fabian | 08 Maig, 2013 16:44
Por romper un poco la rutina, y porque hoy el día es primaveral, casi veraniego, recojo estos versos de una mente clásica: un soneto. Los dos cuartetos son descriptivos: la tierra, vestida de flores, ríe enamorada del sol y éste le envía una mirada amorosa. El aire, juguetón, esparce aromas, canta el ruiseñor entre las ramas e invita a cantar canciones nuevas. El primer terceto sintetiza: el mundo recuerda aquella edad primera del Paraíso y el segundo terceto añade la nota reflexiva: Nada como tú, primavera; mas no ... Hay algo aún mejor que se adelanta al abril florido: el corazón que cree, ama y espera.
Precioso soneto de Miquel Costa i Llobera, aquel de quien, nos cuenta Miguel de los Santos Oliver, en su juventud, antes de que marchara a Roma a realizar sus estudios de sacerdote, se encontraron en el claustro de San Francisco, solitario, ensimismado en sus pensamientos y que, al ver el grupo de mozalbetes que entraban en el claustro armando bulla, salió o huyó resguardando su soledad y pensamiento.
Primavera
L’abril és arribat. De flors vestida
riu la terra, del sol enamorada,
i el sol li envia, amb amorosa ullada,
ric present de colors, de llum i vida.L’airet qui juga dins la vall florida
vola escampant essència regalada,
canta el dolç rossinyol per l’enramada
i cançons noves a cantar convida.Pertot bellesa nova i alegrança...
Sembla que el món d'aquella edat primera
del Paradís perdut fa recordança.Res com tu en aquest món, oh Primavera!
Mes no..., jo sé un abril que al teu s’avança:
l’abril d'un cor qui creu, ama i espera!
Y, tras el poema de Costa y Llobera, el encuentro con Oliver:
Era entonces un joven de regular estatura, de rostro rasurado; vestía correctamente, sin afectación de elegancia ni de descuido. El perfil de su frente y nariz destacaba ya con esa noble curva que parece requerir el cuño de las medallas antiguas. Paseaba solo, en aquella fecha, y por lugares poco concurridos. Todo revelaba en él necesidad de abstracción y aislamiento. En una ocasión, ya entrada la noche, volvíamos otros mozalbetes y yo de no sé qué holgorio y caminata. La luna inundaba de claridad la plaza de San Francisco y se nos ocurrió entrar en el precioso claustro, completamente abandonado y sin puertas a la sazón. Dimos la vuelta a sus corredores y antes de terminarla nos cruzamos con una sombra, que desapareció, veloz y furtiva. Era el poeta, entonces como ahora ruboroso y púdico de su propia inspiración, de sus emociones de artista, de la misma curiosidad que despertaba. Nos pareció lo más delicado no darnos por advertidos de su presencia y creo que jamás en nuestras conversaciones, después tan frecuentes, me atreví a hablarle de este caso de flagrante romanticismo en que pude sorprenderle.
Miguel de los Santos Oliver: Monumentos en vida / Un rasgo insólito
fabian | 07 Maig, 2013 18:09
Probablemente fuera la Guerra Europea un motivo por el que, en la segunda parte del año, Miguel de los Santos Oliver no publicara asiduamente sus artículos de los sábados. Muchas reflexiones de tipo político son el contenido de ellos. Con todo, Oliver prosigue un par de sus series como "De los tiempos terribles" y "Papeles viejos".
Relacionado con Mallorca un único artículo "Monumentos en vida / Un rasgo insólito" en el que alaba la dignidad de Costa y Llobera al negarse con viveza a que le hicieran un homenaje.
fabian | 06 Maig, 2013 17:39
En 1913, Miguel de los Santos Oliver publica bastantes artículos de carácter político; la caída de Antonio Maura está relacionada con esa abundancia. Termina la serie "De Andalucía" y, con cierta intermitencia va completando la serie "Papeles viejos" relacionada con textos de diverso carácter en torno a la Revolución Francesa.
En relación a las islas, publica tres artículos sobre Orfila: "Actualidad extranjera / Orfila y el proceso Laifarge" y uno sobre el cantante Uetam: "De mi tierra / 'Uetam' y su tiempo" que será recogido en 1918 en el libro "Hojas del Sábado".
fabian | 02 Maig, 2013 16:22
Varias series de carácter histórico y literario aparecen en los artículos que Miguel de los Santos Oliver publicó en La Vanguardia en el año 1912. Hay 9 artículos sobre Moratín: "De los tiempos terribles / Las andanzas de un poeta"; cinco sobre Rousseau: "Un nuevo centenario / Rousseau" y ocho sobre el Grande de España Andrés María Guzmán: "Papeles viejos /Un grande de España terrorista". Además, inicia una serie sobre Andalucía: "De Andalucía / Visiones rápidas".
Sobre Mallorca no hay ningún artículo, aunque hay uno sobre un menorquín: "De una conferencia / Las Memorias de Orfila", al que en otra ocasión, sumará otros dos artículos.
fabian | 02 Maig, 2013 10:39
El conjunto de artículos que Miguel de los Santos Oliver publicaba en La Vanguardia los sábados, nos presentan una miscelánea de temas, ya políticos, literarios, históricos. Generalmente surgen de la actualidad del momento, ya de un acontecimiento, de alguna publicación o conferencia, de alguna conmemoración. En este año, 1911, el anarquismo aparece como tema importante; se celebran diversos centenarios relacionados con la Guerra contra el Francés. Oliver trata en este año dos temas relacionados con la prensa: "Un libro de historia / Los orígenes de la prensa" y "Papeles viejos / Algo de periodismo comparado". La Revolución Francesa, centro de interés para Oliver, la trata esta vez desde la poesía "Papeles viejos / La poesía española y la Revolución francesa" en una serie de 12 artículos.
Mallorca aparece también este año, ya en "Del alma de Mallorca / La evolución de un pueblo", en "De hace cuarenta años / El recuerdo de la 'Commune'" y en "Del mar / Vagando por el puerto", siendo estos dos últimos artículos los recogidos en el primer volumen de sus "Hojas del Sábado".
Los artículos de Miguel de los Santos Oliver publicados en La Vanguardia en el año 1911 fueron.
fabian | 01 Maig, 2013 11:15
La zona donde vivo está situada algo más allá de donde estuvo el hornabeque. Posiblemente, antes de que fueran derribadas las murallas, fuera poblada por casitas con sus corrales de forma que, como cuenta Gabriel Maura en su cuento "La Caseta", sita en el Molinar, fuera esta opuesta zona lugar donde los ciudadanos intentaban huir de esas murallas cuando los contagios asolaban la ciudad; refugiarse algo en la naturaleza con pequeños cultivos en los corrales y, al tiempo, estar a un paso de las amuralladas puertas. Desde la ventana veo, algo alejado, el caserón de las Hermanitas de los Pobres y, más cercano, la zona del Tirador. Por la parte opuesta, la de poniente, asoma la torre del Castillo de Bellver. Por una amplia calle, llamada Avenida de la Argentina, ascienden en leve cuesta los vientos sureños, vientos marinos que, sin barreras, sin edificios que les impidan el paso, arrastran el salitre hasta la populosa plazoleta donde los niños juegan alegres en estas tardes primaverales. Esta plazoleta nace por ser una bifurcación de caminos. Su forma triangular delata la ruta hacia Son Roca, por un lado del triángulo y la ruta que se desviaba hacia Son Moix. Esa bifurcación estaba formada por un parterre rodeado de pinos. El tercer lado era un sendero que conducía hacia el puente que atraviesa la Riera por el antiguo camino de ronda y, también, aunque en tiempos más recientes, hacia el Campo de Fútbol Luis Sitjar o, también hacia el velódromo del Tirador, y, quizás, hacia el antiguo manicomio, el franciscano convento de Jesús o, tal vez, hacia el cementerio. Caminos transversales que no partían desde las puertas ciudadanas, sino que rodeaban concéntricamente la ciudad amurallada.
Por buscar alguna fecha, los institutos cercanos fueron construídos hacia 1914; cercanos están al antiguo hornabeque, desde él, antes de que fuera derribado y construída esta zona de la ciudad, Miguel de los Santos Oliver describe su panorama:
Él año pasado, durante una breve estancia en Mallorca después de prolongada ausencia, fui algunas tardes como solía de antiguo hasta uno de aquellos pretiles de la parte exterior de la Muralla, junto al Hornabeque, tan representativos, tan impregnados de poesía provincial y que, á estas horas, han desaparecido ya por consecuencia del derribo. Hay que venir de Barcelona después de una semana de julio [Semana trágica de julio de 1909], ó de París después de la «batalla de los siete días», para saborear toda la delicia del contraste, todo el placer de la inmersión en aquel silencio pitagórico de los alrededores de Palma.
En el sitio de que hablo se confunden la respiración amortiguada de la ciudad con el hechizo virgiliano del campo que comienza. Cinco ó seis generaciones de contemplativos, de paseantes solitarios, consagraron aquellas piedras, que corrían en forma de banco por el remate de un montículo, última prolongación de los glasis de la muralla. A lo lejos se distingue el cauce seco y pedregoso de la Riera y se extienden los sembradíos hasta la sierra azul y distante. Conducía á él un sendero, culebreando por la contraescarpa y siguiendo el propio perfil de los bastiones y lenguas de sierpe. Un hálito de melancolía se desprende de aquella vasta arquitectura militar, una sombra de Vauban y de viejo cesarismo.
El lugar parecía hecho á propósito para servir de sitial á alguno de aquellos autodidactos inéditos y de traza antigua que á las veces se encuentran en el fondo de esas poblaciones silenciosas y dejan en nosotros un recuerdo más persistente que los libros de la celebridad. Diríase que el viejo espíritu socrático ha emigrado de las grandes urbes modernas. Busca el refugio de los rincones tranquilos, la sombra de las alamedas interminables, el grato rumor de las fuentes ocultas. Aquel dulce comercio de las almas, aquel diálogo vivo de la inteligencia aplicada al enigma del existir, aquella cosa noble y llena de serenidad que se llamaba un tiempo Filosofía, ha sido expulsada y suplantada por una hermana suya, bastarda y como advenediza, á la cual llamamos Sociología.
[...]
El lugar estaba, pues, saturado de esta tradición grata á la confidencia. Era el punto preferido por los meditabundos, por los románticos de la generación de don Tomás Aguiló en el tiempo que produjo A la sombra del ciprés, por los personajes que la proscripción ó la discordia civil, desde los días de Jovellanos, enviaban á la isla. Allí solían descansar de su cotidiano paseo, mientras el sol corría á la puesta y una yunta trazaba, á lo lejos, su hondo surco interminable en la llanura. Allí reflexionaban sobre las mudanzas de la vida, la ingratitud de los hombres ó la turbación del tiempo.
Aquellas piedras habían oído ya la voz de los refugiados de 1808, alterada por el espanto de la invasión francesa. Allí platicaron con sus familiares, con sus compatriotas, fugitivos también, aquellos prelados un poco jansenistas, un poco latitudinarios y palaciegos, que llevaban nombres gloriosos, de tierras de infieles y se llamaron Obispo de Tebas, Patriarca de Andrinópolis . Aquellas mismas piedras habían soportado mil soliloquios de amor ó de esperanza, de dudas ó de infortunio, suspiros de orfandad, crisis de la creación, lecturas balsámicas de Lacordaire lejos del estruendo babilónico en que fueron engendradas...
Pues allí, bajo la sugestión de estas reflexiones y recuerdos; bajo la sugestión de la soledad ambiente, del toque de Ángelus, de las columnas de humo ascendiendo de los hogares diseminados, del chirrido de una polea denunciando un pozo invisible, del vibrar de las cornetas en no sé qué baluarte casamata, sentí el secreto de la provincia, de toda la vida provincial como nunca la había sentido, y auguré ese elogio desbordante, esa reacción que se opera ya en las almas sedientas y fatigadas. Acabaremos por comprender algún dia, que el verdadero ideal de la existencia no es el incendio, la combustión, el constante frenesí que nos devora. La felicidad tiene su fórmula en la sencillez de gustos y necesidades, no en la complicación industriosa de la vida; y esa sencillez es compatible, cuando no inseparable de la verdadera riqueza de espíritu.
Miguel de los Santos Oliver: La vida provincial (La Vanguardia, 3/12/1910)
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