fabian | 05 Març, 2012 11:18
La proclamación de la Constitución de 1812 dio origen en Palma a multitud de festejos que se dilataron durante varios días, a final de agosto y comienzos de septiembre de 1812, que se prolongaron debido a las noticias que iban llegando sobre la liberación de Madrid o sobre la ruptura del cerco de Cádiz. Las celebraciones también se hicieron en muchas poblaciones de Mallorca, cambiando, en algunas de ellas, el nombre de la "Plaza Real" a ser "Plaza de la Constitución".
Miguel de los Santos Oliver, en el libro Mallorca durante la primera revolución : 1808 a 1814 (1901) cuenta, a lo largo de bastantes páginas, las celebraciones principales. Recojo en esta entrada la primera celebración oficial, que fue la de la jura:
La Constitución: «este código sancionado por las cortes á despecho de las intrigas, de la mala fe y de la ignorancia... declara dominante la religión santa de Jesucristo con exclusión de toda otra; da el trono á Fernando y á sus sucesores; y renovando las primitivas y sabias leyes de nuestra monarquia, condenadas las unas al silencio y arrancadas las otras por la mano feroz del despotismo, os asegura el goce de las propiedades; os hace libres; iguala á todos los ciudadanos delante de la ley; abre á los talentos los caminos de la gloria y del engrandecimiento sin distinción de clases; reparte las cargas en razón de las riquezas. Y reintegrada la nación en el ejercicio de la soberanía, aparecemos ante la Europa con la dignidad propia de los hombres libres, llenando de confusión á las potencias que, aterradas por el poder de Napoleón, no se atreven á luchar contra su tiranía... [Proclama á los valencanos, por Don José Canga Argüelles,] El poderoso y el desvalido no tendrán más que una misma ley y un mismo magistrado que decida sus cuestiones; los vestigios odiosos de la feudalidad quedarán borrados para siempre; la infamia no caerá sobre los irresponsables del delito; el ciudadano se verá dignificado; y el labriego lo mismo que el noble, el artesano lo mismo que el capitalista, podrán ascender á los más altos destinos siempre que merezcan la confianza de sus conciudadanos restituidos á la condición de hombres. - Una ráfaga de ilusión consoladora sopló en la muchedumbre; un optimismo cuasi supersticioso se apoderó de los espíritus y cierta esperanza de súbita y completa regeneración germinó en el seno de la sociedad española. Engaño funesto para la misma causa constitucional fué esta confianza en los instantáneos efectos del nuevo código, con independencia de la cultura del país, del estado de la opinión, de la índole real de los españoles, de los obstáculos opuestos por la rutina ó por los intereses creados á la sombra del régimen antiguo. Se olvidó cuan lentas y trabajosas tienen que ser las transformaciones de un estado y cuan pronto nace el descontento si á las promesas de redención y á los teoremas de rigor geométrico sobre el papel, suceden las lentitudes y complejidades de la realidad, rebelde á los postulados de la «razón razonante».
Bajo tales auspicios fué organizada en Mallorca la jura de la Constitución: Cierta táctica, equivalente á la empleada antes por los liberales, indujo á muchos absolutistas á admitir el nuevo código político y aun á combatir á los «filósofos» en nombre de los preceptos en el mismo contenidos. El Diari de Buja atacaba á los auroristas en nombre de la Constitución y como infractores de ella. «Una Constitución tan justa, sabia y católica... » dice en casi todos los números, sin perjuicio de que dos años más tarde, por uno de esos olvidos ó estupendas retractaciones que no causan asombro en la vida pública, fuesen las constituciones á parar al fogón ó al receptáculo de marras. El pueblo, completamente ayuno de nociones políticas, el pueblo que no había leido á Marbly ni á Raynal, miraba esto de la «carta magna de nuestros derechos» como cosa de conjuro y á modo de una santa muy milagrera que hubiesen canonizado las Cortes. No hubo, pues, abstenciones ni repugnancias. La publicación se hizo en medio del mayor orden y acompañada de espléndidos y concurridísimos festejos. - El día 17 de agosto (1812) se publicó un bando del Corregidor y Ayuntamiento anunciando al vecindario que la solemnidad tendría efecto el próximo día 22, señalando las calles que seguiría la comitiva y encaredendo «que se adornen las casas y que se hagan luminarias durante tres días.» - El Ayuntamiento encargó el arreglo del Borne, sitio escogido para la publicación, al arquitecto Don Isidro Velázquez. En la entrada de dicha plaza, junto á la calle de Jovellanos, dispuso un magnífico arco de triunfo de orden jónico, adornado con estatuas alegóricas de la Paz, la Abundancia, la Justicia y la Libertad. Como remate del arco figuraban, en un lado el dios Mercurio entregando el libro de la Constitución á la ciudad de Palma; y en el otro, España ciñendo la corona á Fernando y entregándole «el cetro y aquel precioso código». Frente por frente y en el extremo opuesto del Borne, fué levantado un palco grandioso, de arquitectura compuesta, en cuyo fondo y bajo dosel aparecía el retrato del monarca. Entre el arco y la tribuna corrían por ambos lados dos filas de columnas corintias, guarnecidas de jazmín, arrayán y yedra, que juntándose por medio de festones del mismo gusto, cerraban el gran salón, en cuyo centro, sobre un zócalo y de entre frondosos adornos de «juncos, espadañas y otras yerbas» aparecían tres matronas: España y sus aliadas Inglaterra y Portugal. En el tope de un altísimo mástil ondeaban sus tres banderas. A uno y otro lado del arco figuraban las siguientes inscripciones: A Fernanddo el Deseado Mallorca libre y leal - Al logro de la Constitución Mallorca libre y feliz. Tal fué la obra del ponderado Velázquez, el futuro arquitecto de Fernando VII, el reformador del Palacio Real, uno de cuyos desaciertos, - los pórticos que había empezado á construir en la plaza de Oriente remendando la de San Pedro de Roma, - no quiso hacer derribar el benigno monarca hasta después de muerto su autor por no darle este disgusto. ¿Cómo le hubiera parecido la alegoría del cetro junto con la constitución y de España coronándole como por acto de soberanía nacional, si hubiese alcanzado á conocerla?
Colaboró ardorosamente en el decorado el teniente coronel de caballería Don José de Ayerbe y trabajaron sin descanso multitud de artesanos y soldados. El día 22, á las tres de la tarde, cubrieron la carrera todas las tropas de la guarnición, en la cual quedaban algunas de la división Whittingham. Este día formaron hasta los urbanos y verderoles. A las cuatro en punto se reunieron en el palacio de la Almudayna, todos los generales, los prelados presentes en Palma, á saber: el Arzobispo de Tarragona y los Obispos de Barcelona, Tortosa, Urgel, Teruel y Cartagena, faltando los de Lérida y Pamplona por no residir en la ciudad; los jefes y oficiales exentos de servicio; el cabildo eclesiástico de esta Diócesis y los demás canónigos y dignidades refugiados en esta isla; los individuos de las Juntas superior y de partido, el Consulado de Comercio, la Sociedad Económica, el personal de la lntendencia, los altos funcionarios expatriados y la nobleza. Reunidos todos en el salón del trono, presentóse una diputación (comisión) de la Ciudad, con sus cuatro reyes de armas, maceros, secretario y maestro de ceremonias. Los regidores comisionados fueron Don Pedro Gual, Don Mariano Cirerol, Don Francisco Rossiñol y el marqués del Reguer. Presentóse también una diputación del Real Acuerdo compuesta de los oidores Don Nicolás Campaner, Don Rafael Veleña y el secretario. El capitán general marqués de Coupigny se adelantó para recibir á los comisionados. Sentáronse estos cuerpos en dos alas, á derecha á izquierda del Real Retrato, «presidiendo los oidores á los regidores», como no se olvida de mencionar Desbrull. Una vez sentados todos y puestos de centinela junto al retrato cuatro caballeros guardias de corps, levantóse el general y cual si cojiese un ostensorio, tomó el ejemplar de la Constitución, encuadernado ricamente, y lo depositó en la bolsa de terciopelo azul bordada de oro y con cordones de seda, que llevaba pendiente del cuello el secretario de la ciudad. En esta guisa y custodiado el secretario por ocho granaderos, se organizó el vistoso cortejo. Abrían la marcha tres cañones de batir y una compañía del regimiento más antiguo; seguían después los invitados, á minoribus, como gritaba el maestro de ceremonias, esto es, de menor á mayor; y servían de escolta una compañía de caballeros cadetes de artillería y un escuadrón de Almansa. Un repique general y una salva de infinitos cañonazos señaló el instante de ponerse en movimiento la comitiva. Por la calle del Arcediano (ahora de Palacio) se dirigió á la Casa Consistorial, en cuya tribuna aguardaba el Ayuntamiento en pleno. Desde ella y previa la correspondiente trompetería, y la voz, repetida tres veces, de: silencio, y oid!. uno de los reyes de armas anunció que la Constitución iba á ser leída en el Borne. Torció la procesión hacia la plaza de Santa Eulalia y tomando por la calle de San Miguel, cuesta de la Pols y Mercado, llegó al Borne atestado en su parte accesible de un inmenso gentío, así como todas las galerías, miradores y ventanas que sobre aquél tienen vista. En todas las calles fueron espléndidas las colgaduras y en especial las de la Platería «que estaba muy adornada con pinturas alusivas á la guerra y crueldades de los franceses, particularmente del 2 de mayo».
Pasando la comitiva por debajo del arco de triunfo, el general, los oidores y los diputados, subieron á la tribuna. El secretario de la ciudad sacó de su estuche el ejemplar de la Constitución y lo entregó al marqués de Coupigny. Este dirigió al extraordinario concurso una breve alocución, anunciando á los mallorquines que había llegado el momento de su felicidad. Devolvió el librito al secretario, los cuatro reyes de armas repitieron tres veces: silencio, y oíd! y el referido escribano Don Rafael Manera, dió lectura íntegra al código constitucional, mientras las tropas permanecían con las armas levantadas, mientras las campanas de las cuarenta iglesias de la ciudad ensordecían el aire y mientras que la artillería disparó su segunda salva. Retiróse la comitiva y al entrar en Palacio repitiéronse las salvas y el repique, Aquella noche y las dos siguientes hubo iluminaci6n en todos los barrios. Cerca de 4.000 luces ardieron únicamente en el arco triunfal y en las guirnaldas del Borne. Las casas del mismo paseo y otras muchas de distintas calles echaron el resto y ofrecieron sus viejos transparentes y sus inscripciones, jeroglíficos, acrósticos y alegorías, que parecían prolongar las fiestas hechas por la proclamación de Carlos lV ó por la beatificación de Catalina Thomás, antes que inaugurar una nueva fase de la cultura. Se ha visto cuanto de idolátrico y materialista había en el entusiasmo constitucional; el libro de la Constitución fué paseado con un fetiche, custodiado, casi adorado. El regocijo popular tenía también mucho de estampilla ó cosa mecánica. Á cierto vendedor de papeles en la plaza de Cort se le ocurrió ganarse cuatro cuartos vendiendo unos «pliegos para faroles de iluminación, con una Fama de colores transparentes que sostiene la siguiente cuarteta:
Para gloria de la España
y terror de Napoleón,
viva por siglos eternos
la nueva Constitución;y no se vió en toda la ciudad más que faroles del modelo antedicho. Hubo también función de gala en el Teatro, con profusa iluminación, representándose la tragedia Pelayo, de Quintana, y «baile de peseta» en la sala del gremio de zapateros. El Consulado de Comercio gratificó con una peseta á cada individuo de la guarnición, con dos reates á cada presidario, con treinta libras á la casa de la Piedad, con treinta libras á las Miñonas, con cincuenta libras á los Expósitos y con una abundante y sazonada comida á los presos de la cárcel, servida por las autoridades y personas de distinción. Con arreglo al programa adoptado y á lo que las mismas cortes tenían establecido, el siguiente día 23, que era domingo, fué leída la constitución en la Catedral y en todas las parroquias de la isla y se recibió el juramento de fidelidad á los vecinos. Los Párrocos dirigieron antes una exhortación á los feligreses. La de la catedral estuvo á cargo del .Dr. Don Miguel Serra, quien «desempeñ6 este cargo, dice la Aurora, con la valentía y propiedad que correspondían á un hombre penetrado de las verdades y espíritu del Evangelio y deseoso de inculcar los principios de la constitución», El Corregidor, después de leída en el ofertorio, preguntó en alta voz : « ¿Juráis por Dios y por los Santos Evangelios observar esta Constitución? » y el pueblo contestó: «Sí, juro» En las parroquias recibió el juramento un regidor delegado con este objeto.
Las celebraciones fueron muchas, realizándose todas con gran pompa. Una celebración no oficial, fue una gran comida realizada en la Rambla, donde se colocaron dos largas mesas paralelas a todo lo largo del paseo, resultando insuficientes todos los bancos de las iglesias de Palma. Fue un convite a todos los pobres de la capital sufragado y organizado por Don Bartolomé Valentí Forteza.
Las noticias llegadas en esos días añadieron júbilo y más fiestas, ya la noticia llegada el 25 de agosto de haber entrado en Madrid las fuerzas aliadas o la recibida el 5 de septiembre sobre el levantamiento del sitio de Cádiz por las tropas francesas.
El mismo marqués de Coupigny significó al Ayuntamiento la complacencia con que había visto «las demostraciones más enérgicas de fidelidad y patriotismo de estos habitantes» en las fiestas de la Constitución; y deseando perpetuar esta memorable fecha, propuso y fué aceptada con beneplácito, la idea de ensanchar y regularizar el Borne, prolongándole, á ser posible, hasta la casa de las Comedias, y erigir en el mismo paseo un monumento simbolizando la reforma constitucional. El Ayuntamiento abrió por término de ocho días una especie de concurso ó información para conocer todos los anteproyectos, ideas artísticas y arbitrios económicos que quisieran comunicar los particulares. El laborioso Velázqucz empezó á estudiar este punto de nuestra virgen urbanización; se reunieron algunos fondos; hubo ofertas de donativos importantes; solamente Don Tomás de Veri, brigadier de los ejércitos, ex-representante de Cataluña en la Central, ofreció diez mil reales de auxilio para el coste de dicho monumento «á la perpetua memoria de la felicidad de las Españas, obtenida por su nueva Constitución, con un rasgo digno de la gratitud de la nación y especialmentc del leal y libre pueblo mallorquín», Pero la lentitud de los trámites y el enfriamiento que sobreviene á los entusiasmos repentinos fueron dando largas al asunto; solo quedó colocada una lápida con el rótulo de Plaza de la Constitución, que los adictos saludaban ceremoniosamente al pasar por delante de ella; y este fué el único mármol á destruir en 1814.
Que el sarcasmo de Miguel de los Santos Oliver no nos duela.
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