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Perezosa tarde borgiana

fabian | 19 Març, 2007 20:58

Dejo perder las horas de la tarde tras un tonto juego de cartas: un solitario mil veces repetido. El juego permite que mis pensamientos no estén atados a los naipes y pienso que estoy perdiendo el tiempo a la vez que siento esa placidez del transcurrir ocioso. "Debiera preparar algo para la bitácora", pienso al tiempo que anudo cartas en escaleras numéricas. Tras muchos juegos, unos perdidos y otros ganados, rebusco entre las carpetas de imágenes alguna que me despierte del letargo. Escalas de piedra y una hiedra colgante. Algo tiene y algo le falta ...

Fue Borges quien habló de la "verde eternidad" de Itaca adonde regresa un Ulises "harto de prodigios". Hiedra eterna, verde cuando pasé, quizás hoy con hojas incipientes de la primavera entrante. La zigzagueante escalera asciende, piedra antigua que ya vi de niño. También fue Borges, ese ciego vidente, quien nos habló de la perdurabilidad de las cosas y de su silencio: "[...] ¡Cuántas cosas, / limas, umbrales, atlas, copas, clavos, / nos sirven como tácitos esclavos, / ciegas y extrañamente sigilosas! / Durarán más allá de nuestro olvido; / no sabrán nunca que nos hemos ido.". Pero a la imagen le falta algo. Rebusco ...

escalas

Rebusco y me cansa el buscar, por lo que, de tanto en tanto, regreso al juego solitario de las escalas numéricas de los naipes. El tiempo pasa y no tengo nada preparado para estos momentos de escritura. Abúlico reabro una carpeta de archivos musicales. Entre las figuras de reyes y caballos me adormezco con suaves melodías. El trabajo está sin hacer ... "¿Y qué importa?" Mala pregunta. Todo importa. Un vals alegra mi ánimo y me lanzo en la búsqueda de otra imagen. ¿Qué busco? No lo sé. Ciego miro.

Borges perdió la vista. Su ceguera resalta ante los eruditos libros: "Nadie rebaje a lágrima o reproche / esta declaración de la maestría / de Dios, que con magnífica ironía / me dio a la vez los libros y la noche. // De esta ciudad de libros hizo dueños / a unos ojos sin luz, que sólo pueden / leer en las bibliotecas de los sueños los insensatos párrafos que ceden [...]" Es su "Poema de los dones" porque no siente la ceguera como un castigo sino como un don que le concedió alguien "que ciertamente no se nombra con la palabra azar". Pero recuerda el tiempo en que su vista recorría los renglones de los libros de la vasta biblioteca. Siente a ese otro Borges que veía como a un difunto que le acompaña: "Al errar por las lentas galerías / suelo sentir con vago horror sagrado / que soy el otro, el muerto, que habrá dado / los mismos pasos en los mismos días." Al final descubre que su mirada ya no está en su vista sino en su memoria.

Posiblemente a la imagen - ¿cuándo la hice?, no importa, hace cincuenta años estaba igual que ahora - no le falte nada, ¿o quizás sí?. Tal vez una figura humana que ascienda o baje esas escalas. Y si falta una figura humana, falta un sueño que, en el tiempo - no importa cuánto - palidezca y se disuelva, y así quede en su vejez descolorido. Ciego, cual Borges, me siento. Mas mi memoria es pobre. Juego las últimas partidas pensando sobre qué escribiré esta tarde. "El presente está solo. La memoria / erige el tiempo. Sucesión y engaño / es la rutina del reloj. El año / no es menos vano que la vana historia. / Entre el alba y la noche hay un abismo / de agonías, de luces, de cuidados [...] El hoy fugaz es tenue y es eterno; / otro Cielo no esperes, ni otro Infierno." (de "El instante").

La tarde ya hace tiempo que ha declinado, perezosa e indolente. Cierro el juego y ante el teclado abierto para este artículo me pregunto: "¿De qué hablaré esta tarde?".

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