fabian | 11 Gener, 2011 17:14
Resulta entretenida esta novela ganadora del Premio Planeta de este año, Riña de gatos de Eduardo Mendoza. La acción se sitúa en el Madrid de 1936, en los días anteriores al levantamiento militar y la novela recorre ese ambiente prebélico apareciendo algunos importantes protagonistas como Manuel Azaña, Francisco Franco junto con otros generales como Mola o Queipo de Llano. También es parte importante José Antonio Primo de Ribera. Todos ellos involucrados en una especie de vodevil poco importante, ya que no es ni la acción de estos personajes ni tampoco su doctrina política lo que interesa, sino más bien el ambiente que en esos momentos se vivía.
El protagonista de la novela es un inglés joven, especialista en Arte, que viene a España para hacer la valoración de unos cuadros. En su época de estudiante acudía frecuentemente al Museo del Prado para estudiar la obra de Diego Velázquez, el pintor de la Corte de Felipe IV. A lo largo de la novela, Anthony Whitelands entra varias veces en el museo y se nos cuenta cada vez un cuadro. No es nada excepcional, la novela no es de primera categoría, pasable, entretenida, y las descripciones que el narrador hace de los cuadros supongo que ya están realizadas en libros especializados; pero al estar en un libro premiado que suele tener mucha venta, nos lo acerca a quienes desconocemos esas historias.
En una de esas visitas al museo, se describe el cuadro de Menipo:
Iba a ver Las hilanderas, pero al pasar por delante de Menipo se detuvo en seco, conminado por la mirada de aquel personaje, mitad filósofo, mitad granuja. Siempre le había parecido extraña la elección del asunto por parte de Velázquez. En 1640 Velázquez pintó dos retratos, Menipo y Esopo, destinados competir en el favor del rey con dos retratos muy parecidos de Pedro Pablo Rubens, a la sazón en Madrid. Rubens pintó a Demócrito y a Heráclito, dos filósofos griegos de fama universal. Por el contrario, Velázquez eligió dos personajes de escasa relevancia, uno de ellos casi desconocido. Esopo era un fabulista y Menipo un filósofo cínico del que nada seguro ha llegado hasta nosotros, salvo lo que cuentan Luciano de Samosata y Diógenes Laercio. Según éstos, Menipo nació esclavo y se afilió a la secta de los cínicos, ganó mucho dinero por métodos de dudosa rectitud y en Tebas perdió cuanto tenía. La leyenda refiere que ascendió al Olimpo y descendió al Hades y en los dos lugares encontró lo mismo: corrupción, engaño y vileza. Velázquez lo pinta como un hombre enjuto, entrado en años, pero todavía lleno de energía, vestido de harapos, sin hogar ni posesiones materiales y sin más recursos que su inteligencia y su serenidad frente a las adversidades.
Esopo, su pareja pictórica, sostiene un grueso libro en la mano derecha, en el que sin duda están escritas sus célebres aunque humildes fábulas. A Menipo también le acompaña un libro, pero está en el suelo, abierto y con una página rasgada, como si todo cuanto se hubiese escrito careciera de interés. ¿Qué habría querido decir Velázquez al elegir este personaje evanescente, siempre en camino hacia ninguna meta, salvo el incesante y reiterado desengaño? En aquellos años Velázquez era justamente lo contrario: un joven artista en busca del reconocimiento artístico y, sobre todo, del encumbramiento social. Tal vez pintó a Menipo como advertencia, para recordarse a sí mismo que al final del camino hacia la cumbre no nos espera la gloria, sino el desencanto.
Eduardo Mendoza: Riña de gatos
Es interesante la conjunción imagen - palabra; esta última guía la mirada y, con frecuencia, la dirige hacia elementos que pueden pasar desapercibidos. Así, Susana Calvo Capilla en Menipo y Esopo, además de centrarla en los libros, la dirige hacia el cántaro que no está en el suelo sino sobre una tabla apoyada en la redondez de dos troncos. "Atrás deja, en el suelo, los libros de esos filósofos que desprecia, y un cántaro que, con su equilibrio inestable, recuerda la precariedad, la fragilidad de la vida".
En el Centro Virtual Cervantes muestran cuatro grabados que copian el cuadro de Velázquez, uno de ellos de Goya, otro de Bartolomé Maura, uno dirigido por Muntaner y realizado por Esquivel.
En Arte Historia muestran la acuarela pintada por Mariano Fortuny que, en 1860, en el Prado, reprodujo. Y en CopiArte podemos ver la copia que Sorolla pintó del Menipo de Velázquez.
En el Barroco la imagen de los filósofos y los sabios se transforma. Fue Ribera el primer pintor que los presenta harapientos, "como desharrapados que muestran así su decepción y su desapego por el mundo". Y esta imagen perdurará durante varios siglos.

"La obra es de altísima calidad y sorprende porque en un principio no llama la atención, pero atrapa a medida que se contempla, sobre todo por el rostro del personaje, realizado con una factura muy personal y avanzada mediante rápidas manchas de color que hacen olvidar el preciosismo de sus primeros años", leo en Arte Historia referiéndose a la obra velazqueña: "en un principio no llama la atención, pero atrapa a medida que se contempla".
El desengaño de Menipo no me parece que le afecte tristemente, su cara no es triste; quizás esté indicando que la realidad es como es y hay que aceptar las cosas tal como vienen.
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Tengo un menipo
Edwin Villegas | 19/07/2020, 19:59
Menipo del año 1929 por arcilla capró de Velasquez