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De la Royal Society, Premio Príncipe de Asturias

fabian | 19 Maig, 2011 16:57

Neal Stephenson (1959) es un escritor de ciencia ficción y de temas informáticos, aunque no se le puede encasillar en un género fijo. En los años 2003 - 2004 publicó una novela en varios tomos titulada genéricamente como "Ciclo Barroco"; la primera novela de este ciclo se tituló "Azogue", novela larga de más de mil páginas que en España se publicó en tres partes. Todo el ciclo trata sobre el nacimiento de un grupo de científicos que, en el siglo XVII, rompieron con la "Alquimia" y se denominaron "filósofos naturales"; algunos de sus nombres son reconocidos: Isaac Newton, Wilhelm Gottfried Leibniz, Robert Hooke, Robert Boyle y algunos más. Todos ellos fueron miembros de la Royal Society of London for Improving Natural Knowledge (Real Sociedad de Londres para el Avance de la Ciencia Natural), la cual fue fundada hacia 1660. Esta sociedad, según señala la prensa de estos días, ha sido galardonada con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades de este año 2011 por ser la "Comunidad científca más antigua del mundo"

En el siguiente texto, un personaje literario que Neal Stephenson utiliza en varias novelas como personaje intemporal, llamado Root Enoch, busca a Daniel Waterhouse, uno de los fundadores de la Royal Society por tierras de Boston en 1713; encuentra al hijo de Daniel, un niño de una docena de años, quien tiene el nombre del amigo Leibniz, Wilhelm Gottfried y a Ben, otro muchacho de la edad de Gottfried.

libro

—Buen intento. Casi aciertas. Pero eso sucedió en una época anterior a la Royal Society, en realidad antes de la filosofía natural tal y como la conocemos. Oh, hubo unos pocos, Francis Bacon, Galileo, Descartes, que vieron la luz y habían hecho todo lo posible por que los demás le prestasen atención. Pero en aquella época, la mayoría de los que sentían curiosidad por el funcionamiento del mundo se sentían cautivados por una aproximación muy diferente llamada «alquimia».

—¡Mi papi odia a los alquimistas! —anuncia Godfrey… muy orgulloso de su papi.

—Creo saber por qué. Pero estamos en 1713. Han cambiado muchas cosas. En la era de la que hablo, era alquimia o nada. Conocía a muchos alquimistas. Les vendía lo qué precisaban. Algunos de esos caballeros ingleses se habían entretenido con el arte. Era algo muy caballeroso. Incluso el rey en exilio disponía de un laboratorio. Después de que Cromwell les hubiese dado una paliza y los hubiese expulsado a Francia, se encontraron con nada para pasar los años excepto… —y aquí, si hubiese estado relatando la historia a adultos, Enoch hubiese detallado algunas de las formas que tenían de pasar el tiempo.

—¿Excepto qué, señor Root?

—Estudiar las leyes ocultas de la creación divina. Algunos de ellos, en especial John Comstock y Thomas More Anglesey, se acercaron a monsieur LeFebure, que era apotecario de la corte francesa. Dedicaban bastante tiempo a la alquimia.

—Pero ¿no era la alquimia un montón de estupideces, basura, porquería y memeces criminales y fraudulentas?

—Godfrey, eres la prueba viviente de que la manzana no cae demasiado lejos del árbol. ¿Quién soy yo para discutir tales cuestiones con tu padre? Sí. Era todo una tontería.

—Entonces, ¿por qué ir a París?

—En parte, si he de decir la verdad, deseaba ver la coronación del rey francés.

—¿Cuál? —pregunta Godfrey.

—¡El mismo de ahora! —dice Ben, molesto por tener que malgastar tiempo en tales preguntas.

—El importante —dice Enoch—, el rey. Luis XIV. Su coronación formal se produjo en 1654. Le ungieron con bálsamo de ángel de mil años de antigüedad.

—¡Puag, debía de apestar!

—Difícil saberlo en Francia.

—¿De dónde sacaron semejante cosa?

—No importa. Me estoy acercando a responder la pregunta de cuándo. Pero ésa no era mi razón completa. En realidad se trataba de que sucedía algo. Huygens, un joven brillante de una gran familia de La Haya, trabajaba en un reloj de péndulo realmente asombroso. Evidentemente, los péndulos eran una idea antigua, ¡pero él hizo algo simple y hermoso que los ajustaba de forma que indicasen el tiempo! Vi el prototipo, agitándose en su espléndida casa, donde la luz del atardecer penetraba desde el Plein, una especie de plaza cerca del palacio de la Dutch. Court. Y luego en París, donde Comstock y Anglesey jugaban con, tenías razón, tonterías estúpidas. Realmente querían aprender. Pero carecían del genio de un Huygens, la audacia de inventar toda una nueva disciplina. La alquimia era el único camino que conocían.

—¿Cómo llegó hasta Inglaterra si había una guerra marítima?

—Traficantes de sal franceses —dice Enoch, como si fuese del todo evidente—. Bien, muchos de los caballeros ingleses habían decidido que era mejor permanecer en Londres dedicándose a la alquimia que cabalgar por toda la isla luchando contra la New Model Army de Cromwell. Así que no tuve dificultad en aligerar mi carga y llenar el monedero, allá en Londres. Luego di un salto a Oxford con la intención de visitar a John Wilkins y recoger algunos ejemplares de Criptonomicón.

—¿Qué es eso? —quiere saber Ben.

—Un libro viejo y muy raro, terriblemente grueso y lleno de tonterías —dice Godfrey—. Papá lo emplea para evitar que la puerta se cierre de golpe por el viento.

—Es un compendio de cifras y códigos secretos que ese tipo, Wilkins, había escrito unos años antes —dice Enoch—. En aquellos días, era rector del Wadham College, que forma parte de la Universidad de Oxford. Cuando llegué, se endurecía para realizar el sacrificio definitivo en nombre de la filosofía natural.

—¿Lo decapitaron? —pregunta Ben.

Godfrey:
—¿Lo torturaron?

Ben:
—¿Quizá mutilado?

—No: se casó con la hermana de Cromwell.

—Pero creía que había dicho que en esa época no existía la filosofía natural —se queja Godfrey.

—La había: una vez por semana, en las habitaciones de John Wilkins en el Wadham College —dice Enoch—. Porque es allí donde se reunía el Club Filosófico Experimental. Christopher Wren, Robert Boyle, Robert Hooke y otros de los que deberíais haber oído hablar. Para cuando llegué allí, se habían quedado sin espacio y se habían trasladado a la farmacia… un lugar menos inflamable. Fue el apotecario, ahora que lo pienso, el que me animó a realizar el viaje al norte y responder a la llamada del señor Clarke en Grantham.

—¿Ya nos hemos decidido por un año?

—Ahora mismo, Ben. Para cuando llegué a Oxford, el reloj de péndulo que había visto sobre la mesa de la casa de Huygens había sido perfeccionado y estaba en movimiento. El primer reloj que merecía tal nombre. Galileo había cronometrado sus experimentos contando el pulso o escuchando a los músicos; pero después de Huygens usamos relojes que, según algunos, medían el tiempo absoluto, fijo e invariante. El tiempo de Dios. Más tarde Huygens publicó un libro sobre el asunto; pero el reloj comenzó a marcar, y se inició el tiempo de la filosofía natural, el año de Nuestro Señor de…

Neal Stephenson: Azogue

El libro, por si a alguien le interesa, se puede buscar y encontrar.

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