por los principios activos de la realidad, la secunda, en vez de imitarla fríamente. Crea, no combina; y este es el secreto de la vida en las obras de arte. No lleva dentro al crítico de sí mismo, si bien alguna vez ha criticado, ó mejor, nos ha contado las aventuras de su pensamiento á través de las páginas de algún amigo (verbigracia el infrascrito) tomando antes un poco del haschis de su fantasía á fin de ver ilusoriamente las obras ajenas vestidas con la luz y los colores propios. Es la fuente viva y espumosa formada por misteriosas filtraciones de lo alto, no el pozo abierto á fuerza de barrena, donde traspira trabajosa y lentamente el agua de caudales ajenos ó comunes. En sus obras, más ó menos felizmente alumbradas, se ve que han brotado como un organismo viviente, no como un compuesto de partes escogidas y harmonizadas á la luz del criterio estético, incapaz, por alto que sea, de suplir la intuición del artista de raza. Y he dicho alumbradas, porque eso que vulgarmente se entiende por forma, no es más que el medio de exterionzación ó alumbramiento de la forma verdadera, la interna, la que coexiste con la idea; medio tanto más perfecto cuanto menos se sienta y se perciba, cuanto más negativo. Decir de un cuadro no se sabe corno está hecho, es el mejor elogio de su realización externa.

Gabriel Maura no ha gastado mucho tiempo en aquella oficina de las musas de que nos habla Leopardi en la cual se ven

Gli strumenti dell' arte,
e i servigi diversi
a che ciascun di loro
s' adopra nel lavoro
delle prose e de versi.

Pero ese estudio de la parte adjetiva, esa disciplina del arte, apenas le hace falta cuando se inspira de verdad. Surgen entonces los párrafos y las estrofas, fuertes y bien construidos, como los cuartetos del canto Avant que parecen bloques desbastados y labrados á pulso, con pocos pero certeros y valientes golpes, sin que el roce excesivo de los instrumentos del oficio amortigüe las ásperas y limpias aristas del granito. Los mismos aciertos de forma se notan en composiciones de tan distinta índole como L'Espigolera, Lo Segador, Quimeres. En otras no estaría de más un poco de lima. Ma il tempo manca, contestará el autor y tendrá razón. Porque Maura es industrial desde la adolescencia, con la consiguiente esclavitud de las ocupaciones cotidianas. En medio de la prosa de estas ocupaciones sintió en su frente el fresco beso de la invisible musa; sintió el arte, no exclusivamente en su forma literaria, sino en la unidad matriz, en el entronque de sus diversas manifestaciones. Cogió el lápiz y el pincel, y reveló excepcionales aptitudes para las artes gráficas. Escribió, con la letra inglesa peculiar de los escritorios de comercio, en horas hurtadas á la diaria labor, sus primeros ensayos poéticos; y en la amplitud y bizarría que en ellos campea, no obstante sus incorrecciones, revelóse el vuelo desigual del aguilucho, que naturalmente con el tiempo había de ser águila; pero el águila... se ha sometido á la domesticidad, á la vida burguesa y obscura de las aves de corral, y ahí la tenéis, á la sombra del nativo campanario, sin levantar el vuelo más que muy de tarde en tarde, á ruego de algún editor de revista ó almanaque.

Digo mal; no solamente cuando escribe hace alarde de sus alas espléndidas, sino á todas horas. El que sólo conoce á Maura por lo que ha escrito y publicado, no le conoce. Hay que verlo en el trato familiar, en la conversación de todos los días. Ya se sabe: donde está Maura, redacción, tertulia, corrillo, no falta la risa, el asombro ante sus estupendas ocurrencias, ante el llover continuo de flores, hojas y ramas enteras del árbol frondosísimo de su imaginación, vareado por su ardiente causticidad. No es un ocurrente como tantos otros, improvisadores de chispas, retruécanos, menudos epigramas, no; improvisa imágenes, escenas, entremeses, decoraciones completas. Es un derroche, un festín interminable de la loca de la casa. Una palabra, un detalle cualquiera hiere su cerebro, como Vulcano hirió con el hacha la cabeza de Júpiter, y brota... nada menos que Minerva completamente armada, o cosa parecida. ¿Cómo ha podido verificarse la concepción, la gestación mental, y contruirse en las recónditas fraguas del cerebro las piezas de la armadura, y ceñírselas á la Diosa feto, y salir ésta, radiante, todo á la vez, instantáneamente? No me lo explico.

Dígaseme ahora si no es verdaderamente doloroso que tan rica mina permanezca inesplotada, en medio de la penuria en que vivimos.

A menudo los conceptos de Gabriel Maura relampaguean en fondo teñido de sombrío pesimismo que artísticamente le favorece y que no resulta nocivo, porque está sólo en su imaginación y no en la raíz de su espíritu. Su abundancia de oxígeno moral vence á su pesimismo, que no es el pesimismo del vacío metafísico sino el que proviene de la contemplación de las miserias de la vida por un temperamento juvenalicio á través de un prisma sakspiriano. El señor Maura es el más sumiso feligrés de su parroquia, y no creo que haya nada que decir en que el mundo le parezca un valle de lágrimas, en lo cual Schopenhauer conviene con los místicos. Todo tiene su compensación; así, el que por exceso de impresionabilidad siente más que otros el amargor de los frutos agrios, por la misma razón saborea mejor los frutos dulces, y con ello, fácilmente se reconcilia con la vida.

Lo malo es que este humor un poco pesimista, tal vez sea parte no pequeña en el desdén con que mira el señor Maura su propio ingenio y lo que ha producido que es poquísimo, respecto de lo que podría producir con sólo dejar que rebosaran sobre el papel, de cuando en cuando, las marcas ígneas de su mente.

A Dios rogando y con el mazo dando. Démosle con el mazo de nuestras instancias; amotinémonos en torno de nuestro amigo para que no se reserve el tesoro que Dios le ha dado con la obligación de repartirlo. Y entre tanto felicitémonos de que haya consentido que se coleccionaran en este volumen sus artículos de costumbres mallorquínas, deparando á la literatura indígena un día de fiesta.

En estos artículos sigue el autor la ley común de copiar fielmente ía realidad, pero no por eso abdica de su idiosincrasia. Lejos de atenerse al sistema de la impersonalidad que preconizan los naturalistas de última hora, el narrador está en todos sus cuadros, bien visible, y muy á gusto de los lectores que se recrean con el Maese Pedro más todavía que con las figuras que presenta. Eso no es motivo para que padezca la verdad. Sólo en Escola práctica, boceto de admirable y crudelísimo relieve, noto que los dos personajes principales, dialogando, se pintan á sí mismos con rasgos verdaderos y que seguramente deben estar en su conciencia, pero no me parecen naturales en boca de ellos.

Merced á su facultad, no ya de observación, sino de absorción, le bastan á Maura esos detalles volanderos que todos vemos sin penetrar más allá, para apoderarse de las interioridades de un tipo, de una familia, de una clase, y de los horizontes en que se mueven; le basta asir el extremo de una rama para tirar hacia sí del árbol y del terreno en que está plantado. Sólo así se explica que conozca al dedillo las minuciosidades íntimas y exteriores de todas las clases de nuestra sociedad, sus hábitos, sus pasiones buenas y malas, las formas que en ellas reviste la humana miseria, como si el diablo cojuelo se las hubiera enseñado levantando los tejados de todas las viviendas del pais, desde el palacio señorial al más infeliz tugurio. Hasta el presente ha excogido sus ejemplares en la clase popular ó fronteriza con la clase media; pero me consta que tiene en la cabeza material bastante, para trazar en vasto lienzo la vida de más altas y no menos características regiones. No sólo en bien del arte, sino en bien de la historia sería de agradecer este trabajo, pues se me figura que nuestros nietos no van á llegar á tiempo de hacerlo, á juzgar por la rápida descomposición y transformación que estamos presenciando.

No he de analizar los artículos de este volumen, bastante breves para ser devorados en menos tiempo que el que yo emplearía en mis pobres comentarios. Populares algunos, conocidos y juzgados todos, no han menester de nueva sanción ni tengo autoridad para darla. Yo no soy más que uno de tantos entusiastas del ingenio de Maura, proverbial en Mallorca; y voy á deleitarme releyendo estos artículos en que el original, pintoresco y ameno costumbrista, montado en el hipógrifo de su fantasía, caracolea gallardamente, sin ajar un perfil, en los reducidos escenarios que exibe.

Juan Alcover.

Palma, Mayo de 1892.

Hay que rescatar los textos de Dominio Público de sus cárceles de papel.

Joan Riera: El conquistador de Palma más olvidado (DM, 23/01/2013)

Conquistadores:

  • Cecilio Metelo (123 a. JC.)
  • Isam al Hawlani (903)
  • Jaime I (1229)

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