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Sócrates y la democracia

fabian | 30 Maig, 2011 15:52

La figura de Sócrates me resulta muy atrayente. Un pensador con intereses muy alejados del poder, del dinero o de la celebridad en una Atenas en su época dorada, la democrática. Hablaba en las plazas a quien le escuchara. Platón fue uno de sus discípulos. Sócrates no escribió ninguna obra, pese a ello, su figura y pensamiento nos ha llegado a través de las obras de sus discípulos.

Sócrates, ya a los setenta años, fue condenado a muerte por la ciudad de Atenas. "Fue acusado en el 399 a. C. de despreciar a los dioses y corromper la moral de la juventud, alejándola de los principios de la democracia" (leo en la Wikipedia), aunque, sigo leyendo, "Realmente le juzgaron porque dos de sus discípulos fueron tiranos que atentaron contra Atenas".

Hombre muy austero, rehuía hablar de política. Su lema "Sólo sé que no sé nada" era la base de la "ironía socrática", partir de ese "no saber nada" para replantearlo todo dejando, en lo posible, prejuicios, principios no constatables, utilización de la pregunta, revisión del conocimiento.

Bien, pues no hace mucho tiempo encontré un libro titulado "Asesinato en el jardín de Sócrates" escrito por Sascha Berst que he empezado a leer. Hoy he buscado en el Google alguna crítica u opinión sobre él y, así como el libro es fácilmente encontrable, no es tan fácil hallar a alguien que lo haya leído y escrito algunas líneas sobre él (quizás haya más piratas que lectores). Tan solo he encontrado a cavilus que simplemente la califica de entretenida e incide en que es una novela difícil de etiquetar pues, aunque sea de tipo "detectives" en su primera parte (por la que voy yo), en su segunda parte toman protagonismos los sucesos que ocurrieron en la ciudad. Y posiblemente, pienso, haya allí algo sobre ese extraño juicio a Sócrates y, también, las diferentes concepciones - y luchas, entre las que se encuentra el asesinato al atleta discípulo de Sócrates - sobre la democracia.

portada

Era una noche serena, y yo me sentía cercano a mi padre, aunque tardé en confiarle un pensamiento que había permanecido en mi interior, como dormido, desde hacía tiempo, pero que había despertado finalmente, sobre todo tras el encuentro con Alcibíades.

—A veces me pregunto si Periandro y Cármides no tendrán razón —me aventuré con precaución—. ¿Crees tú que es realmente lo correcto que el pueblo pueda decidir sobre los asuntos de la polis? La mayoría de los atenienses ni siquiera pueden leer o escribir. Votan a favor de aquello que les presente el mejor orador, si es que no ha vendido su voz a cualquiera. Piensa en Alcibíades: luchó con los espartanos contra Atenas y nos traicionó cientos de veces. En un momento dado, regresó repartió monedas entre la población y no tardó en ser elegido estratego... No lo entiendo. ¿No crees que sería mejor que quien gobernara la ciudad fuera un grupo de hombres incorruptibles, inteligentes y sensatos, que no se dejaran seducir por una voz cualquiera?

Mi padre me escuchó, carraspeó y afiló los labios, pero no respondió de forma inmediata. Años atrás, me habría reprendido severamente al oírme siquiera mentar la posibilidad de una oligarquía. Sin embargo, conforme se iba haciendo mayor, se volvió más reflexivo y moderado. Se cubrió el cráneo desnudo con las manos, y durante unos instantes, todo fue silencio en nuestro jardín.

—Nicómaco —respondió tras un rato—, sabes que el pueblo llano no es tan estúpido como muchos creen, incluso aunque no sepan leer ni escribir. Cuando hace veinte años tuvimos que enterrar en Atenas a las primeras víctimas de guerra, Pericles pronunció un discurso, un gran discurso. Recuerdo algunas de las líneas tan claramente como si las hubiera escuchado ayer. No, no es cierto. Las recuerdo aún mejor que eso. Con la vejez se olvida sobre todo lo que ocurrió el día anterior, y la juventud parece regresar de nuevo... Aquel día, dijo lo siguiente: «Consideramos a aquellos hombres que no muestran ningún interés por el estado, no como seres inofensivos, sino vanos». Sí, eso fue lo que dijo, y siguió: «Admito que sólo unos pocos son capaces de dirigir los asuntos de estado, pero todos somos capaces de valorarlos».

Creo que ese era el punto decisivo para él. Por descontado, no todo el mundo puede ser estratego o arconte, pero el pueblo es muy capaz de elegir quién es honesto e inteligente como para ocupar el cargo, de la misma manera que reconocemos si una estatua está bien formada o no, aunque no seamos escultores ...

—¿Y Alcibíades?

Mi padre se cubrió la calva.

—No sé si le juzgas correctamente. Es posible que Alcibíades no sea un ejemplo de virtud, pero es un buen estratego, y ahora nos encontramos en guerra. Si tuvieras que elegir entre un general dotado, pero de moral dudosa, y uno inepto pero de mejores ideales, ¿a quién confiarías tus tropas?

—Pero Alcibíades no tiene simplemente una mala reputación. Es un traidor. Luchó junto a Esparta contra Atenas.

—Así es —respondió mi padre, con calma—, pero sólo después de que los atenienses le condenaran a muerte ...

—¡El proceso de los Hermocópidas! —dije con seguridad.

Mi padre me miró con insistencia durante largo rato.

—Sí, los Hermocópidas. Ya sabes cómo fue. Alcibíades fue condenado a muerte porque la noche anterior a su partida a Sicilia aparecieron destrozadas todas las estatuas de Hermes. Todos aceptaron que lo había hecho él, y todos lo proclamaron convencidos, aunque nadie lo había visto... Pero no vamos a extendernos, de lo que quería hablar era de algo completamente diferente. Quizá tengas razón y la elección de Alcibíades fue un error, pero la democracia ha de tener prioridades. Puede enmendar ese error no reeligiéndole en la siguiente oportunidad. Es algo en lo que la democracia funciona bastante bien, mientras que la oligarquía funciona bastante mal.

Tras estas palabras, se levantó, me besó la frente y se fue a acostar.

Sascha Berst: "Asesinato en el jardín de Sócrates" (capítulo 7)

Realmente, el fondo de la novela trata de alguna manera del enfrentamiento por el poder entre oligarcas, entre los que se encontraba Platón y demócratas, entre los que se encontraba Sócrates - en el sentido antiguo, pues sólo podían votar algunos ya que ni las mujeres, ni los esclavos, ni los metecos (quienes no habían nacido en Atenas) podían votar -. La democracia supone una fe en que, entre todos, podemos elegir a los más capaces. Sólo es una fe, no un saber. No es cuestión ni de verdades, ni de tener razón; es más bien una esperanza algo ciega. De todas maneras, ya dijo Churchil, que aunque la democracia fuera un mal sistema, es el mejor entre los conocidos.

Diez años después, la ciudad de Atenas condenaba a muerte a Sócrates.

Comentaris

Sócrates

Sonja | 30/05/2011, 17:45

A mi también me fascina Sócrates, ya contarás si vale la pena leerlo.

Socrates

Alvaro Benavides | 30/05/2011, 18:55

Muy interesante tu post e ilustrativo.

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