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Un refugio en Cabrera (1715) (J.L. Estelrich)

fabian | 12 Novembre, 2012 17:01

En el capítulo titulado "La isla de Cabrera en la literatura" del libro publicado en 1912 "Páginas mallorquinas", Juan Luis Estelrich presenta este tema para mí desconocido. En principio yo pensaba que indicaría los libros relacionados con los prisioneros franceses hacia 1808 tras la batalla de Bailén, y a ello dedica la segunda parte del capítulo así como a algunos escritos posteriores, pero descubro que también hay otros textos anteriores que citan la isla mayor de ese archipiélago. Con todo, no parece que haya ningún texto que haga referencia al nacimiento de Anibal Barca en la segunda isla, Conejera, de ese archipiélago y que la Wikipedia nos cuenta.

Lógicamente, el texto publicado por J.L. Estelrich en los años 10 del siglo XX no puede relatarnos las historias acaecidas en la isla ya de los submarinos alemanes o del hidroavión republicano que tuvo que amerizar en la isla durante la Guerra Española del 36; hechos posteriores a la publicación de este libro.

Indica Estelrich un texto literario en que se cita la isla de Cabrera; se trata de La Historia de Gil Blas de Santillana, novela picaresca en Francés escrita por Alain-René Lesage (1668 - 1747) publicada en 1715 y ampliada con cuatro volúmenes entre 1715 y 1735. En 1787 fue publicada esta novela en Castellano, traducida por el jesuita José Francisco de Isla quien, en el prólogo, acusó a Lesage de haber compuesto esta obra recogiendo las historias que narraban varias novelas españolas, especialmente "Marcos de Obregón" del rondeño Vicente Espinel (1550 - 1624). El mismo Voltaire ya había señalado la semejanza entre las dos obras.

He buscado la obra de Lesage para ver si encontraba en ella la isla de Cabrera y en el tomo 2 de la traducción del P. Isla aparece la isla:

libro

En fin, nos embarcamos alegremente, lisonjeándonos con la esperanza de llegar presto a Mallorca; pero no bien habíamos salido del golfo de Alicante, cuando nos cogió una furiosa borrasca. ¡Qué ocasión tan buena era ésta para hacer ahora una bellísima descripción de la tempestad, pintándoos el aire todo inflamado, la viva luz de los relámpagos, el estampido de los truenos, la rápida caída de los rayos, el silbido de los vientos y la hinchazón de las olas, etc.! Pero dejando a un lado todas las flores retóricas, os diré sencillamente que fué tan recia la tormenta, que nos obligó a ancorar en la punta de la Cabrera, que es una isla desierta, defendida con un fortín, cuya guarnición consistía entonces en cinco o seis soldados y un oficial, que nos recibió con mucho agasajo.

»Como nos veíamos precisados a detenernos allí muchos días para componer nuestro velamen, procuramos pasar el tiempo en diferentes diversiones para evitar el fastidio. Siguiendo cada uno su inclinación, unos jugaban a los naipes; otros, a la pelota, etc.; yo me iba a pasear por la isla con otros compañeros amantes del paseo. Saltábamos de peñasco en peñasco, porque el terreno es desigual y tan pedregoso que apenas se descubría en él un palmo de tierra. Un día que considerando aquellos lugares áridos y secos estábamos admirando los caprichos de la Naturaleza, que es fecunda o estéril donde le da la gana, sentimos todos de repente un olor muy grato que nos dejó sorprendidos. Lo quedamos mucho más cuando volviéndonos hacia el Oriente, de donde venía aquella fragancia, vimos un campo todo cubierto de madreselva, más hermosa y odorífera que la de Andalucía. Acercámonos gustosos a aquellos bellísimos arbustos, que perfumaban el aire circunvecino, y hallamos que cercaban la entrada de una caverna muy profunda. Era ésta ancha y poco sombría; bajamos a ella por una escalera o caracol de piedra adornado de flores que primorosamente guarnecían sus lados. Cuando estuvimos abajo, vimos serpentear, sobre un suelo de arena más roja que el oro, varios arroyuelos, formados de las gotas que destilaban continuamente los peñascos y se perdían en la misma arena. Pareciónos tan clara y cristalina el agua, que nos dio gana de beberla, y la hallamos tan fresca y delgada, que resolvimos volver a este lugar al día siguiente, llevando con nosotros algunas botellas de vino, persuadidos de que lo beberíamos allí con gusto.

«Dejamos con sentimiento un sitio tan delicioso, y cuando nos restituímos al fuerte ponderamos a nuestros camaradas la noticia de tan feliz descubrimiento; pero el comandante del fuerte nos dijo que nos advertía en amistad que por ningún caso volviésemos a la cueva de que tan enamorados habíamos quedado. «¿Y eso por qué?— le preguntó yo—. ¿Hay por ventura algo que temer?» «Y mucho— me respondió—. Los corsarios de Argel y de Trípoli vienen algunas veces a esta isla y hacen aguada en ese paraje, y uno de estos días sorprendieron en él a dos soldados y los llevaron esclavos.» Por más seriedad con que nos lo decía el oficial, no le quisimos creer. Parecíanos que se zumbaba, y al día siguiente volví yo a la caverna con tres caballeros de la comitiva, y de intento no quisimos llevar armas de fuego, para mostrar que no teníamos el más mínimo temor. Morales no quiso venir con nosotros y se quedó jugando con su hermano y otros del castillo. [...]

Alain-René Lesage: La Historia de Gil Blas de Santillana, Libro Quinto. Capítulo primero. Historia de don Rafael, págs. 172 174 (1715).

Estelrich no reproduce este texto, sólo lo cita. La estancia en Cabrera se resuelve pronto pues al llegar nuevamente a la cueva son capturados por piratas turcos que los trasladan a Argel.

Es una simple curiosidad, textos literarios y científicos sobre un lugar; en este caso sobre la isla de Cabrera. Estelrich indica que entre este texto y el de Vicente Espinel "Relaciones de la vida del escudero Marcos de Obregón" (1618), obra que tene sucesivas ediciones hasta la actualidad y que en el mismo 1618 ya tuvo dos ediciones piratas. "No diré yo que la Historia de Gil Blas de Santíllana no sea de entretenidísima lectura y tenga muchos y buenos toques originales; pero el episodio de Cabrera me deleita mucho más en las Relaciones de la vida y aventuras del escudero Marcos Obregón, como todo lo que puede parangonarse de entrambas narraciones.", comenta Estelrich.

En esta gigantesca biblioteca de Internet no he tenido dificultad alguna para encontrar una edición bien digitalizada del libro de Lesage y en él, utilizando el buscador del propio archivo, el episodio de Cabrera. No me ha sido posible hacer lo mismo en las ediciones digitales del libro de Esquivel.

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