fabian | 02 Maig, 2005 16:31
Desde hace una semana no tengo Internet en casa. Lo malo es que aún hoy no sabemos dónde puede estar localizada la avería ni sabemos cómo ni cuándo se resolverá el asunto.
Por mi parte, desesperación. No poder navegar me paraliza. Ya estaba habituado a la búsqueda de información y, al cerrarse esta posibilidad, el mundo se me ha quedado pequeño: mis paredes, mis libros...
Tristeza, desesperación porque no veo la manera de que lo arreglen y aburrimiento. Enciendo el ordenador y es una caja tonta. Juego al solitario. Penoso.

Fotografía de mudflaps
Por matar horas leo con pocas ganas 2666, una novela del chileno Roberto Bolaño (1953 - 2003). Sólo lo he empezado por lo que no puedo apenas indicar nada sobre él.
Cuando la puerta se abrió Morini fue el primero en verlo.
Edwin Johns tenía el pelo lacio, aunque ya le comenzaba a ralear por la coronilla, la piel pálida, y no era demasiado alto aunque seguía siendo delgado. Iba vestido con un suéter gris de cuello alto y una delgada chaqueta de cuero. En lo primero que se fijó fue en la silla de ruedas de Morini, que le sorprendió agradablemente, como si evidentemente no esperara esta súbita materialización. Morini, por su parte, no pudo evitar mirarle el brazo derecho, donde la mano no existía, y su sorpresa, que esta vez no tuvo nada de agradable, fue mayúscula al constatar que del puño de la chaqueta, donde debía haber sólo un vacío, sobresalía ahora una mano, evidentemente de plástico, pero tan hecha que sólo un observador paciente y avisado sería capaz de percibir que era una mano artificial.
Detrás de Johns entró una enfermera, no la que los había atendido, sino otra, un poco más joven y mucho más rubia, que se sentó en una silla junto a una de las ventanas y sacó un libro de bolsillo, de muchas páginas, que empezó a leer desentendiéndose del todo de Johns y de los visitantes. Morini se presentó a sí mismo como filólogo de la Universidad de Turín y como admirador de la obra de Johns y luego procedió a presentar a sus amigos. Johns, que durante rodo el rato había permanecido de pie y sin moverse, les extendió la mano a Espinoza y a Pelletier, quienes se la estrecharon con cuidado, y luego se sentó en una silla, junto a la mesa, y se dedicó a observar a Morini, como si en aquel pabellón sólo existieran ellos dos.
Al principio Johns hizo un ligero, casi imperceptible esfuerzo por entablar un diálogo. Preguntó si Morini había adquirido alguna de sus obras. La respuesta de Morini fue negativa. Dijo que no, después añadió que las obras de Johns eran demasiado caras para su bolsillo. Espinoza notó entonces que el libro al que la enfermera no le quitaba ojo era una antología de literatura alemana del siglo XX. Con el codo, avisó a Pelletier, y éste le preguntó a la enfermera, más por romper el hielo que por curiosidad, si estaba Benno von Archimboldi entre los antologados. En ese momento todos escucharon el canto o la llamada de un cuervo. La enfermera respondió afirmativamente. Johns se puso a bizquear y luego cerró los ojos y se pasó la mano ortopédica por la cara.
- El libro es mío - dijo -, yo se lo he prestado.
- Es increíble - dijo Morini -, qué casualidad.
- Pero naturalmente yo no lo he leído, no sé alemán.Espinoza le preguntó por qué motivo, entonces, lo había comprado.
- Por la portada - dijo Johns -. Trae un dibujo de Hans Wette, un buen pintor. Por lo demás - dijo Johns -, no se trata de creer o no creer en las casualidades. El mundo entero es una casualidad. Tuve un amigo que me decía que me equivocaba al pensar de esta manera. Mi amigo decía que para alguien que viaja en un tren el mundo no es una casualidad, aunque el tren esté atravesando territorios desconocidos para el viajero, territorios que el viajero no volverá a ver nunca más en su vida. Tampoco es una casualidad para el que se levanta a las seis de la mañana muerto de sueño para ir al trabajo. Para el que no tiene más remedio que levantarse y añadir más dolor al dolor que ya tiene acumulado. El dolor se acumula, decía mi amigo, eso es un hecho, y cuanto mayor es el dolor menor es la casualidad.
- ¿Como si la casualidad fuera un lujo? - preguntó Morini.En ese momento, Espinoza, que había seguido el monólogo de Johns, vio a Pelletier junto a la enfermera, con el codo apoyado en el reborde de la ventana mientras con la otra mano, en un gesto cortés, ayudaba a ésta a buscar la página donde estaba el cuento de Archimboldi. La enfermera rubia sentada en con el libro sobre el regazo y Pelletier, de pie a su lado, postura que no carecía de aplomo. Y el marco de la ventana y las rosas afuera y más allá el césped y los árboles y la tarde que iba avanzando por entre los riscos y cañadas y solitarios peñascos. Las sombras que se desplazaban imperceptiblemente por el interior del pabellón creando ángulos donde antes no los había, inciertos dibujos que aparecían de pronto en las paredes, círculos que se difuminaban como explosiones sin sonido.
- La casualidad no es un lujo, es la otra cara del destino y también algo más - dijo Johns.
- ¿Qué más? - dijo Morini.
- Algo que se le escapaba a mi amigo por una razón muy sencilla y comprensible. Mi amigo (tal vez sea una presunción parte llamarlo aún así) creía en la humanidad, por lo tanto creía en el orden, en el orden de la pintura y en el orden palabras, que no con otra cosa se hace la pintura. Creía en la redención. En el fondo hasta es posible que creyera en el progreso. La casualidad, por el contrario, es la libertad total a la que estamos abocados por nuestra propia naturaleza. La casualidad no obedece leyes y si las obedece nosotros las desconocemos. La casualidad, si me permite el símil, es como Dios que se manifiesta cada segundo en nuestro planeta. Un Dios incomprensible con gestos incomprensibles dirigidos a sus criaturas incomprensibles. En ese huracán, en esa implosión ósea, se realiza la comunión. La comunión de la casualidad con sus rastros y la comunión de sus rastros con nosotros.Entonces, justo entonces, Espinoza y también Pelletier oyeron o intuyeron que Morini formulaba en voz baja la pregunta que había ido a hacer, adelantando el torso hacia delante, en una postura que los hizo temer que se fuera a caer de la silla de ruedas.
- ¿Por qué se mutiló?
[...]
¡Vaya tema el de la casualidad! Casualidad y progreso como conceptos enfrentados. El orden racional no acepta fácilmente ni el azar ni la casualidad. Y, sin embargo, la biología y la genética se están aproximando a estos conceptos. El azar de un encuentro y no de otros forma parte de la existencia de los individuos como de las especies. "Un dios incomprensible que se manifiesta de forma incomprensible".
Tengo muchas ganas de poder regresar a la normalidad de poder navegar por Internet y poder buscar textos, imágenes, etc. que me ayudan a poblar mi imaginación de ideas y misterios. No sé cuándo podrá ser.
Adriana | 13/02/2010, 18:59
que tanto mas puedes decir sobre esta obra maestra de Bolaños. Te acabo de descubrir y me interesa mucho tus opiniones sobre 2666
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Ruptura
Álvaro | 04/05/2005, 15:03