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Hojas del sábado: Palma

fabian | 20 Març, 2011 09:56

Miguel de los Santos Oliver (1864 - 1920) dejó Palma pasados los cuarenta años (1904). Ya en Barcelona trabajó en el "Diario de Barcelona" hasta 1906 y luego en "La Vanguardia". Cada sábado publicaba un artículo, sin tener título la serie. Posteriormente seleccionó parte de estos artículos sabatinos de La Vanguardia y los publicó, con modificaciones, en una obra en seis tomos bajo el título "Hojas del sábado". En el primer tomo recoge varios artículos (y también alguna conferencia) relacionados con Mallorca.

La Vanguardia digitalizó su hemeroteca hace unos pocos años, por lo que podemos encontrar en ella los artículos de Miguel S. Oliver, ya que era así como los firmaba. En su mayoría no eran artículos que trataran la actualidad del momento; sus temas son más bien la literatura y la historia. Con todo, los artículos que llevan como antetítulo "De mi tierra" presentan en la prosa preciosista habitual en este escritor, un lirismo lleno de sentimiento.

Recojo hoy aquí del artículo publicado el sábado 2 de octubre de 1909 en la página 6 de La Vanguardia, titulado "La sensación de Palma", la versión publicada en las "Hojas del sábado (De Mallorca)". La Semana Trágica de Barcelona le produjo una importante impresión que modificó su actitud hacia la vida en Mallorca, a la que consideraba provinciana y sin pulso. Este artículo está escrito pocas semanas después de aquella vivencia y su actitud ya ha cambiado.

De mi tierra

La sensación de Palma

¡Qué grata, sedante impresión después de tantos años de ausencia, después de los ardores de la lucha en la gran capital, después del incendio y el tumulto, después de una «semana trágica»; qué impresión la de sumergirse en la paz serena de aquel ambiente, en la paz de Mallorca!... Es bastante común entre los mallorquines negar todo interés a la capital de la isla, si se descuentan dos o tres edificios vistos en una mañana como la catedral o la Lonja; y aun a menudo desaconsejan toda permanencia al viajero, amenazándole con que se «aburrirá». ¡Qué desatino! Claro es que si el viajero aspira a encontrar una ciudad populosa y moderna, como Marsella o Barcelona, sus esperanzas quedarán defraudadas. Pero sí busca impresiones de otro linaje y no se deja llevar por las trivialidades de la vida de exhibición; si viaja como artista, como curioso, y quiere penetrar en aquel sentido o confidencia que todo pueblo ofrece a nuestro estudio, no resultará despreciable el fruto que puede sacar de Palma, ni dejará tampoco de advertir notas de singular hechizo, ni de entrar muy pronto en el encanto misterioso de la población y su ambiente

Para ello es preciso tener la vista adiestrada a separar los elementos puros de los advenedizos y superpuestos. Intérnese el visitante por el barrio de la Almudaina y la Catedral, y si sabe escudriñar los zaguanes de las casas nobiliarias, si le impresiona el eco de sus propias pisadas resonando en una plaza desierta y solemne, en una calle de retablo y farolillo; si despierta en su alma alguna emoción de quietud y aplacamiento aquella soledad entre levítica y señorial, entonces no será para él tiempo perdido el de sumergirse en el silencio casi pitagórico que emana de la vieja ciudad, contra el cual parece que llega a romperse y estrellarse la marea de las inquietudes continentales.

Entonces en uno de esos momentos de grata abstracción que constituyen la verdadera delicia del viajero, llegará a revelársele todo el misterio e intimidad del alma mallorquína, suave, contemplativa y armónica. Admirará los viejos caserones, con sus patios de comedia de capa y espada, con sus fuentes de herraje bizarramente retorcido en hojarasca, con sus balcones salientes y ventrudos que hablan a la imaginación de amantes de Verona y de canto de alondras matinales, con las puertas esculturadas de sus «estudios» o entresuelos, nidos de juristas, eruditos y teólogos de pasadas centurias.

En lo que queda de las viejas murallas, en sus fosos, en el glacis de sus baluartes, en sus rebellines, en los alcaparros que a modo de cimera flotan sobre escudos imperiales de los Austrias y flores de lis borbónicas, oirá susurrar un aire glacial y, en ese aire, la canción de los cesarismos muertos y la vaga tristeza de las arquitecturas castrenses. Observará el área ocupada por las iglesias y antiguos conventos en relación con el área total de la ciudad De la mole de la Catedral; de la imponente masa de la Almudaina; del airoso perfil del castillo de Bellver; de la visión serena de la Lonja, arca de alianza de lo gótico tendiendo a la unidad y euritmia de lo clásico; de las grandes mansiones señoriales que quedan todavía, empotradas en la trivialidad de las construcciones modernas, sacará la impresión de un pasado fastuoso, de una capitalidad potente, de una prosperidad mercantil análoga a la de las viejas ciudades italianas, que se ha resuelto poco a poco en adocenado provincialismo.

Hay que impregnarse de esa quietud deliciosa y sumergirse en ese Leteo de silencio y olvido, como para una purificación del alma, atormentada por el ardor de las grandes ciudades. Hay que oír la vibración de la gran campana de la Seo, a la hora de la elevación, en el oficio diario; hay que advertir las voces y ruidos lejanos que refuerzan la impresión de ese silencio de paz inalterada. Hay que pasar unas horas en alguna de aquellas bibliotecas apañadas, en alguno de aquellos caserones cubiertos de viejos retratos, guarnecidos de amplios sillones y de vastos bufetes que domina un velón monumental, como si esperasen la vuelta del prócer que los construyera en lejanos días... Entonces uno se acerca al centro de aquella poesía y al porqué de aquella dulzura melancólica. Parece que todo suspira vagamente por algo que fue; parece que de todo se escapa un vaho de nostalgia. Y se creyera que la ciudad, sumida en grata absorción de sonambulismo, se contempla en lo pasado como en una inexplicable añoranza de si misma.

Sobre esa ciudad apacible pasan muy de tarde en tarde los vientos de la tempestad moral. Diríase que se presenta llena de rubor a la mirada del mundo. Todo habla en ella de conformidad, de resignación tranquila, de aceptación voluntaria y sincera de la propia suerte. El mismo tonillo pausado y musical del lenguaje, indica ya esa muelle indiferencia de los pueblos que no se sienten perturbados por grandes aspiraciones y prefieren la contemplación, anticipo de eutanasia, a la acción y la lucha con todo su séquito de dolores y tragedias. Cien veces advertí, en mis paseos por los caminos de ronda, sentados en un pretil junto al lienzo grandioso de la muralla de mar un grupo de ancianos tomando el sol, contemplando el monótono y fascinador vaivén de las olas Eran veteranos de la guerra, de la navegación, del trabajo. Eran inválidos del heroísmo que como barcas viejas y agrietadas dormitaban allí, en la misma playa, gratamente sustraídos al pasar del tiempo y al vuelo de las horas. Esperaban la muerte, serenos, tranquilos, evocando recuerdos de una lejana juventud, de unos viajes borrascosos, de unas tempestades del mar y del espíritu para siempre desvanecidas en lo que fue. Ante sus ojos se abría el Mediterráneo, en grandioso abanico. Por la línea del horizonte cruzaban buques de alto bordo, transatlánticos colosales, acorazados, la caravana marítima de los pueblos ambiciosos, atareados y febriles...

Una mirada indiferente de aquellos viejecitos seguía, por un momento, la ignorada ruta Después volvían a su silencio, o a su coloquio lleno de morosas lentitudes, allí, junto al costillaje del laúd abandonado, junto al cañón inservible, junto al ancla rota que suelen ennoblecer, como gloriosos trofeos, la ribera de las poblaciones marítimas.

Basado en Miguel S. Oliver: De mi tierra: La sensación de Palma (La Vanguardia, sábado 2/10/1909)

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