fabian | 20 Abril, 2006 16:56
Hay dos momentos en la vida profesional de un profesor en que tiene que subir al Castillo: cuando comienza y cuando acaba. Cuando comienza lo hace como un niño pequeño, a cuatro patas: desconoce los funcionamientos, los ritos y las costumbres; se pierde por los entresijos de los inacabables pasillos del Castillo y, frecuentemente, pierde también su paciencia. Cuando acaba su carrera profesional, asciende las cuestas a tres patas, como cuenta el enigma de la esfinge. Pero ahora ya conoce los vericuetos y las formas y su paciencia, endurecida ante reveses más duros, no se altera. Hoy, posiblemente por última vez en mi vida profesional, he ascendido al Castillo.

El extraño edificio del Castillo
El edificio actual del Castillo es extraño: sobre su plana y blanquecina fachada se abre una rojiza bocana en la que corren dos escaleras automáticas; cristaleras conforman el paladar de esta amplia boca sostenida por dos largas columnas a modo de colmillos. Subidas las escaleras se entra en un oscuro vestíbulo. Frente a la puerta de entrada otra gran cristalera cierra un patio interior en las que se encuentran amplias claraboyas junto con pequeños pasillos utilizados como parterres. En los laterales, entre formas geométricas, se encuentran grandes superficies verticales que guardan los aparatos del aire acondicionado. Sobresalen esas cajitas transparentes que, cual cápsulas, elevan y bajan a las pocas personas que en ellas caben.
Pese a todos los cristales que dan al vestíbulo, éste es oscuro y un conserje apoltronado en su silla te indica el piso al que tienes que subir al demandárselo. Dos puertas de ascensores están junto a la puerta y, al entrar en alguno de ellos, la fuerte luz del exterior te ciega nuevamente. La botonera de estas cápsulas no señalan el cero sino varios pisos hacia arriba (números positivos) y otros tantos hacia abajo (números negativos). Marco el dos, contiguo a la planta en que estaba.

¿Tiene escaleras internas este Castillo? ¿Cómo pueden utilizarlo los que van en carritos: bebés, niños pequeños, impedidos? No lo sé, apenas conozco este estraño edificio. Tras abrirse la puerta de la cápsula - siempre externa al edificio -, un largo pasillo me espera. Tras recorrerlo entro en lo que originalmente sería una enorme superficie sin más paredes que las externas. Me oriento gracias a algunos carteles estratégicamente situados. Intento alzar la vista por encima de montones de cajas contenedoras de folios que forman paneles que separan las mesas de escritorio de quienes aquí trabajan. Unos estrechos y largos pasillos entre las pilas de cajas me conducen hasta uno de estos islotes abiertos donde se abren varios de los paneles formados por las cajas. "Verdaderamente estoy en el corazón del Castillo", pienso, a la vez que - la experiencia me ha enseñado - me dirijo a gritos y de forma decidida a una de las cabizbajas cabezas de ojos hundidos sobre los papelotes para que me atienda, lo cual hace amablemente.
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El Castillo es una obra de Kafka en la que K. es un agrimensor que abandona su hogar y familia para trabajar en un pueblo adscrito a un castillo. Cuando llegue a su destino, el pueblo le manifiesta que su trabajo no es necesario. K. intentará sin éxito comunicarse con la administración que lo ha contratado, residente en el castillo.
Franz Kafka despliega en "El Castillo" sus constantes temáticas de frustración individual en una colectividad desidiosa y destructiva, envueltas en su característica atmósfera surreal y absurda.
Fabián | 21/04/2006, 18:05
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Bien
transeünt | 20/04/2006, 20:23