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De la Sierra de Tramuntana

fabian | 05 Juliol, 2011 16:57

No hace muchas fechas, la UNESCO declaró a la sierra como Patrimonio de la Humanidad. Hay una web (Serra de Tramuntana Paisaje Cultural) realizada por el Consell de Mallorca. Estas declaraciones internacionales siempre satisfacen y es de esperar que sea positiva para la sierra y toda la isla.

Para celebrarlo de alguna manera y dejar constancia en esta bitácora de esta declaración, he buscado un texto que pueda servir:

Leyenda y paisaje

Saliendo de Deyá hacia Valldemosa el paisaje se agranda. Deja de ser episódico y lindo, como en Sóller, para cobrar una majestad rozagante y lujosa. El camino sigue corriendo á media ladera y divide como una cinta blanca la espesura de los bosques que descienden hasta el mar, en rápido declive, ó suben hasta la cumbre de los montes sonrosados. La carretera se desliza entre frondosidades, más como avenida de parque que como prosaica vía de comunicación, en suaves curvas y revueltas, con pretiles cuidados, bajo el dosel de las encinas y las guirnaldas de madreselva, entre muros de contención, estribos primorosos y bien perfilados bordillos. En la arista de esos muros se cimbrean florecillas graciosas y tenues, como un festón ó cenefa decorativa; la hiedra suspende sus cortinajes y anuncia la benéfica proximidad del agua que baja por ocultas venas, saltando, acá y allá, dentro del tazón empotrado en la pared para refrigerio de los caminantes. La nota de aseo, de aliño, de limpieza exquisita en líneas y tonalidades, da carácter á aquella naturaleza, ante la cual se nos entran tentaciones de cantar un laude y decir: tota pulchra.

Difícilmente se podría encontrar otro rincón que, como Miramar, ostentara rasgos de tan inconfundible aristocratismo. Los árboles no tienen allí otra misión que la de crecer, en divina ociosidad, para deleite de la vista. Su objeto no es la cosecha, ni el fruto, ni la madera, ni la poda, ni ninguna suerte de beneficio material. Forman una vegetación opíparamente sostenida tan sólo para regalo de los ojos, sin que deba agotarse en los esfuerzos de la producción, sin que revele idea alguna de propiedad, de lucro, de sordidez. Hasta los árboles de prosapia más humilde, sustentados por un humus rico y por una tierra sin esquilmar, parecen tener idea de su propia molicie formando como una aristocracia forestal, cuyo fin no fuera el trabajo sino el embellecimiento y la elegancia.

Así los encinares toman, sin intervención de la mano del hombre, aspectos fantásticos y decorativos de selva legendaria, de selva de balconería, con claros y plazoletas, bajo altas bóvedas de ramaje, que parecen aguardar la espléndida cabalgata de un Enrique el Pajarero ó de un Amador de la Gentileza. Los pinos, los vulgares pinos marítimos, crecen con bravía frondosidad y llegan á transfigurarse adquiriendo formas de alerces, de tuyas, de coníferas suntuosas, y ofreciendo, en la distancia, suavidades y tornasoles de felpas ó terciopelos, de áureas cabelleras descrenchadas, entre las cuales destacan sobre el vibrante azul del cielo, sobre la turquesa liquida del mar, los templetes, las rotondas, los miradores, las balaustradas y verandes que una mano próvida ha hecho surgir en todo peñasco avanzado y en toda situación interesante ó en apariencia inaccesible.

grabado
"Entrada en Miramar", del libro de Gaston Vuillier "Les îlles oubliées"

El mar, que se presenta en inmensa llanura, es diáfano. Parece un enorme cristal puesto sobre los fondos en los cuales se extienden blancuras de arena, misterios de vegetación subacuática, manadas de delfines ebrios de alegría, conglomerados de rocas con la verde fosforescencia de la esmeralda. Es un mar pagano: un mar de tritones, de cisnes, de nereidas, de carnes de nácar, ante el cual aguarda el artista la aparición de un mito nuevo, una reencarnación de la cipria diosa, como un nuevo florecer de la belleza inmortal que rejuvenece al mundo por siglos y edades... Y la costa se va prolongando, hacia Bañalbufar, en una sucesión espléndida de las calas virgíneas y de promontorios escalonados en distintos planes visuales y con diferente coloración: el primero de un rojo intenso, el segundo de rosa pálido, el tercero opalino, y de ónice, de ámbar, de neblina luminosa los siguientes, formando una perspectiva interminable de grandes navíos fantásticos cuyas proas aparecen, de distancia en distancia, una tras otra.

Mas, este esplendor y lujo de la naturaleza, no carece de sentido y de tradición, sino que se le añade un gran prestigio espiritual. Con este paisaje se ha ido combinando, á través de seis siglos, el alma oculta de la leyenda. Bosques y laderas representan algo más que un simple territorio interesante, de hermosura inanimada y pasiva. Por ellos han pasado, á grandes ráfagas, la poesía y la emoción. Espíritus insomnes y atormentados han enriquecido este lugar con el perfume de su alta existencia y con el florecer de sus ideales ó de sus pasiones devoradoras. En la sombra de las florestas, en el susurro de los árboles, en el gemido del viento, nota, como algo inefable, una confidencia de los extraordinarios prodigios y exaltaciones da la vida que les cupo presenciar y de los cuales se impregnaron como de un inextinguible aroma. El viajero culto discurre por aquellos andurriales bajo la presión de esa atmósfera de recuerdos; y el genius loci obra en él con poderosa insinuación, eficacia y complicidad para el amor divino y para el amor humano, para la maceración y para la embriaguez de los sentidos; para el arrobamiento del alma anegada en Dios y para el coloquio de la pasión furtiva ó trágica que se recate de las gentes.

Allá en las postrimerías del siglo XIII había escogido Raimundo Lulio ese nido de águilas para su propia soledad y para el colegio políglota donde, como en un castillo de excelsa y generosa caballería, fuesen preparados los paladines de la cruzada ideal que constituyó, á la vez, el impulso y el fracaso glorioso de su vida. La ermita de la Trinidad, algo más abajo de la actual carretera; las ermitas viejas, arriba; el bosque, entero de Miramar; su silencio augusto, sus noches estrelladas, alientan y palpitan en las páginas del Bíanquema. Pocas veces se habrá dado conexión tan íntima entre un poema y un lugar, como la que se advierte entre los diálogos del Amigo y el Amado y esa comarca valldemosina, de suerte que el libro parece emanación del paisaje, y el paisaje comenta é ilumina el libro con luz interior insustituible. El cántico luliano está adherido tan indisolublemente á las cosas de Miramar como el epitalamio salomónico al valle de Hebron, á las laderas de Galaad ó á los viñedos de Edgadi.

Desde entonces no se ha interrumpido un punto la cadena de prodigios y maravillas espirituales de que ha sido teatro aquella ribera, refugio de contemplativos y penitentes, de estudiosos y enamorados, de artistas y proscritos ilustres. Al venerable y ahora desaparecido monasterio llegó un día, por escabrosos caminos de herradura, maese Gaspar Calafat, arreando las cansadas acémilas que transportaban á aquellas soledades los modestos enseres de la imprenta que empezaba á asombrar al mundo. Allí gimieron los tórculos, por primera vez en Mallorca, durante las gloriosas postrimerías del siglo XV, tan llenas de maravillosas novedades. Cosa de un siglo después toda la comarca se perfuma de santidad, de milagro y de virginal hechizo con la vida de una adolescente extraordinaria, formada en el plantel de las Catalina de Siena y Teresa de Avila. Humilde flor de predio, el lirio de Sor Gallart, es el alma ingenua, creyente y enamorada de Dios, que pasa el rosario, deshojando ramas de mirto por los senderos de Miramar y que, desde el alto cerro oye la misa de la Catedral, á cinco leguas de distancia, haciéndosele transparentes los muros de la basílica, en el éxtasis de la elevación...

.Pero vienen tiempos nuevos. Jovellanos, nacido entre el desquiciamiento de toda una época, pasea por las soledades de aquella costa la nobleza de su proscripción. Todavía aquel paisaje no ha hablado á una alma moderna. Todavía Chateaubriand no ha revelado á la.literatura el sentido de lo grandioso. Y Jovellanos se limita á expresarnos una impresión del paisaje placentero; ó solemne, á lo sumo, y el reposo de sus pláticas con los santos varones de la ermita ó con los «silenciosos hijos de San Bruno», en la cartuja. El tema queda integramente reservado a George Sand. Cuando la famosa escritora llega allí, en compañía de Chopin, ¡qué mutación en el mundo!, ¡qué cambio en lo que se llama ahora tabla de valores: valores filosóficos, religiosos, estéticos, políticos! Aquellas frondas que no habían visto cruzar sino sayales de penitente y figuras demacradas por la abstinencia, se abrieron á los aromas impuros, al rastro de las elegancias mundanas, á los coloquios de la pasión irregular, al satanismo. La misma naturaleza de donde había surgido el cántico luliano sirvió de fondo á las correrías de Aurora Dupin, sueltos al aire los cabellos, y á las páginas apostáticas de Spiridión. La misma quietud de la cartuja fue alterada, en las altas horas de la noche, por la mano convulsiva del infeliz polaco, obstinada sobre el Pleyel en los tanteos de la Tempestad.

grabado
"La Foradada", del libro de Gaston Vuillier "Les îlles oubliées"

Después, la generosa empresa del archiduque Luis Salvador, de la cual traté en otra ocasión, ha difundido ese encanto de un panorama perfumado por una historia, abriéndolo á las peregrinaciones del arte. Por allí han desfilado principes, artistas, poetas, músicos, de todo país y de toda procedencia y de todo idioma; desde Richepin y Barres á Verdaguer, Rusiñol y Rubén Darío; desde Eduardo de Inglaterra hasta la malograda Emperatriz errante...

En efecto: Isabel de Austria, «la rosa de Baviera,» única entre las más grandes fascinatrices de su tiempo y en torno de cuya figura, llena de encanto y elegancia suprema, se cernió un destino fatal, vagó por aquellas soledades á esconder su ensimismamiento y la grandeza de una adversidad que le arrebató á su cuñado Maximiliano en Querétaro, á Carlota en la demencia, á su primogénito en un terrible drama amoroso, á su hermana en el incendio del bazar de la Charité, á Luis de Baviera en los delirios de su locura wagneriana. Y aquella mujer tan admirada y adulada como infeliz, aquel Hamlet femenino de cuyo monólogo vino á hacer el mismo Barres el.resumen en la introducción al extraño y bellísimo libro de Cristomanos, destacó sobre el horizonte en las rotondas y belvederes de Miramar, refrescando sus impresiones de Corfú y sus entusiasmos poéticos del «Akileyon...»

Todo ese cúmulo de recuerdos y sugestiones palpita en el paisaje; de suerte que al viajero, regresando de su excursión, no sólo le parece haber visitado un exquisito fragmento de la naturaleza, sino haber oído susurrar en sus bosques y en sus auras la misteriosa confidencia de tantos espíritus, de tantos dolores, de tantas fiebres.

Miguel de los Santos Oliver: De mi tierra: Leyenda y paisaje (La Vanguardia, sábado, 4 de septiembre de 1909)

Hojas del sábado

Comentaris

Un viejo discípulo

Xisco "Paco" Almendro | 06/07/2011, 12:55

Hola Don Fabian, la alegría del reencuentro se mezcla con la ilusión de poder volver a vernos y tomar un café juntos para, ahora sí con juicio y madurez, darle las gracias que se merece por haber sido mi profesor y mi maestro. Han pasado más de treinta años y no puedo menos que mencionar que todos sus ex-alumnos, mencionan sin duda en primer lugar a Don Fabian al hablar de aquellos maravillosos años...

Re: De la Sierra de Tramuntana

Fabián | 06/07/2011, 16:28

Hola, Paco. Me alegran tus palabras. Yo me acuerdo aún de muchos de vosotros. A ver si tomamos un café.
Por cierto, creo que era a tu madre a quien veía y saludaba en la plaza. Últimamente ya no la veo.
Recuerdos

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