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¿Amé a Mozart algún día?

fabian | 27 Gener, 2006 18:59

Quiero decirte, Wolfgang Amadeus,
hermoso y fiel amigo,
que esta tarde de lluvia me han hablado
todos tus violoncelos: comentaban
aquellos viejos días de salitre
tan ebrios en la ausencia,
tan repletos de arena y soledades,
tan siempre regresados
.

Así como Bach hunde sus dedos en lo profundo y Beethoven sopló con furia en la ardiente juventud, no estoy seguro de haber amado a Mozart. Sí en su concierto para clarinete, en algunas de sus óperas y en sus misas. También en algún concierto para piano y en alguna de sus numerosas sinfonías. ¿Bastaría con la obra enumerada para considerarse un enamorado mozartiano?

Quiero decirte, Wolfgang Amadeus,
ángel truncado en vuelo,
que tu voz se me enreda entre mis ojos
como una hiedra lenta y me retorna
a infancias melancólicas,
a cansadas esquinas, a horizontes
que jamás se me alzaron,
a las sombras de olivo sin ternura
en las desiertas sendas
.

atlas
Fotografía de juanjoseixas (que ojalá retorne pronto) en Flikr

El piano, con una infinita dulzura comienza una suave melodía, pero a las pocas notas se ve interrumpida por un golpe de la cuerda que, como cruel realidad, interrumpe la melodía soñada. Amadeus escribe - directamente, sin ninguna tachadura, dice la historia - una frase en la partitura al tiempo que juega con una bola de billar sobre el rectángulo verde. La melodía, suave y tierna, recomienza tres veces y, ahora ya sin interrupción, se lanza en una cascada de notas rápidas acompañada de los violines. A pocos pasos de donde Amadeus compone, voces, gritos cotidianos de una realidad dura. Su padre y su mujer discuten destempladamente sobre alguna insatisfacción. Amadeus, absorto en la composición, traza las notas de violines rasgando y rompiendo la dulzura del piano como si el sueño y la realidad intercambiaran los golpes de un inacabable combate. Inapelablemente la gravedad de las cuerdas, representativas de la humilde y penosa realidad cotidiana se impone sobre el sueño armonioso del piano.

Quiero decirte, Wolfgang Amadeus,
alegre compañero,
que te sientes aquí, junto a nosotros,
en este exilio de paredes blancas
que hemos ido naciendo entre poemas
para volver a ser más puros,
quizás para volver a ser, tan sólo.
Ponte cómodo, hermano,
toma un vaso de vino, bebe, canta,
que esta tarde de lluvia no hay tristeza
que nos pueda rendir,
aunque algún clavicémbalo nos hiera
las perdidas memorias, los espejos
de lejano mirar
.

¿Amé a Mozart algún día? me pregunto en esta celebración de su 250 aniversario. Y me contesto que no. Ha estado junto a mí suavemente, sin que me diera cuenta. He tarareado sus melodías, me he quedado atónito ante su Reina de la Noche, he reído junto a Fígaro midiendo su cuarto, me he enamorado de aquella mujer que, disfrazada, engañaba a su marido haciéndole creer que se iba con otra, he temblado ante su Salva me fons pietatis e incluso llorado ante su Lacrimosa. Pero... ¿y Mozart?, ¿dónde estaba él? ¿Por qué siempre he sentido su música y no su vida? Como si ésta no hubiera existido nunca, me ha pasado desapercibida entre sus notas. Quizás no amé nunca a Mozart, pero sí su música, la cual ha llenado muchas horas de mi vida.

Sólo quiero decirte, Wolfgang Amadeus,
alondra de esta casa,
que resumes el tiempo en nuestras sienes,
que tus alas nos cubren
para tomar el pulso a las mañanas,
que nuestra torpe lluvia se diluye
como el humo olvidado de un mal sueño
al escuchar tu voz
.

Poema de Antonio Porpetta: Monólogo con Mozart en tarde de lluvia.

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