fabian | 19 Abril, 2006 08:45
Es una lástima que el Diario de Mallorca oculte las URL de los artículos que publica. No sólo impide enlazarlos sino que, para referirse a ellos, hay que copiarlos ya que desaparecen en menos de 24 horas. Así, por ejemplo hoy, en que me refiero a un artículo concreto y que bastaría enlazarlo, ¿qué puedo hacer sino transcribirlo por completo?
Joan Riera escribe sobre la ciudad de Palma. Sigo sus artículos con interés pues nos explica la ciudad, tema interesante del que conviene conocer su realidad, su historia, la lieratura que hay sobre ella, etc. Hoy publica un artículo sobre los balcones y miradores que no sólo me ha gustado sino que quisiera guardar. Siento no poderlo enlazar.
El misterio de los balcones
La Torreta, por Joan Riera
Palma es ciudad de balcones. Pocos arquitectos han osado diseñar fachadas en la capital mallorquina sin incorporar este elemento que salta desde la ventana hacia la calle. Los hay diminutos, que apenas sobresalen un palmo. Otros podrían dar cabida a todo un regimiento. Los hay tallados en piedra y otros han sido forjados en hierro. Los barrocos pueden recurrir al apoyo de robustas ménsulas de marés -como en el caso de Can Berga-, o a barandillas férreas de imposibles adornos de mitológicos grifos y escudos de armas -como en Can Despuig-, o a sobrias protecciones de madera -como en Can Formiguera-. El modernismo optó por las flores en combinaciones de hierro y piedra -como en el Gran Hotel-. El siglo XX simplificó las líneas e introdujo nuevos materiales como el aluminio o el vidrio. A veces protegen a los moradores de la casa de las inclemencias del tiempo con galerías de madera y vidrio. Unos pocos se cubren con cortinas de esparto o hilo de las agresiones del calor, aunque el toldo enrollable ya es parte ineludible de la fachada.
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Desde la edad media hasta nuestros días los balcones palmesanos ofrecen una gran variedad de formas y estilos. Sin embargo, hay algo que les es común por encima de épocas, dimensiones o decoraciones. Un misterio que nunca he logrado descifrar: están casi siempre vacíos. Se supone que son espacios para abandonar las salas cerradas del hogar humilde o del palacio noble para disfrutar del aire libre y del cielo abierto. El balcón está hecho para que sus ocupantes vean y sean vistos. Para contemplar el ir y venir ciudadano de paseantes y caballerizas, en el pasado, y de paseantes y coches, en nuestros días. Sin embargo, nadie se asoma a ellos. Los balcones de Palma sólo están ocupados, en el mejor de los casos, por flores y plantas -como unos bellos geranios en Born o la exuberante vegetación de la calle de la Boteria-. Los palmesanos los rehuyen. Tal vez porque el carácter del mallorquín tiende hacia la instrospección y se aleja del exhibicionismo. Protege su intimidad y su estilo de vida tras los gruesos muros de la ciudad antigua. Es introvertido. Los lujos, las desgracias y los festejos se viven de puertas hacia adentro. El balcón sólo puede ser, en estas circunstancias, un mero adorno de la fachada sin una función real.
Artículo publicado en el Diario de Mallorca del día 19 de abril de 2006
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