fabian | 17 Abril, 2007 17:10
Cae lenta la soleada y apacible tarde. Margarita se anima a dar un paseo sin destino. Caminamos silenciosos y mis pasos cuentan esas penas y preocupaciones que no llegan a solucionarse. Calma en las calles y vacíos en mi cabeza; vacíos de horas sin historias ni ideas. Levanto la cabeza y un reflejo me llama la atención. ¡Qué extraño! La catedral se yergue a media distancia sobre una altura que está sobre nuestras cabezas sitas en la ciudad baja, cercana al mar. Así que, para llegar a los pies de la catedral tendríamos que ascender una larga escalinata y recorrer dos tramos cortos de calles. Pues el reflejo provenía del rosetón catedralicio. Tomo la cámara pero no atino a captar el reflejo, aunque sí el rosetón emblanquecido por la luz blanca del sol poniente.

No consigo capturar el reflejo del rosetón
Posiblemente la catedral haya sido el único templo totalmente de nueva planta y sin limitación en su orientación de la ciudad. Todos los demás se encontraron ya con las limitaciones de una ciudad, la Medina Mayurqa árabe, ya construída y con un terreno si no limitado, ya orientado. Pues la construcción de un templo debía orientarse con el eje principal entre el Este y el Oeste de tal manera que los creyentes, desde la puerta principal, en el oeste, pasaran desde la oscuridad al sol naciente que relumbra en el este. Así, acercarse al altar era acercarse a la luz que alumbra el mundo.
El románico, con sus gruesos muros y pocas aberturas, guarda en su interior la apacibilidad del juego de la oscuridad y de la luz que entra tras el altar, orientado al este. Crea un juego de luces, cirios, velas o antorchas interiores y la luz solar de la mañana que luce tras un altar sencillo. El gótico, pese a que también oriente al este el altar, ciega la luz matutina con algún retablo tras el altar y, ampliando espacios, levantando columnas, abriendo aberturas insospechadas, deja entrar cierta luz que matiza con coloridos cristales y oscurece en los amplios espacios interiores que rompe con coros de maderas talladas. Gaudí quitó el coro que ocupaba el centro y lo colocó en derredor del altar, dejando así toda la amplia nave central liberada de obstáculos. A lo largo del día, desde el interior, se puede seguir el recorrido del sol en su trayectoria sobre el mar ya que los rayos entran coloridos por las cromadas cristaleras y rebotan contra las altas columnas dejando sobre ellas juegos de luces y sombras. Luego, al terminar el día, la última luz entra por el rosetón orientado al oeste bajo el cual se encuentra la entrada principal y que tiene en su cima una virgen con los brazos levantados hacia el cielo puesto que este templo está dedicado a esta virgen de la Asunción.
El sol poniente ha cegado por un momento mis pasos que numeran mis preocupaciones y, Margarita y yo, recorremos los últimos tramos que nos llevan hasta casa.
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